Más cine, por favor

Anoche Un turista entre un millón se llevó el primer premio en la décima Muestra Alcarreña de Cortometrajes. Vaya por delante que un servidor de ustedes es uno de los protagonistas del mismo, por lo que el premio me hace ilusión y me produce alegría por el equipo. El Centro San José se llenó-una vez más-  para ver catorce cortometrajes hechos en Guadalajara, o por gentes de Guadalajara, y pudo disfrutar de una serie de películas exhibidas en un formato aplastante, pero que parece el más dinámico posible: en tandas de cuatro o cinco. Vaya por delante que me pareció lamentable que sólo el presentador de la noche, Isra Calzado, tuviera un recuerdo para reivindicar la reapertura del Teatro Moderno, corazón del Cineclub Alcarreño, y cuyo cierre representa la condena de la cultura ante los desmanes políticos.

Para mi la noche tuvo reencuentros con gente a la que hacía tiempo que no veía, pero con los que me reúno en saraos de esta naturaleza. Son saludos llenos de cariño, nostalgia, y relatos de futuros proyectos en los que todos podríamos encajar. Al final de la noche hablamos de las pelis y, como siempre pasa en el mundo del cine, nos comemos la pollas unos a otros. Los premios se repartieron mediante jurado popular, y el sistema de valoración de las películas era una papeleta con dos votos por papeleta, por aquello de evitar que cada cual vote solo a su propia película.

La exhibición me permitió ver grandes deseadas como La presa número 7 de Luis Moreno, una producción excelente que ha originado una serie de leyendas equiparable al rodaje Apocalypse Now -más de seis años de proyecto-, o Sun, sand, survival, de mis queridos Álvaro Moro y Óscar Cavaller, cuyo primer montaje pude ver hace unos meses, y que supusieron un salto cualitativo abismal con respecto al resto. La primera es una reflexión pretenciosa pero más que interesante, y la segunda un homenaje a la luz, un festival de fotografía catapultado por un par de magníficos actores. Ninguna de las dos supo enganchar con sus historias. Por lo menos a los cuatrocientos del San José.

Los que sí le tienen cogido el punto al público son los chicos de La Quimera En Corto, que recibieron premio por la historia del gato Quentin en Nihilista, de Laura Benito, y también por la excelente pakistaní, de Daniel Ramírez, que cuenta una historia que sabemos de una forma que sabemos y con un final que conocemos, pero como nadie lo había hecho hasta ahora. La Quimera representa el gusto del público y las habilidades para comunicarlo: más ágil, más directo y más publicitario, si quieren, y con todo el recorrido por hacer.

En esa línea de homenaje al entretenimiento encontramos Canapé, de Elvira Ongil, un corto que merece ser regrabado, al nacer muerto por un sonido horrible. Uno de los principales hooligans del cine como herramienta de entrenetimiento en la provincia, Manolo Peco, no podía fallar con su Pequeño Diablo, que ganó con la exhibición en mitad de un festival, en el que también merece mención la delirante Recíclame, por favor, de Antonio Ruiz García, que resultó ser una de las favoritas del público, igual que  la muy atrevida La técnica Schiffer, de Carlos Gómez-Trigo, que nos sorprendió con un requetecorto genital. ¡Gracias!, de Nacho Hidalgo supuso el primer gran punto de una noche que tuvo momentos dramáticos con Eyengui, de Luis David Pedroviejo, con un gran Jesús Chicharro en el papel protagonista, pero con una historia que se podía contar en muchos menos minutos. Chicho se comía los focos también en Te extraño tanto, de Conrado Berlinches, otro clásico de la ciudad, que presentó una historia plana, salvada por las interpretaciones y una gran fotografía.

Tiempo, de Basilio Rodríguez, y Usar y tirar de Marcos Abad, pusieron la nota social más evidente con dos cintas muy diferentes pero con mensajes muy claros. Esperemos que sus directores sigan con ganas de hacer más cosas, porque hacen falta nuevos nombres y un bullir de gente con interés por contar.

Tras el veredicto del jurado ha habido polémica y voces críticas. Hay quien piensa que el premio estaba cantado, dada la popularidad del director, Julián de la Fuente, entre el respetable. Seguro que es así. Es evidente que Sun, sand, and survival y La presa número 7 debieran haberse repartido el premio, o pelearlo con Té Pakistaní, pero el jurado popular vive de historias que les calen, y suele mirar con desprecio los alardes técnicos. Al jurado popular le dan igual los tocamientos de los directores y, probablemente no valore un huevo interpretaciones, iluminaciones, o sonidos impolutos, y creo que es sano asumirlo. Es evidente que la ganadora Un turista entre un millón, no era la mejor, ni probablemente estaba entre las tres mejores películas que pudimos ver -en gran parte por mi floja actuación, que desentona con con el resto del reparto, y por la ausencia de ambientación musical, o la necesidad de un mayor ritmo-, pero seguro que fue la segunda opción de casi todo el mundo.

Julián de la Fuente se llevaría cualquier premio otorgado mediante votación popular, entre otras cosas porque el noventa por ciento de los que nos reunimos allí, empezamos a hacer cine después de que Julián llamara a nuestro teléfono. Porque el cine de Guadalajara no puede entenderse si el voluntarismo, el carisma, el esfuerzo, el sacrificio  y el cariño de Julián, que tuvo el reconocimiento de la Diputación Provincial, del público, y de un servidor. Tal vez para otros años varíe el sistema de elección, y me parecería fenomenal. Llámenme idiota, pero creo que lo importante era que cuatrocientas personas disfrutaran de una de las pocas cosas que todavía nos reconcilian con la humanidad: aplaudir historias, celebrar creaciones.

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Un turista entre un millón

Ya está aquí. Casi todos los mundos casi siempre son peores de lo que parecen. El mundo del cine siempre es peor. El guionista sale del síndrome de la hoja en blanco para entrar de cabeza a partirse la cara con el director. Éste deja de lado la creatividad para convertirse en un gestor, fruto de la relación con los productores, que suelen hacer y deshacer a su antojo. Los rodajes son eternas jornadas de espera para los actores, y maratonianas para los técnicos. Y luego vienen los meses de montaje y postproducción, tiempos nada vistosos, en los que se localizan los diez millones de fallos de producción.

Ya está aquí. Llega el momento del estreno, donde el productor verá si la idea por la que apostó sigue viva, el guionista averiguará si el resultado final se parece en algo a lo que había imaginado, el director si valió la pena el esfuerzo, y los actores… bueno, los actores vamos a comer canapés gratis y ponernos ciegos a Möet&Chandon.

Ya está aquí. Mañana mismo se pre-estrena Un turista entre un millón, de Julián de la Fuente, en Lupiana (Guadalajara) escenario del cortometraje. El sábado se estrena en Guadalajara capital, en el marco de la Muestra Alcarreña de Cortometrajes. Aquí dejo un detalle:

 

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El turista un millón (o la reivindicación del bigote)

Julián de la Fuente es de esas cosas raras que pasan que, en este caso, tiene nombre de persona, DNI, y representación carnal, pero que en realidad es energía y daría igual que hubiera tomado forma humana, o que no lo hubiera hecho. Julián es unas gafas, unos andares raros, y mucha paciencia. Sólo tiene que chascar los dedos y veinte personas ocupan un pueblo, como sucedió el pasado fin de semana en Lupiana (Guadalajara). Julián es a las ciudades lo que Tom Cruise a Cocktail, pero las ciudades pasan de los centros magnéticos como él, porque su energía se desarrolla en el mundo de la cultura, que a efectos administrativos es mucho menos mundo que cualquier otro mundo.

Julián dirige rápido desde que la digestión de un fracaso de los que hacen época y mella se le hizo bola. Y se explica. Julián tira un plano y lo discute con el equipo (sobre todo con Mario y Dani), y se deja asesorar muy poco, porque tiene la manía de dar explicaciones y de no tirar por el camino del medio. Hay un punto cuando alguien dirige un proyecto en el que se saca del cajón un “porque me sale a mi de las pelotas“, pero él nunca abre ese cajón, y por eso ocupa pueblos con chasquidos. Y ocupan la escena dos autobuses de una boda de malayos, y llega el vendedor de melones, y va Julián escoltado por José, de lado a lado de la Villa.

A mi me llamó para protagonizar el corto, y me rodeó de actores de puta madre, así que el viernes andaba pensando si es que le debo dinero, o algo peor. Carlos Bernal, Poli Calle y Carlos Jano vuelan. Igual parecen despistados y en la primera toma no andan muy pendientes de las marcas, pero desde la segunda cogen a sus personajes y los hacen volar. Recibir un texto de un papel y hacerlo carne tiene arte, no se crean. Miren, Poli Calle ha construido un personaje de cinco frases, y le sobraban dos. Jano es un payaso de la vieja escuela, que siempre es nueva y saca de la chistera carcajadas de oro. Hacer reír sólo con andar, mirar, o girar la cabeza, es algo casi mágico. Y luego está Carlos. Carlos es una voz que a la vez son puñales que acribillan cada escena. Y en medio yo, don elmétodomelabufa, don losactoressongentequeactúa, don estolohacecualquieraconunpocodemorro, don sontodotrucos.

Es muy difícil absorber más en menos tiempo. Aprender cómo unos señores crean un personaje, aprender de las charlas con mis compañeros entre escenas, de esa energía a la que llamaremos Julián, que reparte lisonja a granel para revivir al personal, y de esa extraña motivación de las personas de producción y arte (Elvira, Laura, Ana, Adela, Nacho…) que, por amor al cine, esperan el final de la última escena, un domingo a las cuatro y media de la madrugada. Muchas lecciones en muy poco tiempo y, a cambio, sólo me tuvieron con una pierna escayolada, me zarandearon, me llevaron en volandas y me arrastraron bajo un remolque en seis o siete tomas. Para que luego digan que el cine es caro.

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Ana y yo

Hubo una época en la que me dedicaba a crear formatos de televisión para que una señora que tenía un Mercedes SLK Kompresor, a la postre mi jefa, los vendiera, todos fuéramos más felices, y ustedes un poco más incultos. Mi jefa, productora televisiva de la vieja guardia, había hecho fortuna años atrás, y gozaba de un crédito cuasi ilimitado por parte de una conocida empresa de tecnología, exmonopolio de telecomunicación. Saben a qué me refiero. Esa empresa tiene una pata llamada Servicios Audiovisuales, sita en la Ciudad de la Imagen, muy deficitaria, y sólo salvada por contratos a dedo del gobierno de turno. Es la típica estructura que tiene más jefes que indios, con un edificio repleto de secretarias de las secretarias de las secretarias. Ese es el contexto. Un día mi jefa se plantó en la oficina diciendo que había soñado con Ana Obregón, y que eso tenía que ser una señal. Ese es el contexto.

A los pocos días nos reuníamos con la estrella televisiva, que volvía de una estancia en Miami donde, entre otros, había estado con su amigo Spielberg (risas). Desde entonces se engrasó la maquinaria, y comenzamos a trabajar para ella. Para que se hagan una idea, diseñamos un formato de programa de tendencias -en serio-, merced al cual Ana viajaría por todo el mundo haciendo reportajes de lifestyle, por supuesto en primera, por supuesto alojándose en hoteles de cinco estrellas, y cobrando doce mil euros por cada uno de los doce programas, además de parte de la tarta como coproductora. Un talent show, un reality con su entonces pareja Darek… una cartera de formatos que irían presentando de televisión en televisión, con un plato estrella: la vuelta de Ana y los siete, la historia de la empleada del hogar-stripper.

Para plantear la segunda parte de tan exitosa serie, tuve que documentarme y, desde entonces, arrastro taras psicológicas bastante considerables. Ana y los siete difícilmente bajaba del 20% de share en horario prime time, cosa que está muy bien, y que dice mucho de un país. Era una serie en la que la Obregón, como directora de guión, ojo al dato, enviaba un correo los lunes diciendo que quería un capítulo que rindiera culto a su persona, sin miramientos ni disfraz. Así, la segunda parte comenzaba con un accidente de avión en África -así, en general- del que salía milagrosamente viva, pero con una severa amnesia -oh sorpresa-, y comenzando una nueva vida como misionera con nombre francés. Con momento quitarse venda de la cara y no reconocerse y todo eso. Al final de la serie, por si os pica el gusanillo, todo acaba bien. Y en esta puta majadería estuve semanas trabajando, con la motivación de poder compartir proyecto con la estrella clarividente aparecida en un sueño de mi jefa.

Aquella sandez hecha dossier, se presentó en varias televisiones, algunas que nos habían sido bastante esquivas con anteriores proyectos, así que minipunto para la dirección onírica de mi jefa, que pudo reunirse con Paolo Vasile, que invitó a cenar luego a la bióloga, saltándose relación alguna con la productora. De aquella cena Ana se sacó cuatro o cinco bolsos de Gucci, y Paolo el compromiso firmado de que Ana haría cinco apariciones en Telecinco. La última de ellas hace bien poco, en la Caja Deluxe. La serie se vendió a la FORTA, las cadenas autonómicas que, para ese tipo de programas de servicio público siempre encuentran recursos. El día de la firma, Ana se levantó diciendo que no quería rebajarse a aparecer en Telemadrid, ETB, o Canal Sur, y ahí murió el proyecto más abominable desde la Solución Final.

Ayer, a las 17:35, Televisión Española tuvo a bien programar en su canal de máxima repercusión, Ana y los siete. Eso significa dinerito para Ana, como pseudoguionista, como actriz y, supongo que algo de la producción también sacará. Bien merecido se lo tiene. La mano del nuevo gobierno empieza a notarse en las programaciones, y la televisión pública no sólo tira de lata, sino de su mejor contenido, ese que habría que sacar más de cuando en cuando, para recordar, en plena vorágine de Walking Dead, Dexter, Soprano, Lost, y demás barbarismos, que nosotros también tenemos nuestra serie capital, nuestra piedra filosofal patria y que, si somos capaces de contener las náuseas, podemos hasta disfrutar de semejante chaladura megalómana hecha formato televisivo.

PD: No se pierdan la cabecera. Con musicón de José María Cano.

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Teatro de Cámara

Ponerte delante del público y despertar sentimientos no es fácil. Quienes se sientan hoy a interesarse por las historias, son espectadores profesionales, ciudadanos de un mundo convertido en espectáculo. Acostumbrados a que de lo cotidiano se haga show, a encontrarse cada día con datos históricos, con momentos únicos e inigualables: partidos deportivos, elecciones, decisiones, conflictos vividos como fundamentales, como definitivos, como únicos, como “del siglo”. Porque sólo lo espectacular vende, y sólo lo que vende sobrevive, y de esa sociedad del espectáculo llegan cada sábado cien representantes para llenar un pequeño teatro en busca de sensaciones.

Ponerte delante del público y despertar sentimientos es doblemente difícil cuando lo haces por el camino más largo, el que no se lleva, el que no pasa por la naturalidad, el que utiliza el exceso de pompa, los personajes afectados: el universo de Dostoievski. El sábado el pequeño Teatro de Cámara Chéjov (San Cosme y San Damián, 3) abría sus puertas en una de sus últimas noches de farsa. El teatro se hunde por muchos motivos. Lo llaman crisis como forma de resumir el argumentario, pero ya saben que si algo me gusta es rescatar lo que se queda fuera en los top five, los detalles.

No les voy a engañar, no voy a ir de guay, fui porque mi mujer sacó las entradas y era ella la que le tenía ganas. De no ser por eso yo me hubiera quedado en casa viendo Sálvame, como los cuatro millones de fantasmas que no lo reconocen, pero que lo siguen cada sábado. Y por eso va a cerrar sus puertas. Ni más, ni menos. Los grandes números siempre mienten, y los del teatro mienten con arte porque es su profesión. Llevan años hablando de la buena salud del teatro, justificándose en datos de facturación tramposos. Son irreales porque cuentan con el boom de los musicales, esos espectáculos sacacuartos de medio pelo. También cuentan con los altos precios de obras repletos de actores televisivos, cuyos espectadores pagan gustosos por ver de cerca a sus ídolos, y por último suman el teatro de autor subvencionado. Pero el teatro está tan vivo y tan muerto como siempre.

La cuestión es que puedes andar cagado de frío por Antón Martín, con las manos hundidas donde creemos que los bolsillos generan el calor, dejando atrás el café y las letras de La Fugitiva, habiendo anotado una sesión de los Doré a la que nunca irás, puedes precipitarte barrio abajo, y puedes plantarte en la puerta del Chéjov y entrar. Si lo haces puede que te encuentres con dos actores interpretando Noches Blancas, buscando despertarte sentimientos. Y puede que lo consigan.

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Por ser constructivo

Es lo más fácil del mundo. Bueno, entre las tres cosas más fáciles del mundo, junto con enfadarse y cogerle miedo al dentista. Me refiero a rajar del cine español. Pero no voy a entrar en tópicos sobre si el tema siempre es la Guerra Civil -hace poco salió la estadística: sólo el 16% de las pelis españolas van de la Guerra Civil-, o si una peli sin putas, travestis o yonkis, no es una producción patria, porque para eso ya están los que se pasan las tardes en La Latina recomendando a Truffaut.

Tampoco en el rol de la prensa en esa monotemática industria: que si se siente encasillado en el papel, que si fueron difíciles las escenas de cama, que si le gustaría trabajar con Pedro Almodóvar, que si prefiere tele, teatro o cine… No, por una vez en la vida quiero lanzar un post constructivo, y no destructivo. El otro día veía Raquel busca su sitio, la serie protagonizada por ese mito que se llama Leonor y se apellida Watling. Siempre que intenta mostrar una contrariedad moral, hace el mismo gesto con la boca. Gesto que repite en cada peli, en cada capítulo en cada escena.

No sólo aquí, en yankilandia Ben Affleck es especialista en mostrar el mismo gesto cuando la escena requiere algo de vena dramática: pone cara de estar oliendo mierda. Y le vale para todo. Luego te pones a ver la serie de policías de Eduardo Noriega, y te cagas tanto que Ben Affleck podría hacer el jodido Otelo. Todos tan lamentables… el propio Noriega -se puede percibir claramente- piensa en el texto que tendrá que decir, mientras su compañera de escena sobreactúa la suya.

En definitiva propongo que seamos sinceros. En España hay, como mucho tres o cuatro buenos actores. Bien, pues creo que por petición popular, y lucharé por incluirlo en el decálogo del 15M, esos tres o cuatro actores deberían hacer todas las series y películas españolas. Que cambien la serie, el guión, los personajes, pero que los actores sean los mismos. Que no nos hagan pasar vergüenza ajena. Que no nos obliguen a tener la tele puesta con el culo apretado.

PD: Este spot me parece mítico. Deténgase en el segundo 23. Esa parada, ese silencio que dice tanto, esa contención, ese trabajo de introspección.

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La importancia de un buen guión

Brutal La Noria el sábado. Brutal. Un ejemplo de búsqueda de la mierda por encima de todas las cosas. Si hace unas semanas pudimos disfrutar de la fábula del muñeco roto con el desparecido Chapis, esta semana se rebuscó en la basura patria para sacar a Poli Díaz. Se trata de un rival muy sencillo para la táctica de Jordi González, periodista que siempre va de “profesional serio que se encuentra por casualidad en un estercolero“, y nos deleita con caras de incredulidad antes los malos modos y las declaraciones fuera de tono de las víctimas.

El púgil compareció, balbuceando sandeces aplaudidas por los sofisticados Matamoros, Jiménez Arnau, y compañía. Lecciones de moralidad barata. Patadas a la ética. Carnaza agradecida por un público ávido de desgracia ajena. Y no va mal servido.

Después pudimos ver un reportaje de investigación ejemplar. El 15m desde dentro. Reportaje con cámara oculta en el que nos contaron sin tapujos el cansancio ante asambleas interminables, y las quejas ante la suciedad de Sol. Me gustaría ver ese tipo de reportajes en un buen puñado de ayuntamientos españoles. Me gustaría que el chavalín que apareció como “encargado de comunicación” del movimiento, hubiera sido profesional, hubiera estado atento al contenido del programa, y hubiera visto el gran reportaje que antecedió a su entrevista, es decir, hubiera sido un buen profesional de la comunicación. Para la redacción de Telecinco: existe una gran diferencia entre decir que “podría haber hasta cucarachas”, y enseñar que hay cucarachas. Pero claro, el público no lo percibe.

Para rematar, debate “plural”en la mesa. La pluralidad significa tener tres periodistas vinculados al PP, y otros tres al PSOE. Seguro que tienen una gran imagen de un movimiento que, lo primero contra lo que atiza son los partidos. El 15m decidió no jugar en la liga de los medios, sin darse cuenta de que eso no es decisión suya. Guardar silencio ya no es un acto de rebeldía, es pelear con las manos atadas. Movimiento deglutido, y carpetazo. Tan germen de un cambio, como el movimiento antiglobalización que se reveló contra el FMI en Seattle, o en Génova. Ni más, ni menos.

Tengo la sensación, que de la observación de los movimientos en las organizaciones de poder, podemos aprender mucho. El movimiento masivo de Seattle (1999), calificado en principio por los medios de “carnaval”, sirvió para alimentar a los medios, que les enterraron bajo la etiqueta de “antisistema”. Perseguían el mismo objetivo que determinada cúpula neocon en el propio FMI: cambiar las políticas económicas. Cada uno en un sentido diferente, claro. Los segundos, conocedores de que las historias han de ser bien tramadas, lograron meter a Strauss-Kahn en la trena, aplaudidos por la masa unánime. A las pocas horas de la detención, hasta la última señora del mercado más recóndito del sur de España, sabía que ese tipo era un mujeriego (juicio popular por la vía rápida, masa indecisa convencida).

En el prime time de Telecinco, o en las más altas esferas, lo importante es el guión y, de momento, el guión siempre sirve a los mismos. Y gira la noria.

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Zapeando

-Intereconomía está necesitada. Al igual que hace un tiempo, cuando Juan Manuel de Prada (la gran esperanza de las letras españolas, portada de El País Semanal, en su momento) aparecía pidiendo pasta, como si de un callTV se tratara, se ve que el millón de euros mensual que ingresan, no da para mantener el rigor periodístico del que hacen gala. Hace poco rompieron la explotación comercial que les hacía Publiseis (La Sexta, sí, La Sexta), por nosequé de una presunta irregularidad con respecto al concepto de competencia. Pues eso: acoquinen, hagan el favor.

-La sección Spain is different viene de la mano de Ortega Cano, que desde su accidente tiene una especie de palco de honor, por ejemplo, en elpais.com. El planeta entero está en vilo ante la evolución del matador de toros. Magnífico detalle de nuestro rotativo de referencia.

-Telecinco aplica el concepto transmedia al contenido. Consigue que asociemos el día a día de las princesas de barrio, con analistas políticos que comparten plató, y media hora más tarde saltan a sus informativos hablando de impuestos, primarias, o política extranjera. Los estrenos de las series son noticias, sus concursantes serán futuros famosos, futura noticia. Un micromundo que ha fagocitado a Cuatro, y tiene en su poder el entretenimiento de cinco millones de compatriotas.

-Ayer pudimos ver el último programa de Gafapastas en La2, un formato entretenido, descarado y sin ambiciones. Algo diferente y fresco, y una lección de autoparodia. Todas las características anteriormente citadas, son motivo legal para ser suprimido de la parrilla. Los listos sólo ven la tele después de la comida. En cuanto acaba Jordi Hurtado, vuelven a Baudelaire. La2 es como ese libro que viste tanto, que tiene una pinta tan buena, que nunca tienes tiempo para leer.

-Mi gran sueño húmedo era ser redactor de Corazón Corazón. Ese tipo de prensa se está perdiendo. Frivolidad casposa y de guante blanco. Documentos word repletos de expresiones como “nuestro malagueño más internacional”, “…nos recibió en su casa de Puerto Banús“, o “La guapa modelo lucía, embarazadísima, un vestido premamá de…”. Lástima de vicisitudes laborales.

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Sálvame

Hay pequeños momentos, inapreciables, que hacen historia. Aunque no lo crean, Sálvame ha aportado más a la historia de la televisión, de lo que podrán hacer decenas de temporadas de Redes. No parece excesivamente novedoso crear un contenido divulgativo, por más cercana que Punset convierta a la ciencia. Tampoco es nuevo orear en público las desvergüenzas de la España cañí.

Lo que convierte a Sálvame en un documento a estudiar, es el tratamiento brutal que le confiere a las formas. Si bien Telecinco abrió la veda hace más de una década con Qué me dices, con un formato que mezclaba agresividad y frivolidad -estupidez al fin y al cabo-, el programa de Jorge Javier Vázquez ha logrado hacerse con los detalles. Es el metaprograma por antonomasia, un formato autoreferencial, que devora y agota los contenidos que él mismo produce.

Ya no es que se moleste en crear mentiras para vivir de ellas, como hacen muchos medios considerados serios -¿Eh, Pedro Jota?- sino que convierte a los tertulianos en tertuliados y viceversa. Juega con roles a su antojo sin asombro alguno por parte del espectador, que un viernes puede ver como horrible a la persona a quien alabará en una semana. A nivel técnico todo se dinamita desde la base. La calidad de las imágenes y del sonido de los vídeos pueden llegar a ser pésimos, sin perder un ápice de su credibilidad.

La primera bomba formal, es el estallido del eje, de la perspectiva, la salida del sacrosanto plató, la ruptura del plano hacia lo que se esconde tras la cámara, con toda naturalidad, sin importar los cambios de luz, o el dar publicidad a la trastienda. Los micrófonos no se apagan, reinando alboroto del que siempre se pesca algo utilizable. Planos de segundas jugadas: tertulianos comiendo un bocadillo, cuchicheos entre ellos, guiños al público o consultas con el móvil trufan las retransmisiones, que se vuelven eternas en la parrilla de Telecinco.

Los protagonistas gritan, lloran, saltan, bailan y tal vez no mientan, porque no creo que sean capaces de discernir ya lo que es mentira de lo que no, lo que es vida de lo que es tele. Sus vidas no se retransmiten en directo ante millones de espectadores, sino que pagan el precio de tener los minutos que sus personajes/personalidades puedan dar. Luego venden carne de conejo, crema de baba de caracol, o meriendas perfectas para los niños.

Es asqueroso, atractivo, terminal, inclasificable y rentable. Y la muestra de que no hay que hablar de realidad aumentada, nuevos planetas, 3D, o redes sociales, para darse cuenta de que esto va demasiado rápido.

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El incidente

Mark Wahlberg, el hombre que pone palote a mi señora, y a la de todos.

Cubrí la presentación de “El Incidente” para la Guía del Ocio de Barcelona. Era 2008. Entrevisté a su director, M. Night Shyamalan, quien había admitido recibir cinco millones dólares sólo por el guión. Todavía desprendía el aroma del éxito que le había proporcionado el pelotazo de El Sexto Sentido. Ese aroma era una chaqueta de Armani, de dos mil dólares. Ese aroma era una piel tratada con las cremas más exquisitas a las que podrá aspirar el culo de un rey. Ese aroma era una capea en el Hotel Ritz, toreando a periodistas zalameros, que parecían no haber visto el preestreno de aquel bodrio.

Ante una y otra pregunta, intentando ver tres pies en el gato, interpretando números, colores, personajes secundarios o terciarios, hilazones invisibles, es decir, tratando de dar una explicación a algo que no la tenía, el director se sinceró: “señores, no le den más vueltas. La película es lo que han visto, y nada más. no hay significados, ni segundas lecturas“. Le faltó añadir que había creado una mierda de cincuenta millones de dólares.

Mirad a vuestro alrededor. En vuestra casa. En vuestro trabajo. Vivimos rodeados de mierda que no nos atrevemos a señalar. No sólo eso, sino que somos capaces de crear toda una mitología capaz de hacer que la existencia de la mierda se justifique, y defenderla a brazo partido. Puede que incluso esa mierda sea la que explique gran parte de nuestros movimientos. Sólo el paso del tiempo, y la ausencia de compromiso con la mierda nos hará reconocerlo y reflexionar.

Aquella mañana de mayo también entrevisté al protagonista de “El incidente”, Mark Wahlberg. Respondía riendo. Hoy reconoce: “Una vez comiendo con Amy Adams nos pusimos a hablar de una película horrible en la que yo había trabajado. No quiero decir cuál. Bueno, sí, era El incidente, al carajo. Ya lo he dicho. Los putos arboles, tío. Las plantas. Qué mierda. Eso me pasa por intentar hacerme pasar por profesor de ciencias naturales“.

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