Terrorismo de Estado

Ahora que alguien salga a explicar qué puta mierda es esto:

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El enano

Me estoy levantando sin hambre, y eso puede tener unas consecuencias terribles para la economía mundial, ya que es un signo de inestabilidad morrocotudo. Desde luego, en el momento en que salga a la luz, será un mazazo para la confianza de los mercados, que no andan muy allá. La cotización del mercado de futuros de zumo de naranja, en el que ustedes habrán puesto gran parte de sus depósitos aunque no lo sepan, y no lo sabrán, puede verse alterada. Yo me como a Dios por la mañana, y cuando no lo hago es que algo pasa, es una especie de aviso, una señal de alarma de este cuerpo que casi no ha estrenado su versión 31.0.

Que yo me levante sin apetito, para que se hagan ustedes una idea, es un titular digno de Pedro Piqueras. Creo que he dicho suficiente. Supongo que el departamento de marketing del fabricante de Digestive falsas, del Lidl, estará preguntándose por el bajón en las ventas. Imagino que sucederá lo mismo en la fábrica de cacao instantáneo falso del Lidl. Sí, soy muy de desayunos del Lidl. Mejor precio y calidad. Son desayunos que saben muy ricos, pero no los puedes subir a Instagram porque quedas fatal.

Debe ser todo lo que nos rodea, que acaba pasando factura, y no sólo con ese enano que me agarra de un costado desde ayer. ¡Cómo que qué enano! Esa especie de enano invisible me está agarrando del riñón izquierdo, y me está jodiendo la vida. Llegué al barrio, y subiendo con el coche por la calle Rodas, me encuentro en el cruce con Peña de Francia a dos antidisturbios con sendas escopetas de balas de goma, o como coño se llame el arma en cuestión. El enano me pregunta qué pasa y, aprovechando que es producto de mi mente, no le contesto, pero pienso que igual que nos hemos acostumbrado a un estado policial, nos podemos acostumbrar a un estado de sitio. Será por vivir cómodos en el absurdo.

Llegados al punto, los policías deberían haberme dado el alta, y me podrían haber preguntado las razones por las que el enano invisible no llevaba el cinturón de seguridad. No valdría el rollo de que es producto de mi mente, las normas son las normas para todos, me habrían contestado, y hubieran llamado a los locales, porque para eso se coordinan cojonudamente, y recetita al canto. De esas recetas sigue habiendo, y se expenden por doquier, oiga. Por si les interesa me he levantado con el enano, que se puede llamar Frío, Calambre, o Estrés. Por cierto, les saluda.

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Rituales

Hay personas que necesitan que se den una serie de ceremonias simbólicas, para poder saber en qué códigos se han de mover. Dirán ustedes que todos nosotros, de una u otra manera, somos así, pero siempre hay grados, y personas con tan altos niveles de inseguridad que necesitan esos rituales, como el robot necesita al ingeniero para que programe sus movimientos. Esos rituales pueden ser una firma o no de un contrato matrimonial, la adquisición de un determinado coche, el consumo de una marca, la zona de la ciudad en la que se vive, el sitio por el que se sale, y un largo etcétera que ni es tan largo, ni tan imprevisible como me gustaría. En realidad se resume en cuatro cosas.

Esas personas, poco dadas a la reflexión, varían sus interacciones en función de los rituales por los que hayan pasado las personas de su entorno. Así se populariza, por ejemplo, el “hasta que no tengas hijos no lo comprenderás“, como si el hecho de la descendencia abriera a una dimensión insospechada y desconocida en la mente humana. Como si saliera Mariano diciendo que “cuando seas presidente lo comprenderás“, o Tomatito nos juzgara capaces de comprender algo sólo cuando fuéramos prodigios de la guitarra flamenca. Ser padre -o no serlo- es uno de los mayores filtros para las personas clasificadoras y limitadas. He visto permitir caprichos increíbles, y reprimir con violencia también increíble a niños, empleando la misma argumentación para justificar una acción y la contraria: que sólo lo comprenderé cuando tenga hijos.

Los estrechos mentales, cómodos en el mito del buen salvaje, confiados en que pueden controlar su humanidad, que pueden mantener a raya la voracidad de las preguntas sin respuestas, tienen en el lugar de residencia otro filtro. Lo digo con conocimiento de causa -llevo casi una década viviendo en Lavapiés-, y también lo saco a colación de la suspensión del partido de ayer en el estadio del Rayo Vallecano. De mi barrio he oído de todo, casi nada bueno, y he visto cómo muchos de mis interlocutores me clasificaban adecuadamente en sus microcerebros de taxidermistas, cuando les hablaba de mi barrio. Con lo de Vallecas, tres cuartos de lo mismo. Tras eufemismos como “barrios populares“, se da a entender que cualquier tipo de calamidad puede suceder en lugares de clase baja, en los que vive la calaña. Ser pobre te convierte en lógicamente malo y potencialmente peligroso.

Como siempre las percepciones. Como siempre las bandas que abren cabezas en chalets, y los alunizajes en la Milla de Oro de Serrano, pasando a segundo plano ante los manteros de Tirso. Como siempre quienes joden el juguete poniendo el acento en las piezas que no les aguantan el juego. Como siempre los niños de Pozuelo viniendo a pillar farlopa los jueves a la calle Salitre. La rueda es eterna, pero cada vez todo es más esquemático, cada vez más visual, cada vez el filtro está mejor construido y más controlado. Y casi nada es casual.

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Vintage

Mierda, no es nostalgia. No es que lo vintage te cuente una historia, no hay por qué meter el concepto historia con calzador sólo porque está de moda. Lo vintage está de moda porque nos recuerda el pasado, y el pasado que algo ya no es. Al pasado se le cae la basura por el camino, y el pasado es algo que ya conocemos. Sabemos cómo reaccionamos nosotros y los demás en el pasado, pero no sabemos cómo lo haremos en el futuro, y eso nos genera ansiedad. El pasado pues, es la única garantía para vivir tranquilos, el único modo de ser previsores es revisar.

Los compromisos no existen. No se tiene miedo al compromiso, se siente repulsión por imaginar un futuro basado en el presente y en el pasado, porque es falso y esa falsedad, lejos de tranquilizar, nos hace dormir en la cama de un faquir. El compromiso es una preciosa construcción que se genera mirando atrás, y se explica. El compromiso tal y como nos lo cuentan las películas de Hollywood, es una especie de contrato imposible, con fisuras que nos agarran la mirada al techo. Y no es nostalgia, es miedo a no saber, a no conocer, a no poder. Esa puta mierda es la nostalgia, así que si queréis, podemos seguir recreándonos.

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Victoria histórica

Al final la Historia que se cuenta, el Relato que se crea, acaba desdibujando la realidad hasta el grado máximo. Igual lo interesante es conocer si el ciudadano, al que llamaremos espectador, está interesado en la realidad, o ya sólo le importa el relato, la fantasía. Conviene cuestionar si el viaje que partió de los hechos y acabó en algo siempre más vibrante, no es algo que el espectador toma de manera consciente. Anoche el Real Madrid podría haber ganado por los pelos el primer partido de la fase de grupos de la Champions, pero pareció que el pitido final significaba la mayor proeza de la historia de la Humanidad.

Televisión Española, con un exjugador feliz en la parcialidad, y un animador que había ocupado el puesto del narrador, quiso confundir el salón de la casa de Sergio Sauca con el estudio, pensando que los millones de telespectadores éramos su familia y amigos. Sauca gritó como una vieja, como un aficionado enfervorecido ante la mayor proeza jamás contada. Contagiado por la estrambótica narración de la natación en los pasados juegos de Londres, y alentado por la falta de mesura de Sanchís, cuyas aportaciones técnicas se pueden equiparar a las de un chimpancé, el pseudonarrador se ganó cada uno de los apelativos que le había aplicado hace meses Paco Grande (“es malísimo y se salta los guiones“) y que le valieron a éste la condena al ostracismo.

No hablo de lo meramente futbolístico porque el partido, muy alborotado y eléctrico, tuvo un claro dominio de un Real Madrid que, pese a la renuncia desde el principio del City, y el mezquino planteamiento de Mancini, no jugó bien pero mereció la victoria. Hablo del relato del que vive la prensa deportiva y en la medida que es partícipe el aficionado, ese que hizo que pareciera el partido más épico de entre los épicos, borrachos como estamos ya de clásicos partidos del siglo locales. Cualquiera que escuchara gritar a Sauca el golazo de Marcelo -que en realidad fue un rebote un poco churro-, imagina lo que hubiera sido la narración del famoso gol de Zidane en la final de hace unos años, y el infarto que hubiera sufrido el locutor. O el de Maradona. Las tómbolas han perdido un gran locutor.

Si el insulso José Ángel de la Casa pasó a la historia por algo, fue por aquel gol de Señor, el décimosegundo a Malta, única pérdida de la compostura en una carrera impecablemente plana como narrador. Tuvo que darse el partido imposible con el resultado increíble para que lo extraordinario tuviera protagonismo. Ahora parece que todo es extraordinario, que cada gol es más histórico que el anterior, que las plantillas de Real Madrid y Barcelona juntan a cuarenta de los cuarenta y dos mejores de todos los tiempos. La Historia ya es sólo una cantera de la que sacar merchandising. Sin perspectiva todo es más fácil. Sin herramientas que aten a la realidad todo vale. El relato más bonito, o el que grite más alto.

Les dejo el vídeo-resumen para que se recreen en los comentarios. Escúchenlo atentamente. Ninguna frase tiene desperdicio. Algunos tan interesantes como “peligro, peligro, peligro, peligro, peligro…

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Lo on y lo off

El otro día me contaba Montero cómo le interesa observar las mejoras en nuestras interacciones con las cosas, que se han producido gracias a las experiencias online, con objeto de llevarlas a entornos físicos. Creo que no sólo es una cuestión social y una réplica de nuestra vida, amigos, gustos e intereses de la vida real a la virtual, o remota, o social, o como al queramos llamar. El mismo día vi este banner destacado físico en Mercadona resaltando nuevos productos. Ya están aquí.

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Superioridad y desencanto

Me parece arrebatador seguir oyendo cómo hay quien cree que de esta crisis se sale esperando a que “el ciclo económico cambie“. El ciclo económico es una cosa que ahora va mal, pero que Kodràtiev dijo que no nos preocupáramos, que luego vendrían bien dadas, dibujó una sección de una patata ondulada, y se quedó tan a gusto. Saldremos, claro que sí. Algo pasará, las élites lo saben. En este país hay pocas cosas más ignorantes que sus élites, y pocas sensaciones tan desalentadoras como la infinita carta de patatas fritas industriales que hay en el mercado. Los ochenta eran aquel maravilloso mundo en el que sólo había patatas de churrería de barrio, y patatas Matutano onduladas que, por supuesto, molaban mucho más.

La élites me explican, interrumpiendo su conversación sobre la nueva casa en Pozuelo, o la ITV de su Harley -he llegado a oír “ahora mismo sólo podría aspirar a comprarme el Q7“-, que no es justa la redistribución de la riqueza. Que un rico nace rico porque su papá trabajó mucho, de lo que extraigo que un pobre nace pobre porque su papá se tocó los huevos. Me dicen que de esa manera se incentiva a los mejores, entre los que, por supuesto, se consideran ellos. Siguiendo esa primaria teoría, supongo que hay gente que nace siendo mejor y más trabajadora, y que hay gente que nace siendo un bebé vago y lastimero. En este modelo, por ejemplo, las plusvalías en las inversiones también son trabajo, por lo que se comprende.

En pocos días me he encontrado la autojustificación como clase de un señor de la élite, y de una persona humilde, ambos centrados en defender el mantenimiento de sus respectivos estatus, y con las cabezas bien formateadas para administrar el deseo de que nada cambie. Ése es el cáncer. El deseo de que todo permanezca, el miedo a la responsabilidad. Y cómo se refieren a los cambios como si fueran algo imposible, inservible, y del pasado. Hasta ahora la clase obrera de este país ha vivido muy cómoda en la alienación, riéndose de lo poco moderno que es hablar de “alienación”, y autodenominándose clase media, olvidando el discurso marxista, eludiendo su responsabilidad histórica, olisqueando pelotazos, operaciones que en poco tiempo pudieran propiciar símbolos de las clases pudientes -coches más grandes, casas más grandes, televisores más grandes, ropas con más marcas bordadas, viajes más exóticos- para, de ese modo, empezar a asumir el discurso de que el trabajo les había llevado allí. Ahora desde los gobiernos se está desmantelando la farsa que presuntamente garantizaba una cierta igualdad social. Se está acelerando el proceso de generación de antisistema.

Hasta que se invente el “esfuerzómetro“, la cultura de que el esfuerzo tiene premio se basa en generalizaciones muy básicas. Casi a nivel refranero. Los contactos o el clientelismo, siguen siendo esas pequeñas cosas que explican los órdenes y desórdenes de nuestro mundo. El estudio en determinada universidad, garantiza que perteneces a cierta clase con la que sí se puede tratar. Tal coche, tal zapato, tal máster. Eres de los nuestros, garantizamos que no aparezcas dando por el culo como un pepito grillo. Asume tu superioridad, crea una historia bonita y créetela. Que le follen al mundo. Y mientras sigamos construyendo el discurso, sigamos diciéndoles a los pobres que son unos vagos, que no son lo suficientemente aptos. Que no han hecho méritos, que no merecen nuestra vida, que sus problemas son Belén Esteban y Telecinco.

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Perretes

Hola mierders del mundo.

Sí, hacía tiempo que no posteaba, pero no, no voy a hacer el típico post de blogger arrepentido por abandonar una más de las cosas que se propone el uno de enero. Aunque lo pueda parecer. Estas semanas estoy pasando por un extraño proceso denominado “mucho trabajo”, que es algo que, estando las cosas como están, es digno de aparecer en una enciclopedia. No descarto acabar en un zoo, recibiendo cacahuetes de los niños visitantes “Mirad, un español. Antes eran como nosotros, los humanos“. Os voy a poner un par de vídeos de perros, que funcionan un montón en Interné.

Pasadlo bien.

Nico come yogur from superfectocaballerobritanico on Vimeo.

Maggie duerme en la oficina from superfectocaballerobritanico on Vimeo.

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El turista un millón (o la reivindicación del bigote)

Julián de la Fuente es de esas cosas raras que pasan que, en este caso, tiene nombre de persona, DNI, y representación carnal, pero que en realidad es energía y daría igual que hubiera tomado forma humana, o que no lo hubiera hecho. Julián es unas gafas, unos andares raros, y mucha paciencia. Sólo tiene que chascar los dedos y veinte personas ocupan un pueblo, como sucedió el pasado fin de semana en Lupiana (Guadalajara). Julián es a las ciudades lo que Tom Cruise a Cocktail, pero las ciudades pasan de los centros magnéticos como él, porque su energía se desarrolla en el mundo de la cultura, que a efectos administrativos es mucho menos mundo que cualquier otro mundo.

Julián dirige rápido desde que la digestión de un fracaso de los que hacen época y mella se le hizo bola. Y se explica. Julián tira un plano y lo discute con el equipo (sobre todo con Mario y Dani), y se deja asesorar muy poco, porque tiene la manía de dar explicaciones y de no tirar por el camino del medio. Hay un punto cuando alguien dirige un proyecto en el que se saca del cajón un “porque me sale a mi de las pelotas“, pero él nunca abre ese cajón, y por eso ocupa pueblos con chasquidos. Y ocupan la escena dos autobuses de una boda de malayos, y llega el vendedor de melones, y va Julián escoltado por José, de lado a lado de la Villa.

A mi me llamó para protagonizar el corto, y me rodeó de actores de puta madre, así que el viernes andaba pensando si es que le debo dinero, o algo peor. Carlos Bernal, Poli Calle y Carlos Jano vuelan. Igual parecen despistados y en la primera toma no andan muy pendientes de las marcas, pero desde la segunda cogen a sus personajes y los hacen volar. Recibir un texto de un papel y hacerlo carne tiene arte, no se crean. Miren, Poli Calle ha construido un personaje de cinco frases, y le sobraban dos. Jano es un payaso de la vieja escuela, que siempre es nueva y saca de la chistera carcajadas de oro. Hacer reír sólo con andar, mirar, o girar la cabeza, es algo casi mágico. Y luego está Carlos. Carlos es una voz que a la vez son puñales que acribillan cada escena. Y en medio yo, don elmétodomelabufa, don losactoressongentequeactúa, don estolohacecualquieraconunpocodemorro, don sontodotrucos.

Es muy difícil absorber más en menos tiempo. Aprender cómo unos señores crean un personaje, aprender de las charlas con mis compañeros entre escenas, de esa energía a la que llamaremos Julián, que reparte lisonja a granel para revivir al personal, y de esa extraña motivación de las personas de producción y arte (Elvira, Laura, Ana, Adela, Nacho…) que, por amor al cine, esperan el final de la última escena, un domingo a las cuatro y media de la madrugada. Muchas lecciones en muy poco tiempo y, a cambio, sólo me tuvieron con una pierna escayolada, me zarandearon, me llevaron en volandas y me arrastraron bajo un remolque en seis o siete tomas. Para que luego digan que el cine es caro.

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Un día cualquiera

La mañana

El frío es un Jaguar. Algunos de ustedes morirán sin ver de cerca un Jaguar, yo los veo cada día por docenas. Los Jaguar tienen un detalle que me llama la atención. El maletero está jalonado por un embellecedor plateado que atraviesa la parte trasera de faro a faro, donde se puede leer la palabra “Jaguar“, que no es otra cosa, que la marca del coche. En el medio de ese embellecedor se incrusta la cerradura del maletero de tal manera que la palabra de divide en “Jag” y “uar“. Gastarse cien mil euros en un coche y que la gente se cuestione los detalles, es un fracaso para la Humanidad.

En el asiento de atrás siempre va gente importante que hojea revistas con un papel tan bueno que casi se podría decir que más que hojear, cartonean revistas. En ellas se encuentran delicados artículos sobre cruceros a los que no debes llevar niños, paraísos exóticos, manjares exclusivos y cacerías de hipopótamos, sólo interrumpidos por anuncios de zapatos impecables, sastres que confeccionan veinte trajes al año, barcos deportivos, y relojes cuyas pulseras valen más que las vidas de los trabajadores de una fábrica entera en Yemen. No me cuesta fantasear con sus mayordomos, planchando el Financial Times cada mañana.

La tarde.

La apoteosis del verano desparrama su luz anaranjada contra la fachada del teatro La Latina, y se cuela entre la gente de las terrazas a través los cabellos, convirtiendo los peinados en pelusas iluminadas, como si vienieran de otros planetas a señalarnos El Camino. Los rayos caen horizontales y parten en dos a los edificios, mientras el hijo del frutero encara la bajada al metro a la hora de todos los días, envuelto en sus cascos, ajeno a cualquier espectáculo que no salga de las cuerdas de Jeff Hanneman y Kerry King. El hijo del frutero lo es por deducción, porque no se le ha visto partida de nacimiento ni prueba de ADN, pero se parece al frutero y trabaja en la frutería, que tiene pinta de negocio familiar. El hijo del frutero es hijo, pero podía ser nieto del frutero, porque el frutero es viejo y el hijo joven, y se atisba el salto que se da entre los padres y los hijos que aparecen a destiempo.

El hijo del frutero sale inesperadamente del metro, se dirige a mi, y me pregunta por el cierre, por cómo acaba el post de hoy, y no sé muy bien qué decirle. Le comento que igual la idea es que pase un Jaguar por la calle Toledo con un señor comiéndose una manzana, y no le falta razón cuando me espeta que ese final es una mierda más grande que la catedral de la Almudena. Le pido tiempo, pero no puede porque se tiene que ir. Le digo que entonces el final será así, abierto, le argumento que es muy moderno, y que invita a que el lector piense. Parece que le convence porque se marcha con gesto vencedor. Al verano le han hecho un butrón y antes de las nueve pierde diez grados, y por el agujero entra el otoño.

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