in ficción

Atentado

Hace poco estuve en la Fábrica de Cosas que Siempre Siguen Igual. Entrar en ese lugar tiene un componente mágico. Te recibe un retrato de su diosa, Isabel Preysler -aunque el apellido puede ser pronunciado como si se tratara de una familiar del rey del rock-, y tienes que pasar por diversos departamentos. Yo iba a guiones, pero tuve que atravesar Programadores Televisivos, que debatían entre si era mejor opción para el domingo por la tarde poner Tiburón en la 1, o la película de la chica que tiene anorexia y quiere ser bailarina, de Antena Tres.

Las risotadas que salían desde la sala de Bipartidismo retumbaban en todo el edificio, y hacían que se me erizaran los pelos de los brazos. Desde Contenidos, facturaban los costes de enviar las noticias de verano, habían sido jugosos los montos por “La mayor ola de calor en 40 años”, y “Sindicalmente, se prepara un otoño caliente“. Como era de esperar todos seguían en sus puestos, haciendo lo de siempre.

En Guiones andaban de un lado a otro con papeles en la mano. Escritos que hablaban de historias de terror ambientadas en parques de atracciones, comedias románticas que acaban en boda, y películas donde un chico empieza de la nada, triunfa, el triunfo se lo come, y aprende a valorar las pequeñas cosas. Yo dejé mi guión y me fui. Era la historia de un tipo que asumía que el mundo no se podía cambiar, por multitud de razones, principalmente porque el mundo está dominado por seres humanos. Daba todo tipo de razonamientos infalibles y documentados.

Desde el retrovisor del coche vi la explosión, y la brutal humareda que, minutos más tarde, atraparía a la ciudad.

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