in ficción

Cartón piedra

Siempre que pienso en Neil Armstrong, fantaseo con la idea de estar en la piel de quien hizo el gran viaje, del mito del coolpacker, de la apoteosis del jubilado y pensionista. Un viaje, pagado por el Estado, muy muy lejos con buffé libre. Me gusta pensar en el camino de vuelta, que es el que nunca acaba, porque Neil, como es natural, nunca acabó de volver. Imagino todos esos años, oyendo hablar del montaje del viaje a la Luna, viendo cómo se aviva la incredulidad, y extrapolo situaciones en otros entornos laborales. El fontanero cuya mejor instalación es puesta en tela de juicio por una gran masa de gente que cree que los grifos funcionan porque los han trucado, pero que, en realidad, el fontanero nunca puso esas cañerías. O el administrativo que, tras crear el mejor cuadro de Excel de su carrera, ve youtube plagado de vídeos en los que demuestran que su archivo es una gran mentira de cartón piedra.

Supongo que a su regreso, la Tierra le parecería de cartón piedra a Neil, porque la vida es de cartón piedra. Todo en el mundo tiene su reflejo en cartón piedra, visualmente idéntico, pero ligero y vacío por dentro. El mundo cada vez se parece más a esas tiendas de muebles, cuyas estanterías se adornan con carcasas de televisores, y montones huecos de libros. Los montones de libros se producen en packs de cuatro, y con lomos antiguos, que son los libros que te debería gustar tener en casa, como esos comerciales de Planeta, que aparecían con el metro, y forraban estanterías con colecciones a medida. A mi abuelo le vendieron la colección de premios Nobel de literatura, y la de premios Nadal. La primera se la leyó entera, de los Nadal sólo llegó a leer Balada de Caín, de Manuel Vicent, porque murió antes de seguir. Siempre consideré que la editorial Planeta debería sustituir a sus lectores fallecidos, para garantizar la satisfacción ante la compra. Esperaba que me trajeran una versión de cartón piedra de mi abuelo, y que la pusieran en su silla hasta que terminara con la colección de los Nadal, pero eso nunca sucedió.

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  1. Yo compré los premios Nadal y me regalaron los premios Ateneo de Sevilla; ah! y una mesita con estantería ad hoc, que venía preparada para montarla uno mismo con sus espiguillas, su cola de carpintero, y el pertinente croquis, vamos, que los de IKEA no han inventado nada nuevo porque te estoy hablando de la treintena de años.

    Si hablamos de hace 43 años te puedo decir que yo, con mis 12 años, me chupé de cabo a rabo el alunizaje de marras, desde las maniobras de aproximación, hasta el saltito de Neil Armstrong, todo ello profusamente narrado por Jesús Hermida y visto en una televisión marca Refrey, en blanco y negro, por supuesto.