San Martín

Era una radio local. De lunes a viernes hacía el boletín de las 7, de las 8 y de las 9. Hacía el magazín de 12 a 14, y a las 14:15, el informativo hasta las 14:30. Es decir, que rellenaba media programación local por 850 euros y 200 en negro. El último informativo del día, el importante, lo hacía improvisando sobre notas, y preparaba los cortes de audio, en el tiempo de publicidad del magazín. Por la tarde grababa la programación del sábado.

Ibamos al comienzo de las fiestas de tal o cual localidad, que en diez minutos lo ha dicho todo. Dos horas de directo, con un micro y dos piernas. A falta de cinco minutos, en el último corte de publicidad, el director te llamaba al móvil. Una hora más de desconexión. Una hora más de programa. Y nos sacábamos una hora más de la chistera. Por 850 euros y 200 en negro.

Pero no era suficiente. El presidente de la emisora, me llamó a filas. El presidente era un empresario inmobiliario. Para que nos entendamos: muy Gil y Gil. Me pidió que el magazín fuera para marujas. Consejos de belleza, recetas de cocina. Que aquello de poner a Cortázar, o a Los Planetas, era una frivolidad. Llevaba seis meses y me venció el contrato. Me puso uno de un mes sobre la mesa. Si me portaba bien, indefinido. Si no, a la puta calle.

Venía con una estocada de mi anterior trabajo. La Junta de Castilla la Mancha y un director poco dado a la defensa de la información, o la ética, me habían convertido en un apestado en la ciudad. Era un maldito, y os aseguro que ser un maldito no es tan grato, o tan romántico como lo venden. Los malditos no son ídolos de quinceañeras, sólo son torpes a los que se niegan los abrazos y las palabras de consuelo (excepto Mino, al que no olvidaré). Es alguien abandonado a su suerte, con un teléfono que se queda mudo, y con una lección por aprender. Solo.

Por si os interesa el final, me porté bien. Fui un buen chico y, durante ese mes, caí en las profundidades del insulto a la inteligencia del oyente, por tanto me hicieron indefinido. Creo que a la semana siguiente me marché a la tele nacional, pero eso es otro cantar. Ayer me acordé de todos estos momentos al ver que el equipo de fútbol sala de Guadalajara está en huelga. Sus jugadores llevan demasiado sin cobrar, y su presidente, el mismo de aquella emisora, les debe unas cuantas mensualidades. Igual sigue pagando 850 euros y 200 en negro. Igual les ha dicho que jueguen como marujas.

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Perros

Ya que he recomendado vídeo, no puedo no poner esta foto:

Es de Elisabeth Molin. Es grande. Aquí su curro. Buen finde.

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Boone Oakley

Hoy os dejo la videoweb de una productora que me encanta:

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Musarañas

Antes las pizarras eran el santo y seña de una clase. Era el núcleo del átomo en derredor del que orbitaba la parafernalia de la E.G.B. Había maniáticos de su limpieza -profes y alumnos- que no soportaban mácula blanca en el encerado. Había profes de la vieja escuela, que dibujaban con paciencia y tizas de colores, algunas magníficas ilustraciones de Ciencias Naturales. No faltaba el ritual de sacudir los borradores, que generaban una bola de polvo como si reprodujeran el atentado de Carrero Blanco en versión Micromachine.

Entonces casi todo era grande, y lo desconocido, como ahora, era un mito. Abríamos los libros de Sociales que, en el caso de los afortunados, olían a nuevo y crujían al buscar la página del día y, en el caso de los que menos suerte tenían, aparecían violados y ultrajados por sus mayores, a base de lapicero, boli o fluorescente.

Aquellos libros nos contaban historias sobre asesinatos de archiduques, o atentados anarquistas. Hablaban de grandes cambios y violentas reacciones y, quien más y quien menos, imaginábamos cómo debió ser aquello. Cómo hubiéramos vivido aquellos casos de espionajes, magnicidios, secuestros. A mí no me cabía en la cabeza que se desarrollaran tramas para alejar a tal o cual del poder, y la gente no se diera cuenta. Que tuvieran que haber pasado los años y un señor lanzara un libro en el que contaba todo a niños de once años.

El 21 de agosto de 2010, una fiscal, a indicaciones de la policía sueca, presentó ante el mundo la trama escrita para que Julian Assange, el hombre que hizo que los calzoncillos de las embajadas de medio mundo encogieran tres tallas, acabara con sus huesos en prisión. Todos lo sabemos. Y en esas estamos.

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#demagogiatuitera

No puedo dejar de pasar la oportunidad, ahora que Carlos Carnicero se ha desvirgado en Twitter, de pensar en los arreglaespañas, en los comentarias que solucionan todo muy rápido desde las redes sociales. Son capaces de encontrar salida para los problemas, los menos, y de dar cera gratuita a los políticos, la gran mayoría.

Al más puro estilo Pérez Reverte, entre dentellada y dentellada a un pescuezo de venado, el personal es feliz opinando, cosa que me parece fenomenal, dado que vivimos en un sistema democrático y plural (risas) en el que tenemos libertad para elegir entre Pepsi, Coca Cola o cualquier otro refresco de cola, peligroso para nuestro estatus, o salud, que vienen a ser lo mismo.

Que opinen está bien, pero los jaleos posteriores en forma de respuestas y retuiteos, son el equivalente online a los aplausos de Sálvame Deluxe, o de su versión intelectual, la Noria. La #demagogiatuitera comienza a ser un arte. En plena reivindicación personal por el discurso, los nuevos comentaristas encierran en 140 caracteres sus ideas. Una cosa es que ese corto espacio sea un desafío para la creatividad, y otra muy diferente, es que valga como para que un argumento tenga un mínimo calado.

Pues estoy harto, y creo que voy a empezar a dinamitar mi reputación, defendiendo a los políticos. Así, como leéis. Estoy cansado de trabajar, vivir, y toparme con oficinistas, electricistas, cajeros, empleados de banca, teleoperadores, creativos, directivos, asesores, amas casa… completamente ineptos. Nulos. Pésimos. Sin medio dedo de frente. Sin la más mínima profesionalidad. Sin luces. Esta pléyade de seres mediocres, que pueblan nuestros más agrios recuerdos, son los que creen representar el pensamiento popular en Twitter, pero en realidad representan el populista. Cómo me molaría verles en una situación de crisis nacional. Cómo me gustaría verles combatiendo el paro y la corrupción. ¡¡Vamos, poneos las medias, la camiseta, los pantalones y las botas, y bajad a estadio lleno a jugar el partido!! A ver si lejos del sofá y de vuestros portátiles, tenéis tantas grandes ideas.

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Recomendado

Pero qué grande es, ha sido, y siempre será Chris Bishop. Puro pop.

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El fin de las cejas

Partamos de una base. Imaginemos que Zapatero hubiera realizado una administración absolutamente perfecta. En ese caso, una parte del país la hubiera criticado de igual modo, hubiera protestado y hubiera articulado una oposición basándose en ideas peregrinas. De cualquier manera habría quien, luchando por el poder, hubiera retorcido argumentos líquidos que, apoyados por determinados grupos de presión y poder mediático, hubieran supuesto una respuesta social.

Volvamos a la realidad. Zapatero ha realizado una gestión controvertida, y la oposición mayoritaria se parece bastante a la descrita en el anterior párrafo. Con argumentos escasos y, frente a problemas, sin aportar soluciones más allá del “Con nosotros todo iría mejor“. Tras un par de años percutiendo en ese vacío argumento, Gallardón ya advierte que “en caso de que su partido gobernara, se tardarán más de cinco años en notar los cambios, más de una legislatura”. Ya empiezan a ponerse la venda.

Hablando con unos amigos el sábado, acabaron coincidiendo en que lo que echaban de menos eran determinados gestos de los políticos, de cara a la galería. Las eurodietas, los dos sueldos de Cospedal y Pajín, los presupuestos en asesores… Es decir que el descontento, más que con una administración, lo era con la clase política en general. En el fondo nadie es tonto. A pocos se nos escapa que esta crisis es eminentemente internacional, y que si España la ha notado con virulencia, es porque no es Inglaterra, Francia o Alemania, y nunca lo ha sido. Es decir que sea del color que sea el ocupante de la Moncloa, lo que verdaderamente nos preocupa: precio de los pisos, reducción del poder adquisitivo, falta de un plan nacional de educación… no hubiera variado en lo sustancial.

Por otro lado, si lo que queremos es valorar una gestión, la diferencia entre política de izquierda y de derecha, es muy sencilla. Más que en otra cosa, hemos de fijarnos en los impuestos durante las legislaturas. Política de izquierda es grabar más al patrimonio (aumentar los impuestos directos) que al consumo (los indirectos), y también lo es que los impuestos sean progresivos (pagas más cuanto más tienes) que regresivos (a la inversa). Hagan balance de las reformas fiscales para valorar lo que se ha hecho, y si ha sido de izquierdas o no el gobierno.

En definitiva, el barniz de los años convertirá la presidencia de Zapatero en una época amable, en la que crecieron los derechos sociales, continuó la desigualdad económica, que procura la estabilidad de los gobiernos (ya que obtienen el apoyo de los grandes capitales), y resultó cómoda e insulsa, de no ser por una crisis que se devoró lo que se le puso por delante.

Una legislatura de perfil tan bajo como la que está por llegar. Con sistemas políticos que premian la baba, con políticos soft como los Pepiño, Montoro, Pastor, Soraya… sin ideas ni personalidad más allá de las instrucciones que les llegan cada mañana en un documento word. A todas estas, IU se diluye como fuerza política, machada por el concepto del “voto útil”. La gran mayoría de los españoles no confía en que PP o PSOE sean capaces de mejorar en nada sus vidas. Ni Rajoy ni Zapatero llegan al 4 en su valoración pública, por tanto ¿Cuál es el voto verdaderamente inútil?

¿Los problemas? La educación, el cortoplacismo, la apuesta por el emprendimiento, el apoyo al talento, la ayuda a los jóvenes, la igualdad social y de derechos, la burocracia, la falta de un plan energético, la dependencia de unas pocas grandes fortunas, la valoración de la demagogia… lean. Lean del Siglo de Oro, hasta nuestros días. En nuestra literatura están los signos de identidad de un país por el que parece que no pasan los años.

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El taller de radio

Creo que para construir un equipo, lo primero es quitar el miedo. Lo mejor para hacerlo es contar las miserias que has visto en otros equipos. Básicamente comentarles que Amancio Ortega también se ha cogido un pedo y ha tenido que rabar la cena entre pota de gintonics. Que Penélope Cruz también habrá echado un mojón de los que atascan cañerías. Que aquí nadie mea colonia. Entonces se vienen arriba, y es el momento de ponerles en su sitio.

Para ponerles en su sitio, se les comenta que estamos aquí para contar cosas, no para cambiar el mundo. El mundo es difícil de cambiar y, mucho más para nosotros. Si el mundo funciona así es por algo, y es lo que debemos saber y transmitir. Dejemos que lo cambien los tertulianos partidistas en sus programas/barras de bar. Para cambiarlo hay otros talleres más modernos y enrollados. Lo que nos corresponde es cambiar la percepción de la realidad que los medios tradicionales hacen llegar a la gente. “Informar, formar y entretener“, es algo como el “tocar y desmarcarse” en el fútbol, algo tan básico pero tan difícil de encontrar, que debe ser una esencia a depurar. No vamos a cambiar el mundo, pero contar las cosas dándole una vuelta más, y tratar al oyente como si fuera una persona inteligente, ya es una pequeña revolución a nuestro alcance.

Ahora estamos en esa fase, tienen algo de miedo. Empiezan a coger el micro -tres meses sin verlo y ni han rechistado- y perder el miedo. Y equivocarse. Y cagarla. Y rectificar. Y aprender. En ese tiempo se han acomodando en las posiciones idóneas y, aunque queda camino, se encuentran a gusto en sus papeles, y yo contento, porque hemos demostrado que podemos.El verdadero reto es dejar claro que con un sonido comercial, profesional, se pueden contar las cosas de otra manera. En ello estamos.

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¿Quieres un viral? Y yo una moto

No son pocos los clientes que, a lo largo de mi vida, me han dicho en una sala, y con sonrisa de oreja a oreja, que quieren un “vídeo viral“. Te lo dicen con una vitola de modernidad, como dando a entender que hablan tu idioma (hey, chachi colegui), expoleados por la presencia de Youtube en los informativos de las teles, y por las empresas que aseguran ofrecer vídeos virales.

Vaya por delante que el vídeo viral, o la campaña viral, como tal, no existen. Existen vídeos, o campañas, que por múltiples razones se convierten en virales. Es decir, que la viralidad es un resultado, no un apriorismo. Bien es cierto que una campaña se puede afilar, de tal modo que pretendamos provocar un efecto bola de nieve, pero también lo es que las agencias o creativos que han conseguido repetir un éxito viral en todo el mundo, se pueden contar con los dedos de una mano.

Querido cliente: la agencia que le venda una campaña viral, le está mintiendo. Pero supongo que ya está acostumbrado a las mentiras de las agencias, porque si no la suciedad no se iría en un Bang. Y sé que le mola más creer en una mentira, que trabajar en una estrategia. El otro mito que hay que romper es la idea que esconde la llamada del cliente. Te pide un vídeo viral puesto que su definición es: vídeo que cuesta dos duros y que llega a millones de personas porque sí.

Pues miren, uno de los virales más exitosos de la era Internet, fue el del gorila de Cadbury hecho por Fallon London. La calidad de la agencia está fuera de duda, y no tengo datos del presupuesto en distribución, pero sí que hasta el nuevo spot de Adidas, era el anuncio más caro de la historia.

Otro caso de éxito es la original campaña de Tip Ex, en la que decidíamos las aventuras del oso y el cazador. Amén de una creatividad muy curiosa, hemos de tener en cuenta su distribución. Lanzó una docena de brand days en Youtube (esto es, copar la portada del portal en doce países durante un día) y la inversión en el canal más famoso de vídeo, superó (de largo) los 250.000 euros.

¿Qué coño es, entonces una campaña viral?

Pues básicamente es una campaña en la que el usuario es quien comunica nuestro mensaje. Es decir que si yo envío un vídeo a 100 personas, y 20 lo comparten, me he gastado 100, y he obtenido 100 más las exposiciones de esos 20 “embajadores”, a los que la campaña ha seducido. Por tanto, si en vez de a 100, expongo el vídeo a 100.000, y 20.000 lo comparten, aumenta exponencialmente el ahorro. A más inversión, más soportes, y más exposición, mayor probabilidad de viralidad. Esta potencialidad está sometida a una curva de rendimiento marginal decreciente (sabía que algún día lo metería en un post)

Después tenemos el concepto de creatividad, muy importante para que el vídeo enganche. Habréis leído mucho: que si dure menos de un minuto, que si no se vea la marca, que si un famoso, que si animales, que si bebés… Hace no mucho Smartwater lanzó un buen vacile con el concepto de vídeo viral:

Mi idea siempre es la misma: el vídeo viral es aquel que, cuando ves, tienes que mandar a tus colegas por el messenger, sí o sí. El último caso de talento compartible es uno muy curioso, que no creo que se trate de una original campaña de la Benemérita:

83.477 reproducciones. Coste: lo que pida quien ideó el traje, pero no más de 300 euros. Pero no vende nada (ohhhhh) Con esto no digo que no se pueden hacer vídeos virales, sólo que no se pueden vender. Se puede vender una asesoría de vídeo, una adaptación al lenguaje online, unos consejos que incentiven los impactos, pero vender un viral, es vender un éxito. Así que, amigos, la próxima vez que un cliente os pida un vídeo viral, un “Amo a Laura“, hacedle un favor a la profesión, y decidle que prepare la chequera, o que calle para siempre.

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