King harvest

Llevo diez años blogeando y todavía no he sabido definir un producto. Creo que es la mejor y más nítida conclusión desde entonces. Y después de eso, les dejo a The band. Me compré la reedición del disco marrón en Paradiso, en el último viaje a Xixón, y me hace especial tilín esta canción.

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Los antis

Se recortan los presupuestos en educación, se elimina la inversión en investigación, y se derriban las leyes que hagan falta para que se instale Eurovegas y la Comunidad de Madrid sea un reclamo para trabajadores de escasa cualificación. No se puede ser más claro, no se puede mostrar un proyecto de país más a cara de perro. Mientras, va calando el discurso de que los jubilados sobran, de que si no eres rentable estás de más, es decir que si no se te puede explotar, si no se puede obtener plusvalía de tu existencia, ésta no tiene sentido. La realidad no puede ser más evidente, y arde como la pólvora por las redes sociales. No son teorías de paranoicos, como se etiquetaba al pensamiento crítico tras la cumbre de Seattle hace catorce años, son el argumento de los informativos nuestros de cada día.

En Seattle en 1999 los payasos tomaron las calles. Era el titular de la prensa de la derecha española. Era la versión desahogada del “búsquese un empleo” que le espeta George Bush Jr a Michael Moore en Farentheit 911. Cuando el movimiento cobró coherencia, pasaron a ser peligrosos antisistemas contra los que valía todo. La caída de las torres legitimó un chauvinismo que venía de largo. La siguiente cumbre del G8 en Génova en 2001 supuso una batalla campal en la que las provocaciones vinieron del lado “bueno”. El veinte de julio un joven sindicalista italiano, Carlo Giuliani recibió un tiro de la policía y murió en el asfalto. Mientras los columnistas ponían la fábrica de estereotipos a funcionar, el presidente de Francia, Jaques Chirac, principal activo en contra de la invasión de Irak, declaraba que “cientos de miles de personas no se molestan a menos que haya un problema en sus corazones y espíritus”. Precisamente un ministro de Chirac, un tal Nicolás Sarkozy, provocó con sus políticas racistas y clasistas pro-guettos los disturbios de París en 2005, que acabó con “la escoria” incendiando 1.200 coches en una noche.

Las manifestaciones en contra de la invasión de Irak tenían una cara mainstream que acababa con el típico manifiesto leído por Almodóvar, y otra muy diferente en la que los locos antisistemas recibían balazos de goma como respuesta al lanzamiento de aviones de papel, o donde la policía acompañaba a los manifestantes gentilmente a la boca de metro, en la que dejaban caer botes de gas lacrimógeno. Jarabe de palo que no se ha querido ver hasta se han empezado a perder ojos, o se reparte estopa para toda la familia: niños, mayores o incluso compañeros. Parece que ahora todo son lamentos, pero hace catorce años había gente que pasó de payasos a terroristas, que han vivido acribillados por la teoría del “hijo mío, no te marques”, que han soportado la presión ser los aguafiestas, y que ya denunciaron el desarrollo de los acontecimientos, que no son más que consecuencias. Mi homenaje para la gente que no necesita nadar en la miseria para verla.

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Replicantes

Lleva días lloviendo sin parar, y los paraguas ya no soportan una manta de agua que nos cubre desde que en 2008 oímos el nombre de Goldman Sach. Como si aceptáramos con resignación que Madrid 2013 ya es el Los Ángeles 2019 que pintó Scott en su Blade Runner, donde nunca paraba de llover. La fábrica de replicantes funciona a toda marcha, pero todavía no se han amotinado en Marte. Siguen/seguimos siendo legales en la Tierra. Todavía nadie nos persigue, todavía somos rentables y molestamos poco. La humanidad molesta. Los gestos que nos descubren como humanos están de más. No está de moda porque lo atractivo ahora es esta versión más fuerte, más ágil y menos sensible de nosotros mismos.

La clase política, metida hasta las orejas en la mayor de las inmundicias, aguanta en el poder aferrada al cuestionamiento constante de la realidad, como una abanderada de la postmodernidad, capaz de poner en juego fetos sintácticos que antaño hubieran muerto, pero que ahora reciben todo tipo de cuidados hasta que el paso del tiempo les hace salir adelante. Quienes se quedan en la calle parecen actores que repiten con maestría el guión que mantiene el pulso de la audiencia en el access primetime. Preferimos pensar que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, antes que asumir que hemos pensado por debajo de nuestras necesidades, que estamos en barbecho, que nos han desactivado.

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Cabeza de caballo

Mi amigo Mandi decía ante la comida del comedor de la facultad, que si nos daban carne de rata nos lo deberían cobrar a precio de rata. Seguro que hoy estará diciendo lo mismo con el caballo. Habrán oído la polémica de la carne de caballo en un escándalo con las  hamburguesas de Eroski y Alipende de por medio. En tiempos en los que el concepto ciudadano anda con una estocada baja, y el consumidor le ha comprado la plaza como decisor social, la OCU es el nuevo sindicato: un órgano con el que el humilde se siente representado y que defiende sus derechos, por supuesto, como consumidor. También habrán oído, pero menos, cómo han caído marcas como Buitoni, de Nestlé, que es un buen anunciante en tiempos malos para encontrar buenos anunciantes. Poco después Ikea se sumó al carrusel con sus albóndigas, y desconozco la cantidad de marcas que habrán estado comerciando ese tipo de carne y que habrán reculado con velocidad al destaparse la polémica.

Mi amigo Emi nos contaba cómo su tío, allá en Argentina, vive bien de una granja de lombrices, como proveedor de una famosa cadena de fast food, que incluye esta proteínica carne entre la mezcla del compuesto al que luego llaman hamburguesa. Más que por el ahorro, que también, este tipo de gigantes de la distribución de alimento tienen que buscar soluciones de conservación del sabor y el color a las materias que viajan durante días y para las que el cliente exige una relativa frescura, sabor y color. El mundo en el que se dejan las manzanas feas y se escogen las que son de anuncio, tiene una trastienda rancia y horrible que anda entre las toneladas de “comida fea” que se tiran, y las de comida obligada a estar guapa a toda costa.

Hoy Ikea se ve obligada a retirar una tarta por contaminación fecal. Hablamos de una multinacional del mueble de diseño accesible que ofrece menús de pasta, zumo y yogur a un euro, y se ha convertido ya en un comedor social. Y la ristra continuará. Siempre pensé que la gente saldría a la calle de verdad y con muy malos modos, cuando empezaran a pasar hambre, pero por ocho euros se sigue pudiendo salir a cenar fuera un sábado. Por un euro tenemos una presunta hamburguesa, o veinte albóndigas. Hace muchos años no todas las familias se podían permitir un chuletón. El proletario (el de cuello blanco, si quieren) ha tenido acceso a lujos antes inalcanzables, que no son más que mentiras sobre los que ha cimentado la ficción de pertenecer a una especie de clase media.

Hace un tiempo tuve la oportunidad de comer en un club de élite. Los platos que elegí fueron verdaderamente sencillos y, de entre ellos, me quedé con una manzana de postre, que me transportó a un mundo desconocido: el de la fruta que sabe a fruta. Sólo con el primer bocado me cercioré del engaño en el que vivimos, de que el sabor o la calidad, siguen reservados a determinadas clases que no le van a pegar un mordisco a cualquier cosa. Mantener la escenografía de la clase media cuesta bastante. El problema no está en que las proteínas nos vengan de la lombriz, y no de la ternera, o del caballo que probó el Comidista sin demasiado entusiasmo, sino en las dos consecuencias del engaño. Una la ruptura de la confianza en quien nos alimenta, que se viene a unir a la desconfianza en quienes nos gobiernan, dan empleo, guardan nuestro dinero, o curan. Otra, la pertenencia a la clase media como palanca fundamental de marketing, con ese empeño por no llamar las cosas por su nombre, esa normalización de la mentira, de la que luego nos extrañamos tanto.

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Cannes

Pasé la noche del 16 de mayo de 2006 en una habitación de un hotel de mala muerte en Niza con una supermodelo. No es el argumento de una canción de Quique González, era lo que estaba pasando en las vísperas del estreno de El Código da Vinci en el Festival de Cannes de aquel año, quizás uno de los mayores patinazos de la historia del festival. Habíamos salido de Madrid el día anterior con la intención de entrevistar a Tom Hanks, Audrey Tautou y Mónica Bellucci, con ganas de lucir palmito por la Croisette, y con veinte kilos de baterías para la cámara.

Viajamos vía Milán, donde cogimos una especie de avioneta destartalada, ocupada por unos veinte pasajeros más con camisas que valían más que nuestras vidas y, al llegar al festival, descubrimos que la gente de la productora se había equivocado en la acreditación, y que la obtenida nos daba derecho a respirar a ciento cincuenta metros de cualquier cosa interesante, así que habría que pelear. Minuto uno de partido, 100% cambio de planes, fin del glam. Se acabó la idea de entrevistar a Tom Hanks, Audrey Tautou y Mónica Bellucci, se acabaron las ganas de lucir palmito por la Croisette, pero permanecieron inalterables los veinte kilos de baterías para la cámara. Desde ese momento, la reportera empezó a preguntarse por qué una tipa como ella, acostumbrada a recibir cien mil euros por cruzar el mundo y hacerse una docena de fotos para una marca de alta costura, tenía que estar metiendo codos en una alfombra roja, o reptando entre los servicios de seguridad del hotel de las grandes estrellas.

Yo estaba en mi salsa y aquella noche, mientras la modelo lloraba que no quería aquello, que se había equivocado, y yo imaginaba la cara de mi productora y la literatura ligera de la carta de despido, pensé que podía ser mi gran oportunidad, que podría coger el micrófono y lanzarme a una aventura descarada más, como cuando me colé vestido de camarero y le serví la cena a Woody Allen, o recordando los años en los que eludía a la gente de prensa y seguridad de tal o cual político. Era mi gran oportunidad, y el corazón empezaba a latirme con fuerza, hiperventilaba y ya no escuchaba los sollozos de Raquel, aunque asegurara que iba a coger un taxi para el aeropuerto.

En la vida hay que ser valiente, hay que arriesgar, hay que tomar decisiones, así que lo hice. Hablé con ella, la convencí de que el camino que había elegido era el correcto, que estaba demostrando mucho, que la falta de acreditación era lo de menos, que los codazos y las carreras eran accesorios, e incluso que aquella mierda de hotel carecía de cortinilla en el baño porque las bañeras sin cortinilla eran una costumbre de la Costa Azul, pero que volveríamos a España con un reportaje de los que sientan cátedra. Aunque lo que verdaderamente subió su ánimo fue comprarse un bolso de 1.550 euros en la tienda de Gucci al día siguiente, y mitigar el antojo de un sandwitch mixto en la Croisette, que pagamos con las dietas de dos días del cámara y mías.

Se estrenó el Código da Vinci, y el Festival de Cannes perdió mil kilómetros de prestigio. Por supuesto yo no debuté como reportero para TVE. Hubiera sido muy difícil de explicar en Madrid. Semanas después, cuando salía a las tres o las cuatro de la mañana de entregar un reportaje, camino hacia un taxi me cruzaba con un Mercedes SLK Kompressor, que paró a mi altura, bajó la ventanilla, e hizo aparecer la cabeza de la productora:

-Chico, ¿Tu eres el del reportaje de Cannes?

-Sí.

-Pues vaya puta mierda.

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