in mis cosas

De Bucles

Volver al metro en hora punta es volver a la ciudad. A las novelas al peso, a los olores. Joder, a los olores. La gente huele mal desde primera hora de la mañana. No han empezado sus jornadas de oficinistas, no han comenzado el carrusel de vídeos de youtube y jueguecitos para pasar las horas, y su transpiración ya es una capa insoportable que les coloca en el mercado de los guarros cuando, se supone, tienen contrato en la plantilla de los limpios. Y blindado, dirán a sus amistades.

El poliester es el peor enemigo del trabajador, del currito, del white collar worker, que es tan blue como Frank Lampard. La primera gota de sudor, esa que se presenta con el cambio de temperatura ente la nevera de las ocho de la mañana y el horno del suburbano, multiplica sus nefastos efectos oloríficos gracias al tejido de moda, al puto plástico. Cuando te hablan de ropa que no necesita ser planchada hay que sospechar que tiene truco, ya que todo en esta vida tiene reverso.

Ellos lucen camisas chungas, baratas, de El Corte Ingles (y nuestro buen amigo Dustin) y ellas se embuten en tops coloridos si tienen tipo que lucir, o discretos si presentan su candidatura a miss Morcilla de Burgos 2011. Pero todos huelen fatal. Enseguida entra la cascuda con su colonia cascuda con su aroma cascudo, que impide que puedas dar de sí los pulmones, como si te pusieran un palo en los radios de la bicicleta. Eso es la ciudad.

Leemos diarios gratuítos, que es prensa sms, captamos opiniones de office para poder sociabilizar y ser normales en el café de máquina, o hacemos sudokus porque somos superinteligentes. Las guapas apartan la mirada, no vaya a ser que las violes en el vagón. Con saberse deseadas les basta. Ellos fichan canalillos. A machete. Como si las tías fueran gilipollas. Son piropos de obra en versión mute. Nadie ríe. Nadie. El metro es un sitio que transporta gente que se viste de triste.

Obreros que, por su aliento, desayunan chococríspis con cazalla, latinas con una gama cromática en su laca de uñas, que deja la galería Leandro Navarro a la altura del betún. Llego al curro, abro sesiones, leo el correo, los feeds, miro agenda, salgo a fumar, entro en el bucle “buenas“, como mal, le doy vueltas al coco,  se las vuelvo a dar, salgo a fumar, sigo en el bucle “buenas“, le vuelvo a dar vueltas, las encierro en un PPT y me voy. Vuelvo a casa. Saco a Nico, veo a gente, tuiteo, veo a gente, y a las diez me doy cuenta de que llevo todo el día en la ciudad. En una ciudad sin nombre, pero con ley. Son las diez, tengo la ventana de arriba abierta y oigo cómo los pájaros cenan en zigzag.

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  1. Se deberían inventar las nariceras, especie de bolsa con aroma a…lo que mais te guste. También las ojeras (que no es que haya que inventarlas, ya existen), pero me refiero a algo que tapara los ojos tipo la pantalla de terminator que tiene al mirar, y poder poner un vídeo de una playa o something like that. Y también, por qué no, un escudo que proteja tu espacio vital con un radio de medio metro por lo menos. Así el metro a las siete de la mañana sería un lugar encantador.
    Pero no, estás en la puta capital con más de cinco millones de personas, que igual que usté están hartas de la ciudad de Mad-rid.
    Por cierto, me encanta eso del “piropo de obra en versión mute” olé.

  2. Nos recordamos de muchas ciudades, escenas, personas, familia, amantes…por olores, confesables o no
    Buen articulo