Tomás Gómez

Con su pose de perfecto caballero británico, pero su cara de pueblo toledano, y su futuro como el de un vendedor de arena en el desierto, Tomás Gómez elude las preguntas de la prensa y sube al despacho de Ferraz. Sabe que le van a comunicar que, después de tres años en la oposición comiendo mierda, el Presidente prefiere que sea otra, con más tirón mediático, la que se presente como candidata.

Él va decidido a plantar cara, y se siente con suficiente valor y apoyo estratégico, como para exigir unas elecciones primarias. Le sorprendería no obtenerlo y, aprovechando esa circunstancia, quiere poner los puntos sobre las íes, y lanzar un par de bocados a los que le han preparado la trampa. Se siente como el entrenador al que le exigen resultados con un equipo lleno de recortes mercenarios.

Cuando el ascensor está a punto de cerrarse, una mano interfiere el láser de seguridad y las puertas metálicas vuelven a abrirse. Entran Esperanza Aguirre y Alberto Ruíz Gallardón. Gómez, atónito ante la escena, saluda y no recibe respuesta. Los compañeros de viaje comienzan a discrepar, entre insultos,  elevando la voz hasta casi pegarse. A Tomás le recorre el espinazo un calambre que acaba en sudor en las manos, axilas y frente: no le ven.

Gómez no necesita a su equipo de asesores para que le digan dónde está. Tomás Gómez está subiendo en el mismo ascensor en el que se produjo la pelea entre Aguirre y Gallardón hace unos años, en Génova. El ascensor de los cadáveres políticos, que no lleva a otra planta que a su propia muerte.

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Las vueltas de la vida

Creo que nadie lo hubiera creído hace unos meses, pero la salida de Paco González de Gran Vía 32, ha conllevado una riada de periodistas de la SER a la COPE. No sólo su fiel Pepe Domingo Castaño, que ya anunció que ligaría su futuro al del ex director de Carrusel Deportivo, sino que Manolo Lama (que compatibilizará su trabajo en radio con seguir presentando el informativo de Cuatro), Joseba Larrañaga, Tomás Guasch, Manolo Oliveros, o Juan Antonio Alcalá, le seguirán en su nueva aventura.

Esto significa una gran apuesta de la emisora de los obispos por tener contento a Paco, llevándose a casi todo su equipo, y un bajón cualitativo insalvable para la SER. El calentón de Gavela le costará caro a los de PRISA, que pasarán a cubrir las plazas deportivas con segundones, a años luz del nivel que hasta ahora había llevado a sus programas a grandes cotas de audiencia y, sobretodo de popularidad, algo muy valorale en el mundo publicitario.

Sólamente en el papel del animador, comparar a Pepe Domingo con Juanma Ortega, es como comparar al Ritz con un Ibis. Está claro que la SER ha superado las salidas de Iñaki Gabilondo, Javier Sardá, o el malogrado Carlos Llamas, pero Carrusel había conseguido algo único en la historia de la radio española: una comunidad.

Son el ejemplo más claro de comunicación horizontal, de diálogo con los oyentes y de contacto con la realidad, lo que les servía para que los propios seguidores se sintieran escuchados y dinamizados por el programa, con el que se establecía la relación tan especial que cristalizó con La Primera Hora de los Sábados, un espacio en el que el deporte quedaba en un segundo plano, y eran otros los temas que se trataban con cercanía y desenfado.

Mediante los mensajes de los oyentes, una especie de Facebook entre ondas, y las propias redes sociales, los numerosísimos grupos de fans Carrusel han seguido, y opinado, en todo el proceso de salida de González de una radio que parecía haber nacido para él. El EGM dará y quitará razones, pero parece evidente que el traslado de la comunidad a tiro de botoncito, dará un vuelco a los resultados con los que cerraron la campaña pasada. Suerte, Paquito.

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Tiempo de links (o enlaces)

Los enlaces nupciales suelen reunir varias de las irracionalidades que más me sacan de quicio. Al punto llego, que paso por las bodas deprimido, ni a rabioso llego. Comienzo. Por favor, tomen buena nota antes de matasellar la invitación:

Uno: reunión familiar porque sí. Porque boda no hay más que una (ja!), y deben estar todos. Esos familiares cercanos, que se alegran y padecen los sinsabores de los contrayentes, y otros que les odian a rabiar. Incluso esos otros que no conocen de nada. Filas y filas de señoras con la permanente y señores desdentados a los que no han visto ni volverán a ver en su puta vida. Primo segundo de los consuegros del cuñado de los de Cuba… Casi todos rajarán del combite.

Dos: misa o acto civil. Demostración pública del amor. “Eh!, señores, que nos queremos mucho” Es muy poco democrático, casi nunca se lía lo parda que se debería liar. En el 70% de las bodas están presentes los amantes o líos de los novios, muchos lo saben, nadie dice nada. Otras son claramente por interés, nadie dice nada. Otras son errores clamorosos desde el minuto uno y todos lo saben, nadie dice nada. Es un alzamiento contractual incruento, ante el que el pueblo se agacha.

Tres: la ropa. Señoras vestidas de consejeras de cultura de cualquier gobierno regional -vestidos verdes chillones y fuxias tornasolados- algunas con sombrero de Ascot y zapatos que les hacen daño y les embuten los pies. Bolso de mano. Antes era fino llevar uno de metal dorado, ahora son más de raso. Algunas se dejan una pasta para sentirse como una protagonista de la página 57 del Hola, otras se los hacen con las cortinas.

Ellos con traje. Como un pequeño ejército de comerciales de Tecnocasa, con sus zapatos rumanoides y su americana que les viene grande. La corbata le queda bien al 4,3% de los caballeros. No saben qué hacer con las manos. Arriba abajo, las cruzan, se rascan la gomina -generando caspa-, se remiran, se sienten altos ejecutivos, que el lunes tendrán que entregar un informe semestral en La Castellana.

Cuatro: la comida. Comer hasta morir, irracionalmente, como si se fuera a acabar el mundo. Un plato y otro y otro. Y venga más, y venga vinos, y rondas de bandejas, y langostinos, eso que no falte. La sirven camareros disfrazados, con guantes blancos como Mickey Mouse, o como la policía el día del Corpus, que tratan a la gente como si fueran finolis. Es importante que se coma un montón, hasta que se ven los sudores, cinturones desabrochados, y otras imágenes impagables de ese estilo.

Cinco: la bebida. Se sigue la filosofía anterior. Barra libre, con la mayoría del personal ya tostado tras los vinos y vinos de la comida. Para algunos es importante un precalentamiento a base de cervezas a la hora de la misa. Si eres varón, no está mal visto perderte el acto litúrgico mientras estás en el bar. Beber y beber, hacer el ridículo, rabar, cogerse un pedo descomunal. Todo está permitido porque es una boda y eso no pasa todos los días. Sólo todos los fines de semana desde mayo hasta noviembre.

Seis: el baile. Músicas selectas que van desde el Wakawaka hasta Paquito el Chocolatero, pasando por todos los Caribes Mix desde 1994 hasta nuestros días. A resaltar el ridículo momento del vals inaugural. La vergüenza no existe porque todos han entrado en el acto representativo -performativo- de la boda, con todo lo que conlleva.

Siete: los rituales. Cortar la corbata del novio, lanzar el ramo, quitarle los calzoncillos al novio, cortar la liga de la novia, gritar vivas, tirar arroz, hacer gamberradas muy graciosas en el coche, pagar un dineral por fotos y vídeo que no deberían pasar de 300 euros, cortar la tarta con una espada de Toledo… Así hasta miles de tradiciones ancestrales que vienen desde los visigodos y que seguimos perpetuando en virtud a coartadas como la suerte, la tradición o, un resumen de ambas presente en todos los puntos, que es “hacer lo normal“.

Ocho: los regalos a los novios por parte de los invitados. Suelen ser una mierda inservible más barata o más cara. Ceniceros, cubiertos de plata con sus nombres grabados, marcos de fotos y cosas por el estilo. Hay veces que se incluyen tarjetas eróticas, con pollas dibujadas lo que, en un mundo en el que se las zampan desde los dieciséis, no deja de tener su punto de ternura.

Nueve: los regalos por parte de los novios a los invitados. Suelen ser otra mierda inservible más barata o más cara. Muñequitos, abanicos, ventiladores de bolsillo, puros habanos, llaveros, o cualquier figurita de las que revientan los muebles de salón de las marujas de todo el territorio nacional.

Diez: las conversaciones. Si es que existen, suelen girar en torno a los temas ¿De quién vienes tú?, ¿Dónde curras?, ¿Qué te parece la comida?, las aseveraciones desprecintadas con “Qué guapa va la novia…“, o el clásico entre los viejos amigos “¿Qué tal?“.

Todo esto se resume en dos: VIVAN LOS NOVIOS, y HAY QUE SER DIVERTIDO.

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Nueva etapa

En mi primer día de guardería la profe me dijo que recortara un círculo amarillo con un punzón. Como quiera que me pareció un sol, que le pinté ojos, nariz, boca y rayos, y que aquella profe era muy fan del método duro para forjar pequeños y gijoneses brokers agresivos, disciplinados y estupendos, y muy poco fan de los soles, me castigó todo el recreo. Mi madre me sacó del sistema educativo hasta que fue obligatorio. Mis primeros días en el cole o el instituto tampoco serían memorables.

Hubo un día en el que Don Antonio entendió que valía para eso de contar cosas, que igual podía dirigir un programa y tener un contrato digno. Después de tres meses de “hacer pasillos”, muchas prácticas, sustituciones, y colaboraciones, mi bautismo de fuego había llegado, mi primer día real de sucesos que narrar de verdad, sacando lo mejor de dentro. Fue la mañana del once de marzo del año 2004.

Como véis mis primeros días en determinadas rutinas no han sido muy agradables hasta ahora. Porque tras los visillos de la modernez y la frivolidad, un grupo de tipos muy listos y muy buenos en lo suyo, me han recibido con los brazos abiertos. No hay enjutas profesoras que te obliguen a desarrollar la inquietante afición por la habilidad con un punzón, ni corazones que se salen por la boca y que vuelven a entrar a base de codazos policiales. Sólo me encuentro ante el reto de no defraudar.

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