Pasar hambre

Cuatro gatos, cuatro, salimos a la calle el pasado 14 de abril, clamando por la “racionalización” de la jefatura de Estado, implorando por el fin de una monarquía controvertida más allá de las anécdotas extramatrimoniales-Salvamé, una institución herida de muerte desde su concepción medieval. Quienes piden cara a la galería “justicia igual para todos“, intentan comprar sentencias a plena luz de titular, una monarquía que no sólo tendrá una justicia desigual, sino también un trato desigual por parte de los verdaderos jueces de este país: las víboras de Telecinco, que podrán seguir despellejando a drogadictos enfermos, famosos por un día, o cualquier otro pobre juguete roto, pero no a una monarquía cuyo único mérito ha sido tutelar una de las peores transiciones a la democracia que se pueden estudiar.

Pues en esas estábamos: cuatro gatos. Es cierto que llovía, y otra cosa hubiera sido que el club más rico de España hubiera ganado un título de Liga, entonces sí, entonces se sale a la calle llueva o nieve, por supuesto. Primero somos forofos, luego ciudadanos. Celebrar el título de un club de fútbol es algo que no tiene connotaciones, responde muy bien al patrón de esa idea que nos grabaron a fuego las madres de toda una generación -que yo llamo generación M, o generación de mierda– el clásico “hijo mío, no te marques“.

Al llegar a Sol, fin del recorrido, clásico de nuestro tiempo, un puñado de viejos trasnochados comenzaron a leer el típico manifiesto para el que se habrán tirado quince días de eternos debates entre el Frente Judaico Popular, y el Frente Popular de Judea, larguísimo, densísimo, que igual está muy bien para leer y que se toque el redactor, pero absolutamente infumable en vivo y en directo. Como colofón, la interminable y somnífera ristra de siglas de asociaciones firmantes. Y el broche, un señor con una guitarra al que presentaron creyendo saber su nombre. Esa fue la magnífica protesta madrileña. Imagino que Ismael Serrano estaría echando la siesta.

Desde el comienzo de la crisis he tenido la sensación de que un gran movimiento de protesta cuajará, y que su capacidad de cambiar las cosas dependerá de lo imprevisible de su naturaleza. Decía Borges que ni en el más agresivo de los juegos, al que consideraba el ajedrez, los contendientes eran rivales, sino más bien compañeros, porque si tu combate sigue unas reglas aceptadas tácitamente por las dos partes, se trata de un juego, no una guerra. Por ahí voy. El 15M aceptó una serie de postulados democráticos con los que pensó ganar a la masa dormida. No sé bien si a esa masa dormida, egoísta e ignorante, hay que ganarla, o dominarla. Me estoy poniendo impopular, ya.

Parece que el 15M asumió una radicalización democrática como palanca ante una sociedad que huye de su responsabilidad y su compromiso democrático por todas las vías posibles. No sé ni cómo, ni cuándo sucederá, pero sé dónde, y es en el norte. En mi “mapa festivalero de primavera“, pude asistir al Primero de Mayo en Gijón, y todo fue muy diferente. Debe ser una cuestión de sentimiento de pertenencia a la clase obrera, de orgullo por las conquistas de nuestros abuelos, de recuerdo constante de la miseria, de las ausencias.

Porque Asturias es una región de ausencias. La brutal migración de los 80 dejó cientos de miles de huecos en la sociedad asturiana. Miles de familias separadas por el paro y por los cierres de las industrias que no se superaron, de una economía que jamás se reconvirtió, que vivió del turismo, ese concepto tan líquido, maleable y demandante de empleo nada cualificado, y que desperdigaron al asturiano por Madrid, Castilla, o Cataluña, dejando otros tantos ciudadanos ausentes, con sus movimientos ausentes, sus empresas ausentes, sus relaciones ausentes.

Todo eso lo tenían grabado los convocantes que, agarraron el micrófono, y lanzaron sus ideas básicas y comunes, a gritos y enlatadas en dos minutos, con un claro increscendo hacia el final, coqueteando con la violencia -ese tabú del que, si quieren otro día hablamos-, que es a lo que vas a un Primero de Mayo: a estar con tus compañeros, a dejar claras situaciones insostenibles, a proponer acciones, a sentirte acompañado, comprendido y animado. Me decía mi esposa que se notaba que esa gente había pasado hambre. Seguramente esa sea la clave.

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Recelo

Sí señores, lo reconozco, me gusta ir al médico. Me da buen rollo, lo paso bien. A veces intento concienciarme, pienso en que mi empresa se podría hundir por las bajas constantes que pido, echo cuentas de los días al año que paso en la consulta de mi doctor, y llego a la conclusión de que lo mío es patológico, lo que me parece una magnífica excusa para acudir a mi sala de espera favorita, y en ese bucle ando. Es normal que me quieran cobrar otra vez por ir, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores, lo reconozco, me gusta comprar medicinas. Pocas mujeres han podido acercarse a darme el placer que me reporta ver cómo el colegiado extiende una nueva receta. Antes el bolígrafo lo convertía en un acto romántico, ahora la impresora escupe mi pasaporte hacia la gloria: paracetamol, ibuprofeno, Talquistina, Voltarén, medias de descanso, pañales para las pérdidas de orina, Romilar, Fruidasa, Sintrón, Loratadina… llegar a la farmacia y ver cómo el licenciado comienza el ritual buscando entre cajones, y llega al punto álgido: el corte del código de barras. Al llegar a casa revendo las medicinas. O las tiro. En eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar otra vez por ellas, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores, lo reconozco, me encanta viajar en Metro. No me lleven al Caribe, ni me quieran dar la vuelta al mundo, porque el Metro de Madrid es mi salvación. En invierno respiro la humedad a la que tan adicto soy, en verano el aroma a trabajo diario reconcentrado en axilas de poliester. Paso días enteros recorriendo líneas sin parar, apreciando cómo el usuario ha dejado de valorar el transporte público más barato de Europa. Vivo veloz en el suburbano, que me lleva de ambulatorio en ambulatorio, de farmacia en farmacia, buscando otros barrios donde todavía no me conozcan. En eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar cada vez más por usar el transporte público, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores lo reconozco, adoro las autovías. Las quiero de amor loco, y estaría dispuesto a todo por seguir pasando esos maravillosos instantes de conducción. Curvas a izquierda y derecha, incorporaciones, cambios de rasante… tan poco valoradas por los estúpidos conductores, tan acostumbrados al todo gratis. El pasado mes de junio, sin ir más lejos, lo pasé realizando los treinta kilómetros de nacional dos entre Madrid y Alcalá de Henares. Una y otra vez, parando sólo a llenar el depósito. Del depósito hablamos luego, ahora hablemos de mi vida en las autovías, que en eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar otra vez por ellas, tal vez así me lo piense dos veces.

Tengo a un equipo de Mariano Rajoy pegado a mi culo. Esperan que les diga qué otras cosas me gustan. Me están metiendo prisa porque mañana hay rueda de prensa. Les digo que hablen con Esperanza, ella siempre encuentra partidas de las que recortar. Dicen que no, que prefieren que salga de mí, que lo mejor es menear el árbol y que caigan maduros los frutos de años de modelación sociológica. Lo reconozco, llevo años viviendo muy por encima de mis posibilidades, llevo muchos años siendo un ciudadano. Una mierda de ciudadano.

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Contra la crítica.

Partamos de la base de que existen soldados descerebrados que viven de replicar fórmulas musicales a las que el personal está muy acostumbrado, pero esos no cuentan. Hablo que músicos, de que gente que sabe juntar dos compases, y además se la juega, y además tienen bagaje. Hablo de músicos. Bien, pues creo que en la mayor parte de los casos, los músicos hacen lo que les sale de los cojones. En serio, creo que les llega una, o varias ideas, y las maduran y las empiezan a desarrollar, y si montan el pifostio que supone la grabación de un disco, es porque creen que esas ideas molan mucho, y porque su gente les ha dicho que sí, que molan mucho.

Lo  que pasa es que luego está la prensa, luego están los críticos, que hacen de filtro para la gente, y que suelen ser mayoritariamente señores, pero también hay señoras, que han escuchado mucha música y que tienen retentiva, memoria musical, y grandes dosis de egocentrismo, y consideran,asumamos la ficción, que escriben bien, y opinan. Y ese es todo su mérito: experiencia como oyentes. Nadie les pide experiencia madurando en su interior procesos creativos, no, sólo retentiva como oyentes. Depende en qué revistas, también se valora que, en cada crítica, demuestres lo larga que la tienes. Y suele pasar que esos críticos suelen asimilar más bien regular, que el artista hace lo que se le pone por las pelotas, y te lo contextualizan, que es una forma de llenar el escenario del crimen de pruebas falsas que lleven a la sentencia que ellos han decidido de antemano.

Porque para el crítico musical todo tiene un sentido, y ahí radica la muerte del crítico musical. Hay veces que el crítico no puede disimular esa ansiedad por lo nuevo que sentimos todos, y son benévolos en discos mediocres sólo por la precipitación del juicio a bote pronto. Otras veces te cuentan que, al ser el segundo disco, han perdido la frescura, y los culpables siempre son los grupos y no ellos que, al oirlos por segunda vez, han perdido la frescura de tímpano que les provocaba lo nuevo. Se ha vendido el grupo. Ha ido a lo seguro. Ir a lo seguro es malo, por cierto.

Para el crítico todo es redondo y todo tiene un por qué. Una búsqueda desesperada por las explicaciones, por los condicionantes, por causas y consecuencias, por análisis sociopolíticos de la realidad colindante, pero limitados por un número de caracteres. Como si esa elección de palabras, como si esa selección de escenarios no fuera tramposa. Como si la potencia del foco no fuera impotente. ¿Se puede alumbrar Kind of blue con el mismo instrumento que Unfinished Simpathy?

Otras veces pasa que los artistas pretenden meter una amalgama de sentimientos y sensaciones en canciones de tres minutos y en discos de doce canciones, y eso es difícil. Es difícil que enlates tus ideas y no te vea como un falso. No un vendido porque sería el artista un chivo expiatorio que se llevara los laureles de nuestras vidas vendidas a una causa innoble, pero sí un estafador que me dice que una idea cabe en un formato. Una crítica de trescientas palabras es lo que mereces. Encerradito todo el veneno. Apretujando las balas que van a disparar contra tus ideas.

Decía Fank Zappa que la prensa musical la hace gente que no sabe escribir, sobre gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer. Y como siempre, lo clavó.

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