Polla

Mi pene mide dieciocho centímetros. Todos los tíos nos la hemos medido con una regla, y el que diga que no,está mintiendo. Sea por la presión social, por el tópico, por curiosidad: todos. También mienten todas las tías que digan que no se lo creen. Siempre me gusta pensar en esos fabricantes de reglas que, mientras hacen esos paquetitos de regla-escuadra-cartabón-transportador de ángulos, piensan en el erótico futuro que les espera.

Esa regla marca, en cierto modo, la autoestima del varón. No, las cosas han cambiado… mentira. Bien es cierto que no voy a entrar en el ultrahipermegamanido tema de si importa o no, porque ya está todo escrito -sobre eso sí, y no sobre el gusto- pero no seamos hipócritas. La verdad es que desde que me la empecé a medir, me ha crecido un par de centímetros, pero hace ya que no crece. Ya no hay estirón que valga.

Cada cierto tiempo, en la categoría de “noticias imbéciles” -habrá post sobre ellas, como esa de Antena Tres que sale un robot japonés que sube escaleras- aparece que el español medio (que es un señor que a veces vota al PP, y a veces al PSOE) tiene un pene de trece centímetros y medio. Pero es mentira, seguro que lo hacen para tranquilizar al personal y subir la autoestima y, así la productividad.

Leí en una revista -que, por supuesto, decía que el tamaño no importaba- que los penes pequeños son los que miden menos de nueve centímetros en erección, y que los grandes son los que miden más de diecinueve, así que me quedo a las puertas. Eso me hizo feliz, porque prefiero tener la más grande de las medianas, que las más pequeña de las grandes. Por diez milímetros de carne, podría ser goleado en los campos de primera y, sin embargo, estoy reinando cómodamente en la segunda división.

No sean morbosos, tampoco voy a contar mucho más -como cuando una amante poco hábil me practicó una felación con un preservativo retardante puesto al revés, por lo que se le durmió la boca primero, la lívido después, y ella entera al final. O cuando yo mismo, después de un partido horrible en el que perdí tres kilos, me quedé dormido bajo una señora- porque no vale la pena. El caso es que, pase lo que pase, siempre me acuesto con mujeres que aseguran que antes practicaron sexo con algún tipo con una polla enorme. Lo que no cuentan es que el polvo medio lo han echado con un tipo de trece centímetros y medio que unas veces vota al PP y otras al PSOE. Las muy cabronas saben cómo ponerme en mi sitio. ¡Ánimo IU!

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Aturdido

Desayuno con esta noticia: “Para bajar mil pelí­culas al segundo: España bate el récord de transmisión de datos por fibra óptica con una conexión de 1000 GB / segundo“. Imagí­nense bajar mil películas en un segundo. Recuerden la primera pelí­cula que fueron a ver al cine. En mi caso fue “La loca guerra de las galaxias“, una lamentable pantomima que me hizo mucha gracia en mi tierna infancia. Querí­a haber visto “El libro de la selva“, de dibujos animados pero, como ya no habí­a entradas, avanzamos unos metros por la calle Pelayo y fuimos al cine de enfrente -que ahora es un enorme edificio de Conspiración Dermoestética- para ver la peli anteriormente citada.

Recuerden las siguientes que vieron. Recuerden la cantidad de ocasiones en las que, estando en el cine, piensan “joder, qué gozada, lo que me hubiera perdido si la hubiera visto en la tele“. Con el paso del tiempo, el desarrollo -sobre espaldas ajenas- y el refalfiu (asturianismo que se refiere, despectivamente a cuando alguien está harto de tanto, no ha pasado necesidad), los salones se han plagado de aparatos, que les han acabado convirtiendo en pequeñas salas de cine. Ahora la gente se sienta en el sofá y piensa “joder, qué gozada, lo que me hubiera perdido si la hubiera visto en el portátil“.

Reconozco que tengo el síndrome de Diógenes con el Emule. Reconozco que ver las palabras “discografí­a completa” juntas, despierta en mí­ una reacción antinatural de necesidad. Reconozco que me bajo tanta música, que no creo que pueda oi­rla jamás. Y no sé por qué lo hago. Seguramente por ese sueño que dice Jose que tenemos todos, de meternos en la FNAC y poder llevarnos todo lo que queramos.

Con las pelis a la gente le pasa igual. Este post pretendÃía ser una reflexión sobre la importancia de tener CRITERIO en esta sociedad terciaria, de la información. PretendÃía hacer pensar en que nos llega demasiada información y, si no la sabemos filtrar y gestionar, estamos tan perdidos como cuando la gente no sabÃía leer y escribir. Por supuesto, también quería iluminar una duda sobre lo sospechoso que es el concepto velocidad en esta sociedad. Pero no he podido. Se me ha enrevesado el post. Y me ha ganado. Otra vez.

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Cinco millones de dólares

El lunes estuve en el estreno de una peli lamentable. El nombre da igual. Bueno, que coño, se llama “El incidente” y la dirige  M. Night Shyamalan,, el creador de “El sexto sentido“, “El protegido“, “Señales” y otras ponzoñas de esa calaña. No tengo nada en contra del cine de entretenimiento, siempre que no me insulte. Incluso puedo permitir que me insulte si voy al cine con los chavalotes -para los que Almodóvar ya es un creador inaccesible- y me inflo a palomitas y Cocacola light. Este pájaro, de 38 años, se llevó sólo por el guión de una de sus pelis, cinco millones de dólares americanos. De los antíguos y de los de ahora. Cinco kilazos.

La peli es absurda y patina por todas partes. En su día Jorge Verstrynge nos dijo “Las películas americanas tienen que estrenarse en los últimos multicines del Bronx“, con lo que ello significa. Lo dijo justo la semana que ví “Traffic“, de Steven Soderbergh, una cinta genial, que narra de manera poliédrica el agobiante lazo en que la droga te puede convertir la vida, pero que tiene unos cinco últimos minutos que destrozan toda la peli. De repente todo se resuelve, la moralina barniza todo con sus trazos gordos, y todos salen del cine tan contentos.

La peli es mala, pero el director cobra una pasta. La productora quiere que su apuesta triunfe así que hace un montón de promo. Los medios repiten las mentiras promocionales como si fueran verdad -algunos son de los mismos grupos empresariales que las productoras- , cegados por su incultura (Si ustedes conocieran el nivel cultural de los directores de medios, fliparían), y disimulan relegando a sus críticos a blogs, o minicolumnas. A la gente le gusta más Tom Cruise en una portada, que los activistas anti-Berlusconi. Le gusta más la mentira. Así que un tipo llega con una mentira a una productora, ésta cuenta la mentira a los medios y los medios nos trasmiten la mentira a la gente, que la acepta gustosamente. Mientras, guerrilleros de internet, snobs cortometrajistas y personas con inquietudes, van muriendo, estrellados contra la cúpula de la belleza oficial, por cinco putos millones de dólares.

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Avenida de Burgos

Hay pocas cosas que molen más absurdamente que un primer día de trabajo -excepto si eres sicario, enterrador, o inspector de Hacienda (y Aznar lo fue)- porque todo está por estrenar. Todavía no sabes quién es el gilipollas, quién te dará más problemas, quién será el completo inepto -aunque el jefe parte con ventaja, por su condición de tal- y todavía no atisbas la quemazón que te llevará a largarte.

Pero sabes que, con el paso del tiempo, acabarás con la panza negra, como la de la tostada que olvidas mientras te afeitas, y que acaba carbonizada, mirándote desde la sartén con esa cara de “¿Por qué no has cuidado esta relación?” (lo que la convierte en una tostada muy tostada, radicalizada, llevada al extremo, al integrismo del Bimbo…).

A mi lado, en la cafetería, tres jefes -tienen pinta, por lo que hay un jefe y dos estafadores- se meten tres porras entre pecho y espalda. Dicen que somos lo que comemos. Pues eso.

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La fiesta

Antes de que mi colega Gustavo me taladrara durante un año con la película “La fiesta“, otro esperpento español, con la particularidad de que ésta se rodó con un millón de pesetas -sííí, vaaaa, de las antíííguas-, ya me había preocupado el discurrir de una fiesta. Como los clásicos reflexionaran acerca de la moral, la belleza, o todas esas cosas de las que nos descojonamos en la posmodernidad, a mí me dió por pensar en la fiesta como concepto y desarrollo.

Es decir ¿Cuándo una reunión comienza a considerarse una fiesta?, ¿Deberíamos tener por obligatorios factores como la presencia de música, de cortezas-botellón, amigos, disfraces, alcohol? Todos hemos asistido a fiestas en las que no recordamos si había o no música, a otras en las que no existía ningún tipo de aperitivo -qué palabra más rara, ¿que no?- al que achacar la vomitona por su mala digestión. Seguro que también nos hemos comido alguna fiesta en las que no conocíamos a nadie, la mayoría en la que no exigían más disfraz que el que llevamos cada día -que no es poco- e incluso hemos participado de alguna boite en la que no hubiera alcohol.

Pero, sin cumplir estos requisitos, las hemos seguido considerando fiesta. Por tanto ¿Qué clase de premisas ha de cumplir una reunión para ser considerada fiesta? ¿No les ha pasado que han asistido a citas consideradas, anunciadas, y nominadas oficialmente como fiestas, que han acabado siendo un auténtico fiasco, una reunión, sin más? ¿No les ha ocurrido, también, que han partido hacia una reunión con cuatro amigos y se ha acabado convirtiendo en un auténtico fiestón, coronado a las cinco de la mañana en cualquier garito de mala muerte? Por tanto ¿Qué posibilidades existen de controlar, acotar, y reconocer como variable, cualquier tipo de factor que vaya más allá de un estado de confraternización y diversión comunal?

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Perros

Madrid y Lavapiés son dos lugares de los que recelé. Bueno, a priori. Osea que sería un prejuicio… o dos. Y ahora me duele irme. Me voy porque quiero y necesito. Por ellas y por mí. Pero no me marcho, me arranco. He vivido aquí cuatro años de soledad: la que quise, y la que no. Y en las dos me he sentido agusto. Esta ciudad es un sitio que provoca la ficción de que perteneces, y que te deja ser -que no hacer-. Definitivamente soy un nómada, y sólo a los nómadas les cuesta partir. Además, cuando los nómadas nos vamos, los sitios se despiden, y lo hacen todo más difícil. Madrid es el mejor sitio para que te apetezca estar en otro. El mejor.

Ladra el perro y los pájaros se dan un festín, cuando a la hierba le da por delimitar los charcos de la ciudad que te llora. Llorarla a ella sería demasiado. No puedes permitir que otra urbe te vea así los ojos. Como mucho, alguna foto.

En una mano tengo un libro y en la otra un porro, y los chavales sólo paran para pedirme el porro. Algo he/hemos hecho mal. Lo sabemos, y por eso decimos que no al porro y a la pregunta.

Los dueños ladran más que el perro, y los perros están cansados de que el ídolo de la tele se forre conjugándoles. Leo a García Montero -otro nómada de Madrid- que insinúa entre versos que las miradas se pueden alargar, y me quedo temblando en el parque. ¿Por qué nos educan en la prosa?

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John Terry

Mi abuelo fue viajante de Terry. Repartía brandy con una furgoneta Citröen dos caballos. Fue lo que acabó de lastrarlo. Con dieciséis años enterró a su mejor amigo, fusilado. Con dieciocho nadie tuvo dinero para pagarle la carrera de Banca, y en la mili se encontró con el anestesiante efecto del alcohol, que le acompañaría hasta su prematura muerte.

Anoche Jonh Terry (Backing, Londres 1980), el bravo capitán del Chelsea, formado en las categorías inferiores de Standford Bridge, falló el penalti que le hubiera dado la primera Copa de Europa a su equipo. Quiso ir tranquilo y colocarlo al palo izquierdo de Van der Sar. El portero del Manchester, con su cara de ratón, ya se había vencido a su lado derecho, por lo que la primera parte del trámite estaba cumplida. John, apodado “el gladiador”, midió perfectamente sus pasos. Tres zancadas en las que recordó lo difícil que había sido llegar hasta allí -los comienzos, las categorías inferiores, la incertidumbre, los golpes, las lesiones, la pérdida de amigos, familia…- y le dió miedo, y resbaló.

Llevaba lloviendo desde la segunda mitad, cuando el partido se convirtió en un encuentro de ida y vuelta, en un enfrentamiento a tumba abierta, con peligro en ambas áreas, sin parar. Lo que se denomina ritmo vertiginoso, tan típico de los encuentros entre clubes ingleses. O lo que es lo mismo, se convirtió en una pesadilla para los centrales. A un central le gustan los partidos ordenados, lógicos, que le obligan a salir de la cueva muy de cuando en cuando, a resolver algún pequeño desequilibrio. El de ayer no lo fue. Cada instante era el minuto en que has de decidir si cortar el cable rojo o el amarillo. Y Terry hizo lo que pudo. Agarró, pegó, saltó e incluso le quitó a Giggs las mieles de la gloria sacando una pelota de gol en la prórroga.

Pero cuando el miedo aparece no puedes hacer nada. Apareció en en tercer paso. En cuanto el tobillo de apoyo del capitán, se puso en paralelo al balón -como mandan los cánones- Jonh supo que daba igual lo mucho que intentara ajustar el tiro a la cepa del poste, porque notó cómo el miedo le echó mano al pie izquierdo y le arrastró al suelo.

Curiosamente, la otra final que vi ganar al Manchester, fue frente al Bayern de Munich. Iba ganando 1-0 en el Camp Nou. Minuto 90. Corner. Gol de Solskjaer: empatan. El miedo, en esta ocasión, atrapó en su área a los jugadores alemanes hasta que el viejo Sheringam hizo, en el minuto 94, el 1-2. ¿Por qué el miedo irá siempre con los diablos rojos?

John Terry, probablemente el mejor central de su generación, en el equipo más potente, internacional con una de las selecciones más competitivas, ha sido este año subcampeón de liga, subcampeón de Champions y verá la Eurocopa desde su casa (Inglaterra no se clasificó). Es decir: ha ganado lo mismo que un tipo del grupo XVII de la Tercera División: nada. Ayer cuando llegó al hotel no hizo ascos al champán preparado por si ganaban. Ahí empezó todo. Ahora está buscando en el Segundamano un viejo Citröen dos caballos. Furgoneta.

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Eso

Subes. Intentas no quemarte en la subida. Regulas. Pero el cuerpo se te calienta, notas cómo los gemelos se hinchan y buscan palancas y otros juegos físicos en las piernas. Te pesa el culo. Da igual cómo estés, el culo siempre está ahí para pesar y para recordarte que la carretera pica hacia arriba.

Llegas al llano y los pulmones se estiran lo más que pueden y ayudan a los ojos a ver todo más claro. Puedes dar zancadas más largas, relajar gemelos y tendones y seguir marcando ritmo. Llevas ya doce kilómetros, los tobillos se resienten. Si pudieran crujirían y recuerdas miles de anuncios de productos antioxidantes que siempre consideraste una estafa para amas de casa gordas, y que ahora te habría gustado probar, en lugar de tanto ron y tantos porros.

Te duele la rodilla y los dos tobillos. Cada paso espolvorea la tierra alrededor de la zapatilla. Da igual la marca, ninguna corre por tí. A pesar de lo que digan. Plof, plof, plof, como si cayera eternamente el coyotedesde lo alto del acantilado, en su lucha por perseguir al correcaminos. Plof. Nos enseñaron a que nos cayera bien el coyote. El perdedor. Menudos hijos de puta. Dejad a los ganadores, no queráis serlo, tranquilos. Bien, mientras te cagas en la filosofía barata, no piensas en lo cansado que estás. Fundamental: distraerte.

Aparece tu amigo el flato. Por si fuera poco. ¿Qué cojones es el flato? Pues algo que te jode la carrera, te acuchilla desde el centro-derecha de tu estómago y se alza, poco a poco, hasta el hombro derecho. y se queda un buen rato. Te hace retorcerte, pero debes mantener el ritmo: pum-pum, pum-pum.

De repente, con la mente en blanco, con las distracciones agotadas, intentando pensar en algo que te haga olvidar cómo maltratas tu cuerpo durante hora y pico, cada día, aparece ella. Es un recta. Pero no una recta cualquiera, mide casi mil metros, se ve interminable y es lo único que te faltaba para destrozar tu, ya maltrecha, moral. ¿Qué coño haces corriendo? ¿Es por salud, por las chicas, por sentirte jóven? ¿Por qué no estás tomando un cerveza a las ocho de la tarde, como todo el mundo? ¿Qué te impide parar? Nada. Absolutamente nada. Si al llegar a esa recta no te paras para tomar aliento, es porque quieres, porque nada ni nadie te lo impide. ¿Por qué lo haces, entonces?

Probablemente porque la única persona a la que no engañarías es a tí. El axioma implica que a todos los demás sí. Lógico. Y por otra cosa. una especie de puntito blanco que te hace tirar hacia adelante, cuando tu cuerpo y tu mente te piden que pares. Ese puntito aparece en China, tras el terremoto, en ese campesino que le levanta para recoger los restos de su familia, medio podridos en el fango. Ese puntito es el que hace que también la caguemos. Es el puntito que vió Caín cuando echó mano a la quijada. Eso.

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¿Tan difícil será?

Que vivimos en un mundo en el que cada vez estamos más acomodados es discutible (hay quienes creemos que la ficción sobre la que vivimos parece más confortable), pero lo que es indiscutible es que existe una tendencia hacia la búsqueda de lo fácil. Somos como el agua que desciende por la montaña a gran velocidad, buscando los surcos que le hagan más directo y sencillo el camino al mar. Pero sin poesía. ¿Tan difícil será?

¿Nos estamos volviendo vagos? No. Vago es el que vaga, y el que vaga se pierde, y el que se pierde (y sólo él) construye mapas. El que vaga subvierte y piensa. El que vaga contacta consigo, con la naturaleza y con los recursos que tiene y que se puede generar, porque se ha salido del camino, de la fortaleza. Cuando en Segundo de la antígua E.G.B. (a su vez, de las antíguas pesetas) la profe le decía a mi madre que “su hijo es un vago”, no sabía lo orgulloso que ese calificativo me podía hacer sentir en un futuro. Gracias Angelines.

Por tanto la sociedad no es vaga. Si no no escribiría este post. Este blog es para odiar, no para reconfortar. Y cuando digo sociedad me refiero a la sociedad occidental, global, rica, la minoría, en definitiva. La sociedad es torpe y busca el camino más rápido, porque la velocidad elimina las imperfecciones y genera una falsa sensación de suavidad. La vida no es suave. Los límites existen.

Hoy se da la voz de alarma (perdonen por emplear esta bonita y tópica expresión cuyo orígen desconozco) desde el Reino Unido (relativamente unido): el gobierno inglés pretende que las compañías que ofrecen servicios de telefonía e internet, graben y almacenen conversaciones y correos electrónicos, con el fin de luchar, atiendan, contra “el terrorismo y los crímenes graves”. Imaginen lo fácil que sería para un buen buffete de abogados de Washington crear toda una historia capaz de inculpar a cualquiera de cualquier delito. La pregunta es “Pero coño ¿Es que ya no es suficientemente fácil, con la ley cogida por las pelotas y los jueces y medios nadando en billetes de 100 dólares?”. Se ve que no. Así que ya saben: si son guionistas tendrán una oportunidad laboral más.

Imaginen Spielberg&Scorsesse Agobados. Tirando del hilo de la ley, hasta valdrán ficciones como pruebas incriminatorias. Habrá prestigiosos premios “al mejor homicidio involuntario”, “al mejor cabeza de turco”, “al mejor crímen pasional”. Por supuesto los delitos españoles serán un mierda y vivirán de las subvenciones.

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Grato

Grato es una palabra que me gusta. Se parece a la que empleamos para nombrar al mamífero felino doméstico. También al grupo terrorista aquel tan friki, que mataba pero nadie sabe reivindicando qué… que eran como la ETA de un videojuego sin licencia.

Grato me parece muy plástica. Igual que la palabra lapicero huele a madera recién tajada, o cuaderno a papel vírgen, grato huele a perfume muy suave y a brisa en la cara y a jersey azul de algodón fresco sobre la piel.

Yo, que siempre odio los gentíos, los macrofestivales, las marabuntas, las fiestas populares y demás aglomeraciones susceptibles de ser gaseadas, hoy, de repente, me he sorprendido. Acabo de llegar de correr por El Retiro, lugar hacia donde se dirigía una gran cantidad de gente, atraídos por la exhibición de fuegos artificiales en el estanque del parque, conmemorando el día del patrón de la capital: San Isidro. Ya ves, fuegos artificiales. ¿Por qué será que los políticos, cada vez que piensan en una fiesta, dicen “fuegos artificiales”…?

La cuestión es que he sentido una reconciliación con esta ciudad, que parecía me estaba dando la espalda antes de tiempo. El ver cómo las parejas, familias, grupos de amigos, subían por la cuesta de Claudio Moyano y atravesaban el parque para asistir al espectáculo, me ha sabido como una especie de guiño de vida por parte de la gran Madrid. Y se lo agradezco, mañana le compraré unas pastas.

Hay algo muy curioso en esos eventos. Cuando vayan a ver un castillo de fuegos, desprendan por un momento la mirada del cielo y fíjense en las personas, absortas en el juego de luz. Son como ustedes. O diferentes, o parecidos, o no. Pero no les serán extraños. No les pegarían un tiro, ni les gritarían, ni les tocarían el claxon, ni les dejarían en la puta calle. Son ustedes.

Además el paseo me ha generado una serie de preguntas:
Que miles de personas acudan a este tipo de eventos… ¿Significa que existe un interés popular por la estética?
¿Por qué los artistas plásticos no tiene la relevancia mediática de, por ejemplo, los músicos?
¿Cuándo van a reconocer los culturetas que en deportes como el fútbol, lo que engancha no es la emoción, sino el placer estético de los juegos geométricos?

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