No hay motivos para la huelga

Suena el despertador y me levanto. Mi despertador es un móvil que me “regaló” una compañía por firmar 18 meses de permanencia con ellos. Esa compañía lleva muchos años cobrándome mucho más de lo que debería por sus servicios. Tan es así, que la Unión Europea está harta de pedir una bajada de precios, que las compañías desoyen. Cuando se privatizó la compañía telefónica que construimos entre todos, y cuyas deudas iniciales sufragamos todos, se nos dijo que sería para abaratar la factura. Se ve que no.

Me deslizo de la cama hacia la cocina aprovechando cada metro, porque cada metro es oro, oiga. Llevo años pagando un alquiler a un precio desorbitado. Otros pagan descomunales hipotecas que no acabarán nunca por pisos mega sobrevalorados. En la cocina doy la luz de la campana para preparar el desayuno. Lo hago recordando la subida del 7% en la tarifa de la luz para este mes. Todo por asumir un déficit que nadie nos explica, por parte de una empresa que fue pública, y que para su privatización nos prometieron que… ya saben.

Igual un poquito de agua no viene mal. Aprovecharé antes que privaticen el Canal de Isabel II, empresa que da 100 millones de euros anuales de beneficio, pero que hay que privatizar. Seguro que es para que el sector sea más competitivo y la factura baje. Pero como siempre que han dicho eso, ha sucedido lo contrario, y se lo ha llevado muerto un señor, insisto en que prefiero disfrutarlo.

Me ducho y me visto con mi traje made in China del H&M, mi camisa y mi corbata made in Taiwan de Zara, empresas todas que pagan 80 céntimos por una jornada de 22 horas a sus niños trabajadores y que, de paso, han dejado de fabricar en nuestro país, es decir, de aportar trabajo, buscando mercados más “flexibles” en materia laboral. Salgo zumbando cojo el coche y me voy al trabajo. La gasolina ha subido un 1,8% en la última semana. La otra opción es el metro, que ha subido un 50% el último año, y promete seguir haciéndolo.

Llego a Siberia. Siberia es el sitio donde trabajo, el sitio de las Sicavs y el juego con la legalidad. Allí se nota poco eso de la huelga, porque son todos unos trabajadores excepcionales. Hoy pasan un control a las 9:00, otro a las 11:00 y otro a las 13:00. Una hojita en la que un representante por área, ha de especificar quien está, quien no y a qué hora se entra, se sale y por qué. En Siberia todo el mundo gana poco dinero. El que gana 30 considera que gana poco, el que gana 50 también, y el de 300 no va a ser menos. Para ellos ganar 31, 51, o 301 merece pisar cualquier cosa.

Llego a casa y pongo la tele para ver tertulianos a sueldo de partidos. Resulta una evasión hablar de elecciones, conflictos territoriales, y navajazos del politiqueo más chusco y deprimente. Una evasión para no pensar en que, según un estudio de la Fundación Pere Tarrés, un 25% de los niños españoles padece desnutrición debido a la crisis. Ojo. El 21,8% de los hogares españoles se encuentra bajo el umbral de la pobreza. La televisión que antes se encargaba de acercarnos las tragedias de países lejanos, ahora nos evade de las tragedias cercanas.

Me tumbo en la cama y pienso que todo va bien, y que no hay motivos para la huelga. No.

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Mongolia

Darío Adanti me ganó cuando, desde su página de El Jueves, publicó los “Bultitos de abuelo“, el anuncio de un ficticio y rico desayuno, compuesto por bultos de viejos mojados en leche. Sus aventuras del Niño Dios, cuando trascendían lo iconoclasta, y se centraban en la profundidad del humor negro, también eran geniales. Es este un país muy fan de reconocerse cultivador del humor negro. Nótese lo culto de la frase anterior: no es lo mismo decir “Es este un país (…)”, que el vulgar “Este es un país (…)”. Tras esta pequeña y gilipollas digresión, sigamos.

Siempre mantendré que, en realidad en España no gusta el humor negro de verdad, gusta reírse en determinadas circunstancias de algunos muertos, o de la propia muerte, pero nos mola autoconsiderarnos cosas buenas. Como con sentido del humor, en general. Y una polla. Somos muy complacientes con nosotros mismos. Y luego están los que dicen que el humor británico es lo mejor, o estadounidense, o iraní, cualquiera menos el español, porque todo lo de aquí es una mierda. La música es una mierda, la cultura, los torniquetes del metro, el deporte, la fauna y la flora, el aire y hasta el papel de cocina de doble capa son una mierda. Y luego estoy yo, que considero una mierda a unos, otros y a mi mismo, pero eso es problema mío. Y de mi terapeuta.

El caso es que en plena crisis del papel, estoy comprando más prensa en papel que en mi puta vida. Esta semana se suma la revista Mongolia, dirigida entre otros, por Adanti. Es bastante imbécil. Creo que es lo mejor que se puede decir de alguien que hace humor. Por lo menos, así lo consideraba cuando lo hacía. Imbécil. La tesis de que han asesinado a Gaspar Llamazares, y que es Bin Laden quien comparece en el Congreso defendiendo las siglas de IU, me hizo llorar de la risa. Dirán ustedes que qué detalle más de reality de mi vida, ¿No?. Maybe. Por cierto, encontrarán que está agotada en casi todos los quioscos.

PD: Mañana hablo del director de periódico del corpiño, que le tengo ganas.

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Transparencia

El los últimos tiempos venimos viendo a la transparencia como una reivindicación social en boca de todos. Una de las premisas abanderada por el movimiento 15M, fue una transparencia de manera más prosaica (que suele terminar en ley tramposa, como la que prepara el Gobierno), pero también una transparencia de fondo, la que cuestiona el engranaje del sistema representativo, “oiga, infórmeme porque yo quiero empezar a tomar ciertas decisiones que hasta ahora he cedido“.

La transparencia responde a un sujeto que se deja adivinar o vislumbrar sin declararse o manifestarse. En este sentido, a nivel político, parece que la transparencia se cumple. No así en su principal acepción: claro, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad. Y es que la transparencia, que parece un paso adelante en la lógica democrática, se presenta como algo complejo, difícil de armar, y tramposo en definitiva, o es lo que pienso.

Igual habría que partir de una tesis que comparto con el personaje del doctor Gregory House: nadie quiere saber la verdad. Vivimos engañados, en la ficción de ser felices. La miseria, el hambre, las enfermedades y desigualdades nos son ajenas hasta que nos afectan. Mientras tanto vemos esos desarreglos como situaciones que consideramos naturales desde que el mundo es mundo, lejanas, habituales -en tanto el informativo nos lo acerca cada poco-, e imposibles de combatir. Eliminarlo es algo que siempre depende de otros, y huimos de cualquier tipo de sentimiento de complicidad hacia esos otros.

No nos interesa que nos digan que compartimos una parte alícuota de responsabilidad, que no vivimos aislados, que somos parte de un sistema cabrón al que defendemos en tanto nos favorece. Pero el sistema es tirano, injusto traidor, por qué no decirlo, asesino, y nosotros también lo somos. Ignorantia legis neminem excusat, esto es, que el desconocimiento de una ley no excusa de su cumplimiento, y lo mismo podríamos aplicar a la mierda en la que/ de la que vivimos. El sistema nos dice que siempre ganamos, pero no nos oculta que hay quien siempre pierde, y tampoco dejamos de ver que se mantiene por una franja de jugadores que pierden, pero que ven eternamente cercana la posibilidad de ganar. Con ganar me refiero a dinero, y con ese concepto base imaginan ustedes todo.

¿De verdad queremos transparencia?, ¿A qué llamamos transparencia? Pues verán, tengo la sensación de que en Valencia, por ejemplo, donde los jueces han destapado los bastardos movimientos de Francisco Camps -y compañía-, se presentó a las elecciones ganando por mayoría absoluta. Y eso que se le “transparentaban” hasta las conversaciones con amiguitos del alma. Conocimos el caso de espionajes en el Partido Popular de Madrid, la trama de financiación ilegal Gürtel… y parece que afecta más bien poco. Quiero decir que, en casos de bajeza moral, expuesta con luz y taquígrafos -que no con sentencias- al ciudadano medio le ha primado el cambio hacia los corruptos “transparentados” pero que, por el mero hecho de ser un cambio, podrían garantizar la sustitución de la esquemática y simple fuente de todos los males: Zapatero. Esto es: ante alguien que me salve a mí, me da igual su historial o, de hecho, lo reinvento e ignoro ciertas partes incómodas.

Me cuesta, por tanto, creer, que en medio de una vida de mentira, en la que decidimos rodearnos de un mundo inventado y autocomplaciente, decidamos optar por la transparencia. O al menos por una transparencia real, y no generada, también, por nuestro imaginario. Se me hace difícil entender que, de la noche a la mañana, las personas van a asumir la responsabilidad que conlleva la verdad. Aunque parece que con la palabra transparencia lo que queremos decir es que deseamos que los representantes públicos nos digan dónde va nuestro dinero. “Nuestro dinero” es otro concepto a definir en un post, porque parece que, en último término, el dinero “es de” la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Solemos querer saber dónde va nuestro dinero, pero nunca de dónde nos ha venido.

Supongamos que hemos de dotar de una partida presupuestaria la construcción de un aeropuerto. Supongamos que sabemos cuánto coño cuesta construir un aeropuerto. Supongamos que somos capaces de discernir ente los cantos de sirena basados en los beneficios que ese aeropuerto reportará a nuestra región, y la realidad. Supongamos que tenemos una “responsabilidad de Estado” que hace que, cuando lleguemos a casa, nos pongamos a leer los pliegos de condiciones, y a formarnos sobre arquitectura, economía y finanzas, marketing… en definitiva ¿Quién quiere ser responsable de su propio presupuesto?, ¿No son, por tanto, muchos “supongamos”?.

¿Dónde empieza y dónde acaba la transparencia?, ¿Debo saber lo que cobra un político?, ¿Y un ejecutivo de banca rescatada por el Estado?, y luego ¿Debería saber qué hacen con ese dinero, si sus hijos van a colegio público?, ¿Estaríamos obligados a conocer árboles genealógicos? Es posible que la transparencia no exista, que sea una quimera o una interpretación, en tanto que no existe un objeto sobre la que se aplique, sino un sujeto.

Sabemos lo que han costado obras faraónicas para cubrir vanidades personales, los enormes precios aumentados fase tras fase de multitud de infraestructuras inútiles, todo eso lo sabemos. Tengo la sensación de que la transparencia ahonda en la información, y de que eso precisamente, información, es lo que nos sobra. Los sabemos y, como cuando vemos por la tele a un niño subsahariano podrido por el hambre, nos hacemos los gilipollas. Parecería que lo que nos falta es criterio para filtrar esa información, y ganas de trastocar nuestro umbral de confort, ese que defendemos vendiendo a nuestra puta madre. Esa “casita en la playa”, ese “mis hijos merecen lo mejor”, ese “esto no lo arregla nadie”.

Es indudable que el impacto social de internet, de la creación de contenido por parte del usuario, afecta también a la percepción que tenemos de la necesidad de transparencia. Las empresas salen a la red y operan con mayor o menor pericia, en ese estudio de mercado eterno, y online, que suponen las redes sociales. Investigan a sus consumidores, obtienen inputs que pueden aplicar a sus productos, pero también manipulan para obtener determinados inputs, y no otros. De ahí, el usuario extrae que él co-crea, que su palabra es ley, y que tiene derecho a saber. Creo que tener en cuenta esa transparencia falsa publicitada desde lo privado, es importante para unirla a la pública.

Parece, por tanto, que el mundo se ha llenado de personas responsables, formadas e informadas, que desean tener acceso a toda información para poder obrar en consecuencia. Es otra mentira más. Lo han conseguido, transparencia es otra palabra vacía de contenido para la colección de palabras vacías de contenido, que ayuda a componer cada día esos discursos enteros vacíos de contenido, que nos llenan hasta que no.

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Gymnopédie No.1

Cumplo años el veintitrés de septiembre desde hace treinta, y creo que será así hasta el fin de mis días, a no ser que los mercados, dentro de las necesidades que presenten para generar confianza decidan, también, que cambiemos el día en el que nacimos. Siempre que ejercí el derecho a hurgar en quién más había nacido el mismo día, encontraba a gloriosos patriarcas de la cultura como Julio Iglesias, pero nunca encontré a Suzanne Valadón, probablemente porque sus cuadros nunca se colaron en un titular acompañando al sello Christie´s.

Tampoco nos han puesto muchos ejemplos de mujeres que durante su vida no contraen temprano matrimonio, y que son hijas de madres que tampoco lo hicieron. Y menos que se casen dos veces. Y menos, que con cuarenta y cuatro, abandone a su marido por un chico de veintitrés.”Ahora el amor de su vida es su hijo, Fulanito“, dijeron ayer de una muchacha en uno de esos programas que cincelan nuestra moral, gota a gota, frase a frase. Suzanne Valadón se cepilló a medio Montmarte, y pintó cuadros que lograron darle fama, aunque no sé si el orden debería ser ese. Quizá su obra debiera prevalecer, pero es una mujer, ya saben.

Tuvo un hijo, Maurice Valadon, al que luego cambiaron el apellido por el de un amante de apetitosa biografía: Miquel Utrillo. Para que se hagan una idea, el ingeniero catalán, corresponsal en París para La Vanguardia, abandonó todo para fracasar montando un espectáculo de sombras chinescas en Estados Unidos. Para que se hagan otra idea, en la wikipedia lo llaman “amigo” de Suzanne, y es que el impero de la moral católica y la factoría de la culpa, se extienden como una mancha de aceite, igual sobre un camino de tierra, que en el asfalto.

Suzanne volvió loco a Eric Satie, para quien el resto de relaciones fueron una puta mierda. No duró mucho el idilio. En derredor del romance, como si se tratara de pétalos surgidos de manera natural y proporcionada, nacen las introducciones de Satie en el minimalismo, el serialismo, su contacto con el primer dadaísmo, sus proyectos multimedia, y su testamento para la historia de la música en forma de Gimnopedias, de Ogives, y de Gnossiennes, a pesar de las cuales se arruinó económicamente, mientras se daba de hostias con Debussy, y Ravel sobretodo cuando, con cuarenta años, decide entrar en el conservatorio del que le habían echado en su juventud.

Entre medias otra biografía riquísima, y la Gymnopédie No.1, que obsesionó, y obsesiona al abajo firmante, probablemente por un recuerdo con demasiado polvo acumulado encima, o por la lógica matemática de su armonía. Es la clásica lucha entre lo academicista y la realidad. Como si lo real, por definición académica, no pudiera estar reglado. Como si no fuera etnocéntrico pensar que a finales del XIX, en París, se fabricaba el mundo. Como si fuera normal pensar que nunca nos pasará nada.

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Notas #muylocas

Cherines, la digievolución Digimon de Esperanza Aguirre

-Todos los que tenemos la sensación de que un mundo más justo es un mundo mejor, creemos que el objetivo de Esperanza Aguirre es destruir el universo poco a poco. En los últimos tiempos hemos de reconocer que Espe ha cambiado: quiere hacerlo por la vía rápida.

-Una digievolución de la propia Espe, se presenta por el PP a las elecciones asturianas. Se trata de un proyecto piloto desarrollado desde Génova 13, con el que pretenden generar candidatos a comunidades autónomas, evolucionando los ya existentes. En el caso de la asturiana, se produce una ligera mezcla con Jordi Pujol. Teniendo en cuenta los argumentos, la parafernalia, y la información enlatada emitida por las teles, me parece una opción barata e inteligente.

-El comedor social de la calle Doctor Cortezo aumenta el número de usuarios. No son datos, se ve. La cola cruza la calzada de la calle Atocha y se clava en la plaza de Jacinto Benavente. Las monjas seguirán ejerciendo la caridad con los descarriados. Espero que empiecen los reportajes donde se habla de homeless como personas “como podrían ser ustedes”, gente normal que sufre “golpes de mala suerte”. Decía Eduardo Galeano que cuanta más libertad se da a los negocios, más cárceles hacen falta para quienes padecen los negocios. Añadan comedores sociales.

-A pesar de que se mueve en las cercanías, no vi a Willy Toledo atendiendo a la gente que se queda al margen. No sin cámaras. Por el contrario, otra mañana, hace una semana, pude verlo pasando por esa calle, enganchado a semejante pivón, absolutamente colocado, cogiendo su Golf para seguir la fiesta en otro lado. No es que me haya convertido en candidato a presentador de Intereconomía, es que siempre se me ha atragantado Guillermo.

-Ya, dirán que mi adorado George Clooney también va de solidario, y se pega sus buenas fiestas. Creo que Clooney tiene talento, y deja historias para el recuerdo. Alguien que firma Syriana, o Buenas noches, y buena suerte, puede hacer lo que quiera. Alguien cuyo legado generacional es Días de fútbol, no.

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Mentiras

“Hace falta trabajar más. Las empresas alemanas a veces han optado por trabajar más horas manteniendo sueldos, y muchas se salvaron. Hay que trabajar más en todos los sectores, público y privado”

María Dolores de Cospedal

Quede claro que la productividad es la relación entre la producción obtenida por un sistema productivo y los recursos utilizados para obtener dicha producción. También puede ser definida como la relación entre los resultados y el tiempo utilizado para obtenerlos: cuanto menor sea el tiempo que lleve obtener el resultado deseado, más productivo es el sistema. El aumento de la productividad hace, por tanto, que se necesiten menos recursos para producir lo mismo. Para no andar con demasiado rodeo les avanzo la conclusión: la productividad genera desempleo.

Pienso en argumentos de desalmados como el presidente de Mercadona, que pone como ejemplo de esfuerzo a los bazares chinos, esos establecimientos que llevan años saltándose a la torera controles de sanidad -productos caducados y almacenados de manera, digamos, poco higiénica-, y horarios de cierres. De sol a sol los 365 días del año. Encomiable. Deberíamos recuperar aquí la figura del esclavo como trabajador que garantiza un esfuerzo. Olvidémonos de los zánganos de las ocho horas con ¡Veintitrés días laborales de vacaciones pagadas!, ¡Qué locura! Esclavos a nuestra disposición por la manutención.

Volvamos a las palabras de Cospedal, porque no acabo de entenderlas. En Alemania los comités de empresa tienen poder de decisión en aspectos que en España son mucho más exclusivos del empresario, como jornada laboral, organización del trabajo, rendimiento y salarios. Los alemanes, según el último informe de la OCDE, trabajan un total de siete horas y 25 minutos al día, los franceses un minuto más, mientras que los españoles llegan casi a las ocho horas diarias. Esto en cuanto al número de horas, pero centrémonos en la productividad (la cantidad de producto por trabajador):

Esto son datos de la OCDE, y en ellos podemos apreciar que el trabajador español, es tan productivo como un holandés, sueco, o finlandés, ¡Y más productivo que un alemán, o japonés! De nuevo, el problema no está en la productividad. Los trabajadores quieren tener trabajo, y los empresarios reducir costes, y entre medias, seguimos inventando el discurso. Ojo que la estadística habla de productividad por trabajador, que no por horas. Del gráfico deducimos que, si el trabajador alemán emplea menos minutos para sacar ese producto (muy pocos menos), el alemán es más productivo cada hora. Parece evidente que por trabajar más horas no seremos más productivos por hora.

Como bien deducen, si trabajamos más horas seremos más productivos por trabajador, pero igual para ese viaje no necesitábamos estas alforjas. Un niño chino, en su taller sin ventilación, trabajando veinte horas en la manufactura de cincuenta jeans de Calvin Klein parece bastante más productivo de lo que podamos llegar a ser en España. A no ser que horarios, edad, o condiciones, hagan que en nuestro país seamos igual de “competitivos” y volvamos una generación atrás a debutar en el mundo laboral con trece años.

Según los propios informes de la OCDE, España exporta un 15% menos que la media de la UE, y Alemania un 10% más, esto es, existe una diferencia a la hora de “colocar el producto”, de casi 25 puntos, como para andar comparando, digo. Alemania exporta tanto porque puso coto a su mercado: exportar era su gran potencial, así que cuando se eliminaron las fronteras de la UE, subvencionó industrias de países periféricos, como el nuestro, por el interés de vender sus productos, atractivos para nosotros, con los cero euros de tasas en las transacciones internacionales. Tampoco conviene olvidar que, según los sindicatos alemanes, los germanos tienen un millón de parados que no computan en las estadísticas.

Si partimos de una definición de la productividad diferente, como la capacidad de producir más satisfactores (sean bienes o servicios) con menos recursos, me cabe pensar en el efecto, esto es, en la diferencia entre producir más satisfacciones, y la “sensación” de que se producen más satisfacciones. Cuando estaba en la radio, tenía una especie de compañero que, aprovechando que el jefe no se pasaba por la emisora por las tardes, él tampoco lo hacía. Nunca excepto una tarde a la semana, en la que aprovechaba para llamar al jefe por tal o cual motivo. Para mi jefe, aquel trabajador era como el resto. Otro ejemplo: la campaña de precios de Metro de Madrid. Un mismo producto, un mismo precio, y una misma campaña de comunicación. Habrá quien piense que el de Madrid es el metro más barato de Europa -quien, por tanto perciba una alta productividad-, habrá quien lo compare con los salarios, y crea que es el más caro.

Precisamente lo que ha cambiado en el famoso “modelo alemán” es la redistribución de las cargas de trabajo, osea, que más gente, en virtud a horarios más reducidos, producen lo mismo, tienen poco paro, menor productividad, e igual calidad para exportar, pese a la caída de la demanda externa. A pesar de los números, sus trabajadores también han visto mermadas sus condiciones. No parece dificil deducir que medidas como aumentar la jornada, o realizar “trabajos comunitarios voluntarios” ahonda el problema del desempleo.

Volviendo a España, y según un estudio de Ramstad en 2011, los empleados sin estudios los que menos han aumentado su productividad, un 36%. Sin embargo, el 52,46% de éstos ha sido los que más horas han permanecido en su puesto por miedo a perder su empleo. Entramos en el terreno de la imagen, del “saber venderse”, de la diferencia entre unos jeans manufacturados en China, y unos jeans manufacturados en China con la etiqueta de Calvin Klein. Ciento veinte euros. Los de Calvin Klein producen más satisfacción porque su departamento de marketing se ha encargado de que les atribuyamos valores que, en realidad, no tienen. Y estamos a vueltas con la economía ficticia.

El primer problema es que nos encontramos ante una realidad bastante compleja, gestionada por personas que aprovechan la ignorancia para hacer y deshacer, con unos objetivos que muy pocas veces son comunes, con una responsabilidad histórica invisible, y con una ética a la altura del suelo. El otro problema real es que somos demasiado pobres para mantener un ritmo de consumo que haga crecer a la economía, y demasiado ricos como para mantener unos costes que hagan crecer la economía, es decir, que tomemos partido por este mundo polarizado: o pobres muy pobres, o ricos muy ricos.

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El eterno problema

La gente de Jot Down Mag, ha tenido a bien rescatar este texto de Wenceslao Fernández Flórez, uno de los principales periodistas parlamentarios españoles que, en 1917 ya ponía sobre la mesa uno de los temas fundamentales sobre la verdad, la gente y el tránsito entre un concepto y el otro. Esto sí que es un buen post:

“Decimos: «La censura arrebata nuestra libertad anormalmente.» No es cierto. La censura, por el contrario, regulariza una situación normal. Los periódicos y los periodistas madrileños vivimos sometidos a una eterna censura. ¿Quién puede gloriarse de decir la verdad, toda la verdad, con libertad completa…?

Desde el rincón provinciano solemos muchas veces dar suelta a nuestra indignación contra la hipocresía y aun contra el silencio de complicidad que observamos en la prensa cortesana. ¡Os, si nosotros tuviéramos una tan amplia tribuna desde la que hablar al país…! El negocio inconfesable de don fulano, la traición ruin de don zutano, la máscara engañadora de don perengano…, todo había de ser referido noblemente, a gritos, para que a los cuatro puntos cardinales llegase nuestra voz y el pueblo infeliz conociera los bajos secretos de la política, y todos los corazones se abriesen en un impulso redentor.

Y un día llegamos a Madrid y nos abre sus puertas uno de esos periódicos. Inmediatamente se va tejiendo en nuestro alrededor la red en que hemos de quedar retenidos. Una vez, don fulano nos fue presentado en un salón del Congreso y… ¡nos sonrió con una dulzura…! Otra vez hubimos de recurrir a don zutano para que aquel ascenso, tanto tiempo esperado, llegase al fin. Otra vez detuvo nuestra pluma en un comentario acre el saber que don perengano es accionista o inspirador o amigo del periódico… Poco a poco, nuestras manos se van inmovilizando. Rehuimos el tema, divagamos luego a propósito de él… Y un día nos sorprendemos a nosotros mismos pergeñando un artículo en el que cantamos una loa «a los grandes prestigios del ilustre estadista…» Y este ilustre estadista es aquel mismo bribón desorejado a quien nos habíamos propuesto pulverizar.

Entonces comprendemos que nuestras nobles ansias de redención han quedado reducidas a un egoísmo temeroso. Somos ya como aquellos de quienes abominábamos desde la lejana provincia. Ellos también habrían llegado antes que nosotros, con los mismos anhelos de generosa pujanza; pero el ambiente de este país mezquino y paupérrimo, donde el comer es una práctica suntuosa, aunque lo que se coma sea ese revoltijo insustancial que se llama cocido, los ha domeñado y los ha obligado a claudicar. Todos corrimos la suerte de los caballeros de los cuentos de magia que corren a libertar a la princesa y que van quedando en las orillas del camino convertidos en piedra. La Princesa Verdad nos espera en la agobiante prisión. Pero el encantador ha desparramado unos garbanzos cocidos en la senda de los libertadores que acuden, pluma en ristre. Y los libertadores los mascan con sus muelas averiadas y el hechizo los envuelve también.

Vivimos en constante régimen de censura, ejercida por los propietarios, por los directores de los periódicos, por nuestras ambiciones, por nuestras flaquezas, por nuestra miseria, hasta por las debilidades de nuestro corazón demasiado blando. ¡La censura oficial…! ¡Bah…! Mejor. Ella nos evita el trabajo de tener que buscar disculpas para encubrir acaso la inopia de gentes a las que tenemos la necesidad de defender”.


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Los gilipollas

Hay veces que uno siente una especie de desazón, incomodidad, malestar… que no sabe muy bien a qué atribuir. Otras veces sí lo sabes. Perfectamente. Y te gustaría señalar al gilipollas, la gilipollas, o los gilipollas que lo provocan. La gran mayoría de los gilipollas tienen un buen puesto en el mundo laboral. Hace poco googleaba buscando a otros gilipollas, algunos de aquellos gilipollas con los que ya no coincido, pero cuyos caminos se cruzaron con el mío en un momento dado y, como a buenos gilipollas, les sigue yendo relativamente bien. Porque al gilipollas siempre le va bien.

La relación entre el nivel de gilipollez y el estatus laboral, en gran parte de los casos va muy asociado. El gilipollas, amén de escaso número de neuronas activas y, en la mayoría de los casos, también deficiente productividad, suele desarrollar toda una gama de atributos desagradables, fruto del instinto de supervivencia. Por ejemplo un gilipollas que no sea un pelota, es un gilipollas mediocre, gris, del montón. Ser zalamero es condición indispensable para la prosperidad. Ese estado de permanente alerta ante la amenaza de las personas inteligentes, o de otros gilipollas más depurados, convierte al gilipollas en mezquino. Pero un mezquino al que se quiere.

El buen gilipollas es incapaz de pensar algo diferente a lo que inmensa mayoría piensa en público. Ojo, que el personal tiene una opinión que transmite públicamente, y que pocas veces se corresponde con lo que piensa en realidad, pero que por unos u otros intereses, considera a bien comunicar, ofrecer esa imagen a la comunidad. Aquello del “yo no soy racista, soy ordenado“. Bien, pues el gilipollas se cree esa vertiente, y la asimila con naturalidad hasta asumirla como propia.

El gilipollas tiene, además, la capacidad de rendir culto a determinados atributos de estatus como despachos, coches, bonus, trajes, corbatas, alfileres de corbatas, cajas para alfileres de corbatas, cajones para las cajas para alfileres de corbata, y un largo etcétera. Para lograr llegar la ítaca del Mercedes SLK Kompressor, la secretaria follable, y la tarjeta oro en la tienda del club de golf… el gilipollas vende a su madre la envuelve en celofán y le pone un lacito.

A los gilipollas les insuflan de vida desde las grandes empresas. Al gilipollas se le premia, se le asciende, se lo quitan de en medio, pero siempre hacia arriba. “¿A quién se la chupará?“, “¿De quién será hijo?” se rumorea por los pasillos a su espalda. Al gilipollas le da igual, porque con sobrevivir le da. Y los gilipollas trufan las grandes empresas de todos los países. Las que se pueden permitir dedicar un margen de los ingresos a cubrir costes en gilipollas. Y su devenir, el de las grandes empresas, se marca en función del equilibrio entre válidos y gilipollas dentro de las mismas. Si un gilipollas llega a una cota de poder excesiva, la empresa corre serio peligro.

Pero tranquilos, que sobreviven y se les estima. Hagan un ejercicio: entren en LinkdIn. Busquen a las cinco personas más gilipollas con las que han trabajado. De las cinco, todas estarán currando, y cuatro de ellas con un puesto escrito en inglés, que viste más, no vaya a ser que el director de Recursos Humanos de la Coca Cola visite su perfil y se crea que no sabe idiomas. Una vez que lo hayan comprobado vayan a su cocina, echen un vaso de orujo de hierbas, y brinden conmigo.

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A cara perro

Al hilo de este impecable post de fondo sobre la corrupción, recuerdo mi convivencia durante bastante tiempo con ella. Conversaciones, eventos, sospechas. Ya les he dicho muchas veces que Guadalajara era un lugar sostenido principalmente por el ladrillo y por las empresas constructoras e inmobiliarias Rayet, Gestesa, Hercesa y Reyal-Urbis. Si sumamos a la Central Nuclear de Trillo, los organismos públicos (Ayuntamiento, Diputación y Junta de Comunidades), y entidades financieras (Ibercaja y Caja de Guadalajara) tenemos al núcleo económico exclusivo de la ciudad.

Yebes era un pequeño pueblo -unos doscientos habitantes- cercano a la capital, donde la familia del marido de Esperanza Aguirre poseía unos terrenos. El Ministerio de Fomento de Álvarez Cascos, la Junta de Castilla la Mancha, con Bono en la presidencia, y el Ayuntamiento de Yebes, en manos populares, logran que se construya la estación del AVE allí, para sorpresa de los vecinos de Guadalajara, que llevaban años clamando por solucionar sus problemas de comunicación con la creación de un tercer carril en la Nacional II. Veinte años clamando por un puto carril.

¿Cómo se vendió todo aquello? Pues verán, se dijo que sería un medio de comunicación fundamental entre Guadalajara y Madrid, que llevaría actividad económica, que irían a vivir madrileños, blabla, puestos de trabajo, blabla… riqueza, blabla… ¿Les suena? En realidad se untó de manera legal a los medios de comunicación, y a las fuerzas vivas de forma más o menos legal. Les adjunto los precios para comprar billete de AVE Guadalajara-Madrid esta misma tarde:

No sólo se nos va un poquito de precio -desde 25,50 hasta 64 euros ida y vuelta, frente al Cercanías que tarda el doble y cuesta 8,50 euros ida y vuelta-, si no que es complicado utilizarlo, ya que hemos de desplazarnos desde Guadalajara hasta Yebes. Adjunto el plano de google maps, mientras les recuerdo que la media de usuarios anuales son 75. Esto es un viajero cada cuatro días y medio:

En mitad de este absurdo, la familia de Esperanza Aguirre se forra con la recalificación de lo que era un terreno rústico. La recalificación para poder construir la dichosa estación, se tomó con el visto bueno del arquitecto municipal de Yebes, Jaime de Grandes, hermano del exportavoz parlamentario del PP, y actual europarlamentario, Luis de Grandes. ¿Por qué en PSOE no se opuso a la construcción? No nos engañemos, el Partido Socialista, y los medios de PRISA, principalmente la beligerante Cadena SER, suelen saltarse esta parte: porque la empresa encargada de la construcción de toda una ciudad alrededor de la estación -Ciudad Valdeluz- es Reyal-Urbis, propiedad de un íntimo amigo de Bono.

Para que se hagan una idea -porque Cien años de soledad resulta esquemático comparado con todo esto- Rafael Santamaría, dueño de Reyal-Urbis, aparece en otra empresa con el mafioso Gianni Montado, imputado en el caso Malaya (lean la información publicada en la Opinión de Málaga), y en otra con José Luis Sanz Arribas, abogado de Paco el Pocero -se va cerrando el interminable círculo- de forma que, si al que fuera alcalde de Seseña, le aparecieron un millón de euros en el banco… (rellenen ustedes los puntos suspensivos)

Hace un par de post les hablaba del comienzo de la privatización del Canal de Isabel II. En Guadalajara ya se privatizó. ¿Saben a quién le concedieron la gestión del agua de la ciudad? Sí, a una empresa participada por Rayet, la principal constructora e inmobiliaria, ahora en concurso de acreedores. Guadalagua es una empresa que, amén de tener un divertido e inolvidable juego de palabras a modo de nombre comercial, carece de experiencia en el servicio que presta, y parece que está teniendo algún trato de favor a la hora de pagar el canon por la concesión.

En las fiestas patronales se podían ver en más ocasiones, y más grandes, los logotipos de estas empresas que el propio escudo del Ayuntamiento. Para que se hagan una idea, el gran evento de la navidad, es la pista de hielo que se pone en la Plaza Mayor. Un año tuve la fortuna de presentar la inauguración, con el alcalde a mi izquierda, y el presidente de la Caja a mi derecha. Al finalizar, un señor de Caja de Guadalajara me dio un sobre con treinta y cinco mil pesetas. Mientras se televisaba el evento, no se hablaba de Ciudad Valdeluz, ese proyecto de ciudad entorno a la estación del AVE, con capacidad para 30.000 habitantes, en el que, a día de hoy, viven poco más de 2.500 personas. Hoy sus pisos se venden a la mitad de lo que costaban en 2006. Es un poco el rollo de siempre: aquí todos pueden ser más o menos culpables, pero no todos de igual manera.

El otro día vi una foto con el presidente de la Asociación de la prensa de Guadalajara dándose la mano con el presidente de otra inmobiliaria, Gestesa, sellando otro acuerdo absurdo: que les financien el anuario de la prensa. Sólo espero que se vendan por algo más que treinta y cinto mil pesetas. No jodamos. Y salgamos a la calle. A cara perro.

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Patos nucleares

Minuto uno, segundo ocho. Este es un poco el nivel político que tenemos. El de Netanyahu y los patos nucleares. El de los buenos y los malos. El de revestir nuestros intereses con valores. El de mantener la primacía. Y aquí les pongo un cuadro con las cabezas nucleares de cada país. No se me ocurren más comentarios.

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