¡Islamabad, qué hermosa eres!

Por estos locutorios ya andan preparando todo para el gran programa televisivo: elefantes, niños que cantan, humoristas, malabaristas, millones y millones de bailarines… o por lo menos eso parece. En Pakistán las bibliotecas deben tener los decibelios que registramos aquí en el Katmandhú a las cuatro de la mañana. La ciudad, dicen, es muy ruidosa. Pues éste engendro de negocio debe ser ruido relleno de gente. Se la toman de merienda-cena. Como PepeEl Uña” se tomó aquel entrecot.

Y es que en torno a la figura del nulamente camaleónico Pepe “El Uña” -el único español más encasillado que Antonio Resines-, han surgido muchas leyendas. De cómo su encorvada figura se infiltra por la noche flamenca de la capital, nos quedaremos con la versión más romántica porque, como bien se ha criticado del blog, últimamente estoy muy melancólico.

Pepe era un gran bailarín. Eso dicen. Pero por lo visto con duende y toda esa mierda del márketing flamenco. La ostia tú. No a nivel los chavalitos del Fama, que ves a los papás viéndo el programa como locos. Y sus mujeres preguntándose por qué, si su marido no las quiere llevar a bailes de salón, se flipan con el programa. Manolo Lama tiene la respuesta: las chavalas. Y los chicos especiales.

Pues para Pepe bailar no era su sueño. Su sueño eran ocho horas, más una siesta andaluza -que, según la OMS oscila entre las 3 y las 5 horas-, y el bailar sólo era un buen método para comer, beber, fumar, vivir y follar (follar, y su fase previa de Champions: ligar). Pero hete aquí -esto es muy de cuento, cómo mola- que se enamoró de una gitanaza de éstas, jaca jerezana, jamona, de las que se te ponen encima y te hacen más cosas que un móvil de última generación. Ella, rehuyendo del duende, del arte, y de los pepinillos en vinagre (ayer en la Patas el calvo con dientes de caballo casi me mata -y no es un recurso daliniano, es que es así), decidió que a Pepe le dieran por el mismísimo culo, y se largó con un gitano de éstos que nacen con el pelo brillante.

Y Pepe, como era otro tiempo, y no tenía ese rollo newyorkino de ahora, que si te dejan tú tienes que reaccionar como si estuvieras comiendo una valenciana de Hacendado, se volvió loco. Loco de amor. Y probablemente protagonizó la letra de algún cantante melódico latino, y su historia da la vuelta en los cedés de millones de pubs casposos de nuestro país y, cruzando el charco, de ese pub casposo que es latinomérica (a ver, siempre desde el respeto).

Y desde entonces, cuando cae la luna, sale entorno a Lavapiés, con la uña de su dedo meñique tan sucia como larga, con ese mal afeitado de anuncio, con ese abrigo y bufanda que no suelta hasta agosto -que viste el modelo blanco/Wimbledon-, con ese pelo grasiento que refleja las miserias de un barrio al que lanza la súplica: “Amigo, amigo -llama la atención- ¿Un porrito me darías?”

Amigos: vigilen sus entrecots

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Frío

Imagino que con el tiempo recordaré esta época con nostalgia, pero si me la pudiera ahorrar… Se equivocan y te venden sopas instantáneas, menús rápidos y cosas por el estilo, pero el verdadero negocio sería crear nostalgias rápidas. Abrir y listo. Y dejaríamos de comernos ciertas penalidades. La espera agota, te hace sentir un parásito, extraño, porque tampoco hay nada que hacer, ni dinero para que parezca que se hace algo.

Probablemente miraré atrás e identificaré todo ésto con momentos dulces, pero no lo son. El tiempo es papel celofán. Como cuando ella y yo llegamos a Madrid, y cenábamos en el suelo porque no teníamos mesa, y lo vestíamos de picnic casero. Ahora revientan en Bombay, y miro atrás con nostalgia, pero de la construída a golpe de cincel, que es la que menos mola. Y veo por la tele caras de solucionadores que piden que se hagan cosas que a ellos no se les ocurren.

Vamos a perder. En sociología de la guerra se llama “guerra asimétrica”. Uno de los contendientes expone una forma de ataque que supone un salto cualitativo. Es como lo del ajedrez: no se juega “contra”, se juega “con”, porque se respetan las mismas reglas. Como siempre perdieron al ajedrez, ahora pegan la patada al tablero, y las reglas las escribe dios -el suyo, el vuestro, ¿?- y a correr. A ver cómo se para. No se puede. Durará años, pero ganarán, porque las neuronas cada vez están más demodé.

Y se salvó Esperanza. Joder con la tía. Es algo así como un ser indestructible. Los ciudadanos la liquidaron, y lió el tamallazo, salió viva de la del helicóptero, ahora de un tiroteo en un hotel: indestructible, la quinta de la Patrulla X. ¿Qué comerá? ¿Sentirá nostalgia? Probablemente no, porque ella es un factor creativo de nostalgias ajenas, y esa gente no consume de lo que vende.

Hace frío en el jodido locutorio. Hace frío en esta metáfora, que es el locutorio. Mañana habrá risa. Prometo.

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Amor

Mi familia fue un desastre. Es una afirmación que pueden reconocer, bajo cuerda, el 99´7% de los seres humanos. Y la hago en pasado, porque ahora es un ente a la deriva, un cadáver marcando, con su putrefacta fetidez, una área en el estanque. Por eso quise hacer las cosas bien, por eso me preocupé de mi hijo, y le quise enseñar lo que no me habían enseñado a mí. Pero como no me lo enseñaron, se ve que no se lo pude contar bien, porque el chaval se ha convertido en un auténtico hijo de puta.

Y no ya porque pegue a su mujer, la criatura, que bastante es -pero como es mi hijo, le quiero, cosa que no entiendieron mis consuegros-, sino porque es capaz de hacer negocios sucios a una velocidad que derretiría la gomina de Mario Conde.

Lo de la violencia de género, se lo explicaba al juez: vivimos en una sociedad violenta. Pero no frivolicemos con el rollo de los videojuegos, porque también está el Pro Evolution Soccer y no veo a la gente dando pases entre líneas por la calle. Lo digo porque el Estado genera violencia (represión), y el capitalismo deriva siempre en esquizofrenia.

Cuando soltaba esto sé que el señor juez desconectaba su atención, y se cercioraba de estar grabando todo para colgarlo al día siguiente en el Magistratube, pero seguía con mi tesis. Hobbes definió al Estado como “el monopolio del uso legítimo de la violencia” y, de ahí, deriva todo. Utilizamos el lenguaje violento para autoafirmarnos frente a quienes consideramos inferiores: los directores a sus encargados, los encargados a los empleados, éstos a sus mujeres, y las señoras a los niños o las teletiendas. Porque hay un momento en que alguien pregunta el último “por qué” y la única respuesta válida es “porque me sale de los cojones

Señor juez, ¿Cuántas señoras juez hay? y, sobretodo ¿Por qué ganan el 16% menos que los jueces hombres? Y ahí se me acaba el rollo, el abogado llamaba al estrado a mi hijo y éste la cagaba en dimensiones sobrenaturales. Cosas suyas. En el barrio, cuando le bajaban al tercer grado, le miraban como a un delincuente pero menos. Osea que no es que le deseran los buenos días, pero no es como si miraran a un psicópata, o a un pederasta, o a un catalán. Tampoco eran miradas de admiración, como si hubiera liado la de Roldán. Él se siente bien en su etiqueta de descarriado, y yo soy su padre y, si él está bien, yo también.

Lo que me jode es que yo siempre he sido un desastre para los negocios, y él es capaz de vender cubitos de hielo en el Polo Norte. Cambiaría un par de ostias por la mitad de su labia. Llamaré a Guatánamo, a ver a cómo está la ostia. Y mientras pienso éstas tonterías, él está cerrando con Telecinco para ser tertuliano. Sabe el jodío. ¿A quién habrá salido?. Me dice San Pedro que le pillarán y pagará por todo lo que ha hecho. Que lo que me hizo fue muy chapucero. Pero yo confío en él. Los de aquí no tienen ni puta idea.

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Cerebro píxelíco

Castigo de dios. Por habérme tirado toda la tarde del domingo con la Atari y con la XBox dando ostias en el juego del pressig catch y follándome a mis colegas en el juego del cine (y mira que soy manta). Ayer mi CPU me dijo adiós -o, como dicen los chavales: “me dejó to tirao“- y amenazó con llevarse mogollón de cosas estúpidas, que los seres estúpidos, como yo, dejamos a mal recaudo, confiando estúpidamente en la tecnología.

Así pues publico así de tarde y mal. Espero que mi amigo-el-informático Ivan, el hombre que igual te fríe un huevo que te defiende el torresquevedismo, se pase por casa a hacer de las suyas. Joder qué impotencia estos bichos, ¿eh?. A ver, cosas que me rondan y no tengo tiempo para darles chapa y pintura ehh… no sé. Sigo enfrascado en la lectura de cosas raras.

Estoy con Lem, el polaco de la suerte. Novelaca esa del Hospital de la transfiguración. Y escuchando música moderna y rara. Y un buen disco entre medias, recomendabilísisisisismo, si os mola el rollo de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. El grupo se llama Lovely Luna y en disco no recuerdo. Da igual, creo que sacaron sólo éste. Uno de los componentes es Xoel, de Deluxe. La ostia en pepinillos. Colaboración incluída de Josele Santiago. A Jóse le va a flipar cuando lo escuche.

Mañana les cuento más, porque esto de intentar concentrarme con un subsahariano minúsculo, cantando “aleluyah, aleluyah” en falsete-billí, es una tarea ardua. Además que huele como a cuero. Dios, a ver si se va el mundo a tomar por culo. Y me devuelves el ordenador, coño, que siempre te llevas a los mejores.

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Batiburrillo

Elijo como título del post una de las palabras más feas del castellano. Y olé. Yo no busco nada, aunque me gustaría encontrar el amor, eso es cierto y, aunque suene a titular del “Qué me dices“, es cierto, y anula lo de que no busco nada, puesto que si deseo encontrar, no cabe otra que estar buscando. Pero no hurgo. Ese debe ser el verbo: hurgar. Y no digo el amor en general, en plan lennoniano, que me la suda, no, digo el amor de una fémina. Y sé que después de estas declaraciones, me caigo de la convocatoria del Equipo Guay, pero me da igual, quiero cambiar de club. Y estoy harto de levantarme con Beyoncé, y no saber si está conmigo por el dinero o porque de verdad me quiere.

Dentro de los mecanismos de autodestrucción activados desde principio de año, caigo en la filosofía. Ayer un amigo, en un coche, me dijo “Es que yo de un negro no me fío. Osea, que luego los conoces y tal, y bien, pero que no, que no me fío“. Tuve la sensación de estar en Kentuky, en un rancho de hace treinta años, así que cogí la nave del tiempo y aterricé en la semiótica de Wittgenstein.

Siempre me obsesionó Ludwig. Demostró que todo tiene que ver con todo: filosofía, matemática, lógica, física… y que la parcialización de los saberes no es, sino un arma más del sistema, para que perdamos perspectiva, y todo esto los explicó muy bien Chaplin en Tiempos Modernos. Me acerqué a Ludwig por puro morbo, con la misma oscuridad que, en su día, leí el Teleny de Oscar Wilde. Y de su persona a su obra hay un salto mortal increíble y peligroso:

Nombrar parece como una extraña conexión de una palabra con un objeto“, o “Nombrar es poner una etiqueta, nombrar no es certificar que se es” o, sobretodo “Lo que designan los nombres del lenguaje tienen que ser indestructibles: pues se tienen que poder describir el estado de cosas en el que se destruye todo lo que es destructible“. Y una perla detrás de otra en sus Investigaciones filosóficas (1954). Y los lomos de mogollón de libros me ofrecen claves desde la estantería Expedit de Ikea.

Me abren al aperitivo de Román Reyes. Por cierto, que me tienes que devolver los apuntes que le robé. Y el disco de Yann Tiersen. Una cosa es hacer la de Copperfield, y otra eso. Hablemos de fútbol, titulares: debuté de portero para echar un cable al equipo, me comí el gol. Fui de Gianluiggi Buffon y me quitaron en Gianluiggi. Perdió el Athletic. Mejor pasemos a otra cosa. Hoy es otra cosa. Será.

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Notas de sábado: mañana tocarán garbanzos

Mi casa era lo más parecido a la commonwealth que conoceré en mi vida. Cuando estudiaba, en Constitucional, las leyes no escritas aplicadas por las sociedades británicas, no podía dejar de acordarme de la extraña norma por la cual en casa de mis padres, los sábados, tocaba comida divertida (entiéndanse fritos varios, o ensaladilla rusa, o embutidos), y los domingos cocido de garbanzos. Como si la más ligera variación fuera a suponer la caída de la cultura occidental tal y como la conocemos.

La cultura occidental actual se basa en la explotación. Es decir, que nosotros tenemos Ipod Nano gracias -y sólo gracias- a que millones de personas pasan hambre. Y nadie, repito, nadie, está dispuesto a ceder el último de Jack Johnson en mp3, aunque sepan que cada escucha liquida a una decena de niños subsaharianos. La crisis moral no deviene de los planteamientos que relativizan las grandes historias (las explicaciones globales a las grandes preguntas), sino del sistema actual que, lleva la explotación al extremo. A mí, personalmente, me dan igual. No quiero perder mis muebles, o mis discos, o mis libros o mi ordenador, o lo que sea, por ellos. Mientras no huela su fétida peste a muerte cerca, pero de momento están muy lejos. Y no me considero mala persona. Ni buena.

En la U.R.R.S. se intentó. Pero la tercera generación que se tuvo que sacrificar, dijo que hasta ahí habían llegado. La década en la que la creatividad es la palabra de moda, nos deja un auténtico solar, una empanada filosófica y artística descomunal. Los talentos están esforzados en el mundo virtual, y el dinero adquiere forma de ética cibernética (aunque suene a canción de Fangoria).

Hablando de música, cuanto más escucho a los galeses Mando Diao, más tengo la sensación de que hacen todo lo que yo haría si montara un grupo. Pero ellos lo hacen bien. Osea que ya no tengo por qué montar un grupo, ya lo han hecho ellos. Ese trabajo que me ahorran. Y tampoco puedo combatir las injusticias mundiales, ni el menú en casa de mis padres… así que será un sábado aburrido.

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Platos sucios

“Soy un superhéroe que convierte lo que ama en hielo,
pero un día el guionista olvidó qué es el amor bajo cero.
He quedado con la mole para hablar de nuestros días violentos
y se había reducido el estómago y ahora es pequeño.”

Al oír esto azoté los cascos Sennheiser contra el sofá. Hubo suerte y, tras un blando rebote, cayeron en el cojín, donde el grupo seguía machacándome con su canción. Así, a un par de metros, daba la sensación de que estaba tocando un quinteto de hormigas con talento, metidas en aquellos auriculares. Me levanté encendiéndome un cigarro, y el humo perfiló la longitud del pasillo como una especie de tiza aérea. Cuando notas que el humo se mueve muy rápido, es que tú no te estás moviendo nada.

Persianas con rendijas y baile mañanero de motas de polvo. El salón es un after de ácaros. Demasiado tráfico en el aire. Hay alguien alegre, por lo menos. Me he quedado de pie, con la mente en blanco, pero teniendo la sensación de que si algún ser fictício me preguntara en qué pienso, tendría que inventar una coartada, y ahora mismo no se me ocurre.

Dedido andar y llegar al fregadero, por el mero deporte de llegar al fregadero. Acabo del lavar los cacharros y meo. Me gusta mear en el fregadero. Saco la cola, luego lo limpio y bien, pero me gusta. Y en el lavabo. Es más cómodo, no me ve nadie, para la gente seguiré siendo un tipo respetable. Gasto menos agua. No sé. He fregado los cacharros, ya lo he dicho, antes de mear. Otra vez. Osea, creo que anoche los fregué antes de ir a dormir.

Hace unos días que caigo en que friego demasiados cacharros. No, en serio, más de los que ensucio. Es imposible ensuciar tanto plato, que una persona lo haga. Y he visto cosas movidas, discos y eso. Y la foto con mi ex, que rompí y volví a pegar, también creo que la encuentro girada. He pensado poner una marca o algo, pero me da miedo tener razón. Sí, tengo la sospecha de que alguien más vive en casa. Es absurdo, pero yo friego demasiados platos. Y no los ensucio y eso sólo puede ser porque viva alguien más en casa.

No digo que me sienta perseguido o algo así, ni que sienta presencias ni cosas que me conviertan en friki. No, esto es mucho más serio. No me preocupa esa otra persona. Mientras no me moleste, o decida ponerse mi camisa azul el día que yo quiera llevarla, no está en absoluto de más. Pero no quiero lavar los restos de sus comidas.

Las madres siempre pillan a la gente por el pelo, porque se dejan pelos, o en las chaquetas, o sofás o camas… Y busco pelos. Sí, las veces que pierdo la mirada, busco pelos por el suelo. Antes, cuando me he quedado de pie con la mente en blanco, los ojos se me han caído al suelo, a buscar pelos. Y no los encuentro.

Es algo raro visto desde fuera, pero no he querido llamar a la policía o comentárselo a mis amistades. Es la paranoia que tengo. Como si viviera con otra persona. Son las diez y cuarto y mi mujer todavía no ha llegado. Tiene que devolverme el coche, que tengo psiquiatra.

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Mujeres…

…del mundo:

Si queréis charlar un rato sobre casi cualquier tema, desde política internacional a postmodernidad, pasando por deporte o literatura (con un 91,2% de superficialidad), queréis ir al cine a ver una buena peli en versión original, pero reíros de los culturetas, si os da tanto asco un taurino como un jipi, si buscáis una cena muy sabrosa en compañía (y de una perra loca), si queréis disfrutar de casi cualquier género (¿jazz?, ¿soul?, ¿indy?, ¿pop?, ¿blues?, ¿country?, ¿rock?, ¿bossa?, ¿electrónica?) en mp3, cedé o vinilo, sentiros cómodas y notar cómo os váis soltando y creeis que vais siendo dueñas de la situación, y reíros y sentir cómo vuestro cuerpo se acalora, y daros cuenta que enfrente tenéis a un tío que va de duro, pero que es un cachopan, y eso a las tías os mola, y que os escucha y comprende y raja de las clásicas tácticas de los tíos (que es una táctica más)… y que además no es gay, es decir, que durante toda la noche podéis jugar con esa tensión sexual…

…no tengo plan para este finde.

Abstenerse fans de los cachas y los tatoo.

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Evil is alive and well

El reverendo Billy Graham hizo lo que pudo ungiendo sus culpas con agua bendita. Años después, en un retiro dorado, recordaría que muy poca gente le habría hecho sudar tanto de uno a otro confín de Carolina del Norte.

Cuando acabó su mandato no tuvo otra cosa que decirle. No pensó en palabras de hondo calado, frases compuestas para recordarse. Cuando el candidato negro asumió el cetro le dijo “disfrútalo”. D-I-S-F-R-U-T-A-L-O. No “buen trabajo”, o “suerte”, o “te deseo lo mejor”. No. Disfrútalo. ¿Cómo se disfrutará?, ¿Cón cual de sus múltiples salvajadas disfrutaría más? ¿Con los daños colaterales en coordinadas demasiado lejanas para las televisiones, o con los homeless congelados en Brooklin? ¿O, tal vez, con la sensación de que aún haciendo todo eso siempre serás considerado de los buenos? Eso, eso creo que es la perfecta definición de poder.

El candidato negro ya ha dicho que quiere formar un gobierno donde también esté el otro partido. El fin de semana se reunieron los chavales y, en vez de pensar en cambiar las cosas, hablaron de lo mal que está todo. Cambiar las cosas requiere partir de la premisa del error y a nadie nos gusta reconocer el error. A nadie. No es que sea humano, es que, probablemente, lo humano sea un error. Y desde el país del frío callan y hacen, y el jóven y barbudo presidente lanza sus nuevos misiles para saludar al candidato, y todos dicen “sí” pero recelan, porque lo deben estar disfrutando.

En nuestro estado y, a un nivel mucho menor, el ministro con nombre de humorista dijo que lo de prejubilar con 48 años ni borrachos, pero el demonio se reunió con él y le dijo que si prefería 10.000 prejubilados o 10.000 parados más. El demonio es así, el único organismo representativo supranacional que cumple con los requisitos del gran diplomático: puntualidad y sinceridad.

Cuando Arbusto habló con el reverendo Billy Graham no le contó nada de lo que le preocupaba, y por eso le hizo sudar tanto. Al demonio sí, éste lo sabía todo, porque tiene los hombros anchos e inspira confianza. A Arbusto le peocupaba que Laura ponía cara de asco cuando se la follaba. La misma cara que cuando el servicio, en una falta intolerable, servía el maíz tostado que tanto odiaba. Sí, esa era la cara ante su erección. Intentaba penetrarla, pero la lubricación era una utopía, y de metérsela por el culo ya ni hablemos. Y eso le tenía sumamente contrariado. Y todo eso lo conocía el demonio, y lo comprendía. No porque a él le pasara, es demasiado fogoso, sino porque casi toda su cartera de clientes tiene ese mismo problema. El del país del frío, el jóven y barbudo presidente, e incluso el ministro con nombre de humorista.

El demonio trabaja para todos, tiene tiempo, se organiza el cabrón. Cuando llega a casa, completamente agotado, se afloja la corbata y besa con champagne a su mujer. Follan hasta altas horas de la madrugada y cuando acaban, él se asoma a la azotea desde donde se ve iluminado el Senna, y ella coge la guitarra y rasguea la última composición para él. Mañana será otro duro día de trabajo.

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Ring

A las siete de la mañana Carles Francino me propulsa de la cama, envolviendo con su dulzura doscientos cincuenta gramos de medias verdades, temperaturas y estados de las carreteras. Me incorporo, me calzo las zapatillas y me pongo la bata de rayas porque cada vez madrugan menos los grados. Mientras se cargan en mi Spectrum los volúmenes de la casa, intento abrir la agenda mental, pero un pequeño quiste me nubla el pensamiento. De repente tengo la sensación de que nunca cambiaré de opinión respecto a nada.

El ruido del microondas calentando el capuccino hace que la habitación parezca el Enterprise y le da un cierto aire de heroicidad al hecho de sentarse. La idea de la supuesta no-evolución no sólo ha cerrado la agenda mental, es que ha dado de beber al bibliotecario cerebral. Me machaca. Siempre presumí de tener 35 años. Desde que con 13 leí La ciudad y los perros, supe que tenía 35 años, y mi afición por la música popular me llevó a pensar que en mi cincuentena natural, seguiría teniendo 35.

Pero hoy esa idea me mata. Es invierno y hasta las ocho y media es de noche. Por la noche la perspectiva no existe, sólo la que te permite la luz de la mirada, que es muy poca, así que cualquier cosa puede volverse obsesión, cualquier problema insalvable y yo estoy demasiado agobiado para esperar a las ocho y media. ¿Y si nunca volviera a variar mi opinión sobre nada? ¿Y si no lo hiciera, no por cabezonería, o pose, sino porque de verdad soy incapaz de variar mis visión sobre algo?

Le he echado cuchillas al café y lo noto a cada trago. Intento fijar la mirada pero no puedo y ni los mordiscos de la perra, empeñada en crear la bata-chaleco para la próxima semana de la moda, me hacen volver a la realidad de mis asfixiantes 35 años. En el terreno de la especulación no hace tanto frío, y asoman muchas cabezas de las que no te puedes fiar. Hago recuento: la Velvet son la polla, y los Beatles intocables, y Brian Wilson, y las comparaciones Beatles-Stones sólo las hacen gilipollas, y quienes llaman Rolling a los Stones no tienen ni puta idea, y los beat molan, pero acaban aburriendo, y Borges imaginó todas las realidades, y la novela negra es más rica que la histórica, y el mejor Elvis es el de Las Vegas, porque demostró que el monstruo come hombres pero sigue cantando, y Woody nunca defrauda, y Chillida ha dicho todo sobre el espacio, pero plagió a los italianos de los cincuenta, y la meritocracia sería mi ideal y…

Nada. Llevo quince años pensando lo mismo. Exactamente. No he movido un ápice. Cada nueva ola es una nueva negación. Cierro cajones que de vez en cuando ordeno, como quien ordena una colección de algo, pero jamás remuevo papeles. Y no tengo pinta de hacerlo. Me siento como el orgulloso coleccionista de mariposas, que una mañana se da cuenta de que tiene el salón lleno de cadáveres.

Miro los periódicos y El Mundo, abro la wikipedia, pero nada. Cojo libros de lectura obligada en el instituto, pero con sólo tocar su lomo, me doy cuenta de que estoy vacunado… no encuentro salida, y queda demasiado para las ocho y media. Socorro.

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