Esa caja de cartón

Imagino esa caja de cartón. Uno es rico cuando tiene cajas de cartón compradas ad hoc, y no recogidas de la calle, reutilizadas. Cajas de marca blanca, sin logotipos de lejías o de marcas de tabaco, cajas por las que has pagado dinero rechazando los cientos que te esperan como satélites del contenedor azul. Alguien tendrá que tomar cartas en el asunto sobre la apertura estrecha y peluda de los contenedores azules y su inexorable choque contra la ancha y viscosa realidad. Sólo tiene cajas ad hoc un rico y él es rico.

Así que tiene su caja de cartón esperando verse repleta con sus fotografías familiares enmarcadas, su pluma, su bandera y su pisapapeles, la escenografía de un despacho en el que nunca habrá pasado nada. La caja espera a ser portada con la parsimonia de la que se disfraza la rabia del exempleado, todavía en estado de shock. Vete a casa, Joe. Deja aquí tu placa y tu arma. Estás demasiado implicado en el caso, necesitas descansar.

Estoy seguro que él se cree su propia historia, la narrativa que con tanto mimo ha cuidado casi hasta el final. Pero el crimen perfecto no existe. Como si de no estar cazando paquidermos, hubiera podido hacer algo por reducir la longitud de las colas del paro, o entrar en las negociaciones entre patronal y sindicatos. No.

Y hoy juega España.

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Como si no supiéramos que al final todos morimos

Al final todos morimos. El no asimilarlo tiene un punto de tragedia considerable. España se plantó en Sao Paulo ante sí misma, que es una cosa que sólo pueden hacer aquellos privilegiados que han aburrido al mundo de tanto ganar. Frente a la selección, y en contra de lo que este teatro que se llama FIFA quiere plantear, no estaba Holanda, estaba la propia España. Estaban la estirada de Casillas, y el robo de Busquets, estaban el gol de Fernando y la varita de Andrés, estaba aquel mapa que dibujaron Marcos Senna y Luis Aragonés en un junio fresco de hace seis años.

Siempre me llamó la atención la afición que sólo existe en la victoria. Esa que cuando huele el laurel asoma emociones y cánticos, y que cuando toca arena desaparece para animar al próximo ganador. Era evidente que al primer golpe caerían mil, haciendo brillar sus navajas en la caída, pinchando aquí y allá, invisibles entre esa gran masa que conforma el ventajismo. Antes de que Van Persie hiciera el empate, ya estaba repasando los argumentos automáticos de la crítica:

  1. El relevo generacional: Robben y Sneijder, ambos de 30 años, fueron un quebradero de cabeza. No parecían excesivamente cansados pese a la edad. Sólo Xabi y Xavi les superan. Éstos dos, por cierto, indiscutibles en los dos mejores equipos del mundo.
  2. Los ausentes: todos los que no están en Brasil lo hubieran hecho mejor. Los mismos que defienden que la clave está en que no hay delanteros en forma, como Callejón (15 goles en el Nápoles), piden a Negredo (9 goles en la Premier). No se echa a muchos defensas en falta, y fue la línea que falló estrepitosamente en el debut mundialista.
  3. Los culpables: todos los jugadores. Ganan mucho dinero, son unos sinvergüenzas. Con la que está cayendo, y a ellos les pagan por pegar patadas a una pelota… Y el entrenador es un flojo que no ha sabido reaccionar. Con Navas, hubiéramos ganado el partido. El fútbol español, en general se viene abajo ¿Qué nos está pasando?
  4. Los míticos: desde las giras de verano, que cansan a los futbolistas, hasta el calor que afecta a la selección, concentrada en una zona más fresca del país. Las temporadas en Europa son muy largas, los jugadores se han cansado de ganar, el césped está muy seco.

Como si España hubiera ganado todos los mundiales disputados hasta la fecha, como si en el único que ha ganado no hubiera empezado perdiendo, y frente a Senderos y once amigos suizos de Bárcenas. Como si se abriera la veda ante un equipo que será incapaz de rizar lo que siempre rizó, como si los mitos no se apagaran nunca y éste apagón nos pillara por sorpresa. Como si no supiéramos que al final todos morimos.

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