En diferido

En el cole siempre había valientes que se quedaban hasta muy tarde viendo la tele. Mis padres insistían en que los padres de estos valientes no eran más que unos kinkis a los que la vida devolvería tal despreocupación con la mayor de las desidias, y a cuyos hijos esperaban terribles castigos bíblicos. Hoy les veo en facebook esquiando por Sierra Nevada, así que parece que Biblia ha cambiado un poco. Igual por eso ha dimitido el Papa. El caso es que también se esperaron a las dos de la mañana para ver el Corea-España con el que debutamos en el mundial de Estados Unidos, en el verano de 1994.

Una selección con Cañizares, Sergi, Ferrer, Nadal, Hierro, Guardiola, Caminero, Julen Guerrero, Luis Enrique y una larga lista de talentos superlativos en la flor de su fútbol, se apiñaban en derredor de su área saliendo al pelotazo. En la era Clemente seis centrales eran pocos, y Fran veía los partidos por la tele allá en Coruña. Jugábamos contra Corea que, en el fútbol siempre es una, y la componen once tipos iguales en cuya camiseta siempre aparece “Park” en cualquier combinación. Yo me perdí los goles de Bakero y Salinas, que nos hicieron arrancar con brío un Mundial que nos cortaría los capilares rotos de Luis Enrique. Clemente, siempre tan atento a la tarea defensiva, acumuló a Nadal y Hierro por delante de Alkorta y Abelardo, y prescindió de su delantero centro, siendo pionero en el falso nueve, profundizando en el falso fútbol, y muriendo de empate en el minuto noventa.

Hasta hace bien poco, queridos niños, la selección española era una tragedia que había explorado todas las formas posibles que tiene la derrota. En este caso, para un chaval decente de doce años, la única opción posible era no escuchar nada, no hablar del tema en el cole, no poner la radio, y llegar a casa porque daban el partido en diferido. El pacto tácito funcionaba y ni siquiera los kinkis que se habían acostado a las cuatro de la mañana, destripaban más detalles que tal o cual regate. Les valía con vivir la superioridad de haberlo visto en directo. Hoy sería imposible. Los mecanismos para evitar el contacto con la información en directo tendrían que contar con tal cantidad de puntos de contacto, que el concepto “diferido” no tiene mucho sentido.

Hay pocas cosas que tengan valor en diferido. Sólo quien tiene tiempo para bajar del carrusel del hoy y el ahora, es capaz de paladear un diferido, que es algo así como un museo de los directos. En los últimos días, María Dolores de Cospedal lo ha vuelto a poner de moda. Sus compañeros de recursos humanos han ideado los despidos e indemnizaciones en diferido, supongo que intentando obviar el lapso de tiempo entre lo indecente y lo ridículo. Deberíamos estar tranquilos, sólo los kinkis lo vieron en directo. Y ya saben que les esperan durísimos días de esquí en Sierra Nevada.

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Mudanza

Me he mudado catorce veces, en cinco localidades diferentes. Yo no tengo ningún piso en propiedad, y mis padres tienen uno en el que no he pernoctado ni una sola noche en mi vida. Digamos que lo que para otros puede significar inestabilidad para mí representa la mayor de las normalidades. La primera regla en el Club de las Mudanzas es que nadie habla del Club de las Mudanzas. La segunda regla es que las mudanzas nunca acaban. Como en la paradoja de Aquiles y la tortuga, de Zenón de Elea, por mucho que avances, siempre te queda algún viaje, la tortuga siempre acaba sacándote ventaja. La tercera regla la comentaba Alfred Hitchcock: no hagan nunca una mudanza con niños ni con perros. Lo primero corroborado por Gaizka, lo segundo por un servidor.

Dentro de toda la simbología que podemos encontrar en una mudanza, y dentro de mi mente paranoica que puede encontrar simbólica una caja de cereales, quizá el transporte de los espejos sea de lo más curioso. Los espejos son superficies de cristal opaco que devuelven lo que les interesa en cada momento, y que atrapan todo aquello que reflejan. Se alimentan de todo lo que atrapan, por eso hace años inventaron en ego, que es fundamental en su modelo de negocio. En este caso el espejo pudo absorver una gran superficie del barrio: desde la plaza de Cascorro hasta el noventaypico de la calle Embajadores. La calle Embajadores empieza en el Rastro, y acaba en Mercamadrid, con lo que de simbólico tiene el trayecto -ya se lo decía-, por lo que lo más lógico es que la mitad de los madrileños vivan cerca de una calle que tiene casi seis kilómetros.

Kilos y kilos de libros y discos después -y un par de años menos de vida-, uno se pregunta si tiene sentido ese amor por lo material. Cuando todo esté en la nube -porque todo va a estar en la nube y la geolocalización será tendencia-, las mudanzas se convertirán en una minucia, en un mero trámite administrativo, si es que los trámites administrativos no están en la nube también, que sería lo ideal. Ya puestos deberíamos vivir en la nube como declaración racional de dependencia tecnológica. Desde luego los informativos invitan a ello. Por si acaso Rajoy o Rubalcaba hace tiempo que están en la nube, para ir cogiendo buenas posiciones, que siempre ha sido lo suyo.

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Cuando se habla tan claro que no se te ocurre mejor argumento

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Taxistas

Bárcenas aparece en escena como si los informativos de las televisiones no fueran más que el cuarto cuarto de su abrigazo de banquero antiguo, como si hubiera nacido para que su paso ligero fuera el ideal prefacio al primetime de las cadenas, como si ese pelo que le nace recio y se mantiene firme gracias a la disciplina de la gomina, hubiera crecido sólo con el fin de reflejar los flashes de fotógrafos que eran quérubes cuando se repartía en este país gomina en cantidades industriales entre los altos ejecutivos que bebieron de las fuentes neocons norteamericanas, y comieron del maná franquista, que parece no tener fin. La gomina de los empresarios es el gloss de España.

Existen varios tipos de películas norteamericanas: las que empiezan con un juicio, las que van de juicios, y las que acaban con un juicio. No sé en cuál se imaginará Luis que está, en cualquier caso parece que se ha preparado el papel a conciencia, y no es para menos, porque en Suiza le espera un sueldo a la altura de los mejores de Hollywood.

Luis sale del taxi, coge la tabla y se dispone a surfear en una ola de gomaespuma con los diferentes logotipos de las televisiones, mareado por preguntas absurdas a las que parece contestar para sus adentros, porque esboza una sonrisilla que resultará su perdición. En este país puedes se un hijo de puta de los pies a la cabeza, un ladrón, o un asesino, pero España no soporta la risita floja. Roba, pero mantén el rictus, frunce el ceño y tendrás hueco en unos años en una tertulia de Intereconomía, y en la sección de libros de El Corte Inglés.

Ajeno el actor al montaje final, los espectadores vemos su entrada y salida de los juzgados, y también el trajín de Trías, el secretario que se cayó del caballo y del golpe resultó íntegro y clarividente. Ambos van en taxi. Supongan que son ustedes taxistas y que les para el extesorero -ese cargo de 24 kilates- en mitad de la calle. ¿Esperarían que les pagara con un sobre?, ¿Le preguntarían si va a querer factura?, ¿Cómo se viviría esa carrera? , ¿Le preguntarían por dónde prefiere ir a los juzgados? Madrid tiene ese puntazo con los taxis que a los que venimos de provincias nos parece mágico: un montón de tipos con sus coches que te llevan a los sitios por dinero, aunque sea saltándose algunas normas. Te hacen sentir concejal por unos minutos.

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Espectáculo

Probablemente el poder se pueda definir como la suma de la capacidad para tomar decisiones erróneas y la indiferencia ante la posibilidad de que lo sean. Probablemente el mundo civilizado se pueda definir como aquella suma de racionalidades dividida por las leyes generadas por seres irracionales. Probablemente cuando saques el mínimo común múltiplo quedes tú, contigo mismo. Probablemente acabes siendo tu propio espectador.

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Lo nuevo II

Vivimos en un mundo lleno de gente que habla del tipo de mundo en el que vivimos. Algunos de los argumentos más reiterados tienen que ver con la inmediatez de la información, la capacidad de acceder a ella, o la necesidad de participar en la carrera esquizofrénica por generar contenidos de manera constante. Desde que me dedico a la creación de contenidos vivo en mitad de un tsunami informativo, y contribuyo al crecimiento exponencial de la producción de información. Aquí lo habitual es incluir el dato de la cantidad de bits que se han producido desde el principio de la Historia hasta los noventa del siglo pasado, y que esa misma cantidad de produce hoy en dos días. ¿Cómo se ha hecho ese cálculo? No lo sé, pero nadie lo pone en duda en las presentaciones. Un señor me dice eso en un powerpoint, me vale.

Los powerpoint dicen hoy que el contenido es el rey. A falta de monarcas decentes, bueno es el contenido, aunque no haya encontrado a dos personas que me lo hayan definido de la misma manera, por tanto ¿Qué es contenido?, ¿Cuándo se considera que se ha consumido un contenido?, ¿Cuál es su vida útil?, ¿Qué es consumir un contenido?, ¿Cuánto contenido necesitamos para darnos por satisfechos? En los últimos meses son muchas las iniciativas online que aseguran basar un futuro éxito en la calidad del contenido, que generará tráfico, y con el llegará el negocio. Debate aparte merece definir el concepto “calidad”. Hasta no hace mucho, pensaba que los medios de comunicación se dedicaban a generar contenido de calidad basándose en caras conocidas, grandes escritores, o estrellas rutilantes, y vivían de la publicidad que vendían gracias a su prestigio. Pero resulta que esos mismos medios anuncian EREs cada dos semanas, ¿A qué llamamos contenido de calidad?, ¿Tiene más calidad un meme que un artículo de Vargas Llosa?, ¿Acaso el contenido no fue siempre el rey?

Tal vez la clave esté en entender las nuevas reglas del juego. En esas nuevas reglas hay espacio para lo inmediato, comido por unas redes sociales que dinamitan cualquier competencia, pero también hay hueco para un contenido de fondo, cuyo ciclo de vida se amplía hasta ofrecer sorpresas como la sucedida en la web de El País en 2011, cuando se colaba entre las noticias más leídas una fechada seis años antes. Parece importante que las historias estén bien escritas, pero resulta fundamental que estén bien contadas y, por primera vez hablamos de cosas diferentes. La tecnología ha bajado a lo doméstico la capacidad para contar historias.

Hace diez años los medios de comunicación estadounidenses gozaban de un cierto prestigio. El 70% de los ciudadanos consideraba que sus medios eran creíbles. En 2011 el porcentaje de creyentes era del 62%, y hoy del 52%. Uno de los factores clave en el descrédito podría ser la cruzada de los medios por contar su propia historia, justificar sus editoriales, proteger sus intereses económicos. Cada vez son más los ciudadanos que consideran que se trata de empresas que comunican, con sus ciclos y sus cuentas. Conceptos como la publicidad camuflada en informativos (ING y sus consejos sobre el fondo del mapa meteorológico), o las autopromociones de productos entre medios del mismo grupo empresarial (muy evidente siempre en PRISA y ahora entre Antena3 y La Sexta), ayudan poco a ganar crédito.

Si a esta falta de crédito sumamos la confianza en la recomendación de nuestro círculo más cercano, encontramos un escenario muy diferente, donde reinan las fórmulas de la información social. El error está en pensar que esas fórmulas no existen, que el tubo por el que nos llega la información ya no es un grupo empresarial, como si Google, Facebook o Twitter fueran hermanas de la caridad.

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