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Ana y yo

Hubo una época en la que me dedicaba a crear formatos de televisión para que una señora que tenía un Mercedes SLK Kompresor, a la postre mi jefa, los vendiera, todos fuéramos más felices, y ustedes un poco más incultos. Mi jefa, productora televisiva de la vieja guardia, había hecho fortuna años atrás, y gozaba de un crédito cuasi ilimitado por parte de una conocida empresa de tecnología, exmonopolio de telecomunicación. Saben a qué me refiero. Esa empresa tiene una pata llamada Servicios Audiovisuales, sita en la Ciudad de la Imagen, muy deficitaria, y sólo salvada por contratos a dedo del gobierno de turno. Es la típica estructura que tiene más jefes que indios, con un edificio repleto de secretarias de las secretarias de las secretarias. Ese es el contexto. Un día mi jefa se plantó en la oficina diciendo que había soñado con Ana Obregón, y que eso tenía que ser una señal. Ese es el contexto.

A los pocos días nos reuníamos con la estrella televisiva, que volvía de una estancia en Miami donde, entre otros, había estado con su amigo Spielberg (risas). Desde entonces se engrasó la maquinaria, y comenzamos a trabajar para ella. Para que se hagan una idea, diseñamos un formato de programa de tendencias -en serio-, merced al cual Ana viajaría por todo el mundo haciendo reportajes de lifestyle, por supuesto en primera, por supuesto alojándose en hoteles de cinco estrellas, y cobrando doce mil euros por cada uno de los doce programas, además de parte de la tarta como coproductora. Un talent show, un reality con su entonces pareja Darek… una cartera de formatos que irían presentando de televisión en televisión, con un plato estrella: la vuelta de Ana y los siete, la historia de la empleada del hogar-stripper.

Para plantear la segunda parte de tan exitosa serie, tuve que documentarme y, desde entonces, arrastro taras psicológicas bastante considerables. Ana y los siete difícilmente bajaba del 20% de share en horario prime time, cosa que está muy bien, y que dice mucho de un país. Era una serie en la que la Obregón, como directora de guión, ojo al dato, enviaba un correo los lunes diciendo que quería un capítulo que rindiera culto a su persona, sin miramientos ni disfraz. Así, la segunda parte comenzaba con un accidente de avión en África -así, en general- del que salía milagrosamente viva, pero con una severa amnesia -oh sorpresa-, y comenzando una nueva vida como misionera con nombre francés. Con momento quitarse venda de la cara y no reconocerse y todo eso. Al final de la serie, por si os pica el gusanillo, todo acaba bien. Y en esta puta majadería estuve semanas trabajando, con la motivación de poder compartir proyecto con la estrella clarividente aparecida en un sueño de mi jefa.

Aquella sandez hecha dossier, se presentó en varias televisiones, algunas que nos habían sido bastante esquivas con anteriores proyectos, así que minipunto para la dirección onírica de mi jefa, que pudo reunirse con Paolo Vasile, que invitó a cenar luego a la bióloga, saltándose relación alguna con la productora. De aquella cena Ana se sacó cuatro o cinco bolsos de Gucci, y Paolo el compromiso firmado de que Ana haría cinco apariciones en Telecinco. La última de ellas hace bien poco, en la Caja Deluxe. La serie se vendió a la FORTA, las cadenas autonómicas que, para ese tipo de programas de servicio público siempre encuentran recursos. El día de la firma, Ana se levantó diciendo que no quería rebajarse a aparecer en Telemadrid, ETB, o Canal Sur, y ahí murió el proyecto más abominable desde la Solución Final.

Ayer, a las 17:35, Televisión Española tuvo a bien programar en su canal de máxima repercusión, Ana y los siete. Eso significa dinerito para Ana, como pseudoguionista, como actriz y, supongo que algo de la producción también sacará. Bien merecido se lo tiene. La mano del nuevo gobierno empieza a notarse en las programaciones, y la televisión pública no sólo tira de lata, sino de su mejor contenido, ese que habría que sacar más de cuando en cuando, para recordar, en plena vorágine de Walking Dead, Dexter, Soprano, Lost, y demás barbarismos, que nosotros también tenemos nuestra serie capital, nuestra piedra filosofal patria y que, si somos capaces de contener las náuseas, podemos hasta disfrutar de semejante chaladura megalómana hecha formato televisivo.

PD: No se pierdan la cabecera. Con musicón de José María Cano.

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