Sor Patrocinio

Ignacio_Gonzalez

El patrocinio de la línea 2 del Metro de Madrid es una gran noticia. Después del tímido patrocinio temporal de la estación de Sol por Samsung Galaxy, ahora se patrocina la línea entera y todos debemos congratularnos por ello, ya que se trata “de una innovadora iniciativa publicitaria por la que la Estación de Sol y la Línea 2 de Metro se llamarán Vodafone. Se trata de “avanzar un paso más en la búsqueda de nuevas vías de ingresos a través de fórmulas comerciales novedosas y originales en el Metro de Madrid, que van más allá de las clásicas campañas publicitarias“.

Les propongo que avancemos un poco más. Buscando nuevas vías de ingresos para la propia presidencia de la Comunidad de Madrid, mediante fórmulas comerciales novedosas y originales, se podría patrocinar también la propia presidencia. Así Ignacio González, el presidente en jefe de la Comunidad de Madrid (entró en el minuto 57 sustituyendo a la lesionada Esperanza Aguirre), podría ser patrocinado por Licores Hijoputa, y podríamos llamarle Presidente Hijoputa sin temor a equivocarnos. El Presidente Hijoputa podría desarrollar iniciativas legislativas pagadas por una conocida marca de espárragos, Cojonudos. El Presidente Hijoputa aprobaría así leyes Cojonudas.

Algún día Leonard Cohen versionará aquello de “Mercadoona, mer-ca-do-na, dona, dona“, y todos lo cantaremos felices rumbo a Eurovegas, dispuestos a jugarnos a nuestros hijos, que bien se podrían llamar Servired o Nike. Seguro que hay gente en Estados Unidos que se llama Nike y es igual que los Mike, pero más caros. Veremos a nuestros amigos de higos a didas, registraremos movistares sísmicos, y protegeremos nuestra vida privalia. Comprar el nombre de las cosas es una de las herramientas de marketing más patéticas de la historia. El Hagen Dasz Calderón lo fue durante un año y no me sirvió para aprender cómo se escribe la marca de helados. Ahora es Caser, una aseguradora de confianza, que asegura una cantidad considerable de menciones en prensa con un trabajo creativo mínimo.

Tu marca y qué. Sólo espero que más allá de la muerte haya una especie de señor que te reciba y te diga “Tu marca y qué”.

Share

Mondo fifí

blandiblu_thumb

Dependiendo de la empresa, los departamentos de comunicación y marketing suelen ser lugares destinados a lo que denomino fifís. Señoritas y caballeretes de apellido compuesto y un poquito blandiblús, cuyas familias nunca se han permitido verles pasar hambre, y que han perpetuado la especie en tal o cual máster de prestigio, o que han estudiado en Estados Unidos que es algo como muy enriquecedor per se. Suelen ser departamentos donde se manejan buenos sueldos y no demasiadas responsabilidades. Son difíciles las evaluaciones y llamativos los éxitos. Son departamentos perfectos para quienes tienen esa mezcla entre la vena comercial que necesitar ir de compras por Serrano, y esa personalidad artística que les permitirá relacionarse con agencias supercreativas-osea, que les ayudarán a conceptualizar la vida mediante argumentos más bien etéreos.

En los últimos saraos en los que he tenido la fortuna de estar presente, me ha llamado la atención la pasión de esa casta por la futurología. ¿Qué pasará mañana?, ¿Cómo será nuestro cliente?, ¿Cómo debemos relacionarnos con él?, ¿Cómo querrá relacionarse con nuestras marcas? El mondo fifí vive en una realidad paralela, probablemente la burbuja de una preciosa urbanización parecida a lo que las películas nos enseñaron que sería la felicidad. El fifí mete su pickup de alta gama en el garaje del complejo empresarial de turno, tiene asistentes que le limpian la casa y cree que Lidl es un jugador de cricket, o un baile nuevo que ha salido por Internet.

Los habitantes de mondo fifí viven, por tanto, alejados de la normalidad, creen que un Metro son cien Centímetros, y necesitan proveerse constantemente de estudios que les pongan los pies en el suelo y les digan cosas que para los humanos pueden ser más o menos obviedades sobre opiniones, formas de consumo y, en definitiva, realidad. Al mondo fifí cualquier cosa le parece de early adopter aún teniendo una penetración de más del 70%. Están interesados en saber el futuro a costa de despreciar el presente y, sobretodo adolecen de cualquier tipo de perspectiva.

El mondo fifí, por supuesto, no ve Gran Hermano, ni programas del cotilleo. Pero es que tampoco les gusta el deporte ni el cine. No hablemos de la música -aseguran que les gusta todo-, el teatro, la literatura -nada más allá del libro del verano-, o prácticamente cualquier tipo de actividad. Para ellos un blog es la cosa esa que se hace el en mundo de la moda, e Internet es una cosa “impresionante”. En realidad no sé a que cojones se puede dedicar el mondo fifí.

En ese panorama desolador todavía existen pequeños seres pensantes verdaderamente buenos. Personas de mirada afilada y dirección precisa que nadan entre la basura olvidando la brillantez que resalta frente al mar de mediocridad colindante. Gente de cuyo sentido común y trabajo puedes aprender en cada momento. Y en esas estamos.

Share

Cabeza de caballo

Mi amigo Mandi decía ante la comida del comedor de la facultad, que si nos daban carne de rata nos lo deberían cobrar a precio de rata. Seguro que hoy estará diciendo lo mismo con el caballo. Habrán oído la polémica de la carne de caballo en un escándalo con las  hamburguesas de Eroski y Alipende de por medio. En tiempos en los que el concepto ciudadano anda con una estocada baja, y el consumidor le ha comprado la plaza como decisor social, la OCU es el nuevo sindicato: un órgano con el que el humilde se siente representado y que defiende sus derechos, por supuesto, como consumidor. También habrán oído, pero menos, cómo han caído marcas como Buitoni, de Nestlé, que es un buen anunciante en tiempos malos para encontrar buenos anunciantes. Poco después Ikea se sumó al carrusel con sus albóndigas, y desconozco la cantidad de marcas que habrán estado comerciando ese tipo de carne y que habrán reculado con velocidad al destaparse la polémica.

Mi amigo Emi nos contaba cómo su tío, allá en Argentina, vive bien de una granja de lombrices, como proveedor de una famosa cadena de fast food, que incluye esta proteínica carne entre la mezcla del compuesto al que luego llaman hamburguesa. Más que por el ahorro, que también, este tipo de gigantes de la distribución de alimento tienen que buscar soluciones de conservación del sabor y el color a las materias que viajan durante días y para las que el cliente exige una relativa frescura, sabor y color. El mundo en el que se dejan las manzanas feas y se escogen las que son de anuncio, tiene una trastienda rancia y horrible que anda entre las toneladas de “comida fea” que se tiran, y las de comida obligada a estar guapa a toda costa.

Hoy Ikea se ve obligada a retirar una tarta por contaminación fecal. Hablamos de una multinacional del mueble de diseño accesible que ofrece menús de pasta, zumo y yogur a un euro, y se ha convertido ya en un comedor social. Y la ristra continuará. Siempre pensé que la gente saldría a la calle de verdad y con muy malos modos, cuando empezaran a pasar hambre, pero por ocho euros se sigue pudiendo salir a cenar fuera un sábado. Por un euro tenemos una presunta hamburguesa, o veinte albóndigas. Hace muchos años no todas las familias se podían permitir un chuletón. El proletario (el de cuello blanco, si quieren) ha tenido acceso a lujos antes inalcanzables, que no son más que mentiras sobre los que ha cimentado la ficción de pertenecer a una especie de clase media.

Hace un tiempo tuve la oportunidad de comer en un club de élite. Los platos que elegí fueron verdaderamente sencillos y, de entre ellos, me quedé con una manzana de postre, que me transportó a un mundo desconocido: el de la fruta que sabe a fruta. Sólo con el primer bocado me cercioré del engaño en el que vivimos, de que el sabor o la calidad, siguen reservados a determinadas clases que no le van a pegar un mordisco a cualquier cosa. Mantener la escenografía de la clase media cuesta bastante. El problema no está en que las proteínas nos vengan de la lombriz, y no de la ternera, o del caballo que probó el Comidista sin demasiado entusiasmo, sino en las dos consecuencias del engaño. Una la ruptura de la confianza en quien nos alimenta, que se viene a unir a la desconfianza en quienes nos gobiernan, dan empleo, guardan nuestro dinero, o curan. Otra, la pertenencia a la clase media como palanca fundamental de marketing, con ese empeño por no llamar las cosas por su nombre, esa normalización de la mentira, de la que luego nos extrañamos tanto.

Share

La Navidad (y de repente la comida se convirtió en manjar)

El sorteo de la Lotería Nacional suele dar el pistoletazo de salida real a las fiestas navideñas. El premio siempre está repartido, más que nunca, cae en barrios humildes, donde hace mucha falta, y es madrugador caiga a la hora que caiga. El de este año a las 10:07, una hora después de empezar el sorteo. Brutal madrugón las diez de la mañana. Considerar “madrugador” a algo que sucede a las diez y siete de la mañana dice mucho del colectivo periodista. Luego gente brindando en vaso de plástico con sidra El Gaitero, sandeces balbuceadas a cámara, y una pequeña fortuna que se dilapidará en menos que tarden los compañeros periodistas en recogerse, tal vez en un viaje a putas a Benalmádena.

El Gordo llega tras dos o tres meses de bombardeo preventivo. Desde octubre podemos comprar dulces típicos en las grandes superficies comerciales, y la televisión nos abrasa con spots de temática navideña, plagados de emoción barata, con divertidos papás noeles y reyes que son tan magos que no cazan en Botswana. Son momentos críticos en los que el pensamiento único defiende la fortaleza de la verdad, el bien y la belleza, en este caso pasar estas fechas con “los tuyos”. Este año hemos encontrado una especial tendencia por parte de las marcas y las agencias, a sacar tajada emocional a la crisis, como si los bancos fueran unos hijos de mil madres, y el consumismo irracional se fuera de rositas en todo esto.

Mi favoritos son  los spots de colonias, que luego se llamaron perfumes para más tarde ser fragancias. Siempre frase final en francés, que si no parece una paletada, siempre imágenes locas, siempre mensajes soterrados, siempre modelos haciendo gestos raros, como si fuera una perfomance de final de curso en Bellas Artes. Perfecto para impactar en el mismo target que hace un rato, en ese mismo canal, veía Gandía Shore. Los perfumes, como los feos en los garitos a las cinco de la mañana, venden por atolondramiento. ¡Imágenes, sensaciones, pasión, caballo, señor con perilla, chica mordiendo manzana…!, ¡¡Compro!! Es posible que no sea necesario pagarle el anuncio a un fan del costo. Los perfumes son regalos de compromiso, se ponga uno lo lírico que se ponga.

Y llega el turno de la comida y las nomenclaturas. De repente todo se convierte en ibérico. Hasta el corte de mangas que se le hace a la crisis es ibérico  Este año, dado que todo es ibérico y por tanto la etiqueta no vale como diferencial, se introduce el concepto “ibérico puro“, que es algo como muy del PNV. Se entiende que al cerdo se le examina antes de los dolores para comprobar lo a gala que lleva eso de ser íbero. Creo que con el lomo embuchado deberían entregar el certificado de nacimiento, árbol genealógico y escudo heráldico del animal. Cada vez que ustedes se consideren seres inteligentes, recuerden que en los 90, en las superficies comerciales, había unos señores que imprimían sus presuntos escudos heráldicos en un folio que simulaba ser un pergamino, se lo enmarcaban, ustedes le daban diez mil pesetas a cambio, y se iban a casa tan contentos.

Hoy no hay caja de mazapanes que no se convierta en una “cuidada selección de figuritas artesanales de mazapán”, nombre que da a entender que en el templo del siglo XIII en el que unas monjas puras han realizado el mazapán con una ancestral receta también del siglo XIII, una de ellas selecciona los mejores para ti, y los introduce en una caja industrial, tirando el resto de mazapanes que no son perfectos a la basura. En navidad todo es artesanal -excepto el packaging-, todo es selecto, todo es de primera calidad, todo es “extra” o, si me apuran, “supremo”. Por cierto que en el convento, en el siglo XIII, se apareció una monja del futuro que les dijo que no se preocuparan, que se descubriría América y de allí traerían fécula de patata para sustituir a la almendra en su ancestral receta, y así se abarataría el coste de la producción.

Un paquete de dátiles ya no es un puto paquete de dátiles, es un “viaje a un mundo del sabor más exótico con la cuidada selección de dátiles que sólo Sekitos puede ofrecerte”. Y aquí los amigos de Sekitos SL introducen un sabio e inolvidable consejo: “Ideales para tomar solos, o para combinarlos como prefieras”. Flipa con el mundo de posibilidades que una caja de dátiles abre ante nosotros. De repente a los turrones, peladillas, polvorones, mazapanes…, se unen desde hace años los dátiles, pasas o frutas escarchadas, perfectamente encontrables en cualquier establecimiento el resto del año, pero que en Navidad se venden como producto típico. Las galletas de barquillo se convierten en “delicias de turrón”, y te lo cuentan con letra Kunstler Script cursiva, como las tarjetas de los abogados en los años ochenta.

Las pasas de Corinto son ahora selecciones supremas, y el Vicente del Bosque de los Frutos Secos, comparece en rueda de prensa en Corinto, ciudad griega del Peloponeso, para dar la lista de las uvas que formarán pare de la selección que llegará al armario de mi casa. Porque ahí tengo todo: en el armario. Estoy atenazado, me siento incapaz, soy gastronómicamente responsable de lo que pase con esos productos navideños. De vez en cuando abro el armario y me pregunto si soy merecedor de tener tal colección de manjares. Si de verdad soy digno de saborear un poco del más puramente ibérico de los chorizos. No sé quién me creo para pensar que merezco ensuciar con mis dientes un turrón duro con una receta de valor incalculable que ha transmitido secretamente durante años, de generación en generación. Vivo con hambre, preso del pánico, porque soy el único hombre de España que se cree lo que pone el envoltorio de las cosas. O se acaba esto y vuelven los productos industriales de mierda de los que sí soy digno, o me temo que me quedan pocos días de vida.

Felices fiestas y que tengan un día repleto de la mejor selección de horas supremas, con artesanales minutos, y extraordinarios e ibéricos segundos.

Vídeo: Los Cavernas

Share

Subliminal, liminal y superliminal

Hace tiempo que la ética está apolillándose en el armario. Hace ya que Matías Prats aprovechó la credibilidad ganada por el marco en que desempeña su trabajo, para rentabilizar su imagen personal y, como si se tratara de un deportista, o cantante, empezó a pasar por la caja publicitaria, sin que el telespectador variara un ápice la percepción de su independencia profesional. Hace tiempo que la publicidad se mezcla con la realidad en los acontecimientos deportivos gracias a los juegos de postproducción. Hace tiempo que se patrocinan espacios informativos -se ha empezado con la información meteorológica y la deportiva-, sin siquiera variar el contexto, señalando solo con un minúsculo texto en la parte superior de la pantalla, en un color poco destacado, que indica “publicidad“.

Ayer el diario en ruina El País, en su edición digital, fue un paso más allá. elpais.com, desde hace un tiempo, cuenta con un recurso para llamar la atención del lector. Se trata de un distintivo que dota de relevancia a una noticia. Un texto que reza “urgente” sobre rojo intermitente y que, bajo mi punto de vista, ha perdido valor de tanto usarlo. Lo pueden ver en la imagen:

Ayer elpais.com fue un paso más allá con la integración de la publicidad en su portada. Curiosamente en el mismo lugar, con el mismo color. Miren la imagen de abajo. Es una forma como otra cualquiera de llamar la atención. Es una forma como otra cualquier de enterrar cualquier atisbo de credibilidad. Si es que le quedaba.

Share

Lo on y lo off

El otro día me contaba Montero cómo le interesa observar las mejoras en nuestras interacciones con las cosas, que se han producido gracias a las experiencias online, con objeto de llevarlas a entornos físicos. Creo que no sólo es una cuestión social y una réplica de nuestra vida, amigos, gustos e intereses de la vida real a la virtual, o remota, o social, o como al queramos llamar. El mismo día vi este banner destacado físico en Mercadona resaltando nuevos productos. Ya están aquí.

Share

Odio eterno al deporte moderno

En este país tenemos un problema considerable con la prensa deportiva y eso es así, y eso es tan así como una casa muy grande. Como aquella casa de Boyer y Preysler que tenía nosecuantos cuartos de baño. Se da una cosa que se llama patriotismo, se agita con una ignorancia supina, sueldos de mierda, y falta de reflexión, y tenemos cualquier portada del As, Marca, Sport o Mundo Deportivo. Se meten imágenes que pasen a gran velocidad, con música animada, se mezcla con marujeo del bueno, y tenemos el informativo de los Manolos riéndose de un mendigo por Europa, a Silvia Barba preguntando “Bueno, dos a cero, ¿No?“, o a Camacho y sus rodales camiseros, gritando en medio de una cena familiar. De entre toda esa mierda sobreviven el Informe Robinson, Gonzalo Vázquez, Paco Grande, Proyecto Panenka, Santiago Segurola, José Sámano, Iñako Díaz Guerra, Juanma Trueba, y un corto etcétera que sale a flote, cuando puede, de aquella manera, o por tal o cual carambola. Porque ser bueno y económicamente sostenible, es una carambola.

Para que nos entendamos, a la prensa deportiva de masas, a la que se dirige a un público enorme, heterogéneo, para el que hay que comunicar de manera muy básica, para esa prensa catch all, es más rentable tirar el gancho seguro, el que impacta en el mayor número de púgiles posible: el fichaje de Florentino de turno, la polémica entre capital y periferia, o la nueva novia de Alonso. Cada vez más fotos -y Sport Ilustrated sólo hay uno-, cada vez el deporte tocado de manera más tangencial. Secciones deportivas engordando en los informativos con reportajes basados en lecturas de labios de banquillos, presentación de equipaciones… Llegar al gran público por el amarillismo. Impactar al aficionado al deporte, y entretener al que no lo es, persiguiendo grandes objetivos de audiencias, que permitan llevarse un buen pellizco publicitario, acaba convirtiendo a las secciones deportivas, en creativos que se encargan de entretener entre clásico y clásico.

Y esa necesidad de ser catch all, identificada por parte de deportistas y directivos, arrastra demasiados problemas muy evidentes. Por ejemplo, las polemicas con el atuendo del deporte femenino que han obligado a que las jugadoras de bádminton lleven falda por obligación, que todo un presidente de la FIFA sugiera shorts ajustados para el fútbol femenino, o que la FIBA haya obligado a cambiar los atuendos de las chicas, definiéndolos de manera explícita: camisetas y calzones que sigan los contornos corporales, calzones con un máximo de 2 centímetros entre los mismos y la piel, y un espacio mínimo 10 centímetros por encima de la rodilla. Aseguran que se trata de una medida tomada para “proporcionar una identidad común a todo el baloncesto femenino, como acontece ya en otros deportes“. Se les olvida decir que también es para que caigan unas buenas pajas. El mensaje implícito es que el deporte femenino no puede vivir con sus aficionados, ha de resultar atractivo a los pajilleros, fanáticos del onanismo siempre necesitados de heroínas para sus fantasías sexuales, dispuestos, por qué no, a unirse al carro del deporte. Entonces sí, con un público objetivo de aficionados al deporte, y a la masturbación, las empresas, que es el meollo de todo esto, pondrán su dinero en el deporte. Bien.

Diana Taurasi

No les sonará el nombre de Diana Taurasi, algo más el de Antonia Misura, la jugadora de baloncesto croata calificada como “bellísima” o “escultural”, que está revolucionando a los medios en Londres. La primera, es una jugadora norteamericana del Galatasaray turco, que ya acumula más de medio millón de dólares en multas de la FIBA, por negarse a asumir las nuevas reglas de vestimenta. De Taurasi poca prensa, poco reportaje. Bien por la prensa, mejor por los pajilleros.

Intentando obviar que, mediante esa teoría, los pajilleros son el principal lobby mundial, tenemos a los deportistas que viven para y por las cámaras (el mito Beckham-Kournikova), o las variaciones en las reglas deportivas para hacer a las disciplinas “más interesantes”. Se ve natural, por ejemplo, encontrarse el siguiente texto en medios especializados: “la competición de Taekwondo ha estado evolucionando continuamente para llegar a convertirse en un deporte limpio, emocionante y vistoso para los medios de comunicación“. Modelos de competición como la NBA, la Premier League, o la Champions, resultan casos de éxito que buscan repetirse por múltiples vías. La búsqueda del patrocinador, del dinero fresco, cambia nombres a competiciones, a estadios, a equipos. Y la propia presencia del capital en el deporte empieza a trastocarlo todo.

Leíamos ayer que el jugador murciano Alberto Botía que, hasta la pasada campaña militó en el Sporting de Gijón, se marcha al Sevilla, cedido por el fondo de inversión propietario de sus derechos. El fondo se llama Doyen Group y, ahora mismo, es patrocinador de Sporting, Atlético de Madrid y Getafe, pero su idea es patrocinar, al menos, a nueve equipos más, esto es, al sesenta por ciento de la Primera División, o Liga BBVA. Además, el grupo se dedica a invertir el jóvenes jugadores, como el caso de Botía. Pueden imaginar ustedes el resto. Como refleja un reportaje de Faustino Sáez y José Marcos para El País, las operaciones pueden llegar a utilizar a los clubs como plataforma: “Son operaciones en las que el club de destino se beneficia durante un tiempo del jugador, no arriesga dinero -en ocasiones ni el salario- y se presta como escaparate para que el fondo luzca y revalorice su producto“. Si a esto sumamos que las próximas Supercopas de España (partido entre el campeón de Liga, y el campeón de Copa del Rey), se jugarán en China, podemos proclamar a los cuatro vientos el odio eterno al fútbol moderno.

La clave está en el punto de inflexión en el que la desnaturalización del deporte sea tan colosal, en el que la brecha emocional sea tan grande, que cuando la falta de raíces y contextos convierta la pasión en un escenario de realidad virtual, ningún aficionado al deporte lo seguirá siendo, y serán otros los que se acerquen y lo hagan más rentable. La industria mantiene su tensión por alejar al deporte de algo tan básico como su génesis: la lucha del hombre contra los límites. Pretende dotarlo de una sofisticación cuyo único objetivo es que un gordo de Kentucky se gaste ciento cincuenta dólares en unas zapatillas técnicas que va a usar para ir al supermercado.

Para que esto sea así, para que a los aficionados les vaya entrando semejante aparato por el recto, es necesaria vaselina, y ese lubricante es una prensa descerebrada, que premia el entretenimiento sobre todas las cosas. Entretenimiento mientras el jugador, en mitad de un partido, se ata una bota, ganándose un buen primer plano de su zapatilla, generando así un pequeño spot al que la televisión se presta. Entretenimiento en el movimiento de las tetas de una tenista, o entretenimiento en la celebrity que acude al estadio, da igual. El deporte se ha convertido en una excusa para el product placement, en el que las rubias de bote con micrófono, y los ignorantes de barra de bar, se mueven como peces en el agua. No hay mayor felicidad para el cortito de mente, que saber que no necesita más para ganar un buen dinero, que la reflexión penaliza.

Así pues imagino a Calderón, Pau y compañía ayer. Sus reacciones de rabia, sus mantras repetidos “Creemos que merecemos más crédito“, “En cuanto hay algún problema surgen las dudas, como si no hubiéramos demostrado nada todavía“. Pues claro. Es la misma prensa que habla de ÑBA, los mismos para los que Pau es mejor que Kobe, los que creen que USA son unos paquetes, quienes consideran que McMillan cortó la carrera de Rudy y Sergio hacia el All Star. Son esa panda de ignorantes a la que alguna vez habéis reído las gracias. Os quejáis de esa panda de inútiles que os piden ganar todo siempre, creo que eso es darles crédito. Allá vosotros. En cualquier caso, quienes sabemos que no volveremos a ver algo así en la vida, lo tenemos claro: gracias.

Share

Oportunidades

Para cobrar conciencia de la dimensión de lo que está pasando, lo mejor es acudir a El Corte Inglés de Preciados, a las siete de la tarde de un viernes, y observar los enjambres de vendedores charlando, lánguidos, recordando cuando los viernes eran un bullir constante de clientes con la chequera saltarina, dispuestos a comprar más caro por la posibilidad que que te devuelvan el dinero si no estás satisfecho. Supongo que cambiarían el eslogan cuando la satisfacción del español medio se fue complicando. Ahora mismo hay españoles que no están satisfechos con el teatrillo postransición, que no les llega con su familia perfecta en el chalet, con el pastor alemán y el Nissan Qashqai. Qué cojones más querrán. Esa idea destrozó tanto a Isidoro, que comenzó una prospección en provincias, abriendo centros en la búsqueda de potenciales seguidores del sueño que le aupó al estrellato. Pero ayer Preciados estaba vacío, y te servía en bandeja una metáfora en la séptima planta.

La séptima planta de Preciados era Oportunidades, donde podíamos encontrar los saldos, los precios más locos, las gangas. Ahora ya no, ahora las escaleras mecánicas te dejan, como una mano celestial, frente a un stand con un gran letrero que pone “España“, repleto de merchandising, más o menos oficial, de la selección española de fútbol. Dentro del stand, y conocedores de que se hallaban en el epicentro de la metáfora, tres vendedores  separados por medio metro, y la nada. Al llegar, me miran con desesperación, y deseo que la escalera mecánica, por alguna especie de error técnico inexplicable, cambie el sentido de su movimiento, y me saque de allí hacia abajo, cosa que no sucede. Se acerca uno de ellos, con una de esas insignias que parecen medallas de guerra, como si los vendedores de El Corte Inglés se diferenciaran entre los que estuvieron en Vietnam -los del broche-,  y los cobardes que no. Me pregunta que si me puede ayudar en algo. Pues claro. Siempre habrá algo en lo que me pueda ayudar, supongo, pero no le conozco de nada, señor que estuvo en Vietnam. Deberíamos ir a la cafetería del propio centro -la favorita de Miriam-, para conocernos mejor, y saber de qué manera podría aprovechar esa animosa solidaridad. Todo eso lo pienso, pero, en realidad le digo que no, me siento culpable, y busco como un perro las escaleras de bajada, por ese orden.

Al bajar, un calambre me recorrió el espinazo, y el cuerpo se me quedó frío pensando en las escenas que se podrían estar repitiendo en los diferentes centros de la cadena, en provincias, con ese target ahogado por el crédito del adosado que multiplicó su valor, y los cinco millones más para amueblar. En ese momento me encontré a Emidio Tucci. Aunque pensaba que se trataba de un nombre comercial, y que no existía el tal Emidio, que era un invento de un departamento de marketing en los años ochenta, lo reconocí al instante. Como Coco Chanel, Margaret Astor, o Michael Jordan, Emidio Tucci tiene todo un storytelling desarrollado en torno a su nombre pero, al contrario que los anteriores, la suya era una de esas historias que nació de una presentación comercial, y se hizo carne. Me dijo que era italiano, amante del buen gusto, el vino y las mujeres, aunque tenía camisas muy de temporada y muy horribles, y que por poner su nombre las prendas aumentaban veinte pavos de media su precio al cliente final, cosa que me dejó maravillado. Le pedí que me contara la historia de Dustin, al que imaginé emigrante hermano italoamericano, pero Emidio no quiso hablar más, y se desvaneció en la planta de caballero, tras un mostrador de medias ejecutivo. Fue él quien me dijo que había muerto Juan Luis Galiardo.

Galiardo era dos tipos a los que entrevisté dos veces. En la primera yo era un capullo que creía hacer bien las cosas, y él me dio una clase magistral de periodismo desde las respuestas al filo de la navaja. En la segunda yo era un corresponsal de guerra con tendencias suicidas y él interpretó el papel convencional del actor frívolo. Al acabar la entrevista me dijo que mi tendencia autodestructiva era el buen camino, pero quería demostrarme que ni siquiera el bueno era infalible. Que la felicidad no existe y que, como tal, tender hacia ella es orientarse hacia la nada. La nada es una familia perfecta en el chalet, con el pastor alemán y el Nissan Qashqai. Puedo montar un programa de radio para contar que ayer conocí, hecho carne, al hijo de un departamento de marketing de los años ochenta, pero ya no podré prometer una entrevista a la tercera versión de Juan Luis Galiardo, el hombre que lo cuestionaba todo.

Share

The art of cleaning

“Llegaron demasiado tarde los dueños del teatro, los guardianes de los textos, los administradores de lecturas. ¿Cómo voy a pronunciar (…) palabras-proyecto, palabras-mensaje … palabras-denuncia?. (…) Ellos, los gestores de la integridad, han prostituído el discurso de la vida. Ellos, que no entienden de contenidos más allá de la ficción que su interés genera e imponen. ¿Cómo voy ahora a organizar mi resistencia, cómo mi estrategia, cómo mi compromiso, si cuando grite libertad nadie emprenderá cerca vuelo autónomo alguno?”

Román Reyes

Hace más de una década Marc Parrot, entonces el Chaval de la Peca, ponía sonido a la libertad en el spot de una compañía de telefonía móvil. Te invitaban a ser libre, y Román Reyes insistía en la imposibilidad de construir un discurso dado el lamentable estado de las palabras. Guardar silencio -nos decía- es un acto de rebeldía. Las palabras gastadas, comidas por la maquinaria de venta, siempre funcionando al cien por cien. Tan es así que hemos entrado de lleno en la Sociedad del Crédito, en el consumo hoy del capital de mañana. Oficialmente. Ayer. Y todo por la seducción que generan los departamentos de marketing y publicidad, por la promesa de una vida material plena. Siempre atentos a desarmar cualquier intento.

Nike, o Puma contratan coolhunters, cazadores de tendencias, que se mueven por las canchas de basket de los barrios periféricos de los USA, dispuestos a tomar notas del atuendo de los influyentes del barrio y, por qué no decirlo, a conseguir su amistad, y sugerirles tal o cual zapatilla. Hay niños prometedores que, a los siete años, ya han firmado con Adidas. Telefónica, la compañía que se desangra a la velocidad del ADSL, utiliza asambleas en la última campaña de spots, con el cuerpo del 15M todavía caliente. Ser bankero era posible hasta que, ahora lo somos todos y es una obligación. Las palabras conforman nuestro andamiaje mental, y ahora andan desarmadas, sin capacidad de construir.

Estamos enfadados, indignados, jodidos, pero el ” ahora yo qué puedo hacer” es un manual de impotencia ilustrado, es un polvorón comido a destiempo y de un trago, que se nos ha quedado en la boca del estómago y amenaza con explotar y darnos ardor para el resto de nuestras vidas. Parece que no podemos hacer nada. Ni siquiera pensar en lo que podemos hacer, porque nosotros, la mierda cantante y danzante de este planeta, hemos sido cuidadosamente desactivados, recluidos en nuestras casas, individualizados, entretenidos, convencidos de que el otro es nuestro enemigo.

En medio de todo eso, cagándote vivo por la vieja Europa, pagas cuarenta céntimos de euro, que son casi ochenta de las antiguas y previsiblemente nuevas pesetas, por entrar a un servicio publico. Haces una especie de escorzo extraño para no tocar con las nalgas una taza que sólo puede estar más limpia. Miras a tu izquierda, y te encuentras otro mensaje. Otro fatal mensaje “The art of cleaning“, el arte de la limpieza. Los mensajes están por todas partes, te ametrallan. Revientan la banca de los significados, provocan una brutal inflación. No creas que te ni siquiera te podrás limpiar el culo sin someterte a otro mensaje, importante, profundo, argumentado durante horas en un departamento de comunicación. El arte de la limpieza. Limpiar, por tanto, es un arte. Una mierda de arte.

Share