Como si no supiéramos que al final todos morimos

Al final todos morimos. El no asimilarlo tiene un punto de tragedia considerable. España se plantó en Sao Paulo ante sí misma, que es una cosa que sólo pueden hacer aquellos privilegiados que han aburrido al mundo de tanto ganar. Frente a la selección, y en contra de lo que este teatro que se llama FIFA quiere plantear, no estaba Holanda, estaba la propia España. Estaban la estirada de Casillas, y el robo de Busquets, estaban el gol de Fernando y la varita de Andrés, estaba aquel mapa que dibujaron Marcos Senna y Luis Aragonés en un junio fresco de hace seis años.

Siempre me llamó la atención la afición que sólo existe en la victoria. Esa que cuando huele el laurel asoma emociones y cánticos, y que cuando toca arena desaparece para animar al próximo ganador. Era evidente que al primer golpe caerían mil, haciendo brillar sus navajas en la caída, pinchando aquí y allá, invisibles entre esa gran masa que conforma el ventajismo. Antes de que Van Persie hiciera el empate, ya estaba repasando los argumentos automáticos de la crítica:

  1. El relevo generacional: Robben y Sneijder, ambos de 30 años, fueron un quebradero de cabeza. No parecían excesivamente cansados pese a la edad. Sólo Xabi y Xavi les superan. Éstos dos, por cierto, indiscutibles en los dos mejores equipos del mundo.
  2. Los ausentes: todos los que no están en Brasil lo hubieran hecho mejor. Los mismos que defienden que la clave está en que no hay delanteros en forma, como Callejón (15 goles en el Nápoles), piden a Negredo (9 goles en la Premier). No se echa a muchos defensas en falta, y fue la línea que falló estrepitosamente en el debut mundialista.
  3. Los culpables: todos los jugadores. Ganan mucho dinero, son unos sinvergüenzas. Con la que está cayendo, y a ellos les pagan por pegar patadas a una pelota… Y el entrenador es un flojo que no ha sabido reaccionar. Con Navas, hubiéramos ganado el partido. El fútbol español, en general se viene abajo ¿Qué nos está pasando?
  4. Los míticos: desde las giras de verano, que cansan a los futbolistas, hasta el calor que afecta a la selección, concentrada en una zona más fresca del país. Las temporadas en Europa son muy largas, los jugadores se han cansado de ganar, el césped está muy seco.

Como si España hubiera ganado todos los mundiales disputados hasta la fecha, como si en el único que ha ganado no hubiera empezado perdiendo, y frente a Senderos y once amigos suizos de Bárcenas. Como si se abriera la veda ante un equipo que será incapaz de rizar lo que siempre rizó, como si los mitos no se apagaran nunca y éste apagón nos pillara por sorpresa. Como si no supiéramos que al final todos morimos.

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Padres mundiales

Los estadios de fútbol fueron el único sitio donde tuve un padre.

Juan Villoro

Supongo que sería México. Mi padre me sentaba en el sofá de la casa de mis abuelos y me pedía que mirara aquella tele gigante de dos botones. Ese es Maradona -me decía- tienes que verlo. Lo único que veía era que del lugar del que salían mis dibujos animados, sólo se podía ver color verde, unos señores pequeñitos, y una letra erre banca, que aparecía intermitente desde una esquina cada cierto tiempo.

En el Mundial de Italia yo tenía nueve años, y más historias por imaginar que paciencia para permanecer ante la televisión noventa minutos. De aquella recuerdo las piernas estilizadas de Míchel, pisoteando el honor de Yugoslavia, y a mi padre bostezando. Con el paso del tiempo, revisitando aquellos partidos, entendí el porqué.

Luego vino Estados Unidos. En sólo cuatro años se puede pasar del aburrimiento de ver cómo unos señores corren sobre la hierba a convertirse en el sustituto perfecto del director general de la organización de un Mundial. Me sabía todo. Sedes, balón, horarios, estrellas, caídos de última hora, cruces… Uno madura cuando se da cuenta de que la vida es aquello que orbita alrededor del fútbol. Y cuanto antes lo sepas, mejor. Mi padre era clementista, creo que el único de España. Tuvimos un mal verano entre la adolescencia, Giner y Camarasa.

Ese Mundial de 1994, del que se cumplen veinte años, con su patética mascota y el inútil esfuerzo por introducir el soccer en los States -empecinamientos raros los de los negocios-, tuvo uno de los momentos más épicos en el álbum de Panini, con aquel camerunés Oman Biyik que se me repetía una y otra vez, y aquel otro día en el que me hice con Romario y Mauro Silva en una mano, y fui el niño más feliz de la tierra. En mi época, con doce años, éramos niños.

Ahora el padre soy yo, y vuelvo a la colección. Estoy en el mejor momento: me faltan cien cromos, es perfecto para cambiar. Y espero no hacerlo con Kobe.

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El caballero del chándal

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Creo que no era por meter a equipos de segunda en Champions. Supongo que lo adoraba por su flema. Esta noche ha muerto una figura épica del fútbol, y un líder atípico. Esta noche han muerto Luis Aragonés, tres cuartos de las vitrinas de la selección española, y medio escudo del Atlético de Madrid. Esta noche el odio eterno al fútbol moderno ha perdido a uno de sus emblemas.

En Mourinho el chándal resulta estrafalario, demagógico y pobre. Nadie se imagina a Mou cenando así en un lujoso restaurante londinense. En Luis el chándal era un traje. Como si se hubiera decidido quedar en los años setenta en un Madrid con veraneo en Marbella, con mucho de cigarro y mucho de bingo, con reloj de oro y pelo en pecho. Como si su impopular cabezonería hubiera desconectado la batería del tiempo, y se resistiera a ser algo más que el muchacho que un día se acostó jugador, y a la mañana siguiente se levantó entrenador.

Luis fabricó pequeños engranajes en el Calderón, el Tartiere, el Benito Villamarín, o el Luis Casanova. Diseñó a Mendieta o a Mijatovic, y recuperó tantas veces a Torres como hizo falta. Abrió el campo a Etoó, y desconectó a Romario o a Raúl sin que le temblara el pulso. Como si lo hubiera planificado, reunió toda esa sabiduría para dejarnos una obra maestra en forma de equipo que levantara una Eurocopa imposible. Porque el último tercio de la semifinal frente a Rusia fue una de las actuaciones más perfectas que jamás hayamos visto los amantes de fútbol. Y el gol de Fernando en la final fue el epílogo más brillante a una carrera intensa, colosal, e imperfecta.

Nada, ni nadie va a poder cubrir ese hueco. Descanse en paz, míster.

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Causas y consecuencias.

Como si Benzemá hubiera apretado el botón rojo que tiñó de muerte Hiroshima, ayer sucedió lo que todo el mundo ya sabía. Y la frase se conjuga así: en el momento en el que algo pasa, todos lo sabíamos ya. Pues claro, porque somos grandes visionarios a posteriori. Es que los millones no lo son todo. Es que lo importante es la cantera. Es que la gran estrella es un paquete sobrevalorado, y cualquier niño del equipo alevín podría aportar más.

Son argumentos que se repiten de manera cíclica. Como la discusión sobre la política de extranjeros del Athletic cada vez que coquetea con el descenso. Luego ganan, y todo se vuelve tradición y sentimiento. En el caso de los equipos millonarios, la artillería empieza sospechando que las pretemporadas intergalácticas son nocivas para el deporte, y acaba con los favoritismos de presidentes y entrenadores maleables. Por medio tenemos el argumento de que los equipos se deben “nacionalizar”, porque si no no se sienten los colores. Como si una pretemporada fuera más deportiva que otra en esas marcas de fabricar dinero, como si uno de Lyon sintiera menos al Real Madrid que uno de Málaga, blanquiazul de toda la vida.

Anoche algunos locutores ignorantes técnicos, que no hicieron un comentario táctico en todo el partido, aseguraban que el cholo le había dado un “baño táctico” a Ancelotti. Sin más argumento que ese. Escuchando a los especialistas, por lo visto, el culpable de todo fue Benzemá, que el año pasado era una deidad, pero que esta es un tuercebotas que sería suplente en la Cultural Leonesa, pero que como es el favorito del presidente y, el entrenador no tiene personalidad, sale de titular, haciendo que una estrella rutilante de la cantera no tenga posibilidad de jugar.

Luego quitó a Isco, que es un español muy bueno, no como los fichajes millonarios extranjeros, que son un desastre. Isco costó 30 millones de euros, pecatta minuta. Lo que vienen a decir los especialistas es que si jugaran todos los de la cantera -colista de Segunda División-, el Real Madrid sería bastante mejor. O que cambiarían a toda su plantilla por la del Atlético, con los ojos cerrados. Los especialistas que veían nocivo al bocazas Mourinho, ven pazguato al introvertido Ancelotti, los que piden culebrones glamurosos en agosto, se lamentan en septiembre del dispendio en fichas.

Se han juntado la velocidad y el culto por lo nuevo. Sin condiciones, esto es, no busquemos reflexión, destruyamos la hemeroteca, relativicemos consecuencias a las causas. Causas y consecuencias. Es lo que hay, no hay vuelta atrás. La narración ya es y será así. Si se pretende una reflexión, será necesario condensarla y adaptarla a los nuevos formatos de consumo, ligeros, atractivos. Habrá que jugar en esa liga. Es el momento.

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Equipos que ganen corazones

Le decía a Cuatro Fernando Vázquez antes de jugarse la vida en el campo, que era el momento de hacer historia, pero que al grupo ya lo llevaría siempre en el corazón. El profesor de inglés que se dedicó en las dos últimas décadas a sacar rendimiento a plantillas venidas a menos, y que jamás recibirá medalla por los servicios prestados, incidía en algo que me parece curioso en este moribundo frankenstein llamado Deportivo de la Coruña.

Silvio, Evaldo, Tiago Pinto, André Santos, Nelson Oliveira, Pizzi, Roderick, Bruno Gama y Salomao tienen dos cosas en común: han formado parte de la plantilla del Deportivo de la Coruña esta temporada, y su representante es el mismo: Jorge Mendes. El agente de jugadores, y de ese otro tipo de actores futbolísticos como Mourinho o Cristiano Ronaldo, aprovechó su gran relación con el presidente herculino (y mentor), Augusto Lendoiro, para emplear al Depor como escaparate comercial en España.

Existe una evidente relación entre la bolsa y el fútbol: el riesgo, los resultados, el estado de ánimo, la ansiedad, lo irracional, las cotizaciones, la información. Quien sabe antes pega antes, y quien pega antes gana. Y lo que gana es saber antes. Es complicado entrar en un círculo cerrado, rico e idiota, y Mendes entró con la típica historia de prestidigitador que empezó siendo propietario de videoclubes, y de otros clubes, no deportivos precisamente. La típica historia del que acabó representando a grandes jugadores. Es la narrativa del héroe del garaje que le he escuchado desde Steve Jobs, hasta a mi abuela, quien defiende que el padre de las Koplowitz se dedicaba a barrer cunetas.

Mendes crea el fondo de inversiones deportivas Quality Sports Investment, que asegura rentabilidades mínimas del 10% en inversiones de más de un millón de euros. ¿Cómo consigue rentabilizar las inversiones?, ¿Valen sus representados lo que Mendes pide?, ¿Cómo consigue que grandes clubes paguen 30 millones de euros por laterales mediocres, por ejemplo?, ¿Cómo hacer que un entrenador con sólo un año meritorio bata el récord de salario club tras club? Por todos los medios. Hay pocos mundos tan opacos como el del fútbol y en España el oscurantismo es paradigmático. Pasa con la relación de los clubes con la Seguridad Social, los impagos a sus asalariados, los patrocinios, el dopaje. España es el lugar perfecto, y el Deportivo un equipo en quiebra, gran blanco para servir como vivero.

El Depor de los dos últimos años es un videoclub de Jorge Mendes. Es difícil amar un videoclub. Es difícil encontrar la raíz. Y aún en esas circunstancias aún desnaturalizado el fútbol, Fernando Vázquez ha encontrado hueco en el corazón para un grupo humano, y esta noche hemos visto desmoronarse a un equipo. El equipo existe, pese a lo aleatorio del reclutamiento. Supongo que en todo eso tendrá algo de culpa Valerón, un epicentro de cosas buenas. Volverán a Primera, y cambiarán las leyes, y las relaciones de poder, caerán las estructuras y nacerán otras nuevas, pero seguirá habiendo equipos que ganen corazones.

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Thank you Sir

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Cada vez que una pelota salía lanzada del pie de David Beckham (Londres, 1975) era un truco visual. La capacidad de su cerebro para programar efectos ha sido devastadora durante toda su carrera, su sello en el terreno de juego. Lo sorprendente de sus golpeos causó tanto impacto a finales de los 90, que se comió la multitud de virtudes que le convirtieron en un coloso futbolístico a la sombra de su imagen publicitaria. Asumía la sombra con humildad, y con un puntito de esa ignorancia que surge de la mezcla de la clase media que disfrazó de baja el thatcherismo, con la disciplina decadente del colegio caro. En 1995, compatibilizando sus actuaciones con el juvenil del Manchester United, David gana peso específico en el equipo de Alex Ferguson, cohabitando en el terreno de la pasión con el ídolo local Eric Cantoná.

En España las proezas del jovencito en un mundo con Internet en pañales, llegaban vía Julio Maldonado, Maldini quien, desde su sección en El día después, de Canal+, siempre tenía hueco para el mediapunta inglés. En una década en la que las posiciones de enganches con el ataque desaparecieron por la moda italiana del doble pivote, Ferguson fue encontrándole acomodo a Beckham en el costado derecho, donde podría sacar el máximo rendimiento a sus centros, regalando decenas de goles a los Cantoná, Yorke, Cole, Sheringham, Solskjaer

Después de varios años, y seis Premier League con los diablos rojos, Beckham llega a la cima de su carrera en una noche de mayo de 1999, en Barcelona, ganando su primera Champions League frente al Bayern de Munich, en un partido cuyo final épico eclipsó casi todo. Entre las realidades más ensombrecidas está la de que el United llegó a la final sin sus dos mejores centrocampistas: el capitán Roy Keane y el talentoso Paul Scholes, por lo que Beckham sacrificó el puñal por la diestra para trabajar desde el medio del campo con el joven Butt. El día en que sir Matt Busby hubiera cumplido 90 años, y en su partido más grande, David ocupó una posición discreta, asumiendo un rol secundario, y completando un partido excepcional.

Y se fue a Madrid rodeado/condenado por su corte, para completar una corona galáctica que pretendía decirnos que la física de lo esférico responde al valor de la mercadotécnia, y volvió a brillar. Rodeado de un mundo táctico caótico, y relegado a tareas defensivas, trasquilado por la competencia con Luis Figo, David tocó fondo en 2005, cuando empezó la temporada condenado al ostracismo por Capello. Supongo que ante el genial “no soy galáctico, soy de Móstoles” de un vivaracho Casillas, Beckham pensaría que tampoco es excesivamente estratosférico el barrio de Leytonstone, pero jamás dijo una palabra más alta que otra, sólo trabajó y acabó como titular indiscutible, dándole una liga al Real Madrid a base de fuego de mortero desde la derecha, encontrando a Raúl, o Ronaldo como principales socios del negocio.

Debe resultar complejo ser un icono publicitario y mantener una imagen propia real, no haber sucumbido a la fantasía que durante muchos años se ha creado alrededor tuyo, al autoengaño. Sesiones de fotos, campañas publicitarias y un cuerpo dedicado a la ficción, a encarnar historias de los mejores contadores de historias del momento. Lo verdaderamente mágico de Beckham a lo largo de su carrera, es que el chaval que ama el fútbol ha sido perfectamente reconocible desde su primer partido hasta el ultimo en su periplo por las ligas inglesa, española, estadounidense, italiana y francesa. Ese brillo y ese sacrificio jamás han desaparecido y el respeto por el juego es lo único capaz de poner en pie a estadios por todo el mundo. Al final la gente quiere a jugadores que aman lo que hacen.

Beckham fue mascota del United en 1986. Luego ha sido el primer futbolista británico en llegar a los 100 partidos en la Champions, el segundo que más veces ha vestido la camiseta de Inglaterra (115), sólo por detrás del mítico Shilton, el tercer máximo asistente de la Premier, uno de los pocos jugadores que ha conseguido tres ligas en tres países diferentes, el único jugador inglés que ha marcado en tres mundiales diferentes, y el señor que ha surtido de magia nuestro imaginario en los últimos cinco lustros.

Thank you Sir.

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Nico es

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IMAG0909 Evidentemente Nico es del Sporting.

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La misma gran manzana

Empieza una temporada más de la mejor liga de baloncesto del mundo. Qué gran comienzo de post, abróchense los cinturones. Después de un año de mierda como el pasado, en el que el lockout redujo la temporada al mínimo comercialmente aceptable, nos dimos cuenta de dos cosas: que la emoción es la misma con cuatro meses menos de campeonato, y que la última gran demostración de fuerza por parte de un sindicato viene de EEUU. Échenle.

-Si es usted fan de los Knicks, como el abajo firmante, sepa que este año vuelve a oler regular. Seguimos dando nuevas oportunidades a exjugadores recién salidos del geriátrico Los Álamos, como Rasheed Wallace, o Jason Kidd; Carmelo se las va a seguir fumando todas, y las lesiones seguirán siendo el segundo nombre de Stoudemire (no ha debutado y ya está cinco semanas de baja). Supongo que todo dependerá del trabajo de Chandler, de algún efecto extraño como el Jeremías Lin del año pasado, y del clásico puto milagro que se espera en el Madison desde que Ewing se marchó.

-Si es usted fan de los Knicks, como el abajo firmante, tendrá un segundo equipo, de rango teóricamente inferior, al que se ancla para vivir la temporada con la emoción que hace años huyó de los focos newyorkinos. Mi segundo equipo en los últimos tiempos fueron los Suns. Por motivos evidentes este año me han dejado huérfano de Nash, y el fichaje de James Harden por Houston me convierte en indiscutible fan de uno de los equipos más aburridos del planeta. El año promete. Viva Jiuston.

-Si es usted seguidor de Lakers, que usted sabrá, estará tan contento como el fan del típico equipo forjado a base de talonario y construido para hacerse un estupendo book. El equipo-negocio, el equipo que piensa que por fichar al base y el pívot con más talento de la liga, será capaz de resolver sus problemas de dirección e intimidación. Tienen garantizada su poquito de frustración. Llamen a la otra costa y pidan cita al psicólogo de los fans de NY.

-Si es usted seguidor de Chicago, o tiene por casa calcetines, gorras, un plumier, etc de la época de Jordan, quíteles el polvo. Si los recuerdos le hacen sentir una cierta simpatía por los de la ciudad del viento, sepa que la mitad de los componentes de aquel equipo histórico están ya en la ruina económica, que Charles Barkley ya no es la pesadilla de Phoenix, sino una mezcla entre comentarista y mascota, y que ahora los Bulls serían fenomenales de no ser porque su principal estrella, Derrick Rose, se pasará lesionado casi toda la primera parte de la temporada, como la pasada.

-Si es usted seguidor de Boston, siga a @jose13bis en Twitter. Es una biblia. Hace un trabajo impagable. Los Celtics darán guerra en el noveno año de Doc Rivers en el banquillo. Como siempre.

-Si es usted seguidor de Oklahoma, es usted un mentiroso. No hay seguidores de Oklahoma porque no tiene tradición alguna, así que no vengan jodiendo con que apoyan a Kevin Durant desde que era alevín, porque nadie les va a creer. Favoritos aún sin Harden.

-Si es usted un chauvinista del deporte, sepa que este año ha de ir con Minessota. No solo se han deshecho del pufo Milicic, sino que mantienen a Ricki, Lee y Love, y han traído de vuelta a Kirilenko y Brandon Roy, ojito.

-Si es usted seguidor de los Spurs, supongo que se preguntará lo mismo que yo: ¿Cuándo empezará el declive de los Parker-Ginobili-Duncan? Llevamos cuatro temporadas esperando que pare la máquina de Popovic en San Antonio. Y no para.

-Si usted no es seguidor de ningún equipo, busque por Youtube un par de vídeos de David West y Roy Hibbert y se hará de Indiana inmediatamente, apostará su dinero en bwin, y lo ganará, además de quedar fenomenal con sus amigos.

-Si es usted médico está de enhorabuena. Comienza la temporada sin Ginobili, Rose, Ricki Rubio, Kevin Love, Chaunce Billups, Danilo Gallinari, John Wall, o Dirk Nowizki, que están en el dique seco por lesión, y podrían componer un allstar perfectamente.

La última pregunta es: ¿Por qué estaré posteando tan poco?

a) Mucho trabajo.

b) Estoy escribiendo la próxima nueva gran novela americana.

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La patada de Cantoná

He querido llamar al espacio de esa manera, no por hacer apología de la violencia en el deporte, supongo. Si quieren nos vamos atrás en el tiempo, pero no se me agobien, que el recuerdo es en color. Un gélido 25 de enero de 1995, el estadio Selhurst Park fue testigo de un momento cumbre para la historia de la imagen en el deporte. Eric Cantoná (Marsella, 1966), cuyo comportamiento desde que llegó a la Premier League inglesa había sido tan polémico como el de cualquier otro jugador polémico, respondió a los insultos racistas de un espectador con un gesto más propio de un videojuego que de un estadio de fútbol: una patada voladora clavando los tacos de su bota en el pecho del aficionado.

Los nueve meses de sanción impuestos por la Premier fueron una de las mayores promociones para la liga inglesa, que tras el desastre de Heysel (Bruselas, 1985), y el de Hillsborough (Sheffield, 1989), que la habían hundido al tercer mundo futbolístico, comenzaba a transmitir un aire de profesionalidad sobre el que construir el sólido imperio económico que ahora nos venden (dos magnates en Chelsea y City, un trabajo de cantera en el Arsenal y los relevos del eterno Ferguson en el United). Los patrocinadores no sólo comenzaron a acercarse a la liga refundada en el 92, sino que Nike convirtió los nueve meses de inhabilitación de Cantoná en un gigantesco spot con la duración de un embarazo.

La patada de Cantoná resultó un punto de inflexión sin precedentes: para el delantero francés supuso su encumbramiento mediático, por si sus entorchados con Leeds primero y United luego fueran poco; para la Premier League una campaña de publicidad que abrió las puertas de las relaciones comerciales con los brutales mercados que suponían sus excolonias –principalmente China-; y para el fútbol la demostración de que del deporte podían trascender iconos más allá de estupendos goles o magníficas paradas.

Esta columna es, en concreto, la fracción de tiempo que transcurre entre el comienzo de la acción física de la patada, y el momento en que damos crédito a lo que va a suceder. Es el lapso de tiempo que transcurre entre que ocurre lo inesperado, y la capacidad para asumirlo, por tanto, para aniquilar la sorpresa. Esta columna es la breve esperanza de que el deporte es algo más que un mundo mercantil y pervertido. Lo que dure.

 **Desde la semana pasada vuelvo a colaborar con el recomendabilísimo esedosuno hablando de deporte.
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Victoria histórica

Al final la Historia que se cuenta, el Relato que se crea, acaba desdibujando la realidad hasta el grado máximo. Igual lo interesante es conocer si el ciudadano, al que llamaremos espectador, está interesado en la realidad, o ya sólo le importa el relato, la fantasía. Conviene cuestionar si el viaje que partió de los hechos y acabó en algo siempre más vibrante, no es algo que el espectador toma de manera consciente. Anoche el Real Madrid podría haber ganado por los pelos el primer partido de la fase de grupos de la Champions, pero pareció que el pitido final significaba la mayor proeza de la historia de la Humanidad.

Televisión Española, con un exjugador feliz en la parcialidad, y un animador que había ocupado el puesto del narrador, quiso confundir el salón de la casa de Sergio Sauca con el estudio, pensando que los millones de telespectadores éramos su familia y amigos. Sauca gritó como una vieja, como un aficionado enfervorecido ante la mayor proeza jamás contada. Contagiado por la estrambótica narración de la natación en los pasados juegos de Londres, y alentado por la falta de mesura de Sanchís, cuyas aportaciones técnicas se pueden equiparar a las de un chimpancé, el pseudonarrador se ganó cada uno de los apelativos que le había aplicado hace meses Paco Grande (“es malísimo y se salta los guiones“) y que le valieron a éste la condena al ostracismo.

No hablo de lo meramente futbolístico porque el partido, muy alborotado y eléctrico, tuvo un claro dominio de un Real Madrid que, pese a la renuncia desde el principio del City, y el mezquino planteamiento de Mancini, no jugó bien pero mereció la victoria. Hablo del relato del que vive la prensa deportiva y en la medida que es partícipe el aficionado, ese que hizo que pareciera el partido más épico de entre los épicos, borrachos como estamos ya de clásicos partidos del siglo locales. Cualquiera que escuchara gritar a Sauca el golazo de Marcelo -que en realidad fue un rebote un poco churro-, imagina lo que hubiera sido la narración del famoso gol de Zidane en la final de hace unos años, y el infarto que hubiera sufrido el locutor. O el de Maradona. Las tómbolas han perdido un gran locutor.

Si el insulso José Ángel de la Casa pasó a la historia por algo, fue por aquel gol de Señor, el décimosegundo a Malta, única pérdida de la compostura en una carrera impecablemente plana como narrador. Tuvo que darse el partido imposible con el resultado increíble para que lo extraordinario tuviera protagonismo. Ahora parece que todo es extraordinario, que cada gol es más histórico que el anterior, que las plantillas de Real Madrid y Barcelona juntan a cuarenta de los cuarenta y dos mejores de todos los tiempos. La Historia ya es sólo una cantera de la que sacar merchandising. Sin perspectiva todo es más fácil. Sin herramientas que aten a la realidad todo vale. El relato más bonito, o el que grite más alto.

Les dejo el vídeo-resumen para que se recreen en los comentarios. Escúchenlo atentamente. Ninguna frase tiene desperdicio. Algunos tan interesantes como “peligro, peligro, peligro, peligro, peligro…

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