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Cabeza de caballo

Mi amigo Mandi decía ante la comida del comedor de la facultad, que si nos daban carne de rata nos lo deberían cobrar a precio de rata. Seguro que hoy estará diciendo lo mismo con el caballo. Habrán oído la polémica de la carne de caballo en un escándalo con las  hamburguesas de Eroski y Alipende de por medio. En tiempos en los que el concepto ciudadano anda con una estocada baja, y el consumidor le ha comprado la plaza como decisor social, la OCU es el nuevo sindicato: un órgano con el que el humilde se siente representado y que defiende sus derechos, por supuesto, como consumidor. También habrán oído, pero menos, cómo han caído marcas como Buitoni, de Nestlé, que es un buen anunciante en tiempos malos para encontrar buenos anunciantes. Poco después Ikea se sumó al carrusel con sus albóndigas, y desconozco la cantidad de marcas que habrán estado comerciando ese tipo de carne y que habrán reculado con velocidad al destaparse la polémica.

Mi amigo Emi nos contaba cómo su tío, allá en Argentina, vive bien de una granja de lombrices, como proveedor de una famosa cadena de fast food, que incluye esta proteínica carne entre la mezcla del compuesto al que luego llaman hamburguesa. Más que por el ahorro, que también, este tipo de gigantes de la distribución de alimento tienen que buscar soluciones de conservación del sabor y el color a las materias que viajan durante días y para las que el cliente exige una relativa frescura, sabor y color. El mundo en el que se dejan las manzanas feas y se escogen las que son de anuncio, tiene una trastienda rancia y horrible que anda entre las toneladas de “comida fea” que se tiran, y las de comida obligada a estar guapa a toda costa.

Hoy Ikea se ve obligada a retirar una tarta por contaminación fecal. Hablamos de una multinacional del mueble de diseño accesible que ofrece menús de pasta, zumo y yogur a un euro, y se ha convertido ya en un comedor social. Y la ristra continuará. Siempre pensé que la gente saldría a la calle de verdad y con muy malos modos, cuando empezaran a pasar hambre, pero por ocho euros se sigue pudiendo salir a cenar fuera un sábado. Por un euro tenemos una presunta hamburguesa, o veinte albóndigas. Hace muchos años no todas las familias se podían permitir un chuletón. El proletario (el de cuello blanco, si quieren) ha tenido acceso a lujos antes inalcanzables, que no son más que mentiras sobre los que ha cimentado la ficción de pertenecer a una especie de clase media.

Hace un tiempo tuve la oportunidad de comer en un club de élite. Los platos que elegí fueron verdaderamente sencillos y, de entre ellos, me quedé con una manzana de postre, que me transportó a un mundo desconocido: el de la fruta que sabe a fruta. Sólo con el primer bocado me cercioré del engaño en el que vivimos, de que el sabor o la calidad, siguen reservados a determinadas clases que no le van a pegar un mordisco a cualquier cosa. Mantener la escenografía de la clase media cuesta bastante. El problema no está en que las proteínas nos vengan de la lombriz, y no de la ternera, o del caballo que probó el Comidista sin demasiado entusiasmo, sino en las dos consecuencias del engaño. Una la ruptura de la confianza en quien nos alimenta, que se viene a unir a la desconfianza en quienes nos gobiernan, dan empleo, guardan nuestro dinero, o curan. Otra, la pertenencia a la clase media como palanca fundamental de marketing, con ese empeño por no llamar las cosas por su nombre, esa normalización de la mentira, de la que luego nos extrañamos tanto.

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