Iván Off

“To die your whole life. Despite the morbidity, I can’t think of a better definition of the writing life”

Jeffrey Eugenides hoy en The New Yorker

El rollo de Anton Chéjov era escribir una comedia, y miren ustedes por donde, en diez días se despachó un drama en cuatro actos que, a sus 27 años y ya comido por la tuberculosis, no crean que no tiene su mérito. Por debajo de la historia de la falta de auto aceptación por parte de Ivanov, el protagonista que da nombre a la obra, se entretejen una variedad enorme de pequeñas miserias, tan cotidianas como cristalinas. Es difícil mirar en derredor nuestro y no encontrar motivaciones, comportamientos y actitudes parecidas a las de los personajes de la obra. Era difícil no encontrarlas, pero sí exponerlas debidamente conjuntadas, como si de un taxidermista social se tratase.

Lo de los diez días fue la machada para los escribanos, porque por lo visto a Chéjov no le moló un pelo la puesta en escena, y se dedicaba a decirle al personal que aquello no había salido de su pluma, así que más tarde se esmeró en dejar bien atada la obra para enorgullecerse y que tras su muerte, y con las debidas traducciones, los dramaturgos anglosajones saquearan a su antojo formas y temas de Anton.

Con el Teatro de Cámara Anton Chéjov (San Cosme y San Damián, 3) salvado in extremis por la Universidad de la Rioja, pero más muerto que vivo, desangrado por la falta de ayudas públicas que se van mejor a pagar prejubilaciones de bancos que a, of course, el mundo del teatro y el faranduleo, es en el mismo barrio de Lavapiés donde podemos observar el renacer del arte de contar historias en nuevos formatos, en este caso la exitosa y clandestina propuesta de La Casa de la Portera, un piso en la calle Abades 24 en el que desde hace meses se vienen representando obras de pequeño formato con excepcional éxito de publico.

Ivan-off es el buque insignia con el que se estrenó el pasado 8 de marzo el nuevo espacio escénico. También es la primera obra de teatro de Chéjov, y el reencuentro por mi parte con uno de esos autores que parece que siempre le tiene cogido el puso a la actualidad. Tan es así, que a uno le da la sensación de que forma parte del equipo de guionistas del mundo, y seguramente así será. Igual que para el ruso los estrenos solían ser desastrosos y las puestas en escena complicadas maneras de desvirtuar sus textos, no es así en el espectáculo de La Casa de la Portera, pues pivota sobre el talento de Raúl Tejón, uno de esos nombres que han rellenado un fondo a plazo fijo a base de formar parte del circuito de series televisivas de más o menos éxito, pero que recobra el pulso en lugares menos iluminados pero más brillantes.

Alrededor de Iván orbitan una serie de personajes más o menos matizados, pero suficientemente engrasados como para dejarte llevar por el formato que nace haciéndote sentir parte de la escenografía, transitando de habitación en habitación, junto con los otros diecinueve espectadores. La representación logra un objetivo que debería ser común en el teatro: emocionar, esa cosa tan rara y tan cara hoy en día. Oír el crujir de la madera del suelo, el tictac de un reloj, oler un perfume rancio, o ver un lágrima caer en el suelo, al lado de tu pie. Observar las pequeñas tragedias planteadas, con tiempo y espacio para ganarle al enfoque, con capacidad de decisión sobre tu atención, con la sensación de que tu percepción también construye la obra.

 

 

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Para cuando penséis que vivís en una civilización superior

Y no comento más.

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El enano

Me estoy levantando sin hambre, y eso puede tener unas consecuencias terribles para la economía mundial, ya que es un signo de inestabilidad morrocotudo. Desde luego, en el momento en que salga a la luz, será un mazazo para la confianza de los mercados, que no andan muy allá. La cotización del mercado de futuros de zumo de naranja, en el que ustedes habrán puesto gran parte de sus depósitos aunque no lo sepan, y no lo sabrán, puede verse alterada. Yo me como a Dios por la mañana, y cuando no lo hago es que algo pasa, es una especie de aviso, una señal de alarma de este cuerpo que casi no ha estrenado su versión 31.0.

Que yo me levante sin apetito, para que se hagan ustedes una idea, es un titular digno de Pedro Piqueras. Creo que he dicho suficiente. Supongo que el departamento de marketing del fabricante de Digestive falsas, del Lidl, estará preguntándose por el bajón en las ventas. Imagino que sucederá lo mismo en la fábrica de cacao instantáneo falso del Lidl. Sí, soy muy de desayunos del Lidl. Mejor precio y calidad. Son desayunos que saben muy ricos, pero no los puedes subir a Instagram porque quedas fatal.

Debe ser todo lo que nos rodea, que acaba pasando factura, y no sólo con ese enano que me agarra de un costado desde ayer. ¡Cómo que qué enano! Esa especie de enano invisible me está agarrando del riñón izquierdo, y me está jodiendo la vida. Llegué al barrio, y subiendo con el coche por la calle Rodas, me encuentro en el cruce con Peña de Francia a dos antidisturbios con sendas escopetas de balas de goma, o como coño se llame el arma en cuestión. El enano me pregunta qué pasa y, aprovechando que es producto de mi mente, no le contesto, pero pienso que igual que nos hemos acostumbrado a un estado policial, nos podemos acostumbrar a un estado de sitio. Será por vivir cómodos en el absurdo.

Llegados al punto, los policías deberían haberme dado el alta, y me podrían haber preguntado las razones por las que el enano invisible no llevaba el cinturón de seguridad. No valdría el rollo de que es producto de mi mente, las normas son las normas para todos, me habrían contestado, y hubieran llamado a los locales, porque para eso se coordinan cojonudamente, y recetita al canto. De esas recetas sigue habiendo, y se expenden por doquier, oiga. Por si les interesa me he levantado con el enano, que se puede llamar Frío, Calambre, o Estrés. Por cierto, les saluda.

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Vintage

Mierda, no es nostalgia. No es que lo vintage te cuente una historia, no hay por qué meter el concepto historia con calzador sólo porque está de moda. Lo vintage está de moda porque nos recuerda el pasado, y el pasado que algo ya no es. Al pasado se le cae la basura por el camino, y el pasado es algo que ya conocemos. Sabemos cómo reaccionamos nosotros y los demás en el pasado, pero no sabemos cómo lo haremos en el futuro, y eso nos genera ansiedad. El pasado pues, es la única garantía para vivir tranquilos, el único modo de ser previsores es revisar.

Los compromisos no existen. No se tiene miedo al compromiso, se siente repulsión por imaginar un futuro basado en el presente y en el pasado, porque es falso y esa falsedad, lejos de tranquilizar, nos hace dormir en la cama de un faquir. El compromiso es una preciosa construcción que se genera mirando atrás, y se explica. El compromiso tal y como nos lo cuentan las películas de Hollywood, es una especie de contrato imposible, con fisuras que nos agarran la mirada al techo. Y no es nostalgia, es miedo a no saber, a no conocer, a no poder. Esa puta mierda es la nostalgia, así que si queréis, podemos seguir recreándonos.

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Cartón piedra

Siempre que pienso en Neil Armstrong, fantaseo con la idea de estar en la piel de quien hizo el gran viaje, del mito del coolpacker, de la apoteosis del jubilado y pensionista. Un viaje, pagado por el Estado, muy muy lejos con buffé libre. Me gusta pensar en el camino de vuelta, que es el que nunca acaba, porque Neil, como es natural, nunca acabó de volver. Imagino todos esos años, oyendo hablar del montaje del viaje a la Luna, viendo cómo se aviva la incredulidad, y extrapolo situaciones en otros entornos laborales. El fontanero cuya mejor instalación es puesta en tela de juicio por una gran masa de gente que cree que los grifos funcionan porque los han trucado, pero que, en realidad, el fontanero nunca puso esas cañerías. O el administrativo que, tras crear el mejor cuadro de Excel de su carrera, ve youtube plagado de vídeos en los que demuestran que su archivo es una gran mentira de cartón piedra.

Supongo que a su regreso, la Tierra le parecería de cartón piedra a Neil, porque la vida es de cartón piedra. Todo en el mundo tiene su reflejo en cartón piedra, visualmente idéntico, pero ligero y vacío por dentro. El mundo cada vez se parece más a esas tiendas de muebles, cuyas estanterías se adornan con carcasas de televisores, y montones huecos de libros. Los montones de libros se producen en packs de cuatro, y con lomos antiguos, que son los libros que te debería gustar tener en casa, como esos comerciales de Planeta, que aparecían con el metro, y forraban estanterías con colecciones a medida. A mi abuelo le vendieron la colección de premios Nobel de literatura, y la de premios Nadal. La primera se la leyó entera, de los Nadal sólo llegó a leer Balada de Caín, de Manuel Vicent, porque murió antes de seguir. Siempre consideré que la editorial Planeta debería sustituir a sus lectores fallecidos, para garantizar la satisfacción ante la compra. Esperaba que me trajeran una versión de cartón piedra de mi abuelo, y que la pusieran en su silla hasta que terminara con la colección de los Nadal, pero eso nunca sucedió.

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La increíble teoría del joven-viejo

Repasemos la situación, mi teniente: son las cuatro de la mañana y no puedo seguir durmiendo, supongo que por el calor. A la una y media pensé lo mismo y volví a dormir. Volví a dormir, y soñé que estaba en mi colegio, cantando con Kelly Jones una versión de Starman, que yo hacía la segunda voz, y que no se me oía. “There’s a starman waiting in the sky, Hed like to come and meet us, But he thinks he’d blow our minds…“, y nada. La gente mirando con cara de “no se te oye“. Despierto. Cuatro de la mañana. Voy a buscar jugadas de James Harden en youtube. Mi mujer está durmiendo, mi perra está durmiendo, mi vecindario está durmiendo, y yo viendo jugadas de James Harden en youtube. Seremos veinte vecinos, no hay luces, sólo yo sucumbo al calor. Un cinco por ciento no está mal. Siempre que alguien piensa en el cinco por ciento de algo malo, piensa que a él no te va a tocar. Somos víctimas de nuestro optimismo.

Me he despertado porque llevaba quince noches durmiendo a pierna suelta en Gijón, y eso sí es vida. El norte es la vida. Evidentemente en las agencias de viajes no aparecen pósters con señores durmiendo plácidamente, porque no es nada sexy, pero si se pudiera definir la calidad de vida sería muy parecido a dormir bien. Tener calidad es dormir. Messi tiene que dormir como un hijoputa. Un póster de Messi durmiendo sí puede encajar. “Las vacaciones de tus sueños”, algo así. Pero eso no pasará, porque la industria del turismo está controlada por el lobby del Sur. Sí, esos que comen pescados en fase de desarrollo, aniquilando la biodiversidad de sus costas, y bebiendo vino fino.

El rollo es que como un etarra cualesquiera, me he levantado pensando en Rubalcaba. En concreto en las imágenes que vi ayer de la medalla de la judoka Almudena Muñoz en Barcelona 92. En los míticos Juegos de los que se tira ante la nulidad metálica de Londres. MIrad, éramos buenos. Somos estos, los de las medallas. Vale, volvemos Rubalcaba, plis, gracias. Resulta que enfocan a unos jóvenes reyes de España, y que se nos cuela en la esquina superior izquierda, bajo el viejo logo de Tve2, un joven-viejo Rubalcaba y aquí aterriza la teoría de que existen los joven-viejos, y que se podrían definir como personas de poca edad real, pero que lucen rasgos de viejo recién estrenados, calvas, barrigas, canas, o looks de viejuno, pero nuevos del trinque. No sé de donde viene la expresión, pero trinque y político quedan bien. Haha. Qué demagogo, qué bien. Qué valiente en su blog. Ya.

Es de sobra conocida la teoría de los señores que envejecen como señoras -léase Paul McCartney-, o la gente que envejece cual chica rejuveneciendo -como David Bowie- que, cuando no pueden aguantar más el paso del tiempo, desaparecen de la faz de la tierra mientras se publican grandes éxitos sin rubor. Luego hay quien opta por autoenvejecerse, como Nicole Kidman, que confesaba hace poco que se había desintoxicado del bótox, y que ya podía mover la frente. Lo malo de ser irónico es que si dices algo así impactante en serio, no causas ningún efecto porque la gente está acostumbrada a oírte o leerte cualquier cosa. Lo bueno de ser irónico es todo lo demás.

En la imagen Pérez Rubalcaba, Alfredo P. Rubalcaba, Ruby, o como coño les dé a sus asesores de imagen para la próxima campaña -porque es inmortal-, además de lucir esas fauces tan características, aparece con cuarenta y un años. Para que nos hagamos una idea, hoy tienen cuarenta y un años Richard Ashcroft, Carme Chacón, Sofía Coppola, Roy Keane, o Ewan McGregor. Comprenderán que Alfredo en esas imágenes, parecería tener su edad actual, sesenta y uno, de no ser porque los joven-viejos no son tan fáciles de encajar en los cánones habituales. Es muy complicado calcular la edad de un joven-viejo. Es decir que ahora no aparentaría ochenta y un años, aunque sí por los detalles: arrugas, ojeras, mirada, calva, complexión, sería falso afirmar que podría confundirse con un ochentón, porque si algo tiene un joven viejo es que es viejo, pero también joven. No sé si se me entiende. Vuelvo a la cama.

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Resaca de nada

Tener resaca de nada es uno de los más reconocibles síntomas de que te has convertido en un viejo. La resaca de nada significa que te levantas con una especie de mal cuerpo después de cenar lenguado a la plancha, regado con agua del grifo, y rematado con helado de arroz con leche y chocolate. Vaya locura. Eso es algo que antes no pasaba. Antes empalmabas y te presentabas a reuniones con una destilería en la boca. Ahora no. Y como te quieres volver a poner en forma, los tendones de Aquiles le hacen andar hasta el baño como un robot. Te cae el agua y pones la radio, y la radio del baño es de las que tienen una ruedecita para sintonizar, y tienes la SER porque te gusta, y no cambias nunca por pereza. Tengo la radio del baño como los tendones de Aquiles: no se les puede pedir mucho. Y escuchas que hoy están de huelga, y que meten música mala y recordatorios grabados, y no te sorprende leer hoy que de la Morena fue anoche el primer esquirol.

Verán, hace tiempo que la gente piensa que los medios cuentan lo que les viene en gana. Que ocultan información que no les interesa, y mienten por cuestiones políticas. Que los de una sensibilidad leen, ven y escuchan ciertos medios, y los de otra -sólo hay dos- leen, ven y escuchan otros. Hablar de sensibilidades es el eufemismo para no decir afección ultra a un partido. Un poco el rollo es que en pleno auge tecnócrata, en el que se afila la teoría -falsa- del fin de las ideologías, que sólo existe una forma de hacer las cosas, los medios han extremado sus posturas, y le pretenden decir al espectador, que la realidad no existe, y que en el mundo sólo caben las interpretaciones, todas eso sí, muy respetables. Es decir, que sólo se puede actuar de un modo -el políticamente correcto, el tradicional-, pero el objeto de las actuaciones, la realidad, es variable. Antes, ante un problema, existían varias soluciones. Ahora, sólo existe una solución posible, pero para algunos hay un problema, o varios, y para otros no. El mundo al revés.

De la Morena ha justificado su espalda la huelga, porque él ya se vio en la calle y sólo. De esa frase, parece que quiere que extraigamos que, los doscientos profesionales que su empresa va a despedir, deberán verse solos y tener fe, porque van a dirigir El Larguero en el futuro, y se llevarán una buena cantidad de billetes por ello. Habrá doscientos Largueros en doscientas Cadenas Seres. Y yo con resaca de nada. Saliendo de la ducha pienso que para cuando haya doscientas cadenas seres, deberé de proveerme de ciento noventa y nueve transistores más. Me va a salir por una pasta la riqueza de los afectados por los despidos. Y encima no existe realidad. Cojo la toalla que para algunos es azul verdosa, y para otros verde azulado, y yo respeto todas las opiniones, porque todas las opiniones son respetables, y cada uno ve la toalla como le viene en gana. Podríamos llamar a la fábrica, y preguntarles el número de pantone, pero investigando descubriríamos que el interlocutor tiene antecedentes penales, que la empresa ahora está quebrada, que los pantones son una mafia, y un sin fin de información que dejaría el color en un segundo plano.

Juan Luis Cebrián, esa rata -inmunda- de redacción, puede decir que llegó a PRISA con beneficios, la deja arruinada, se levanta una pasta, y va dando lecciones de cómo se hacen periodismo y empresas. Digamos que ese es el escenario. Otro escenario parecido, es ver a Fernando Martín, presidente de Martinsa, que cree que los dos millones y medio de euros que cobra por temporada, son imprescindibles para seguir gestionando una empresa que, este año ha perdido casi quinientos millones de euros. Nuestros grandes empresarios no tienen ningún tipo de responsabilidad y les voy a contar por qué. Todo esto lo pienso en el soliloquio a la salida de la ducha ante un público imaginario. Los grandes empresarios se llevan sueldos de estrellas del fútbol porque si su empresa gana, se lo han ganado, y si pierde, difuminar toda la responsabilidad también tiene un mérito.

Quién no ha tenido alguna vez un público imaginario. Lo que tiene mérito es que de entre el público, uno siempre te abuchee, y sigas tirando para adelante.

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Oportunidades

Para cobrar conciencia de la dimensión de lo que está pasando, lo mejor es acudir a El Corte Inglés de Preciados, a las siete de la tarde de un viernes, y observar los enjambres de vendedores charlando, lánguidos, recordando cuando los viernes eran un bullir constante de clientes con la chequera saltarina, dispuestos a comprar más caro por la posibilidad que que te devuelvan el dinero si no estás satisfecho. Supongo que cambiarían el eslogan cuando la satisfacción del español medio se fue complicando. Ahora mismo hay españoles que no están satisfechos con el teatrillo postransición, que no les llega con su familia perfecta en el chalet, con el pastor alemán y el Nissan Qashqai. Qué cojones más querrán. Esa idea destrozó tanto a Isidoro, que comenzó una prospección en provincias, abriendo centros en la búsqueda de potenciales seguidores del sueño que le aupó al estrellato. Pero ayer Preciados estaba vacío, y te servía en bandeja una metáfora en la séptima planta.

La séptima planta de Preciados era Oportunidades, donde podíamos encontrar los saldos, los precios más locos, las gangas. Ahora ya no, ahora las escaleras mecánicas te dejan, como una mano celestial, frente a un stand con un gran letrero que pone “España“, repleto de merchandising, más o menos oficial, de la selección española de fútbol. Dentro del stand, y conocedores de que se hallaban en el epicentro de la metáfora, tres vendedores  separados por medio metro, y la nada. Al llegar, me miran con desesperación, y deseo que la escalera mecánica, por alguna especie de error técnico inexplicable, cambie el sentido de su movimiento, y me saque de allí hacia abajo, cosa que no sucede. Se acerca uno de ellos, con una de esas insignias que parecen medallas de guerra, como si los vendedores de El Corte Inglés se diferenciaran entre los que estuvieron en Vietnam -los del broche-,  y los cobardes que no. Me pregunta que si me puede ayudar en algo. Pues claro. Siempre habrá algo en lo que me pueda ayudar, supongo, pero no le conozco de nada, señor que estuvo en Vietnam. Deberíamos ir a la cafetería del propio centro -la favorita de Miriam-, para conocernos mejor, y saber de qué manera podría aprovechar esa animosa solidaridad. Todo eso lo pienso, pero, en realidad le digo que no, me siento culpable, y busco como un perro las escaleras de bajada, por ese orden.

Al bajar, un calambre me recorrió el espinazo, y el cuerpo se me quedó frío pensando en las escenas que se podrían estar repitiendo en los diferentes centros de la cadena, en provincias, con ese target ahogado por el crédito del adosado que multiplicó su valor, y los cinco millones más para amueblar. En ese momento me encontré a Emidio Tucci. Aunque pensaba que se trataba de un nombre comercial, y que no existía el tal Emidio, que era un invento de un departamento de marketing en los años ochenta, lo reconocí al instante. Como Coco Chanel, Margaret Astor, o Michael Jordan, Emidio Tucci tiene todo un storytelling desarrollado en torno a su nombre pero, al contrario que los anteriores, la suya era una de esas historias que nació de una presentación comercial, y se hizo carne. Me dijo que era italiano, amante del buen gusto, el vino y las mujeres, aunque tenía camisas muy de temporada y muy horribles, y que por poner su nombre las prendas aumentaban veinte pavos de media su precio al cliente final, cosa que me dejó maravillado. Le pedí que me contara la historia de Dustin, al que imaginé emigrante hermano italoamericano, pero Emidio no quiso hablar más, y se desvaneció en la planta de caballero, tras un mostrador de medias ejecutivo. Fue él quien me dijo que había muerto Juan Luis Galiardo.

Galiardo era dos tipos a los que entrevisté dos veces. En la primera yo era un capullo que creía hacer bien las cosas, y él me dio una clase magistral de periodismo desde las respuestas al filo de la navaja. En la segunda yo era un corresponsal de guerra con tendencias suicidas y él interpretó el papel convencional del actor frívolo. Al acabar la entrevista me dijo que mi tendencia autodestructiva era el buen camino, pero quería demostrarme que ni siquiera el bueno era infalible. Que la felicidad no existe y que, como tal, tender hacia ella es orientarse hacia la nada. La nada es una familia perfecta en el chalet, con el pastor alemán y el Nissan Qashqai. Puedo montar un programa de radio para contar que ayer conocí, hecho carne, al hijo de un departamento de marketing de los años ochenta, pero ya no podré prometer una entrevista a la tercera versión de Juan Luis Galiardo, el hombre que lo cuestionaba todo.

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Dios existe

Dios existe y es un señor muy serio. Usted cree que tiene un jefe, pero su jefe no es su jefe, su jefe es el que hace que necesite tener al otro jefe. Su jefe es su hipoteca, o quien le dijo que sus hijos merecían lo mejor, y que lo mejor es lo más caro. Su jefe es la segunda residencia, y quien le aseguró que lavaba más blanco. Su jefe es quien le dijo que con la salud de los suyos no se juega. Su jefe es un poco Juan Ramón Lucas anunciando alarmas domésticas, y su jefe son veinte caballos más de potencia y medio litro menos a los cien. Su jefe es el miedo a la independencia del que no se puede librar. Pero piense que por encima de su jefe hay otro jefe que manda al jefe. Y que por encima de ellos hay otros jefes, y que la pirámide tendrá que avanzar hasta que ya sólo quede uno, y sea un señor, presumimos, muy serio, y le llamaremos dios.

Y ese dios se hará llamar El Señor, así sin más apellido limitado, anónimo o en sociedad comandita, y probablemente no tributará porque el tributo se lo rendimos a él, y tendrá tal entramado de sociedades en tan bellos paraísos, que el circular de su dinero, si acaso lo necesita, hace preciosas figuras y se permite ironías fiscales hasta llegar vacío al fin del ejercicio. Porque dios es todopoderoso, pero es humano, y habita entre nosotros, y sale a la calle con la humildad como obligada forma de protección. Porque El Señor inventó todas las mentiras y no se las puede creer. También es, no crean, su maldición. Cuántas veces acabó su día observando los salmos de Teletienda, y rabiando de ansiedad por no sentirse preso de las ofertas exclusivas y la gratuidad de los gastos de envío. A él también le hubiera gustado vivir engañado, creer en algo mejor. No hay mayor tristeza que la lucidez absoluta.

Los evangelistas narran aventuras en bailes de máscaras, donde mercados, agencias o sociedades, esconden alegres danzarines con nombre y apellido. En esas reuniones suele haber momentos en los que la luz cesa y, por unos segundos hasta las leyes no escritas se violan en el aire. El interruptor no se acciona sólo, lo hace una mano, que sigue en brazo y continúa en tronco, vestido por una chaqueta en cuyo bolsillo interior hay una cartera que porta un documento que identifica. Siempre hay un “los de arriba”, y al final del enésimo señor que dice “los de arriba”, sólo quedan unos de arriba, que siempre dependen de dios.

Dios es un señor muy serio que va siempre con sudaderas con capucha y hablando por el móvil. A todo tiene que responder con síes y noes que agotan su batería. Dios come pistachos, y dios vive de alquiler. Al final de todas las excusas hay un señor que hace todas las cosas de manera discreta, y que es el jefe del jefe de tu jefe. Es el jefe último, el jefe supremo, El Jefe. La fe en el papel moneda sólo es un préstamo de fe que hace El Señor. La reparte y embolsa a través de subcontratas, y la pone en juego para que todo salga bien. Y la gente mueve y se mueve con las carteras llenas de fe, o de falta de ella según el caso.

Dios existe, es un señor muy serio, y el responsable del uno por cierto de tu vida, el porcentaje de vida de la que tú no eres responsable.

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Hospitales

Las palabras de Susana Griso rebotan en las paredes de la cafetería del hospital. Habla del rey, y da paso a un reportaje mal montado, que invade los espacios y conquista las distancias entre familiares unidos por el silencio. La televisión mancha, engaña, acribilla. Como la mariposa atravesada por el entomólogo, la televisión nos inserta un alfiler que nos inmoviliza en una cajita de terciopelo llamada normalidad.

Un paciente revuelve el café con la única mano que le queda. Mira absorto la tele tan despeinado, que parece que su cabeza es una obra de Chillida, que podríamos llamar Poniente. No tiene a nadie. Como si su familia fuera la prolongación del miembro amputado.

Hay quien no supera las amputaciones, quien vive pensando que sigue teniendo pierna, o brazo, quien se sigue viendo cinco dedos en una mano en la que sólo quedan cuatro. Es posible, por tanto, que nuestro despeinado amigo viva en la ficción de tener familia, una  familia que aparece y desaparece al gusto, una familia sin problemas, silencios, ni habladurías. O puede que el síndrome del miembro fantasma, se desarrolle en él con tal verosimilitud, que tenga problemas con algunos miembros de su familia imaginaria.

Hay un estado-nación, supongo que en un lugar indeterminado o de difícil acceso, en el que viven las personas fantasmas. Su principal industria es la clasificación, reparación y producción de miembros fantasmas. Fábricas enormes de dedos de pies de todo tamaño, color y forma, gigantes polígonos industriales especializados en brazos derechos, millones de habitantes fantasmas, esperando que alguien del otro lado les necesite.

No se trata de un país ideal, también tiene problemas, y también padece las consecuencias de la crisis. La industria de las manos, por ejemplo, vive asfixiada por los líderes de la patronal de los pies, que los acusa de vivir por encima de sus posibilidades. Y las partidas de miembros fantasmas cada vez son más pequeñas y flacas, cada vez más raquíticas.

Mientras esto ocurre, desde este hospital salen albaranes cargados de pruebas que ya no se hacen, de medicamentos que no se recetan y de diagnósticos que se ahorran. Desde la cafetería veo a los médicos, esmerados en cerrar paquetes que meten en una furgoneta cuyo destino es la región de los miembros fantasmas. Vaya mierda de final, ¿No? Ya.

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