in mis cosas

A Juan

En mi adolescencia no era carne de recreativo, pero para estar en un recreativo no hacía falta ser carne de nada. Cuando se me acababan las cuatro monedas de veinticinco pesetas, todavía echaba una partida más. Si continuaba aferrado a los mandos de la máquina, y esperaba a que comenzara la simulación del juego que finalizaba en “insert coin“, me generaba la ficción de que yo estaba manejando aquella simulación. En todas las partes del mundo existieron recreativos repletos de chavales que soñaban con que las máquinas se confundieran y les regalaran una partida más.

En todas las partes del mundo existe también la teoría de que hay personas que se dedican a la venta ambulante, o incluso a la mendicidad, por pura locura, porque en realidad son millonarios cuya excentricidad les lleva a vender cachivaches, o a pedir, escondidos tras un puñado de palabras escritas en un cartón. He vivido en varias ciudades y en todas hay personas a las que se ve satisfechas mientras transmiten esa leyenda urbana. Resulta muy atractivo pensar que en un mundo en el que sólo nos movemos por dinero, hay personas que lo tienen y aún así no encuentran la paz.

La realidad es que si vendes estampitas, rosarios y figuras de santos, puedes sacar cincuenta céntimos en siete horas a las puertas de la iglesia de San Cayetano. Eso nos lo dijo Juan, uno de esos relaciones públicas que se gasta Lavapiés, y que se forjan a base de calle y vida. Juan es extremeño y vive en la calle del Oso, frente a la que era nuestra casa, así que cuando vivíamos allí nos cruzábamos todos los días: nosotros haciendo las cosas que hace la gente de bien e integrada, y él vendiendo chismes, acompañado por su mujer Marga y su perra Cuqui. A Juan y a Marga les faltaban suficientes kilos y dientes como para no pensar en un pasado complejo. Rechazado por su familia al casarse con una yonki descastada, Juan siempre ha tenido una mirada cálida detrás sus gafas, unas de esas que curan trillones de dioptrías.

Hace casi un año que nos fuimos de Lavapiés. Ayer volvimos a pasear por allí y vimos a Juan y a Cuqui. Marga no superó el verano, y nadie quiso saber nada de ella en los últimos días de su vida. A él le ha surgido la oportunidad de cambiar de aires, de ser propietario de un coqueto apartamento de quince metros cuadrados, pasada la M-30, y de huir de los recuerdos y de los rácanos fieles de Embajadores. Le apetece marchar en busca de aventuras y negocio en San Judas, o Medinaceli. En la bajada desde Tirso a Labrador, como si la ciudad quisiera acompañar el tono de la narración, Juan nos contó su realidad amarga y terrible con una entereza que me pareció increíble.

Siempre he tenido debilidad por las personas con actitud y Juan es el ejemplo más brutal que haya tenido cerca. Larguirucho, con perilla y con una perra ridículamente pequeña, atraviesa con fuerza un mundo en el que no hay culpas ni culpables, pero que se empeña en expulsarle. Es inevitable pensar en que somos productos de nuestras decisiones, y que la vida de Juan no está muy lejos de lo que podría haber sido la mía si hubiera hecho esto, o decidido lo otro. Lo único que sé es que en su situación, viudo y en un cubículo a las afueras de la ciudad, me quedaría esperando que las máquinas se confundieran y me regalaran una partida más. Él no espera, la juega, y aparece para darnos una lección. Yo sólo le puedo dar un post. No tengo más, Juan.

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