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Be cool

“The middle class is a group of sharing and caring social network users who lack the ability to question their online existences in the same way that a Middle American is somehow programmed to never question why they are supposed to start a family, get a decent job, and do their best to raise decent kids”

@hipsterrunoff en grantland.com

Hemos visto muchas veces la misma escena: una persona que jamás juzgaríamos como fanática de la tecnología, adopta una nueva costumbre tecnológica impensable. Pasó con el uso del teléfono móvil, ahora con el smartphone, con tener una cuenta en Facebook, luego en Twitter… ¿Sabes que el abuelo manda fotos con el móvil?, ¿Tu madre también quiere ser tu amiga en Facebook? Cada vez que se da una de estas situaciones, un hispter huye despavorido en dirección contraria, buscando la nueva costumbre que le identifique con algo avanzado y exclusivo. La élite, y el pueblo llano llevan dándose de hostias toda la vida, pero ahora convergen en un punto de huida: la tecnología. Para unos representa el avance constante, y para los otros una señal más del estado teenage en el que pretende vivir eternamente nuestra sociedad.

Se nos dice que la pelea por autoconsiderarse élite, ya no es económica, sino tecnológica, pero el caso de Instagram lo desmentía: acceder a él conllevaba tener un iPhone. Los productos exclusivos tuvieron auge en la red con iniciativas como los correos de Google, o las cuentas de Spotify, para cuyo disfrute debías ser invitado. Eso era lo cool. En un mundo que te habían vendido como abierto, libre, y que te permitía acceder a toneladas de información, tenías un pequeño coto de exclusividad, podías sentirte más importante que Mick Jagger, de quien podías descargarte toda su obra sin problemas y en cuestión de minutos.

La élite buscó un hogar cuando las iniciativas basadas en las invitaciones abrieron la veda a todo el mundo, al “público masivo”, al vulgo. La exclusividad ya estaba en otro sitio: el culto por el iPhone. La aspiracionalidad representada por Apple quedó patente con la muerte de su fundador, y la pleitesía en los medios generalistas, replicados una y otra vez en las redes. Por vez primera asistimos a la identificación con una empresa por parte de miles de personas que, incluso cambiaron sus avatares en las redes por el logotipo de una marca a la que, en muchos casos no pueden acceder. El iPhone conlleva toda la parafernalia de la marca, y también un sobrecoste que lo convertía en minoritario, hasta que cambiaron de estrategia. Cuando el abuelo desenfundó su iPhone, de nuevo los hipsters emprendieron veloz carrera en busca de su nueva religión.

Con la popularización del teléfono de Apple, tenía poco sentido que Instagram fuera una aplicación exclusiva: había perdido aspiracionalidad por vía de su sistema operativo, ya en manos del pueblo llano y sus regalos con las tarifas de datos, así que se adapta a todo el mundo, e Instagram, esa aplicación que retenía para siempre instantes más comunes de nuestras vidas, y los convertía en clásicos bucólicos, sale de las costumbres de la élite a la velocidad con que entra en las del mundo común y corriente. Por mil millones de dólares, parece que vale la pena.

La venta de la aplicación a Facebook es el certificado de divorcio entre la aplicación de las fotos y la élite. “Ahora se ve que lo bueno no era Instagram, era la cámara de los iPhone” comentaban algunos usuarios que no se querían resignar a perder su condición de early adopters. Habrá que buscar otra cosa para ser “especial”, y para que la comunidad de gente “especial” nos reconozca y acepte. Tal vez Pinterest, o el enésimo intento por el triunfo de la geolocalización, o Vkontakte, o Qzone, o iBibo

Seguimos buscando herramientas para demostrarle al otro y a nosotros mismos lo que molamos. Como decía PalahniukCrecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine, o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos” Pero en lugar de cabrearnos como en la novela, y montar un club en lugar secreto en el que nos liemos a mamporros, decidimos vivir en la ficción de que sí somos millonarios (triunfan las delicatessen, los lugares exclusivos, la cocina de autor…), dioses del cine (protagonizamos la película de nuestra vida con vídeos, fotos, textos…), y estrellas del rock (followers, fans, seguidores, suscriptores…)

No liarse a mamporros tiene consecuencias positivas y negativas. La buena es que nuestro cuerpo sufre menos o, viendo la composición de los menús de McDonnald´s, sufre de otra manera. La mala es que la huida de la realidad es sólo eso: huida. La búsqueda constante de la personalidad online nos convierte en previsibles y manejables. La mierda está ahí fuera, esperando nuestro filtro lomográfico para que parezca una adorable mierda, pero sigue siendo una mierda. Una puta mierda. La puta mierda con la que nos engañaron.

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