Onda Lavapiés

Todos los meses colgaré este podcast, donde repasamos la actualidad del barrio. Forma parte de los Planes de Barrio de mi muy estimado Ayuntamiento de Madrid, bajo el auspicio de la Asociación de vecinos La Corrala. Además estoy dando clases/shows de radio los sábados por la mañana. Si Don Antonio levantara la cabeza…

El programa, ahora tiene perlitas, pero es un poco plomo por la escasez de voces, pero poco a poco iré metiendo canteranos.

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Marte? (VI)

Al seguir con mi prospección, sorpresa. Ojo al dato, en Marte hay moneda. Quiero decir, que poseen un sistema de intercambio entre papel al que se le ha dotado de un valor y, supongo servirá para canjearlo por bienes y servicios. Tócate las narices que me tenía que haber traído euros para ver cómo estan al cambio. Miresable en el mundo y, ahora, en otro, lo que se llama un pobre intergaláctico. La moneda tiene caracteres cirílicos, o por lo menos eso me parece así que, o su escritura es extraña pero familiar, o los rusos mandan también aquí. El billete está en el suelo, tiene un rostro y, para mi asombro, es el profesor Neira.

Sinceramente todo hace apuntar que esto es una especie de prueba o ensoñación. Primero escucho el nombre de Shenton, americano sureño que preside una asociación que defiende que la tierra es plana, pese a que al despegar la ví, a através de la ventanilla, tan redonda como dijeron Galileo y googlemaps, y luego un tipo me hace una especie de presagio raro. Intento ser racional y pensar en lo que he visto, en mi instrucción, y en un marciano que aterrizara en la Rosilla. El contrapeso es que todo parece raro, que para ser Marte la atmósfera permite la vida humana, y que esto parece un decorado de Hollywood.

Guardo el billete, rezo porque esto no sea un reality de la Sexta, y prosigo el viaje hasta que llego a una zona, que parece ser un cráter. Me dá por pensar que ahora llegará en otro coche un rockabilly, me retará a que apuremos hasta el borde del precipicio, yo me caeré, moriré y, al subir al cielo un ángel negro me pedirá que baje al mundo a realizar tres buenas acciones para ganarme las alas. En realidad no pasa, pero creo que sería una buena historia para escribir un guión. Es increíble que nadie lo haya hecho.

Al dar media vuelta para regresar a la nave e intentar establecer contacto con la base, me cruzo al rockabilly en un Cadillac a toda hostia. Demasiado tarde, amigo. Yo paso, que quiero volver a casa. Veo desde el retrovisor -que es una cámara, que no se diga que los de la NASA tiran el dinero- cómo me hace gestos y se caga en mis muertos. Que te den Elvis de palo.

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Marte? (V)

Uno de los lagos estaba formado por un líquido raro, blanco, que te sugestionaba para que te pareciese horchata. Detuve el vehículo lo suficientemente cerca como para que, si alguien me atacaba, no tuviera tiempo a nada. La radio no funcionaba muy bien, y la voz de Shenton fue devorada por un enjambre de zumbidos metálicos hasta que se hizo irreconocible. Lo único que saqué en claro es que tenía que parar el coche, y que ese tipo -si es que no se trata de un truco- está detrás de todo esto.

-No creas que Shenton sabe más que tú.

Al girar el cuello ví que el orígen de la voz era un señor de pie sobre una roca. El tipo no era rojo, tampoco pasaría del metro setenta, no mucho pelo, bigote canoso que le hacía encajar en los setenta años, viejo traje con una capa de mierda considerable bajo la que se podía leer “comandante Virgil Grissom“, pinta eminentemente terrícola, voz grave y manos entrelazadas en la espalda, como un teniente sudando una estrategia sobre un plano.

-Vas a pasar aquí mucho tiempo, -me taladró por encima de las gafas- así que igual hay un puñado de cosas que deberías saber. La primera es que no vas a poder salir de aquí. Te ahorro años de pelea inútil, te propongo ver las cosas de manera diferente a cómo las vieron los anteriores. La segunda es que no hay que ser muy listo para adivinar que esto no es Marte. Y la tercera, y puede que la que más te ineterese, que de donde vienes tampoco sabes nada en realidad.

El tipo dió media vuelta y comenzó a caminar. Siempre que leí este tipo de argumentos, o que los ví en el cine, fui muy partidario de matar a esos personajes que van de listillos, porque, en el fondo sólo dan problemas durante el desarrollo de la historia, y porque es lo que me pide el cuerpo, pero cuando echo mano al bolsillo del traje, me doy cuenta que no llevo arma, que no consigo fijar la vista en nada, que noto mucho calor en el estómago, que me cuesta respirar, que me han dado.

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Marte? (IV)

Hace muchos años pensé en la cosmología en la que vivo. Con el paso de los tiempos la gente ha ido variando la forma en la que se ve en el Universo conforme a determinados descubrimientos, investigaciones e hipótesis marcadas por circunstancias sociales y políticas. La formación de la doctrina católica es un ejemplo de adaptación de un dogma para determinados fines. Como eso todo. Gente con extrañas teorías fue lapidada, quemada o, simplemente marginada, por no nacer en el tiempo en que sus palabras serían valoradas.

Siempre aprendimos que la Historia se plantea de forma lineal. Los trabajadores, por ejemplo, han ido conquistando derechos, pero si algo nos enseñó el thatcherismo, es que se puede retroceder. Los años noventa también supusieron un panorama brutal y gris, acrecentado por los neocons que, hoy por hoy, campan a sus anchas. Que la Historia no es tan lineal como suponíamos. De hecho no lo es casi nunca.

La primera vez que oí el nombre de Daniel Shenton fue en un congreso profesional, una noche fría en Washington D.C., en un bar algodonado por las bocanadas del humo de los cigarros de decenas de personas que acudían a una reunión de la Flat Earth Society. Estaba partiendo con sus brazos el ambiente de oficinistas relajados, con olor a sudor y poliester, dibujando gestos apasionados, como una especie de acalorado karateka loco.

El extraño grupo se formó en 1956, al hilo de las suposiciones de un miembro de la Royal Astronomic Society y de la Royal Geographic Society, curiosamente también apellidado Shenton. Para que nos entendamos, sostienen que la Tierra es plana. Que lo de la Luna -como sospechaba mi bisabuelo- es un camelo. Apuré mi copa y no me dejé embelesar por ese aire de vendedores que tienen los norteamericanos cuando hablan en público. Pero no sería la única vez que me cruzaría con ese tipo y, por lo que estoy viendo en Marte, siempre es la penúltima.

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Marte? (III)

Obviamente (siempre odiaría a un ser humano que comenzara sus relatos por “obviamente”) lo que se acercó a la nave hace unos días es lo que ha hecho que lleve semana y pico intentando arreglar todo esto para poder comunicarme no ya con la base, que lo doy por inviable, sino con vosotros. Lo mejor es que no sé qué cojones era, sólo sé que impactó en la nave y ya. Esto volvió a darme que pensar sobre lo aburrido de todo esto. Te puedes tirar una semana arreglando una nave, y que no pase nada, como si te trarara de un taller en un punto kilométrico absurdo, en una patética carretera comarcal. Algo impacta y ni sabes lo que es, ni sufres el ataque de seres extraños, ni un alien, o la putaqueloparió.

Pero ayer cambió todo. Salí a dar una vuelta. Salí a correr. Como suena. Estoy acumulando demasiada testosterona, necesito endorfinas, necesito todas las mierdas que me metieron en la cabeza en el programa, así que, con dos pelotas salgo y empiezo un trote cochinero enredando con las gravedades. Hay vida. Hay agua de cojones, y una especie de maleza con la que me rasgo el traje y me doy cuenta de que no entiendo nada. Pienso en una casa de campo en una aldea asturiana, en una pelota de Polaroid en la playa de San Lorenzo, en una chapa que me dieron en una biblioteca en el Palacio del Infantado, en un clase, en un campo de césped gigante, en ella… y al rato se me pasa esa corriente eléctrica que me recorre la médula, estiro los pulmones, y veo que sigo vivo.

Me quito el traje a toda velocidad y, mientras mi cerebro está ocupado construyendo un puzzle, mis manos, piernas y culo, reposan y arrancan el vehículo de exploración, que atraviesa el páramo a ochenta kilómetros por hora. El planeta rojo reverdece con la velocidad, y por el intercomunicador del vehículo sale una voz que me dice “Pare el coche. Pare el coche. Mi nombre es Daniel Shenton

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Marte (II)

No sé muy bien qué hacer. Estoy en mi cohete esperando. A ver, unos tipos rojos te reciben, te preguntan por una marca de joyería y se piran. Ni una instrucción, ni un recibimiento, ni nada. Tampoco la nave parece despertar ni suspicacias, ni siquiera curiosidad. Como si estuviera en un camping de Puzol. Estamos bastante cerca del Sol, así que hace calor en el exterior. Tengo que hacer mogollón de movidas a nivel pillar pruebas de rocas, y demás. El ordenador va reconociendo geología, condiciones ambientales, agua, ojo, agua, y demás, pero no sé si salir ahora, esperar a que me atiendan o qué coño hacer.

De la Tierra ni flowers. Aquí pone que conexión hay, pero nadie responde a mis preguntas. Me aburro en el interior. Hago como que curro, como que recojo resultados, pero en realidad nasti de plasti, miro y remiro cuadros de datos, como quien refresca la pantalla de Twitter, por aquello de que pase el tiempo. Tengo la radio del Spotify con “jazz”,”década de los 60″, y me daría rollo sacar unos altavoces y que oyera A Love Supreme en otro planeta. La comunidad negra estaría orgullosa.

Miro el chequeo de anotaciones. Preguntas tan gilipollas como si noto que el pelo y las uñas me crecen más rápido. Brutal. Tienen a un guionista gilipollas contratado para dar coherencia a una farsa con algún ojetivo extraño que no sé cuál es. La cuestión es que estoy casi convencido de que en la base todo el mundo sabía que esto pasaría. No pueden ser así de gilipollas, todo esto está tramado, y me estoy rallando con lo que habrá tras todo esto. ¿Era incómodo en mi planeta, o me creo el centro del mundo?, ¿Estoy en Marte, o esto es parte de una recreación virtual, paranoia, alucinación…?

Como ya me conocéis, el cuerpo me pide una prospección, un voltio, un rulo por el lugar. Tampoco me alejaré mucho. Ojo, el sensor detecta movimiento a 50 metros. Alguien viene.

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Marte (I)

Como estaba previsto ayer aterricé, salí al exterior y, si escribo esto, es porque obviamente sigo vivo. Fuera películas, fuera mitos: el aterrizaje ha sido, probablemente, lo más tranquilo, guiado y coordinado del viaje. Los de Vueling me han puesto más de corbata las pelotas, que llegar a Marte. Tras comprobar el estado del exterior , adaptar el traje para la salida, y comunicar cada paso a la base (aunque me vean constantemente a través de una cámara), abría compuertas sin una buena frase que llevarme a la boca, y con la extraña sensación de no percibir especial alegría desde la Tierra. O son demasiado profesionales, o era para mosquearse un poco.

Cuando te dicen que vas a otro planeta, en el que no tienes ni puta idea de la vida que allí habita -por más estudios que se hayan realizado-, sospechas que llegarás a la capital del planeta, al Washington de turno. Como en todas las pelis vemos que los marcianos, poco menos que le hacen un cuelga al presidente de los EE.UU., creemos que los terrícolas somos así de organizados, y se ve que en el tema de agenda fallamos. A medida que la nave se acercaba al destino, me iba preguntando si, en lugar de caer en un lugar seguro, como me prometieron en la formación, daría con mis huesos en la Palestina de turno.

Fue poner el pie en tierra firme y comenzar a flipar. Me esperaban. Ni son verdes ni tienen los ojos como huevos fritos, ni dedos largos, ni hostias. Más datos que explican el sudor frío que nació de la nuca y acabó en el culo, en hermoso recorrido por dentro del mono: ni somos desconocidos para ellos, ni somos los únicos que se acercaron a Marte, ni soy el primer terrícola que les visita, por lo que me pregunté qué cojones de sentido tiene, no sólo que nadie sepa nada en mi planeta, sino qué cojones pinto aquí, y por qué me lo han ocultado.

El caso es que me reciben, guay, me escoltan hasta una nave, en el sentido construcción grande, no espacial ni nada, atravieso un pasillo lleno de luces, ni más ni menos que cualquier oficina de La Castellana, llego a un despacho, donde un tipo, tras una mesa metálica me escupe:

-¿Por qué ha triunfado Tous en tu planeta?

Cojones. Miro fijamente su frente. Tienen una especie de cejas, y son rojos, pero tienen a pariencia humanoide, quiero decir, que serían como nosotros, pero de otro color, como un negro, pero rojos. Por lo menos los diez o doce con los que me he topado. Se va arrancando pelos de las cejas y se los mete en la boca. Eso es una enfermedad, pero no me acuerdo del nombre.

-No sé, -le digo- supongo que porque las tías son un poco gilis.

-Pero son una mierda de silueta de osos, en bolsos, anillos, colgantes… ¡Es que no tiene más!- Me dice encendido. Pero no encendido a nivel personaje de película de esos que está de la olla y los mismo grita por nada, que te desintegra, sino encendido a nivel indignado, lo que es mi estado natural. -¿Te gusta Tous?- me repite.

-Tous es mierda para mí. Esa familia debería desaparecer, y todas esas señoras deberían ser castigadas a vender en mantas falsificaciones, como los negros en el metro.

-Toma nota Eve- le dijo a uno de sus lugartenientes -Mañana hablamos, pero es que me escamaba el tema Tous- con toda la calma se levanta, se pira y me quedo con cara de gilipollas mirando al tal Eve, tipo que por supuesto no me dice nada, salgo del lugar y me vuelvo a mi vehículo.

Aquí sigo. Ayer me dijo que mañana hablábamos, osea hoy, osea que aquí espero como un capullo. Por supuesto, sin noticias de la base, ni de dios bendito.

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Antigravedad y grafito (III)

Mi periplo espacial sigue adelante, no sin novedades. He dejado de recibir señal desde la Tierra, así que no sé si estas líneas verán publicación alguna, o se perderán por el exterior igual que el resto de la nave. Lo bueno de ser la única tripulación a bordo, es que te ahorras traumas. Lo malo es que esto podría ser un reality cojonudo, y se va a quedar en las paranoias de un humano rumbo a Marte. El destino está cada vez más cercano, mi llegada está programada para este sábado, y se me va a hacer raro un aterrizaje sin Banda Municipal ni alcalde que me reciba. Igual me equivoco y empiezo a flipar.

Aunque parezca increíble, he dejado de tener señal con la base, pero Internet funciona como un tiro. En España para eso estamos más atrasados. Esto significa que, no puedo emplear el canal de la NASA, pero puedo chatear con los directores del programa. Tiene pelotas. Nunca pensé que echaría de menos la gravedad, pero es así. Un cuarto de hora en la piscina mola, pero esta es mi segunda semana sin saber lo que es que el suelo te reclame.

Me voy enterando de cosillas. Del día de la mujer, por ejemplo, que pide la no discriminación. Se supone que en todos los cuentos de primaria, y en todas las teleseries americanas, dicen que lo importante es tu valía, el interior. Luego la vida te enseña que si vas a una entrevista de trabajo sin afeitar, los selectores extrapolan que eres descuidado. Da igual lo que hagas y cómo lo hagas. Eso sí, en caso de ser mujer, no puede existir discriminación. O meritocracia, o prejuicios y discriminación, y lo primero está un poco regular.

También he visto la eliminación de los galácticos. Verás como llego a Marte, me preguntan de dónde soy, y algún gilipollas me habla de Raúl. Verás como alguno hay con la camiseta del Madrid. Los mismos periódicos que se corrían de gusto en verano, los mismos aficionados que llenaron estadios para las presentaciones, son los que ahora dicen que a base de talonario no se hace un buen equipo. Lo de la democracia y la meritocracia que os decía antes. Y una perla para despedirme:

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Antigravedad y grafito (II)

La tecnología casi siempre es una mierda. Cuando está comenzando, penetrando en la sociedad, presenta muchos fallos. Cuando ya la tenemos incorporada a nuestras vidas, resulta tan pueril como enroscar una bombilla, así que nunca se aprecian los cambios tecnológicos. Esta mierda de nave pertenece a la primera teoría, la de las cosas por desarrollar, y se nota. La conexión me falla todos los días. A veces durante muchas horas, y nada me garantiza que el próximo fallo vaya a ser el último y definitivo.

No creáis que sé pilotar esto. Vamos, que puedo, pero que sin contacto con la base es como si tienes tos y te rascas los cojones. Queda bastante para llegar al campo de trabajo, que es como pretenciosamente han llamado al planeta rojo. Pero bastante es bastante, y ya empiezo a hartarme de no poder salir a dar una vuelta. En todas las tertulias de marujos dicen que sólo valoras las cosas cuando no las tienes, y lo certifico. Una vueltecita, aire fresco, ora viento, ora sol, ora lluvia, algún cambio, algo.

Se supone que vivo en unas condiciones de temperatura y humedad óptimas, pero en la variedad está el gusto. Otro tópico. Me parece increíble que pueda recitar un tópico detrás de otro, y ninguna alarma salte en la nave. Que se gasten algunos cientos de millones de dólares en mandar a un tipo que podría dedicarse a enlazar tópicos, frases hechas. Podría volver con una mano delante y otra detrás, y aún así han confiado. No me han mandado a un jefe o supervisor, que controle mi trabajo, dan por supuesto que estoy tan comprometido con la misión, que llevaré resultados.

No se está tan mal, y no sé si llevaré los datos, pero qué más dará. ¿Igual sí se está mal? En realidad creo que empiezo a ser incapaz de dibujar la línea que separa lo que es estar bien o mal. La idea es que me sienta como una especie de instrumento, una parte de un gran proyecto. Joder ¿Y si miento? Quiero decir, que si me invento los resultados de los trabajos sobre el terreno, puedo generar hipótesis falsas que seran creídas desde vete tú a saber cuánto tiempo.

Se me ha pegado a la ventanilla una televisión. De las viejas, se ve que con lo de la TDT la gente se ha deshecho de las viejas teles. Se repite todo el rato este vídeo:

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Antigravedad y grafito

Por fin puedo conectar esto. Desde la nave nada resulta fácil. El viernes, fecha terrestre, me lanzaron, y hemos tenido algunos problemas con la conexión al centro base de la misión. Se supone que voy rodeado de computadoras, asientos y otras formas raras hechas de compuestos y materiales que llevan años estudiando. Obviamente todo va milimétricamente fijado a lugares en los que encaja perfectamente, pero, aunque no eche un vistazo por las ventanas, no puedo dejar de tener la sensación de suspenso.

Pertenezco a un programa de intercambio planetario. La tierra me envía a Marte, en contraprestación por la estancia de un alienígena entre los humanos. Esperan que observe, que anote, y que mande datos para que, desde la base, se extraigan teorías y conclusiones que rentabilicen el experiemento. Me encuentro bien de ánimo, que era la gran preocupación de los psicólogos de la NASA (y de un psiquiatra negro gracioso). De hecho la misión me ha permitido observar las cosas que suceden en mi planeta desde otro punto de vista.

No sé si serán las clases a las que he asistido, en las que me aleccionaban como observador y, en el menor de los casos como observador-participante, pero lo de mi planeta es cada vez más raro. Cuanto más tiempo he pasado en mi lugar natal, menos he entendido el comportamiento humano. Me llama la atención que la propia geomorfología del planeta, climatología, en incluso flora y fauna, les resulte sorprendente, teniendo en cuenta lo inexcrutable de los comportamientos, y la complejidad de sus mentes.

Espero que este tiempo en el limbo me sirva para ver las cosas de otra manera cuando vuelva. Lo de Marte, puro formalismo, puras bases de datos, un trabajo de oficina más, nada excitante. La vuelta va a ser buena. Mientras tanto, y como quedan unos días de viaje, me he subido un disco duro con los partidos del 6 naciones, un puñado de pelis, A dos metros bajo Tierra, y todas las temporadas de Lost, para refrescar un poco, y volver hecho un friki.

PD: No me han dejado traer galletas Príncipe porque dicen que con la falta de gravedad, las migas se cuelan en los aparatos y se joden.

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