in fútbol

El fin del principio

Spain, Granada

Para mí esto es como si una marea, embriagada por el racionalismo, izara en Cibeles una bandera gigante, igualita que la actual, pero con la franja inferior de color morado, y Gallaradón saliera por la ventana del Ayuntamiento, y gritara que sí, que se proclamaba -popularmente- la Tercera República. O como si, en mitad de una noche por el Madrid de los Austrias, Leonor emergiera tras el resuello del último bar, para cogerme de la mano y llevarme a ver cosas que sólo se pueden ver haciendo un cursillo de la NASA, el que hizo Miguel López, antes de ser Alegría.

Ayer sucedió en Viena una cosa que creí que no vería jamás en mi vida. Hay generaciones de futboleros españoles que han muerto sin ver hacer nada a su selección. Que desaparecieron de la faz de la Tierra cuestionándose preguntas que empezaron siéndo sólo preguntas, y acabaron formando el ADN del perdedor ¿Por qué en España, donde el balompié posee semejante atracción, no se ha logrado algún triunfo importante con el combinado nacional?. Ayer se hizo historia.

Toda Italia cantó el himno sin creer que sería la última vez en dos años. La falta de brillo -y de Pirlo, porqué no decirlo- agigantó la figura de los centrales españoles y empequeñeció la de los laterales, demostrando que los apriorismos, en este tipo de competiciones, están construídos sólo para rellenar tiempo y espacio.

El cabrón que siempre escribe los guiones del telefilme que son los cuartos de final para España, ayer tuvo libranza, y el que vino de la ETT de guionistas, no se empapó muy bien de cómo se resuelve la tragedia. No hizo mal llevando el partido a la prórroga, y forzando los penaltis a base de falta de claridad ofensiva, y añadiendo las gotas cítricas en forma de tobillos del ángel Iker, pero no se leyó el argumento general, y equivocó el final. Donde ponía Di Natale o Di Rossi, el novato guionista puso Casillas. Y Fábregas, aturdido, por el cambio de plan de última hora, mientras los de producción decidían por dónde llevar la trama, decidió iluminar el camino, por si las moscas.

De repente lo he vivido. He tenido que pagar el cánon de un fin de semana matador, pero valió la pena. En el gimnasio, en los garitos y en la cama, he quemado tanta energía como Senna ayer sobre el césped vienés. He tenido que evaluar sentimientos encontrados, como Villa cuando besaba el esférico antes de reposarlo sobre los once metros, y he desplegado el talento primario y atolondrado de Silva por ésta y aquella banda. Pero mereció la pena. Otras veces lo he hecho para irme de vacío, para volver a casa, para leer los tópicos groseros en los titulares del día después de cada cita importante.

Entre el ascenso de Sporting y ésto, puede ser el gran año futbolísitico. Y es que cuando has perdido tantas horas con esa jodida lotería geométrica -sólo la geometría salvó ayer el error de Buffon a tiro de Marcos Senna– que se llama fútbol, el coordinador de guiones de la vida -el que nunca libra- te pone en tu sitio con el opio del pueblo. Bendito opio.

Gracias Iker, Carles, Sergio, Joan, Carlos, Marcos, Xavier, David, Andrés, Fernando, David, Santiago, Daniel, Cesc. Gracias. No os podéis imaginar la sinceridad de este gracias.

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