Huimos

Ayer, un poquito enfadado como estaba, ya les comenté que “el mercado” es una especie de entelequia, que parece representar la coherencia y el buen gobierno, y que en realidad no son más que los intereses, a veces incluso azarosos, de los más poderosos.  Me quedé calvo, por cierto. Todos parecemos intuir esa realidad, pero para la opinión pública parece una reflexión demasiado elevada. Hoy desayuno leyendo que que el señor mercado, perdona los escándalos de News Corporation, básicamente porque el mercado conoce poco de ética.

El mercado es un acto de fe, y sirve para justificar todo. Con las palabras “mercado” para la política exterior, y “terrorismo” para la interior, podríamos poner un piloto automático en casi cualquier gobierno del globo. Ayer escucho en la radio al Consejero de la Comunidad de Madrid, Antonio Beteta, hablando de la subida de 1 euro a 1,50 del billete sencillo de metro. Dice una frase tal que así “Para la gente puede parecer una subida, que para mí también lo es, pero en realidad, se trata de una actualización del precio“. Sin desperdicio.

Mercado y terrorismo, equivalen en lo familiar a los hijos. Por los hijos se roba, o se mata. Pero por los hijos también se mantienen parejas quebradas y podridas, o se asumen formas de vida cuestionables, o se aceptan trabajos ingratos, pero seguros, o se hacen horas extras sin cobrar, o … (rellenen los puntos suspensivos con los casos que han vivido) En definitiva, todo son atajos para la ética. Son palabras y conceptos, que nos sirven para huir del análisis, para dar esquinazo a la honestidad, y dejarnos llevar por la corriente.

Y la corriente sí que no es azar. La corriente se construye con mimo, y nos llega en forma de historias “normales” en cada pequeño testimonio televisivo, en cada conversación de barra de bar, en cada mensaje publicitario. Una normalidad que decimos aborrecer, pero a la que nos abrazamos con cualquier excusa. Mi mujer me preguntó en Costa Caparica si me iba a bañar. Le dije que no.

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Suma y sigue

Los expertos económicos del Fondo Monetario Internacional recetan a España las siguientes medidas:

1-Recortar el sueldo de los funcionarios. Palman los funcionarios y se resiente el consumo. Sólo un paso previo al despido de empleados públicos. Ustedes dirán que mejor. Que los funcionarios no son productivos. Un día, con un café, y varios gintonics, les puedo hablar de la productividad de las grandes empresas privadas, y nos echamos unas risas. Es un viaje para el que no se necesitan muchas alforjas. Por cierto ya se ha hecho, y parece que no ha funcionado, pero si se hace otra vez, seguro que funcionará.

2-Aumentar el IVA. Recauda de primeras. Otra ingeniería creativo-financiera. Graba el consumo, aumenta los precios, disminuye el poder adquisitivo, cosa más delicada cuanto menos recursos se tiene. Es decir, ataca al consumo, y vuelve a joder a todos por igual, sin ser todos iguales.

3-Reducir las inversiones públicas. En las últimas dos décadas, España ha privatizado algunas de sus empresas públicas más rentables. Las que daban pasta. Las que daban beneficios. Se repartieron a amigos de las personas en el poder, u otras personalidades o grupos empresariales influyentes. Ahora vienen estos lodos, y no existe la responsabilidad histórica. Si no hay responsabilidad más allá de cuatro años, no se pueden pedir políticos que piensen más lejos de esa fecha. Otra idea revolucionaria del FMI.

4-Subida del impuesto de los carburantes. Efectivamente se echa de menos una intervención en este sentido. El combustible está muy barato, apenas se está especulando con el crudo, y parece una política, la de subir los carburantes, totalmente novedosa.

Como vemos todo son medidas que atacan directamente a las clases media y baja. Disparan contra los emprendedores, jóvenes, y personas menos favorecidas. Son medidas para perpetuar estatus sociales, y en las que los causantes del gran crack, se van de rositas, as always. Lo mejor es que tienen los santos huevos de presentar medidas que YA SE HAN TOMADO.

Entre nosotros, me gustaría saber cuánto cojones ha costado semejante subnormalidad por parte del Fondo Monetario Internacional. Quiero recordar la confianza que el FMI puede inspirar en los mercados, tras el escándalo conspiranoico en el que anda envuelto. También me encantaría saber si cuando dicen que “en aras de tranquilizar a los mercados“, en realidad se trata de una amenaza y, si es así por qué coño vamos a celebrar elecciones, y quién se cree que el poder reside en el pueblo. Los políticos ya hablan de los mercados y su tranquilidad como si hubieran asumido que la política ha perdido la batalla.

Oía el otro día al nuevo President de la Generalitat valenciana, esa magnífica institución que, acosado por las sospechas de la prensa, repetía que era el momento de la “gestión, gestión, y gestión“. Pues mire señor, para eso se contrata a una gestoría, y se va usted a comer helados de cucurucho a su puta casa. De lo que es el momento es de que la sociedad civil dé muestras de la valentía, personalidad, e inteligencia. Pero de eso hay muy poco.

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Lisboa I (la eterna crisis)

Pensé que sólo un snob de mierda me podía mirar con ese desprecio. El desdén que me lanzó un chaval, con todo el odio que acumulaba entre sus cascos Sennheiser, que seguro creía saber todo de música, pero que con tanto Breakbeat, Cut & Paste, Florida Breaks, Electro Minimal, Italo Disco, Jumpstyle e Industrial Hardcore, se ve que no le daba el cerebro para conocer a Jazzanova, y sí para lanzarme esa cara de imbécil cuando le pregunté por ellos.

A la ciudad se la sigue comiendo la crisis por los pies. Es una sensación que tengo desde que la conozco. El uno de noviembre de 1755, Lisboa sufrió un terremoto que fue prefacio de un maremoto (que ahora la prensa llamaría tsunami) y un incendio que se cobraron más de cien mil muertos, y la destrucción completa de la ciudad. Creo que a una desgracia de tal calibre no se puede sobrevivir. Al rey José I, que se libró de la desgracia de puta chiripa, se le quedó para siempre una considerable claustrofobia que le hizo comenzar a vivir en complejos de tiendas de campaña.

Una ciudad queda herida de muerte, aunque se refunde, aunque el primer ministro, el Marqués Pombal tuviera más pelotas que nadie. Hay cosas que no puedes elegir y, pese a lo que digan las películas americanas, hay cosas que no se pueden cambiar, contra las que resulta imposible luchar y, parece que convendremos ustedes y yo, en que la muerte es una de ellas.

Desde el incendio, las crisis parecen el mayor contacto de Lisboa con la posibilidad de sentirse viva. Supongo que en una sociedad con un catolicismo tan marcado, lo del sufrimiento se llevará bastante bien. Con resignación, como nos decían en el colegio. Se nota en las calles en las que, si pudieras despejar con facilidad a las hordas de turistas, hallarías un ejército de miradas locales de recelo y desconfianza ante tus pequeños momentos de felicidad. El resto es publicidad del Ministerio de Turismo. Y por eso me encanta.

Ah, y esto es Jazzanova, jodido snob:

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Buenas Vibraciones

Fue hace años. Vagaba por el Muelle de Gijón, que es una acción menos elástica de lo que parece, cuando me dejé guiar por un mínimo festival que me hizo aterrizar en un espigón aquella noche de agosto. No más de diez personas escuchando la música que había preparado un tal Ibon Errazkin.

Conocía al dj por aquel vinilo que pedí por correspondencia a Elefant Records, en un lote con el Impermeable de Carlos Berlanga, y un par de singles, de Metro y de Sing Sing. Elegí un maxisingle de Le Mans, una de las etiquetas con las que el donostiarra ha aportado música a los mortales. Pero aquella noche Ibon Errazkin estaba arriesgando con una colección de canciones absolutamente variopintas, mezclando estilos y ensamblándolos a la perfección. Jugó con las sensaciones de cualquier popero, levantándonos con el soul, el r&b, el hiphop… en una sesión fresca, sabia, emocionante.

El final nos dejó boquiabiertos: una versión de Good Vibrations de los Beach Boys, a cargo de un coro de niños. Final soberano. Brutal. Al punto que me obsesionó encontrar aquella canción, que me dió vueltas en la cabeza durante años. A fe que la busqué. Mails al sello de Errazkin, tiendas de discos, peinando la red…

La última pista me dejaba en un coro de niños de Chicago, el típico coro que va de guay por cantar a Nirvana. Y sin posibilidades de encontrar sus grabaciones. Su búsqueda me llegó a hacer parecer un loco gilipollas en las tiendas de discos. Les preguntaba por un coro de niños, que versionaba a Brian Wilson, que si les llegaba algo…

Pasa que muchos años después, vuelves de vacaciones y buscas información sobre un fanático ultraderechista noruego, y te encuentras un artículo sobre The Langley Schools. Te cuenta que el ser vivo tras el proyecto se llama Hans Fendger, que Brian Linds lo puso en manos y oídos de unos cuantos (probablemente de Ibon Errazkin). El post vale mucho la pena, y ofrece varias canciones del proyecto. Entre otras, esta:

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Carta a un emprendedor ideal

Nadie va a restarle mérito. Lo tiene y mucho. Apostó, peleó, arriesgó trabajo mucho, y sacó adelante una startup por la que pocos hubieran dado un duro. Habrá pasado por la travesía no sólo de la falta de ayudas cuando se arranca, sino de la complicación que tiene una empresa en Internet en nuestro país, tan poco dado a los cambios, las novedades, o las nuevas fórmulas de crear industria. El camino ha sido amargo, lo sé, y la recompensa justa.

Dicho esto, tengo la ligera sensación de que, tweet tras tweet va lanzando un mensaje que tiene por objetivo generarnos la idea de que el Estado debería desaparecer paulatinamente, y que todo lo público nos es ajeno en tanto está mangoneado por personajes de dudosa capacidad de gestión, y de pésima pericia política. Esto le lleva a la idea de la necesidad de un estado económicamente liberal. Por completo: sin impuestos ni trabas.

Coincidiendo con algunas de sus ideas, no puedo por menos que enfadarme con algunas críticas suyas a esto que, de alguna u otra manera, hemos dado en denominar Estado de Bienestar. Que no es único y con una sola fórmula, por cierto.  También me gustaría que recapacitara sobre la suerte que ha tenido. No digo que los resultados de su trabajo se deban a la suerte, pero sí que existe una tragedia, consustancial al ser humano, con la que convivimos, y de la que huimos con, por ejemplo, el Estado de Bienestar.

Es evidente que a usted le podía haber dado un itcus, podía haberse tirado de cabeza en una piscina poco profunda, o se le podría haber escapado el coche en una carretera. Podría haber nacido en otro tipo de familia. Busquemos en los barrios menos agradecidos, el número de jóvenes capaces de sacar 200.000, o 300.000 euros para arrancar una idea de entre sus friends and family.

Sobretodo, es una cuestión de responsabilidad social. Cuando usted monta una empresa, la mayoría de sus trabajadores se han formado en la educación pública. Usted mismo. Tiene derecho a que cuiden de su salud, a que le defienda un abogado, a que le ayuden si la cosa con el empleo no va muy bien. Por que hay veces que lo haces bien, y que trabajas, y que cumples con los requisitos para que todo te salga bien pero, inexplicablemente, sale mal. No todos son perfectos, ni podemos ser héroes todos los años de nuestras vidas.

La forma en la que lo público y lo privado se entrelaza en cada empresa es tan complejo, que cortar los hilos puede resultar un poco simple (me enerva la comparación que establece muchas veces entre deuda pública, y las deudas domésticas privadas). La respuesta para resolver los problemas derivados de un sistema de solidaridad social, y de búsqueda de la igualdad de oportunidades, a mi entender, no pasa por eliminarla. No pasa por volver a creer en la visible mano invisible. Hay que hacer más fácil que la gente tenga oportunidades, estoy de acuerdo.

Pero me da la impresión de que los liberales consideran que esos mismos errores humanos que encontramos en lo público, no existieran en lo privado. Esas desviaciones, esa corrupción, esos juicios basados en resultados. Como si al liberalismo lo gobernaran robots. Como si los ejemplos de mangoneos internacionales no fueran suficiente ejemplo. Como si los emprendedores tuvieran que defender la utopía del capitalismo.

Solamente que le echo de menos una visión más rica. Es eso.

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De resaca

-Escucho esta mañana a los analistas de tendencia, digamos, “liberal“, es decir, los que piden el voto al PP, y sostienen que con Mariano todo irá muy bien. Creen que Zapatero no adelanta elecciones, porque confía en una pequeña recuperación económica, y defienden que el presidente no puede estar seguro de que esa recuperación se producirá porque nadie sabe lo que puede pasar. Son los mismos que llevan años defendiendo que Zapatero ocultó una crisis que había previsto, para salir reelegido. Es decir, que para lo malo era adivino, y para lo bueno, no puede serlo.

-El nuevo candidato socialista aterriza en redes sociales, siguiendo el camino trazado por Obama, pero sin Soul. Como dije el otro día, lo importante de lo social está en dar la sensación de que tus seguidores ayudan a construirte, pero es complicado que así sea, si no te dejabas construir en el mundo 1.0. Será el clásico boom de campaña que desaparecerá. Puro interés y propaganda, como Pedro Jota tuiteando avances en la demostración de su teoría conspiranoica del 11M. La gente no quiere encontrarse en las redes lo mismo de lo que ha huido en el papel. O por lo menos, eso creo.

-Rubalcaba sacude a los grandes capitales. Por lo menos en titulares. No creo que nadie sea tan gilipollas como para creer que los grandes capitales no saben las vías para ser menos grandes a ojos de la administración. La gente con pasta sabe cómo camuflarla. Y la cera a los bancos… hubiera estado bien tener muy claro bajo qué condiciones se dotó de liquidez a las entidades bancarias con dinero público. Qué compromisos tuvieron que adquirir los bancos.

-La extinta Cajamadrid, ahora Bankia, ha lanzado una campaña sangrante. Su claim, viene a decir poco menos que “si eres un tío chachi (dueño de tu negocio, ingeniero, médico, el puto amo, vamos), cómo no vas a invertir en Bankia“. El trasfondo es la necesidad de inversión a toda costa. Las cáscara es que por mil euros tú puedes entrar en ese estatus que tan buena prensa tiene hoy en día: banquero. O mejor dicho: bankero. Muy aspiracional. Todo un acierto, sí señor.

-Tengo amigos que me cuentan teorías sobre cómo los chinos, merced a la cantidad de pequeños establecimientos que han ido tomando por España, acabarán conquistando el mundo. Creo que también ayuda que China lleva meses comprando deuda norteamericana y europea. Puede hacer un poco más rápido lo de conquistar el mundo. Las conclusiones básicas son que los orientales marcarán las grandes líneas macroeconómicas, y que, además, estarán muy interesados en que a Occidente le vaya muy bien, si es que quieren recuperar su inversión. Por cierto, que el régimen chino nos parece fenomenal.

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¿Agresor o embajador?

Veo que las grandes empresas empiezan a tener un contacto con las redes sociales que va siendo creciente. Más por el movimiento de los usuariarios en los entornos a esas empresas, que por estar éstas imbricando -qué culto, ¿eh?- el pensamiento social en sus estrategias.

Uno de los puntos de contacto de las corporaciones con las redes, es el comportamiento de sus trabajadores en las mismas, y no me refiero a que los de Compras se tiren todo el día chateando en vídeo con Facebook, o haciéndose con tractores para mejorar la productividad de su Farmville. De lo que hablo es de lo que dicen o dejan de decir mis trabajadores en las redes sociales sobre mí. Esto es: cómo los curritos multiplican la potencia de sus conversaciones del café, en medios a los que puede acceder mucha gente.

En primer lugar, David Bisbal hay uno. Por suerte. Es decir una cagada monumental tiene una gran repercusión si la figura en cuestión la tiene. La mayoría de nosotros tenemos un círculo de amistades muy aproximado al círculo de influencia de nuestras actividades en redes sociales, por lo que, lo que contemos, no llegará a muchos más que lo que se nos escape una tarde tonta de pacharanes en una fiesta.

En segundo lugar, las empresas ponen el acento en lo comprometido que sería que las críticas llegaran a la gente, y no en que su trabajador les critique. Las denominadas charlas de oficinista, basan sus temáticas, en un 65% en rajar de sus empresas: que si pagan mal, que si los de arriba son inútiles, que si no te valoran, que si menganito está enchufado. Son un clásico que todos hemos vivido, y al que los directivos o responsables no creo que sean ajenos. Pero el problema es que eso trascienda.

Por ello las empresas, que suelen emplear complejos sistemas de ventas, gestionados a golpe de impulsos básicos, comienzan a preguntar por el tipo de instrucciones que deben hacer cumplir a sus empleados en redes sociales. ¿Deben firmar un contrato en el que, si hablan mal de mí, les pueda echar?, ¿Vale con una circular?, ¿Puedo contratar a una jauría de dogos argentinos que sepan monitorizar?

En realidad, creo que se trata de puro sentido común, y de no pensar que lo online es un mundo aparte con formas de actuación muy específicas. Es decir, que si alguien filtra en la red documentos confidenciales, el trabajador suele tener, en su contrato, una advertencia al respecto, igual que si saca ese documento en un domingo de picnic con sus amigos. Y, sobretodo, que la mejor defensa, puede ser un buen ataque.

Si las empresas se preocupan de seducir de puertas para adentro, igual que de puertas para afuera, en lugar de ponerse la venda ante lo que harán con los trabajadores descontentos, es posible que lograran revertir la situación, y que convirtieran a sus trabajadores en embajadores de la empresa, también en el online. Es una cuestión que dispara contra la línea de flotación de departamentos de Recursos Humanos anclados en el control y la gestión, y una oportunidad para la implicación y motivación.

No se me escapa, que nuestra generación es la primera que, al contrario que la de nuestros padres, sabe que no se va a jubilar en la misma empresa en la que comienza a trabajar -por suerte-, y esto provoca una reacción defensiva por parte del trabajador, consistente en desafecto y recelo. Tampoco creo que los trabajadores deban ser fans de una empresa, porque sería estúpido y diría poco de ellos, pero sí que se sientan partícipes de la misma, que vean que la empresa les potencia y escucha. Y ese es el cambio fundamental: ¿Puede una empresa que no escucha a sus trabajadores ponerse a escuchar a sus clientes?

PD: Motivación no equivale a paintball. Por favor.

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Cosas de comunicación

-El joven emprendedor Rupert Murdoch cierra News of the World por un escándalo de nada sobre escuchas a víctimas de terrorismo. Lo típico. La cuestión es que si no es por esa barrabasada, News of the World nos parecía un periódico fenomenal. La otra cuestión es que el día antes de que la moral cayera sobre la basura que publicaban, era el diario de habla inglesa más vendido en el mundo. Así va España.

-Rubalcaba es Rubalcaba. Prepara la candidatura con especialistas de comunicación política supermodernos, que le han dicho que utilice las redes sociales. Puede ser muy buena, porque la gente ama a Alfredo Pérez, y seguro que tiene una calurosa acogida en los Facebook, Twitter, Tuenti, y compañía. Hará como José María Barreda, expresidente de Castilla la Mancha, que resulta ser un tipo muy activo en el socialmedia: su último twitt es de antes de las elecciones autonómicas, y dice así (20 mayo): “Por eso os pido el voto, Necesito vuestra confianza para continuar trabajando en el fututo y garantizar nuestras políticas porque #nodaigual“.

-Los grandes medios han perdido gran parte de su talento a base de años en los que la frase más repetida en los despachos era “tengo a 300 como tú esperando en la calle”. Y no, gilipollas, no. Tienes a 300, pero así te luce el pelo. No es cuestión de que pagaran mejor, es cuestión de que quedaran con los ponen los precios, y los bajaran. Para ser buen profesional de la comunicación tienes que tomar café. Y mucho. Y, a ser posible, fumar.

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Ideas sueltas y pereza

-Llevo unos cuantos minutos hurgando en mi viejo blog, a ver si puedo reciclar algo para hoy, que tengo el cerebro poco blogero. No he encontrado nada reutilizable. Da que pensar. En concreto pienso en cuando era preadolescente y escribía, y a los pocos días lo rompía creyendo que, con el paso de los años me iba a arrepentir de lo escrito. Menudo gilipollas. ¡Pues claro que te arrepientes!, ¡Claro que cambias, claro que todo lo de antes te parece una mierda!, pero ¿Esperaba escribir algo de lo que no me arrepintiera nunca?, ¿Es que me creía que sería el puto Jorge Luis Borges?

-¿Hacia dónde va…? Es la gran pregunta. Todo el rato dándole vueltas al “hacia dónde va” esto, o lo otro. Constante obsesión por la tendencia, por el futuro, anticipar el mañana, sin que ese mañana llegue nunca para vivirlo, porque mañana pensaremos en pasado mañana, y así siempre. Y nunca llegaremos a estar donde dijimos que estaríamos, porque siempre fallamos en algo, y aprendemos para atinar en lo siguiente, que sigue sin llegar. Y a contárselo a los señores que tienen dinero, para que lo sigan conservando, y nos sigan pagando por vivir de pensar en mañana.

-Por cierto que mañana empiezan los Sanfermines. ¿Declaración exclusiva de ascensor, o clásico del socialmedia? Nada de eso, sólo que es la fiesta que más me la suda del calendario nacional, y me hace gracia. Llevo siete años viviendo sin ascensor. Ese tipo de conversaciones tienen que estar en algún sitio. Se me tienen que estar haciendo bola. Iré a que un homeópata me recete Oligovigor Selenio, y las expulse, porque están criando algo malo en mí.

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Detalles

Llevo un tiempo intentando escribir un post personal, en el que hable sobre los dos mundos laborales en los que me muevo. Sería un texto emocional para unos, y almibarado para otros, en el que concluiría intentando utilizar el clásico truco de “esos dos mundos que se creen tan diferentes pero que son, en realidad, más cercanos de lo que creen“. Lo hubiera hecho si supiera que un productor de comedias románticas, va a consultar el blog desde su residencia en Bel-Air. Los sueños dorados siempre son casposos.

Voy a ser mucho más crudo y con menos adorno. Habitualmente trabajo con gente normal*. Rodeado de cientos de personas absolutamente normales, de españoles medios. Llevo toda la vida vacilando con ese hombre que vota la PP, o al PSOE indistintamente, que tiene un pene de 13,5 centímetros, que es católico pero no practicante, que produce media tonelada de basura al año, y tiene una hipoteca a cincuenta, y ahora trabajo escoltado por un ejército de gente así.  La dictadura de la normalidad, sólo violada por detalles. Detalles que recolecto con esfuerzo, porque cuando tengo una teoría, busco su justificación cueste lo que cueste.

Es así como de un café puedo sacar un jirón en la costura de la corrección política, a través del que me asomo, intentando fantasear con personas que no siempre tuvieron todo tan claro, intentando buscar rasgos oscuros que los conviertan en humanos, en semejantes. Busco bajadas de guardias, off the records, despistes en el discurso machacón del “esto es así, y así lo hago porque así soy”. Y las hay.

El otro hemisferio laboral es rico en rarezas, orgulloso de darles relevancia, casi siempre en exceso. Es el lugar en el que la diferencia es un valor, y lo snob abofetea caras y chequeras, y te impide ver un País de Nunca Jamás en nómina y al abordaje, orientados por las últimas versiones de navegadores de nombre impronunciable y desconocido. En ellos busco su necesidad de acudir a una cierta convención, a los lugares comunes, a postulados irracionales, al gran relato en el que afirman no creer, pero en el que nos han programado y contra el que no se puede luchar de manera integral, sin pagar con una sensación enajenante de pérdida.

Este fin de semana el hombre de hojalata ha sentido a @Adoiz, @guillepedrero, @edugarcia, @cuerpo, @scresposan, @Guillemvideo, @mimadrenomedeja, @alvgarcia, @estelity, @diazcaneja, y @Softhardskills, más cerca. Probablemente unidos por un gesto como el de la foto, la búsqueda de algo. Algo que está fuera del cuadro y que, quizá sólo por eso, ya vale la pena buscar.

Saludos al productor de Hollywood. Soy barato.

*Obviemos lo de que “la normalidad no existe”. Seamos irónicos.

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