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¿Agresor o embajador?

Veo que las grandes empresas empiezan a tener un contacto con las redes sociales que va siendo creciente. Más por el movimiento de los usuariarios en los entornos a esas empresas, que por estar éstas imbricando -qué culto, ¿eh?- el pensamiento social en sus estrategias.

Uno de los puntos de contacto de las corporaciones con las redes, es el comportamiento de sus trabajadores en las mismas, y no me refiero a que los de Compras se tiren todo el día chateando en vídeo con Facebook, o haciéndose con tractores para mejorar la productividad de su Farmville. De lo que hablo es de lo que dicen o dejan de decir mis trabajadores en las redes sociales sobre mí. Esto es: cómo los curritos multiplican la potencia de sus conversaciones del café, en medios a los que puede acceder mucha gente.

En primer lugar, David Bisbal hay uno. Por suerte. Es decir una cagada monumental tiene una gran repercusión si la figura en cuestión la tiene. La mayoría de nosotros tenemos un círculo de amistades muy aproximado al círculo de influencia de nuestras actividades en redes sociales, por lo que, lo que contemos, no llegará a muchos más que lo que se nos escape una tarde tonta de pacharanes en una fiesta.

En segundo lugar, las empresas ponen el acento en lo comprometido que sería que las críticas llegaran a la gente, y no en que su trabajador les critique. Las denominadas charlas de oficinista, basan sus temáticas, en un 65% en rajar de sus empresas: que si pagan mal, que si los de arriba son inútiles, que si no te valoran, que si menganito está enchufado. Son un clásico que todos hemos vivido, y al que los directivos o responsables no creo que sean ajenos. Pero el problema es que eso trascienda.

Por ello las empresas, que suelen emplear complejos sistemas de ventas, gestionados a golpe de impulsos básicos, comienzan a preguntar por el tipo de instrucciones que deben hacer cumplir a sus empleados en redes sociales. ¿Deben firmar un contrato en el que, si hablan mal de mí, les pueda echar?, ¿Vale con una circular?, ¿Puedo contratar a una jauría de dogos argentinos que sepan monitorizar?

En realidad, creo que se trata de puro sentido común, y de no pensar que lo online es un mundo aparte con formas de actuación muy específicas. Es decir, que si alguien filtra en la red documentos confidenciales, el trabajador suele tener, en su contrato, una advertencia al respecto, igual que si saca ese documento en un domingo de picnic con sus amigos. Y, sobretodo, que la mejor defensa, puede ser un buen ataque.

Si las empresas se preocupan de seducir de puertas para adentro, igual que de puertas para afuera, en lugar de ponerse la venda ante lo que harán con los trabajadores descontentos, es posible que lograran revertir la situación, y que convirtieran a sus trabajadores en embajadores de la empresa, también en el online. Es una cuestión que dispara contra la línea de flotación de departamentos de Recursos Humanos anclados en el control y la gestión, y una oportunidad para la implicación y motivación.

No se me escapa, que nuestra generación es la primera que, al contrario que la de nuestros padres, sabe que no se va a jubilar en la misma empresa en la que comienza a trabajar -por suerte-, y esto provoca una reacción defensiva por parte del trabajador, consistente en desafecto y recelo. Tampoco creo que los trabajadores deban ser fans de una empresa, porque sería estúpido y diría poco de ellos, pero sí que se sientan partícipes de la misma, que vean que la empresa les potencia y escucha. Y ese es el cambio fundamental: ¿Puede una empresa que no escucha a sus trabajadores ponerse a escuchar a sus clientes?

PD: Motivación no equivale a paintball. Por favor.

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