Post VII "el infierno"

No me atrevo a decirles que me lleven al médico, pero voy cada cinco minutos al water, he vomitado seis veces, no puedo parar de temblar y los dolores abdominales son los más punzantes y duraderos que he sentido nunca. Cuando M. sale de la habitación con rostro desencajado, supone un apoyo fundamental en esta especie de senado de enfermos, así que agarramos el coche y vamos al ambulatorio de Conil. A mitad de camino paramos, M. y yo salimos y perdemos la dignidad en mitad de la carretera cagando codo con codo.

Llegamos, nos piden la tarjeta sanitaria y nos preguntan qué hacemos a las doce de la noche allí. Nos hacen esperar tanto que algo pisa el acelerador dentro de mí y empiezo a ser incapaz de parar la vista en algo. Entre flashazos blancos aparece V., han ido a por él a casa, los mismos síntomas. Entro el primero a la consulta y le digo al presunto médico (se sacó el MIR hacía no menos de diez horas, seguro) que saque las cosas que tiene en un lavabo, porque voy a vomitar. Me dice que no me preocupe, así que vacío el estómago encima de su intrumental y me pregunta qué me pasa. Le cuento la película y me dice que seguro que es una intoxicación. Nóbel de medicina, por mis cojones.

Nos mete a los tres en una sala y aparece la oscura figura del practicante (más presunto todavía). Dicen que tenemos cuarenta y uno de fiebre, y que estamos deshidratados, como esas frutas que nunca acabaron de ponerse de moda y te meten en los paquetes de cerales Muesly. Nos van a poner una vía y empiezan por M. M. pesará unos cincuenta kilos, así que en su brazo no caben muchos pinchazos. El practicante entra a matar y falla, tendrá que pinchar de nuevo. Yo flipo, pienso que si ese impresentable se cree Curro Romero y digo, con V. inconsciente en una camilla, que yo me hidrataré por vía oral. Tomo dos tragos de agua y a los diez segundos sale por donde entró, así que tendré que someterme al pinchazo del practicante/novillero.

Pincha, me engancha al aparato con la bolsita que siempre ves en las pelis y se convierte en una lacra para atravesar el ambulatorio hasta el baño, que tengo que visitar con asquerosa frecuencia, arrastrando la estructura como Cristo arrastró la cruz en el Calvario. Grito que quiero que me metan algo que me calme el dolor, pero me pinchan algo para cortar los vómitos y lo consigue. Me tumban en una camilla y los dolores me destrozan. En las últimas cuarenta y ocho horas he dormido dos, he recorrido mil doscientos kilómetros en coche, he perdido la cartera y la he vuelto a recuperar, me ha desaparecido un bañador deputamadre, he limpiado una casa, he nadado un kilómetro y no puedo dejar de temblar… así que caigo dormido de puro agotamiento.

Me despierto cagado. Me incorporo y lo comento pidiendo unos pantalones, pero en todo un ambulatorio no hay unos putos pantalones, así que me dan una sábana para que me la enrrolle por encima de los pantalones cagados, por si quedaba algo de dignidad. V. y M. duermen y escucho cómo gestionan la ambulancia, porque la fiebre nos ha subido a cuarenta y uno, y el presunto médico precoz está acojonado, no quiere decirle mañana a su novia que ha levantado tres cadáveres en su primer día de trabajo. Los de la ambulancia le dicen que no van a dar, ni de coña, tres viajes al hospital, así que debe escoger a uno. M. es la elegida, la Cristiano Ronaldo de la cagalera.

Tras meternos un litro de líquido en vena, un corta-vómitos, a M. en una ambulancia y no se qué más, imprime un papel en el que dice que tenemos que comer arroz, pechugas de pollo, y que estemos tranquilos hasta que caguemos sangre. ¿Algo para la fiebre? Bueno, bastante ha hecho el neodoctor. En el coche para voler a casa V., grogui, no deja de balbucear que tiene frío, yo sigo temblando y m., que conduce, comenta que le empieza a doler la tripa. Son las cuatro y media de la mañana y estamos en lo que queda del tercer mundo de la puta Unión Europea.

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Post VI "la tortilla"

I. se tira dos horas bromeando con la puta tortilla. Que nos va a cobrar diez euros por el pincho, dice, y luego se le arranca una de esas carcajadas internas como la eyaculación de Sánchez Dragó. Yo me tiro en la playa y me la como. Me da algo de yuyu que el huevo esté líquido, porque me gustan hechas, pero llevo sin comer desde hace veinticuatro horas. Hace dieciocho estaba en Valencia y ahora en Cádiz y no me he movido en el Air Force One precisamente, así que no puedo con mi alma y dejo que el sol acabe de darme todos los boletos para el melanoma. También comemos unos berberechos y unos mejillones de lata. Si estuviera con mis viejos en vez de con colegas, me dirían que es la típica comida que igual nos da cagalera.

S. está metida en una tienda de esas del Decathlón que la tiras al suelo y se montan solas en dos segundos (a ver cuando toman nota los del Ikea), vestida de pies a cabeza, esperando que la playa se vacíe para poder pescar. Está esperando que se vacíe la playa del Palmar, un domingo de agosto, a las cinco de la tarde. Se ve que la chica tiene esperanza. Yo escucho Good Vibrations de Wilson y sus chavalotes, porque me parece muy acorde y, además, me ha flipado que aparezca en Lost como la clave de una computadora.

Lanzo el reto de “a que voy hasta la bolla” y voy. Hay una resaca del copón, así que la vuelta se me hace imposible, doy cuatro brazadas para avanzar una, pero alcanzo la proeza. Cuando llego todo el grupo está durmiendo. Es como si tu padre no fuera a verte jugar al fútbol de pequeño. Es una demostración de estupidez, y una lección de sociología a la vez, del rollo “¿Por qué coño hacemos las cosas?“, pero bueno, me voy a dar una vuelta y a los quinientos metros la playa se puebla de mamellas y colas al aire así que cojo a mis Kings of Leon y nos damos la vuelta. Tengo ardor de estómago, e I. dice que se encuentra fatal y que se va a casa. V. pilla el coche y lo acerca. Más tarde llama diciendo que cree que tiene fiebre y que ve caras en el armario.

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Post V "el segundo vuelo"

Siendo plenamente consciente de mis alucinaciones por la T4, no puedo disfrutar de ellas porque creo que voy a perder el vuelo a Asturias y no me cabe una paja por el culo, lo que resulta muy útil cuando estás descompuesto. A pesar de todo tengo que ir al baño donde hago lo que tengo que hacer, me lavo la cara, me mojo el pelo (llevo cuatro días duchándome única y exclusivamente para bajarme la fiebre) y me cambio la camiseta por una camisa verde muy presentable. El espejo me devuelve un tipo que ha perdido no menos de diez kilos. Se me marcan los pómulos que lo flipas y con la barba parezco uno de esos modelos de pasarela, un concursante de Supervivientes, o un moribundo, que viene a ser lo mismo. Hace un año estaba en ese mismo baño metiéndome una piedra de hachís en las zapatillas. Algo estoy haciendo mal con mi vida.

Llego a mi puerta y no hay nadie, creo que he perdido el vuelo así que le pregunto a una señorita con pinta de azafata que qué, y me dice que cree va con retraso y no han embarcado, pero que no es su vuelo y no sabe, así que me tiro en el suelo para recibir al siguiente retorcijón sentado. Sin saber cómo la gente empieza a hacer cola para embarcar y sin explicarme el porqué la cola hace forma de “L” y me autoacoplan bloqueando el pasillo. Pienso en si la gente es subnormal, porque esta novedosa formación hace que cualquiera que quiera atravesar el pasillo tenga que hacerlo saltándome.

Entro en el avión, donde me recibe la misma azafata que me dijo que no era su vuelo, me siento y una pareja gay empieza a ficharme. No creo que sea buen momento. A mi lado se sienta un tipo con la cara de Silvester Stallone y un tatuaje gigante en el gemelo que pone “David“. El ser humano. Su novia, físicamente deleznable, devora la revista Cuore y enseña el tanga. Me apetecería decirles que una cosa es no ser esclavo de los cánones de belleza, y otra merecer ser lapidado, pero no puedo hablar. Llevo cuatro días con cuarenta de fiebre y no quiero hablar, porque además el comandante dice que habrá un retraso inestimable, ya que hay un incendio en la torre de control, así que no quiero hablar, quiero matar.

Tras hora y media de retraso despegamos y veo las estrellas. Cuando la lucecita se apaga voy al baño, vomito y vuelvo cual funcionario de la salmonela. Al llegar a destino, acercándonos a la pista de aterrizaje veo un volcán. Una montaña verde acabada en cráter del que sale humo. Creo que a nadie le puede interesar ocultar la existencia de un volcán en Mieres, así que creo que es otra flipada, pero lo único me preocupa es que mis padres estén en el aeropuerto y lo están. Abrazo a mi abuela que no me reconoce hasta que no me tiene encima. Me dijo que creía que era un soldado, así que no sé a partir de qué edad las alucinaciones son algo normal, pero ya me explico muchas opiniones de mi abuela. Ser viejo es vivir con fiebre.

Entro en un coche del que mis padres se deshicieron hace tres años, pero que la deshidratación ha recuperado de una muerte mecánica, y me llevan a casa. Me desplomo en la cama, mañana iremos a urgencias, mañana estaré mejor, mañana será un buen día, habrá paz en la tierra, Beyoncé me mandará un sms, Xabi Alonso fichará por el Athletic, y todos seremos felices de la hostia.

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Post IV "los herederos de Copérnico"

Parece que pasó la fiebre, así que me levanto y me pongo a ver la tele con mi padre. La tele por la mañana tiene una programación muy parecida a lo que dejo en el water cada vez que voy que, desgraciadamente es muy a menudo. Entre lobotomizador de marujas y lobotomizador de marujas aparece un anuncio de teletienda de calzas para zapatos. Aseguran que puedes llegar a crecer hasta seis centímetros. Mi viejo se indigna y empieza a espumarajear por la boca. Recuerdo a mi padre indignarse desde tiempos pretéritos y, siempre lo achaqué a que fumaba Ducados.

Es la principal herencia de mi padre, la indignación. Mi madre deja en el testamento el gusto por ser diferente a toda costa, también denominado por mis amigos como “ser el especialito“. Pero de la indignación he logrado pulir un arte. Vivo indignado con el mundo desde los trece. Casi todo y casi todos me indignan y, cuanto más crezco y más cosas conozco, más argumentos encuentro para vivir amargamente indignado. Ya digo que con el tiempo lo perfeccionas, empleas el humor y hasta vives sin riesgo de úlcera.

Por ejemplo si vienes de la India y me quieres contar tu viaje como una experiencia vital, te mandaré, aunque sea mentalmente, a tomar por el puto culo. Los pakistanís que pueblan las fruterías de mi barrio, probablemente tengan otra imagen de la nunca suficientemente mística India. Todo ser que viene de allí te habla del mismo modo y te cuenta los mismos rollos. Por suspuesto todos afirman que han huído de un organizadísimo “mistic tour” y que han hecho un viaje salvaje, por el corazón del país. Mierda. Osea que aquí lloras si se te cae Internet, y en Asia te conviertes en el jodido Cocodrilo Dundee, vale.

Me indignan porque para mí un viaje a la India tiene el mismo valor personal que uno a Torremolinos. Puedo reflexionar más sobre la humanidad en un cámping de Valencia que en Calcuta, y se lo digo por experiencia. ¿Es que tienes que ir a Ruanda para saber que lo que ves en los informativos no es una película? Es como si me dijeran que debes salir al espacio exterior para ver la redondez de la tierra, porque no es lo mismo creer algo que verlo y sentirlo. Puta mierda. Bueno, has vuelto de ese viaje tan trascendental y qué. Pues que sigues llorando porque se te cae Internet. Mamones. Además que la tierra es plana, pero nadie tiene cojones a decirlo porque somos todos muy progres.

Cuando el humo me sale por las orejas, me doy cuenta de que estoy pensando sin alucinar con imágenes de luces, ruedas de avión en cuyas muescas soy capaz de entrar, y cosas por el estilo. Además en la nevera hay queso de Tres Oscos, que es una marca muy valorada en Asturias, y me apetece darle un tiento, así que parece que me empiezo a recuperar. Ya era hora.

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Post III "la casualidad"

Para regresar al aparcamiento tenemos que andar un puñado de metros por una carreterita. Llevo una especie de película de salitre sobre la piel que me da un asco visceral. Creo que nada me da más asco que una playa sin ducha para quitarte el salitre. Esa sensación de suciedad, esos pequeños tirones en los pliegues del cuerpo. No lo soporto. En el camino me fijo en una revista tirada en la cuneta. Es la musical Go!, un número atrasado con Portishead en la portada. Se me acelera el corazón y una capa de sudor neutraliza el salitre. Es de mayo de 2008 y la brisa gaditana abre la página en la que firma A. Rodríguez.

V. rompe el collage de imágenes que se ha formado en mi cabeza señalando el coche, y emprendemos viaje a nuestra casa provisional. M., I. y S. ya están allí. I. tiene fiebre, ha vomitado y dice que ve caras en la puerta del armario. El camino es silencioso, como si los tres supiésemos que nos dirigimos al matadero. En casa me ataca una especie de hambre extraño, el único que puede explicar que se produzcan bombas de sal bajo la apariencia de un inocente revuelto Grefusa. Como, voy al baño y me descompongo. Decido no decir nada porque no me interesa que cunda el pánico y además, si no dices algo, es como si pasara menos.

Salgo a pasear a la perra y noto a la fiebre llegar y tomar el control. Me impone un ritmo demasiado trepidante, porque la maquinaria corporal tiembla, y la cabeza enciende la lucecita de “abróchense los cinturones, pasamos por zona de turbulencias“. Me quedo mirando la carretera, en cinco minutos sólo pasa un coche. Es un Diane 6 color crema con la capota negra y matrícula de Oviedo. No quiero ver quién conduce, entro en casa y les digo a todos que tengo cagalera.

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Post II "la ciudad"

Tenía un catálogo promocional de 1970 de la tienda Discoteca. En la portada Jaime Morey, y en su interior un grandes éxitos de Bob Dylan. En el setenta ya andaba con esas. Allí, en la planta sótano, encontré Animals, el vinilo de Pink Floyd que tanto sudor me costó. Estaba en un cajón que apestaba a humedad, repleto de ascos de los años ochenta. Ahora en su escaparate se muestran audífonos. Mientras pido el certificado de defunción de Discoteca, paseo a medio gas por la ciudad donde siempre me encontré bien, pero que esta vez me miraba con desdén.

Pensé que si aquí tampoco, no sabía bien dónde. El estómago es el órgano más importante para los sentimientos. La representación del amor no debería ser un corazón, yo pondría un estómago, o un duodeno, o todo el aparato digestivo. Durante este tiempo he notado en las tripas cada discusión, cada agobio, cada sensación. Como una especie de aparato medidor, como los gallos que venden en Portugal, y cambian de color en función de la humedad.

Atravieso Begoña y veo que han remodelado la librería. Tres años de ausencia significa deberle explicaciones a Ítaca. No me está siendo hostil, pero me incendia su indiferencia y ando perdido, buscando en los escaparates de la calle los Moros el reflejo de anteriores paseos. Me siento en la plazuela de San Miguel porque he despertado en un cuerpo de anciano, y me ahogo andando. Me dijo una amiga que debía cuidar a la familia, porque siempre hay que saber que nos queda eso. Aunque sólo sea una tranquilidad nominal, una hipoteca en contra de la soledad. Añado que hay que cuidar a la familia, porque es el sitio donde debes morir. Morir fuera tiene que ser horrible.

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Post "el primer vuelo"

Para subir a aquel avión tengo que atravesar la pista. Es la una del mediodía y en el aeropuerto de Jerez pasan con holgura los cuarenta grados, así que se convierte en una caminata eterna, en la que el sol me aplasta contra el asfalto y el aparato que me sacará del infierno es un puntito blanco. Llevo alucinando desde temprano, pero todavía no con caras, sólo imágenes entrelazadas, nítidas, calidad HD. Cada escalón es un esfuerzo titánico por mover las piernas, y el estómago no da tregua. Me tranquiliza pensar que M. y V. han salido en el vuelo anterior y que, si éste avión es como todos los que he conocido, tendrá un WC en el que encerrarme a temblar tranquilo y a dejar de preocuparme por la hilera de sudor frío que me pespunta desde la nuca hasta los gemelos.

Busco acomodo en el asiento y me retuerzo un poco, intentando llegar a una quimérica postura que mitigue los latigazos del estómago. Geraldine Chaplin atraviesa el pasillo y me pregunto si será parte integrante del artisteo que veranea en Cádiz, o es que ha comenzado el festival lisérgico. Está guapa, parece mucho más joven al natural, y mis vecinos de asiento me compadecen, pensando que los gestos de dolor responden a una especie de miedo a volar. Mientras piensen eso no sospechan y, mientras no lo hagan, no acabaré en una lúgubre habitación de aeropuerto, esperando que un médico llegue a cualquier hora para certificar que no tengo la gripe A.

La parafernalia de los chalecos gana en absurdo y se extiende tanto en el tiempo que deseo que, ya que se esfuerzan, nos pase algo en el vuelo y pueda recordar que el bozal que saldrá disparado es para que respire. Seguro que lleva oxígeno mezclado con algún tipo de droga para adormecer al personal ante un desastre aéreo. El despegue me mata. Multiplica el dolor y recoloca las averías intestinales. No llevo música ni tengo algún tipo de distracción, más que recordar cómo hemos llegado a todo esto, obsérvese plural mayestático indurainesco.

Aterrizamos en Barajas con más de media hora de retraso, lo que significa que tengo veinte minutos para atravesar la T4 y coger el enlace con el siguiente vuelo. Arrastro los pies por el túnel y comienza el festival de encuentros. Veo un rostro conocido en la terminal y me llama la atención la casualidad, que un ser que conozco esté en Madrid en mitad de un agosto anodino. De esa persona salto a otra y de ella a Ángel Garrido, un chico que iba conmigo a clase en el colegio de Sacedón, y al que no veo desde primero de EGB. Gente de mi barrio, amigos, cinco, seis seres fruto de la imaginación y los tres días que arrastro con fiebre y deshidratación.

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El vuelo de Oceanic

Si me tomara un café con hielo con los guionistas de Lost, les diría que son unos tramposos, pero me he metido entre pecho y espalda casi treinta capítulos en tres días. Pagarían ellos, claro. Si fuera en mi barrio, como impera el buenrrollismo, les comería la polla y les diría que son la leche, porque lo son. Es la fantástica ficción sobre un curso de antropología, política y guión, con el concepto de legitimidad orbitando sobre toda la trama. Un monumento a la vuelta de tuerca.

Se supone que mañana tendría que coger un avión, y creo que lo cogeré. Hasta Santander, cualquier combinación de lugar para estrellarse es más bien poco aristocrático. Caer en un campo burgalés y seguir las instrucciones de un médico español, podría dar con mis huesos haciéndo fuego en un chiringuito, y siendo liderado por un tipo que se dedicaría a mandarme antiinflamatorios, y que a las tres de la tarde iría a echarse una buena siesta.

Anoche hablé con Nico. Me dijo que no le pusisera el chip por favor, y por Caja Madrid. Que no quiere sentirse perseguida, controlada, y lo ví todo claro. No puedo decirle a nadie que hablo con una perra o, lo que es peor, que ella me habla a mí, así que creo que si fuera al psicópata ladrón del veterinario, me anestesiarían, y me implantarían otro chip a mí. Lo evitaré a toda costa, iré armado y cuando el aniquilanimales se acerque le daré su merecido. Hay que salir de la isla, y yo os sacaré.

Lost.

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¿Y?

Ahora que Madrid me tiene bastante retenido -este verano vuelvo a salir, tras dos años- recuerdo mis vacaciones hasta hace no demasiado, en las que me recluía en Gijón de julio a octubre, y tengo la extraña sensación de haber aprovechado el tiempo, lo que me da una cierta paz interior. Me gustaría morir pensando que aproveché las cosas, que no me dejé en la recámara más que lo imprescindible para que todo funcione bien, que cuando pude lo hice.

Para una persona del norte y con unas claves familiares más propias de la Rusia del XIX que otra cosa, la canalización de los sentimientos es siempre problemática. Quiero decir, que mis momentos de bienestar, o zozobra no suelen responder a estímulos inmediatos, sino a otra cosa, a veces a nada, a sensaciones. Las trabas para desarrollarme con libertad, y las aduanas a la verbalización, hacen que pase de metódico analista interno a una especie de loco supersticioso, plagado de manías estúpidas y difícilmente descibrables, incluso para uno mismo.

Llevo unos tres días suspenso. Me siento en el suelo a ver cómo las hojas secas hacen bailes zíngaros aprovechando corrientes de aire que sólo ellas logran encontrar. Sin apetito y con problemas para dormir. Apático, como una especie de Nicolás Anelka gestionando la primera depresión prevacacional de la Historia. Igual es por el recuerdo de la estación penitenciaria que fue el verano pasado, o por el gemelo derecho, que me vuelve a recordar que igual mi cuerpo lanza desesperadas bengalas para que no lo rescate. Será una prueba o algo, pero no tengo causas objetivas para la desgana, todo lo contrario.

Supongo que algún día mi familia pagará por todo lo que hizo, por guardarme el manual de lo poético. Sólo espero que en la venganza no paguen otros los platos rotos.

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