Lo nuevo I

Adiós. Como el transatlántico que zarpa y se va alejando con lentitud, la amenaza para el Gran Relato nos abandona. El Gran Relato pide ser contado siempre por adictos al mismo, que saben muy bien cómo escribirlo. De los periodistas a principios de los años sesenta del pasado siglo decía Tom Wolfe que “se les consideraba principalmente como operarios pagados al día que extraían pedazos de información bruta para mejor uso de escritores de mayor «sensibilidad»(…) los llamados escritores independientes… a excepción de unos pocos colaboradores del The New Yorker, ni siquiera formaban parte del escalafón. Eran el lumpenproletariado”. El coronel nunca tiene quién le escriba, y ahora nos dicen que somos nosotros -todos y cada uno de nosotros-, quienes tenemos la capacidad de co-crear, de ayudar a escribir el Relato.

Durante siglos la literatura pareció una cuestión de fe. El arte se veía como algo sagrado y lejano, y sólo se consideraban artistas a una constelación de iluminados, perfectamente preparados para recibir retazos de clarividencia celestial en forma de inspiración artística, cuyo reflejo podíamos disfrutar el resto de los mortales en forma de pintura, escultura, canción, o texto. Los escritores eran la creme dela creme, y coexistían formalmente alejados de los periodistas hasta, precisamente, la irrupción en Estados Unidos de los Wolfe, Talese, Thomas B. Morgan, Brower, Southern, Christgau, Arbus, Sheehy, Benton… con lo que se denominó/demonizó Nuevo Periodismo, un movimiento dedicado en su mayor parte a emborronar las fronteras establecidas. El punto culminante fue la publicación desde el otoño de 1965 en el New Yorker, y por entregas semanales, de la excepcional novela de no-ficción de Truman Capote, A sangre fría.

El lumpen se había reivindicado en el arte de contar el Relato, y contaminaba con sus formas cercanas y directas el discurso dominantes. El establishment se armó hasta los dientes, y abrazó con alegría a los nuevos predicadores, poniéndolos al frente de las más prestigiosas publicaciones del mundo occidental, como referencia en los nuevos no-formatos. Todo sistema genera su antisistema que, al triunfar, se convierte en sistema. Cualquiera con un mínimo de pulso podría contar la realidad, y a ese “cualquiera” se le construyó un camino, que se convirtió en moda, y fue asimilado por un sistema ligeramente mutado, pero cuyo espíritu se mantuvo intacto. Si saltamos en el tiempo hacia el boom de la blogosfera, pueden resultar argumentos familiares. El acceso a la tecnología significa un torpedo a las viejas formas de la industria.

 

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Deprisa deprisa

El objetivo del reportaje es observar, como si de una pieza cómica se tratara, la relación entre Artur Mas y Mariano Rajoy. Sus miradas, sus roces, y las palabras que se cruzan en la inauguración de un nuevo tramo de AVE. El foco de la pieza es la relación entre dos mandatarios enfrentados por un conflicto territorial, ajeno a la gran mayoría de la población, cuya resolución sólo serviría para resolverse a sí misma, pero ninguna otra cosa más. Un reportero no hubiera aguantado sin preguntar por unas infraestructuras suicidas y exclusivas para quienes pueden pagarse 200 euros por hacer un trayecto que antes se hacía con 60. Pero ya no quedan reporteros. Lo más probable es que nunca los hubiera habido.

El AVE es un tren que sirve como coartada para comunicarse con diestro y no olvidarnos de siniestro. Es muy importante resaltar una y otra vez que se “va en el AVE“, que se “cogerá un AVE“, o que se ha llegado “en AVE“. Como si el Talgo no hubiera tenido suficiente categoría para sustituir al genérico “tren”. Como si nos situara en el plano superior, en el honorable lugar de quienes se encienden puros con billetes de 100 euros. El AVE es rápido, te deja pronto en tu destino. Puedes salir de Madrid y la más absoluta de las nadas te esperan en cualquier lugar de España a tan solo tres horas de camino. Se podría llamar NADE. Una especie de carrera de oro hacia el vacío. La misma carrera que nos ha llevado a ese tipo de reportajes cortesanos, zalameros, simples, mentirosos, o al reportaje de las rebajas que, ya sin rubor, introduce como fondo la divertida sintonía de Benny Hill.

La velocidad, que para Carl Honoré, es una forma de no enfrentarse a las cosas, a las cuestiones importantes, también es un arma interesante en manos de quienes controlan el relato, a quienes podríamos llamar Los Malos SL. La velocidad es la cosa que me impide empezar y terminar un libro desde hace un año. La velocidad deconstruye la realidad, la despieza y la convierte en minúsculas piezas de texto, como si de un gran cajón de Lego se tratara, que se amontonan en trending topics que no sirven para nada. Para nada. El mar de la nada siempre está revuelto, siempre peligroso y atractivo. Los formatos audiovisuales cada vez más cortos, cada vez más picados, cada vez más sencillos. Titulares gigantes, actualizaciones constantes, relatos cortos, resultados inmediatos.

Cada vez asisto a más reuniones en las que los asistentes manifiestan una absoluta ansiedad por el presente, por el comienzo, por lo inmediato. Personas obsesionadas por la actualidad, incapaces de pensar en el medio plazo, sabedoras de que el globo se desinflará, porque el aire no da para todos los globos, y cada día se enfrentan al globo más importante de la Historia. Hay un minuto exacto en el que algo pasa de ser lo más importante del mundo  a no serlo. Canciones de tres minutos para radiofórmula, zapping como buque insignia de la costumbre televisiva, diarios gratuitos sin apenas texto. La hiperactividad, las agendas apretadas, la vida por inercia.

Como si la tecnología hubiera llegado más lejos de lo que nuestra mente soporta y la estuviéramos malinterpretando. Como si no estuviéramos preparados para tener cualquier cosa a un click, y viviéramos con la ansiedad de la postguerra de la información, sumidos en una especie de síndrome de Diógenes informativo, en el que lo importante es la acumulación frente a la asimilación. Como si tuviéramos cualquier cosa a un click. Cosa material, objeto. Experiencia lo llaman ahora. Hoy la cosa es la contraposición a la nada. En el mundo creado por Los Malos SL. a la nada sólo le hacen frente los actos de consumo. Ahí viene el shock.

A toda velocidad hacia la nada.

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Ahí

Una chica bastante talluda le pregunta a su madre, ambas sobre una cama, si a su edad -a la de la niña- es normal que te pique… (pausa dramática)… ahí. “Ahí” es en la vagina, porque su madre revela que se trata del anuncio de una crema para el bajo vientre, para el coño, para el chocho, para la concha. Qué bien contado, qué resolutivo, qué gran forma de empezar el año. Tom Wolfe decía de los reporteros más vagos, que se dedicaban a ver la tele para obtener carroña para rellenar sus artículos y columnas en los periódicos. Leer a Tom Wolfe es una putada porque te deja en pelotas y, si te descuidas, te la clava por… ahí.

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