Sálvame (reloaded)

Hay pequeños momentos, inapreciables, que hacen historia. Aunque no lo crean, Sálvame ha aportado más a la historia de la televisión, de lo que podrán hacer decenas de temporadas de Redes. No parece excesivamente novedoso crear un contenido divulgativo, por más cercana que Punset convierta a la ciencia, entre anuncio y anuncio de Bimbo. Tampoco es nuevo orear en público las desvergüenzas de la España cañí.

Lo que convierte a Sálvame en un documento a estudiar, es el tratamiento brutal que le confiere a las formas y la influencia de este tratamiento en el fondo. Si bien Telecinco abrió la veda hace más de una década con Qué me dices, con un formato que mezclaba agresividad y frivolidad -estupidez al fin y al cabo-, el programa de Jorge Javier Vázquez ha logrado hacerse con los detalles. Es el metaprograma por antonomasia, un formato autoreferencial, que devora y agota los contenidos que él mismo produce.

Ya no es que se moleste en crear mentiras para vivir de ellas, como hacen muchos medios considerados serios -¿Eh, Pedro Jota?- sino que convierte a los tertulianos en tertuliados y viceversa. Juega con roles a su antojo sin asombro alguno por parte del espectador, que un viernes puede ver como horrible a la persona a quien alabará en una semana. A nivel técnico todo se dinamita desde la base. La calidad de las imágenes y del sonido de los vídeos pueden llegar a ser pésimos, sin perder un ápice de su credibilidad por parte de la audiencia que sigue respondiendo. El ejemplo de un programa vanguardista en las formas narrativas que engancha con un público teóricamente conservador. Anoche clavaron un 17,7 de share y así llevan años.

La primera bomba formal, es el estallido del eje, de la perspectiva, la salida del sacrosanto plató, la ruptura del plano hacia lo que se esconde tras la cámara, con toda naturalidad, sin importar los cambios de luz, o el dar publicidad a la trastienda. Los micrófonos no se apagan, reinando alboroto del que siempre se pesca algo utilizable. Planos de segundas jugadas: tertulianos comiendo un bocadillo, cuchicheos entre ellos, guiños al público o consultas con el móvil trufan las retransmisiones, que se vuelven eternas en la parrilla de Telecinco.

Los protagonistas gritan, lloran, saltan, bailan y tal vez no mientan, porque no creo que sean capaces de discernir ya lo que es mentira de lo que no, lo que es vida de lo que es tele. Sus vidas no sólo se retransmiten en directo ante millones de espectadores, sino que pagan el precio de tener los minutos que sus personajes/personalidades puedan dar. Luego venden carne de conejo, crema de baba de caracol, o meriendas perfectas para los niños.

Llevan un par de meses hablando de la adicción a la cocaína sin citarla explícitamente, ya nadie se escandaliza. Todo pivota sobre la princesa del pueblo, que se autodestruye noche a noche como una estrella del rock&roll, o el personaje de una novela. Lo fundamental para una historia es el cambio, y la cara de la Esteban cambia por minutos hasta llegar a la desfiguración galopante que podía lucir anoche, entre picor y picor de nariz. Ya no esconden las cartas, todos reconocen que van por el dinero, que venden lo que sea por “hacer un Deluxe“, o un “polígrafo”, garantía segura de ingresos. El espectador ya conoce las motivaciones y desprecia las formas, trasciende.

Igual que la cámara vuelca, la historia también gira hacia dentro. Ayer los tertulianos lanzaban mensajes a los directivos de la productora, ellos también escriben el guión del relato. Son observadores participantes que buscan un cambio desde dentro. Jorge Javier repetía que Belén “sólo es feliz en la infelicidad”, teologizando la infelicidad como teorizara Odo Marquard en sus Reflexiones FilosóficasQuiero retomar, quizá forzándolo un poco, un pensamiento de Hans Blumenberg: ya entonces está latente la posibilidad de una inversión en el sentido de la fundamentación entre pecado e infelicidad y salvación y felicidad, pues podría pensarse que ni la infelicidad proviene del pecado ni la felicidad proviene de la salvación, sino a la inversa“.

Mucho más allá de un titular, Sálvame es un monstruo de significaciones complejas, repleto de metáforas que hacen llegar al espectador las herramientas filosóficas que antes encontrara en un púlpito, la escuela, la familia, o la narración oral basada en la experiencia. Es asqueroso, atractivo, terminal, inclasificable y rentable. Y la muestra de que no hay que hablar de realidad aumentada, nuevos planetas, 3D, o redes sociales, para darse cuenta de que esto va demasiado rápido.

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Nico es

IMAG0909 Evidentemente Nico es del Sporting.

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Aquello que vendimos

El verdadero drama de la crisis, la verdadera desazón, el bocado que todos llevamos dentro y con el que nos movemos como zombis por las calles, es que nosotros fuimos unos hijos de puta. El drama está en el empleado de banca, en el periodista, en el aparejador, en el fontanero y en el concejal. Ahí está el drama. No fuimos esos valientes que se enfrentaran al malo de la película, fuimos sus lacayos. Fuimos el secuaz que hacía el trabajo sucio y que cuando molesta recibe un tiro por la espalda. El drama real es que nos vestimos de clase de media y nos quedamos en primero de primaria.

Cuando el empleado de banca traicionaba a cada uno de sus clientes, lo hacía porque creía que si era un hijo de puta, le iría bien en su carrera, por ello, en su vida. Él sabía que estaba vendiendo basura o concediendo hipotecas con unos niveles de riesgo elevados, pero lo hizo. Lo hizo porque entendió, o porque le dijeron que si era un hijo de puta le iría bien. De manera más refinada a base de comisiones e incentivos, o de manera más directa amenazado por el despido. Ese empleado de banca despachaba mierda para ganar dinero y para que no le echaran, no fuera a ser que al siguiente mes se quedara sin puesto de repartidor de mierda.

¿Cuál puede ser la excusa para despachar mierda durante años? Puede ser alimentar a tus hijos. Porque partes de la base de que tus hijos serán felices con su colección de cromos pagada con las comisiones de la mierda que reparte su padre. Crecerán orgullosos. La excusa puede ser pagar el viaje al Caribe, o la hipoteca para una casa que no te puedes pagar. Puede ser un nuevo coche, o cualquier soplapollez de las que se venden en cantidades industriales. El periodista vivió feliz en la ignorancia del culo en la silla y el cortapega de teletipos, al aparejador le iba bien, al fontanero ni les digo y el concejal hizo su agosto. Todos vimos el negocio, todos nos convertimos en una banda de hijos de puta, porque nos dijeron que nos iría bien. Que el mundo es así, hijo de puta y que está hecho para hijos de puta, y que fuera de eso no había nada.

Ahora, los cuatro íntegros que en su día fueron calificados de soñadores o gilipollas, pagan las consecuencias igual que nosotros, los hijos de puta. Lo pasan mal, ven cómo se recortan sus derechos, cómo se les roba a mano armada, cómo pierden su dinero. Pero igual que pasaba hace unos años, no perderán su dignidad. La dignidad es aquella gilipollez que vendimos por cuatro duros, su ausencia es el verdadero drama de la crisis, la verdadera desazón, el bocado que todos llevamos dentro y con el que nos movemos como zombis por las calles.

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Imperios

¿Quién se acuerda de Mahmud Almadineyad? Ahora lo hype es hablar de Kim Jong-un como enemigo público número uno, una categoría que, como casi todo, es perecedera y vive pendiente de la aparición de un nuevo Darth Vader más sexy y malo que el anterior. Los moros de la ETA, como calificaba el TDT party a los autores del 11M, quedan en un discreto segundo plano ante las imágenes del ejército en formación en el  estadio más grande del mundo, el de Pyonyang. Los tertulianos expertos en desalojos y escraches, serán ahora especialistas en la actualidad política norcoreana y estarán al servicio de la simplificación que su audiencia espera para salir corriendo a comentar en el café.

Ayer infame-tivos Telecinco ponía una primera piedra en la simplificación y haciendo gala de un maniqueísmo meditado -o eso me gustaría creer-, hablaba de un población norcoreana con los cerebros lavados, que glorifica constantemente a su ejército, al contrario que, por ejemplo, la sociedad norteamericana que, como todos sabemos, tiene una personalidad relevante, y se avergüenza de sus fuerzas armadas. Nótese la ironía.

Si una cadena te manda a Corea del Norte, no es a que hagas una reflexión, es a que traigas esa pieza “informativa”. Hay mucho de nocivo en el ejercicio de la creación de malos oficiales por parte de medios y poderes. Los malos, siempre ELLOS, son fundamentales para la narrativa, en tanto que justifican una serie de actos en su contra que también producen otros cambios, nunca inesperados. Ante las “maniobras militares” norteamericanas, responden “amenazas de ataque” de Corea del Norte.

Por seleccionar un párrafo de Imperio, de Michael Hardt y Toni Negri, “Hay ciertamente algo problemático en esta renovada atención sobre el concepto de bellum justum (Guerra Justa), que la modernidad, o el secularismo moderno, tanto ha tratado de eliminar de la tradición medieval. Los conceptos tradicionales de guerra justa involucran la banalización de la guerra y la celebración de ella como instrumento ético (…) Estas dos características tradicionales han reaparecido en nuestro mundo posmoderno: por un lado, la guerra es reducida al status de acción policial, y por otro, el nuevo poder que puede ejercer funciones éticas legítimamente por medio de la guerra, es sacralizado.

Uno de los principales problemas de que la guerra sea un instrumento ético, es que los juicios éticos son complicados, y sus consecuencias resultan terribles. Seguro que tienen vívido recuerdo de la pantomima de la segunda Guerra de Irak, la del que “estaba trabajandou en ellouuu“. Igual no pasaban de alevines en la primera (1990), en la que el ataque estadounidense gozó del apoyo popular que se basaba en unas famosas imágenes de fuerzas iraquíes desenchufando incubadoras. Imágenes de ficción, claro, como se demostró años atrás. El documental que lo cuenta está en Youtube, a un click de ustedes:

 

¿Por qué el caballero británico se levanta enfurruñado, otra vez? Por la basura que hace la prensa. Nunca, repito, nunca digan que una docena de famosos tirándose a una piscina es telebasura, porque será lo más honesto que puedan ver en toda la programación. La prensa, que siempre pide respeto, y se reivindica poniendo por delante el nombre de la democracia, debería pensar si ha sido asesinato o suicidio. Un periodista siempre debe estar esperando el finiquito, de lo contrario es otra cosa, un publicista.

Enric González recuerda en las Memorias líquidas, su época de enviado de El País a la primera Guerra del Golfo: “Aún circula por Youtube un vídeo de la CNN en el que un reportero de guerra contaba desde una azotea que el cielo nocturno estaba encendido por los impactos de los misiles iraquíes con los contramisiles Patriot y que nadie se atrevía a salir de los refugios. En el vídeo se observan trayectorias de extraños proyectiles blancos. Son las bolitas de papel que le tirábamos a aquel fantasma, mientras hacíamos tiempo mirando el paisaje hasta la hora de cenar”. Pues eso.

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