Imperios

¿Quién se acuerda de Mahmud Almadineyad? Ahora lo hype es hablar de Kim Jong-un como enemigo público número uno, una categoría que, como casi todo, es perecedera y vive pendiente de la aparición de un nuevo Darth Vader más sexy y malo que el anterior. Los moros de la ETA, como calificaba el TDT party a los autores del 11M, quedan en un discreto segundo plano ante las imágenes del ejército en formación en el  estadio más grande del mundo, el de Pyonyang. Los tertulianos expertos en desalojos y escraches, serán ahora especialistas en la actualidad política norcoreana y estarán al servicio de la simplificación que su audiencia espera para salir corriendo a comentar en el café.

Ayer infame-tivos Telecinco ponía una primera piedra en la simplificación y haciendo gala de un maniqueísmo meditado -o eso me gustaría creer-, hablaba de un población norcoreana con los cerebros lavados, que glorifica constantemente a su ejército, al contrario que, por ejemplo, la sociedad norteamericana que, como todos sabemos, tiene una personalidad relevante, y se avergüenza de sus fuerzas armadas. Nótese la ironía.

Si una cadena te manda a Corea del Norte, no es a que hagas una reflexión, es a que traigas esa pieza “informativa”. Hay mucho de nocivo en el ejercicio de la creación de malos oficiales por parte de medios y poderes. Los malos, siempre ELLOS, son fundamentales para la narrativa, en tanto que justifican una serie de actos en su contra que también producen otros cambios, nunca inesperados. Ante las “maniobras militares” norteamericanas, responden “amenazas de ataque” de Corea del Norte.

Por seleccionar un párrafo de Imperio, de Michael Hardt y Toni Negri, “Hay ciertamente algo problemático en esta renovada atención sobre el concepto de bellum justum (Guerra Justa), que la modernidad, o el secularismo moderno, tanto ha tratado de eliminar de la tradición medieval. Los conceptos tradicionales de guerra justa involucran la banalización de la guerra y la celebración de ella como instrumento ético (…) Estas dos características tradicionales han reaparecido en nuestro mundo posmoderno: por un lado, la guerra es reducida al status de acción policial, y por otro, el nuevo poder que puede ejercer funciones éticas legítimamente por medio de la guerra, es sacralizado.

Uno de los principales problemas de que la guerra sea un instrumento ético, es que los juicios éticos son complicados, y sus consecuencias resultan terribles. Seguro que tienen vívido recuerdo de la pantomima de la segunda Guerra de Irak, la del que “estaba trabajandou en ellouuu“. Igual no pasaban de alevines en la primera (1990), en la que el ataque estadounidense gozó del apoyo popular que se basaba en unas famosas imágenes de fuerzas iraquíes desenchufando incubadoras. Imágenes de ficción, claro, como se demostró años atrás. El documental que lo cuenta está en Youtube, a un click de ustedes:

 

¿Por qué el caballero británico se levanta enfurruñado, otra vez? Por la basura que hace la prensa. Nunca, repito, nunca digan que una docena de famosos tirándose a una piscina es telebasura, porque será lo más honesto que puedan ver en toda la programación. La prensa, que siempre pide respeto, y se reivindica poniendo por delante el nombre de la democracia, debería pensar si ha sido asesinato o suicidio. Un periodista siempre debe estar esperando el finiquito, de lo contrario es otra cosa, un publicista.

Enric González recuerda en las Memorias líquidas, su época de enviado de El País a la primera Guerra del Golfo: “Aún circula por Youtube un vídeo de la CNN en el que un reportero de guerra contaba desde una azotea que el cielo nocturno estaba encendido por los impactos de los misiles iraquíes con los contramisiles Patriot y que nadie se atrevía a salir de los refugios. En el vídeo se observan trayectorias de extraños proyectiles blancos. Son las bolitas de papel que le tirábamos a aquel fantasma, mientras hacíamos tiempo mirando el paisaje hasta la hora de cenar”. Pues eso.

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Cannes

Pasé la noche del 16 de mayo de 2006 en una habitación de un hotel de mala muerte en Niza con una supermodelo. No es el argumento de una canción de Quique González, era lo que estaba pasando en las vísperas del estreno de El Código da Vinci en el Festival de Cannes de aquel año, quizás uno de los mayores patinazos de la historia del festival. Habíamos salido de Madrid el día anterior con la intención de entrevistar a Tom Hanks, Audrey Tautou y Mónica Bellucci, con ganas de lucir palmito por la Croisette, y con veinte kilos de baterías para la cámara.

Viajamos vía Milán, donde cogimos una especie de avioneta destartalada, ocupada por unos veinte pasajeros más con camisas que valían más que nuestras vidas y, al llegar al festival, descubrimos que la gente de la productora se había equivocado en la acreditación, y que la obtenida nos daba derecho a respirar a ciento cincuenta metros de cualquier cosa interesante, así que habría que pelear. Minuto uno de partido, 100% cambio de planes, fin del glam. Se acabó la idea de entrevistar a Tom Hanks, Audrey Tautou y Mónica Bellucci, se acabaron las ganas de lucir palmito por la Croisette, pero permanecieron inalterables los veinte kilos de baterías para la cámara. Desde ese momento, la reportera empezó a preguntarse por qué una tipa como ella, acostumbrada a recibir cien mil euros por cruzar el mundo y hacerse una docena de fotos para una marca de alta costura, tenía que estar metiendo codos en una alfombra roja, o reptando entre los servicios de seguridad del hotel de las grandes estrellas.

Yo estaba en mi salsa y aquella noche, mientras la modelo lloraba que no quería aquello, que se había equivocado, y yo imaginaba la cara de mi productora y la literatura ligera de la carta de despido, pensé que podía ser mi gran oportunidad, que podría coger el micrófono y lanzarme a una aventura descarada más, como cuando me colé vestido de camarero y le serví la cena a Woody Allen, o recordando los años en los que eludía a la gente de prensa y seguridad de tal o cual político. Era mi gran oportunidad, y el corazón empezaba a latirme con fuerza, hiperventilaba y ya no escuchaba los sollozos de Raquel, aunque asegurara que iba a coger un taxi para el aeropuerto.

En la vida hay que ser valiente, hay que arriesgar, hay que tomar decisiones, así que lo hice. Hablé con ella, la convencí de que el camino que había elegido era el correcto, que estaba demostrando mucho, que la falta de acreditación era lo de menos, que los codazos y las carreras eran accesorios, e incluso que aquella mierda de hotel carecía de cortinilla en el baño porque las bañeras sin cortinilla eran una costumbre de la Costa Azul, pero que volveríamos a España con un reportaje de los que sientan cátedra. Aunque lo que verdaderamente subió su ánimo fue comprarse un bolso de 1.550 euros en la tienda de Gucci al día siguiente, y mitigar el antojo de un sandwitch mixto en la Croisette, que pagamos con las dietas de dos días del cámara y mías.

Se estrenó el Código da Vinci, y el Festival de Cannes perdió mil kilómetros de prestigio. Por supuesto yo no debuté como reportero para TVE. Hubiera sido muy difícil de explicar en Madrid. Semanas después, cuando salía a las tres o las cuatro de la mañana de entregar un reportaje, camino hacia un taxi me cruzaba con un Mercedes SLK Kompressor, que paró a mi altura, bajó la ventanilla, e hizo aparecer la cabeza de la productora:

-Chico, ¿Tu eres el del reportaje de Cannes?

-Sí.

-Pues vaya puta mierda.

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Lo nuevo II

Vivimos en un mundo lleno de gente que habla del tipo de mundo en el que vivimos. Algunos de los argumentos más reiterados tienen que ver con la inmediatez de la información, la capacidad de acceder a ella, o la necesidad de participar en la carrera esquizofrénica por generar contenidos de manera constante. Desde que me dedico a la creación de contenidos vivo en mitad de un tsunami informativo, y contribuyo al crecimiento exponencial de la producción de información. Aquí lo habitual es incluir el dato de la cantidad de bits que se han producido desde el principio de la Historia hasta los noventa del siglo pasado, y que esa misma cantidad de produce hoy en dos días. ¿Cómo se ha hecho ese cálculo? No lo sé, pero nadie lo pone en duda en las presentaciones. Un señor me dice eso en un powerpoint, me vale.

Los powerpoint dicen hoy que el contenido es el rey. A falta de monarcas decentes, bueno es el contenido, aunque no haya encontrado a dos personas que me lo hayan definido de la misma manera, por tanto ¿Qué es contenido?, ¿Cuándo se considera que se ha consumido un contenido?, ¿Cuál es su vida útil?, ¿Qué es consumir un contenido?, ¿Cuánto contenido necesitamos para darnos por satisfechos? En los últimos meses son muchas las iniciativas online que aseguran basar un futuro éxito en la calidad del contenido, que generará tráfico, y con el llegará el negocio. Debate aparte merece definir el concepto “calidad”. Hasta no hace mucho, pensaba que los medios de comunicación se dedicaban a generar contenido de calidad basándose en caras conocidas, grandes escritores, o estrellas rutilantes, y vivían de la publicidad que vendían gracias a su prestigio. Pero resulta que esos mismos medios anuncian EREs cada dos semanas, ¿A qué llamamos contenido de calidad?, ¿Tiene más calidad un meme que un artículo de Vargas Llosa?, ¿Acaso el contenido no fue siempre el rey?

Tal vez la clave esté en entender las nuevas reglas del juego. En esas nuevas reglas hay espacio para lo inmediato, comido por unas redes sociales que dinamitan cualquier competencia, pero también hay hueco para un contenido de fondo, cuyo ciclo de vida se amplía hasta ofrecer sorpresas como la sucedida en la web de El País en 2011, cuando se colaba entre las noticias más leídas una fechada seis años antes. Parece importante que las historias estén bien escritas, pero resulta fundamental que estén bien contadas y, por primera vez hablamos de cosas diferentes. La tecnología ha bajado a lo doméstico la capacidad para contar historias.

Hace diez años los medios de comunicación estadounidenses gozaban de un cierto prestigio. El 70% de los ciudadanos consideraba que sus medios eran creíbles. En 2011 el porcentaje de creyentes era del 62%, y hoy del 52%. Uno de los factores clave en el descrédito podría ser la cruzada de los medios por contar su propia historia, justificar sus editoriales, proteger sus intereses económicos. Cada vez son más los ciudadanos que consideran que se trata de empresas que comunican, con sus ciclos y sus cuentas. Conceptos como la publicidad camuflada en informativos (ING y sus consejos sobre el fondo del mapa meteorológico), o las autopromociones de productos entre medios del mismo grupo empresarial (muy evidente siempre en PRISA y ahora entre Antena3 y La Sexta), ayudan poco a ganar crédito.

Si a esta falta de crédito sumamos la confianza en la recomendación de nuestro círculo más cercano, encontramos un escenario muy diferente, donde reinan las fórmulas de la información social. El error está en pensar que esas fórmulas no existen, que el tubo por el que nos llega la información ya no es un grupo empresarial, como si Google, Facebook o Twitter fueran hermanas de la caridad.

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Lo nuevo I

Adiós. Como el transatlántico que zarpa y se va alejando con lentitud, la amenaza para el Gran Relato nos abandona. El Gran Relato pide ser contado siempre por adictos al mismo, que saben muy bien cómo escribirlo. De los periodistas a principios de los años sesenta del pasado siglo decía Tom Wolfe que “se les consideraba principalmente como operarios pagados al día que extraían pedazos de información bruta para mejor uso de escritores de mayor «sensibilidad»(…) los llamados escritores independientes… a excepción de unos pocos colaboradores del The New Yorker, ni siquiera formaban parte del escalafón. Eran el lumpenproletariado”. El coronel nunca tiene quién le escriba, y ahora nos dicen que somos nosotros -todos y cada uno de nosotros-, quienes tenemos la capacidad de co-crear, de ayudar a escribir el Relato.

Durante siglos la literatura pareció una cuestión de fe. El arte se veía como algo sagrado y lejano, y sólo se consideraban artistas a una constelación de iluminados, perfectamente preparados para recibir retazos de clarividencia celestial en forma de inspiración artística, cuyo reflejo podíamos disfrutar el resto de los mortales en forma de pintura, escultura, canción, o texto. Los escritores eran la creme dela creme, y coexistían formalmente alejados de los periodistas hasta, precisamente, la irrupción en Estados Unidos de los Wolfe, Talese, Thomas B. Morgan, Brower, Southern, Christgau, Arbus, Sheehy, Benton… con lo que se denominó/demonizó Nuevo Periodismo, un movimiento dedicado en su mayor parte a emborronar las fronteras establecidas. El punto culminante fue la publicación desde el otoño de 1965 en el New Yorker, y por entregas semanales, de la excepcional novela de no-ficción de Truman Capote, A sangre fría.

El lumpen se había reivindicado en el arte de contar el Relato, y contaminaba con sus formas cercanas y directas el discurso dominantes. El establishment se armó hasta los dientes, y abrazó con alegría a los nuevos predicadores, poniéndolos al frente de las más prestigiosas publicaciones del mundo occidental, como referencia en los nuevos no-formatos. Todo sistema genera su antisistema que, al triunfar, se convierte en sistema. Cualquiera con un mínimo de pulso podría contar la realidad, y a ese “cualquiera” se le construyó un camino, que se convirtió en moda, y fue asimilado por un sistema ligeramente mutado, pero cuyo espíritu se mantuvo intacto. Si saltamos en el tiempo hacia el boom de la blogosfera, pueden resultar argumentos familiares. El acceso a la tecnología significa un torpedo a las viejas formas de la industria.

 

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Deprisa deprisa

El objetivo del reportaje es observar, como si de una pieza cómica se tratara, la relación entre Artur Mas y Mariano Rajoy. Sus miradas, sus roces, y las palabras que se cruzan en la inauguración de un nuevo tramo de AVE. El foco de la pieza es la relación entre dos mandatarios enfrentados por un conflicto territorial, ajeno a la gran mayoría de la población, cuya resolución sólo serviría para resolverse a sí misma, pero ninguna otra cosa más. Un reportero no hubiera aguantado sin preguntar por unas infraestructuras suicidas y exclusivas para quienes pueden pagarse 200 euros por hacer un trayecto que antes se hacía con 60. Pero ya no quedan reporteros. Lo más probable es que nunca los hubiera habido.

El AVE es un tren que sirve como coartada para comunicarse con diestro y no olvidarnos de siniestro. Es muy importante resaltar una y otra vez que se “va en el AVE“, que se “cogerá un AVE“, o que se ha llegado “en AVE“. Como si el Talgo no hubiera tenido suficiente categoría para sustituir al genérico “tren”. Como si nos situara en el plano superior, en el honorable lugar de quienes se encienden puros con billetes de 100 euros. El AVE es rápido, te deja pronto en tu destino. Puedes salir de Madrid y la más absoluta de las nadas te esperan en cualquier lugar de España a tan solo tres horas de camino. Se podría llamar NADE. Una especie de carrera de oro hacia el vacío. La misma carrera que nos ha llevado a ese tipo de reportajes cortesanos, zalameros, simples, mentirosos, o al reportaje de las rebajas que, ya sin rubor, introduce como fondo la divertida sintonía de Benny Hill.

La velocidad, que para Carl Honoré, es una forma de no enfrentarse a las cosas, a las cuestiones importantes, también es un arma interesante en manos de quienes controlan el relato, a quienes podríamos llamar Los Malos SL. La velocidad es la cosa que me impide empezar y terminar un libro desde hace un año. La velocidad deconstruye la realidad, la despieza y la convierte en minúsculas piezas de texto, como si de un gran cajón de Lego se tratara, que se amontonan en trending topics que no sirven para nada. Para nada. El mar de la nada siempre está revuelto, siempre peligroso y atractivo. Los formatos audiovisuales cada vez más cortos, cada vez más picados, cada vez más sencillos. Titulares gigantes, actualizaciones constantes, relatos cortos, resultados inmediatos.

Cada vez asisto a más reuniones en las que los asistentes manifiestan una absoluta ansiedad por el presente, por el comienzo, por lo inmediato. Personas obsesionadas por la actualidad, incapaces de pensar en el medio plazo, sabedoras de que el globo se desinflará, porque el aire no da para todos los globos, y cada día se enfrentan al globo más importante de la Historia. Hay un minuto exacto en el que algo pasa de ser lo más importante del mundo  a no serlo. Canciones de tres minutos para radiofórmula, zapping como buque insignia de la costumbre televisiva, diarios gratuitos sin apenas texto. La hiperactividad, las agendas apretadas, la vida por inercia.

Como si la tecnología hubiera llegado más lejos de lo que nuestra mente soporta y la estuviéramos malinterpretando. Como si no estuviéramos preparados para tener cualquier cosa a un click, y viviéramos con la ansiedad de la postguerra de la información, sumidos en una especie de síndrome de Diógenes informativo, en el que lo importante es la acumulación frente a la asimilación. Como si tuviéramos cualquier cosa a un click. Cosa material, objeto. Experiencia lo llaman ahora. Hoy la cosa es la contraposición a la nada. En el mundo creado por Los Malos SL. a la nada sólo le hacen frente los actos de consumo. Ahí viene el shock.

A toda velocidad hacia la nada.

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Ahí

Una chica bastante talluda le pregunta a su madre, ambas sobre una cama, si a su edad -a la de la niña- es normal que te pique… (pausa dramática)… ahí. “Ahí” es en la vagina, porque su madre revela que se trata del anuncio de una crema para el bajo vientre, para el coño, para el chocho, para la concha. Qué bien contado, qué resolutivo, qué gran forma de empezar el año. Tom Wolfe decía de los reporteros más vagos, que se dedicaban a ver la tele para obtener carroña para rellenar sus artículos y columnas en los periódicos. Leer a Tom Wolfe es una putada porque te deja en pelotas y, si te descuidas, te la clava por… ahí.

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Subliminal, liminal y superliminal

Hace tiempo que la ética está apolillándose en el armario. Hace ya que Matías Prats aprovechó la credibilidad ganada por el marco en que desempeña su trabajo, para rentabilizar su imagen personal y, como si se tratara de un deportista, o cantante, empezó a pasar por la caja publicitaria, sin que el telespectador variara un ápice la percepción de su independencia profesional. Hace tiempo que la publicidad se mezcla con la realidad en los acontecimientos deportivos gracias a los juegos de postproducción. Hace tiempo que se patrocinan espacios informativos -se ha empezado con la información meteorológica y la deportiva-, sin siquiera variar el contexto, señalando solo con un minúsculo texto en la parte superior de la pantalla, en un color poco destacado, que indica “publicidad“.

Ayer el diario en ruina El País, en su edición digital, fue un paso más allá. elpais.com, desde hace un tiempo, cuenta con un recurso para llamar la atención del lector. Se trata de un distintivo que dota de relevancia a una noticia. Un texto que reza “urgente” sobre rojo intermitente y que, bajo mi punto de vista, ha perdido valor de tanto usarlo. Lo pueden ver en la imagen:

Ayer elpais.com fue un paso más allá con la integración de la publicidad en su portada. Curiosamente en el mismo lugar, con el mismo color. Miren la imagen de abajo. Es una forma como otra cualquiera de llamar la atención. Es una forma como otra cualquier de enterrar cualquier atisbo de credibilidad. Si es que le quedaba.

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Periodigno

Supongo que habrán echado de menos un posteo sobre Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa, quintaesencia del hijoputismo ilustrado, y nuevo icono de la desgracia, de la crisis y, como podría titular cualquier reportaje chufla de El País Semanal, ese fantasma llamado paro. Cuando los periodista de El País ponen a Cebrián a caer de un burro, también olvidan que él creó el diario, ojo. En el periodo que va de 2008 a 2012 la cotización del Grupo Prisa ha pasado de unos diez euros por acción a unos cuarenta céntimos. Para que nos entendamos, el contexto económico es complicadete, y la empresa ha sentido las consecuencias de sus políticas mesiánicas en Latinoamérica.

A mi, ahora mismo, me da exactamente igual Cebrián, porque Cebrián somos casi todos. Rajaba esta semana Maruja Torres, muy de la cuerda Prisa, sobre el directivo que ha logrado que El País viva inmerso en un ERE eterno “Es rencoroso y pijo, pero un pijo sin conciencia“, como si abundara el pijo concienciado, o si las clases bajas tuvieran conciencia en su gran mayoría. Apostilla Maruja que CebriánQuería ser un tiburón de Wall Street pero era una sardinita que todo lo hizo mal. Se pulió las ganancias del trabajo de todos nosotros e(…). Cebrián era un quiero y no puedo, un cateto” Insisto en que veo reflejo de la descripción en nuestra sociedad y por doquier.

Uno puede abrir el Diez Minutos, y encontrarse con la boda de la hija de Cebrián y, en ese momento, se da cuenta de que está trabajando como directora de Cine de TVE, el ente público, ni más ni menos, ni menos ni más. Y no me gustaría malpensar, seguro que la muchacha vale un potosí. Eva se levanta cada mes 13.452,14 euros brutos (8.400 limpios). Cuando Javier Pons era director de TVE tuvo a bien ficharla. Cuando Javier Pons cayó en desgracia en TVE, Juan Luis Cebrián tuvo a bien nombrarlo director de Prisa Radio. Cerrando el círculo, para que nos hagamos una idea del estado del “cine español” en TVE, Eva había sido, antes de entrar en el ente, manager de David Bisbal. Qué tal.

Pero ¿Quién no enchufaría a su hija?, ¿Quién no pagaría un favor?, ¿Quién no medraría?, ¿Quién no mentiría por salvaguardar una posición social o económica? Dice Maruja TorresCierto que hay mucha gente dando codazos y haciendo putadas para trepar, pero al final lo consiguen porque pese a que hay muchos se trata sólo de ir haciendo putadas e ir subiendo. En un mundo justo no sería así, pero la justicia hace tiempo que no está por las redacciones” Pues eso Maruja, que el enemigo lleva muchos años en casa.

PD: Siguientes capítulos en la vida de Belén Esteban: nueva operación estética, más deforme, otra más, monstruo total, muerte por sobredosis, internamiento de Jorge Javier en centro psiquiátrico por trastornos debidos a su sentimiento de culpa, suicidio de Jorge Javier.

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Carne cocida

La rescisión de Carne Cruda de la parrilla de Radio3, la limpia que se está haciendo en los medios públicos, las críticas al nuevo director de la emisora moderna por antonomasia, las defensas del director del espacio Javier Gallego, etecé. Todo es una mierda, un fascismo y tal. Bien, vale, va. El mundo debería ser un lugar en el que se pudiera hacer esto y lo otro y tal. Esas cosas pasan: tú tocas la polla, tú te la juegas, el pez gordo abre la boca, el pez gordo te come. Se come a Javier Crudo, y se come a todo dios. Ha sido así siempre, y siempre lo será, y-siem-pre-lo-se-raaaaa.

En el año 2004 perdí mi programa de radio en la SER, en Guadalajara. Una pena, era muy fresco, original, tenía fe en la inteligencia del oyente, blablabla y nosequé. Gracias a la Junta de Comunidades pasé a realizar tareas administrativas en la emisora. Fueron muy gentiles. Para que se hagan una idea, la Junta ya tenía un escrito estándar pidiendo mi cese en el que sólo cambiaban las fechas para enviar una y otra vez. El rollo ya se lo he contado, y no voy a volver sobre el tema porque voy a parecer más narcisista de lo mucho que ya soy, y me va a faltar el cartón de vino y gritar a la puerta de los Jerónimos. Sólo quiero enfocar sobre la actitud de alguien que hace el tipo de cosas que hacía un servidor, o que en este caso hacía Javier Gallego: plantear un programa inteligente en un medio comercial.

Verán, mi razonamiento entonces era el siguiente: tengo veintidós años, veo gente de casi cincuenta años alrededor, en la emisora, que llevan casi treinta años haciendo lo mismo, yo llevo tres haciéndolo y si tengo que aguantar otros tres igual, me pego un tiro. Antes del suicidio, uno se plantea tomarse su trabajo en serio, dar un paso más, comprometerse, crear algo nuevo, y pisa el acelerador. Cuando lo haces, pasas de ser “el que hace ese programa raro“, a ser “el hijodeputa que toca los cojones“. A nadie gusta un hijodeputa que le toca los cojones, cuando todo está en calma chicha. Si yo fuera un pez gordo, tampoco me haría gracia. Cuando uno encarna el papel de hijodeputa para con hijosdeputa más gordos que él, sabe que tiene las horas contadas y que, si no quiere acabar como Leny Bruce, es lo mejor que le puede pasar, que le cuenten a uno las horas.

Otra cosa es la nube. La nube es el lugar desde el que te precipitas, una aglomeración de buenas palabras, palmadas, abrazos y emails animándote, que producen efectos perversos y dinamitan tu perspectiva. Notas el apoyo de los oyentes, pero los oyentes desaparecen cuando dejan de oirte. Sientes el aliento de los compañeros, pero el día que metes tus cosas en una caja de cartón, los compañeros se ponen delante el ex, y guardan la vergüenza en sus cajones. Caer de la nube es enviar cinco emails a cinco amigos y que sólo uno te lo devuelva (y no se olvida, Mino). Eso es lo que queda después. El problema no es el sátrapa que ordena desde arriba, lo tremendo es el manto frío que acompaña la orden.

Sí agradezco la sinceridad de mi director. Me dijo quién me echó, por qué, cuándo y cuántas veces lo habían pedido. A Javier Crudo, Tomás Fernando Flores, nuevo director de Radio3, le ha dicho que es una cuestión de pasta. Que mil cuatrocientos euros de sueldo es una barbaridad. Excusas estúpidas aparte, no me ha gustado el victimismo público de Gallego. Por más que acelere los argumentos demagógicos -aunque sean ciertos-, el mundo va a olvidar Carne Cruda, como por ejemplo se olvidó el primer Caiga Quien Caiga, y fue sustituido por un pastiche que utilizó el mismo nombre (donde Gallego fue guionista) y coló. Pero que Flores airee el tema me parece doblemente patético, indigno y que demuestra una ínfima catadura moral.

El pez chico no gana al grande, David siempre palma con Goliath. Las cosas son así y, cuando se nada contracorriente se nada cadáver. O casi. Si lo que hay detrás de las quejas de Javier Gallego no es egocentrismo, si lo que hay es sólo deseo de ser periodista, y habida la gran comunidad que lo acompaña -tanto en cuanto a los datos del EGM como a su audiencia en redes sociales-, es tan sencillo como podcastear y buscar suscriptores que paguen la producción de un programa que tiene su público. Lloros fuera. Parece evidente que el servicio público ya no se encuentra en las empresas públicas, el servicio público es una actitud. Si el programa se mantiene con 60000 euros al año, es cuestión de encontrar a 60000 suscriptores que pongan un euro al año por mantener el programa y a correr. ¿O es que pretende tener hueco en una emisora comercial?, ¿O es que nos creemos que este puto país es otra cosa?

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El catecismo de la audiencia

Los demócratas han aprendido de las moscas: cuanto mayor sea el tamaño de la mierda tanto más grande es el consenso.

Tom Wolfe

El siete de noviembre de dos mil cinco, lo que todos conocíamos como Canal Plus, perteneciente al grupo de comunicación PRISA, con vinculaciones ideológicas evidentes alineadas con la socialdemocracia -parece ser que representada en España por el pesoe-, se convierte en un canal de emisión en abierto llamado Cuatro. Su mascarón de proa es Iñaki Gabilondo, un periodista fuera de toda duda, pero tocado por bajar a las trincheras tras el anuncio de participación de España en la Guerra de Irak. Si tenemos en cuenta que el noventa y siete por cien del país estaba en contra de nuestra intervención, tampoco es tan escandaloso el posicionamiento.

A Gabilondo podría exigírsele muy poco para ser un periodista modelo: compromiso social, ética, inteligencia, ganas, capacidad de comunicación, duro en las entrevistas y brillante en la editorial. El informativo de Cuatro arrancó con un claro liderazgo en clases altas (24,5%), en grandes urbes (23,7%) y en la Comunidad de Madrid, donde su cuota de pantalla alcanzó el 30,6% colocándose como segunda opción por detrás de Antena 3, aventajando a La 1 en algo más de 13 puntos. El primer mes aparece con formatos sorprendentes y arriesgados, parece otro concepto de televisión, y se lleva poco más de un cuatro por ciento del share.

El primer año cierra con una media del 4,6%, y los dos siguientes lo hace con 6,4% (2006) y 7,7% (2007). Precisamente en junio de 2008 marca su mejor dato histórico con una media del 14% (gracias a la Eurocopa conquistada por las selección nacional), y hace un movimiento en los despachos. La dirección de PRISA quiere audiencia a toda costa, y se trae de Telecinco al directivo Pedro Revaldería (como director de Plural Entertainment, productora de PRISA), creador de formatos como Aquí hay Tomate, TNT, el documental Miguel Ángel Blanco, el día que me mataron, o la aceleración de A tu lado hacia su vertiente más bestia, esto es, el artífice de la época dorada de la audiencia en Telecinco.

El primer cambio se nota en los magacines, a los que arrasa. Las mañanas de Cuatro pasan de ser el típico programa de la mañana con un punto culto pedante, a teñirse completamente de amarillo. Yo tenía un operador de cámara amigo en el programa, que me resumió el cambio en que “cada mañana es lo mismo: putas y yonkis“. Niños desaparecidos, cotilleos, juicios sumarios, asesinos en serie… El concepto Telecinco es más global y desde la cadena saben que los informativos tienen que cambiar.

En el canal de Fuencarral, Pedro Piqueras hace las delicias de los amantes de la casquería llenando sus speech de calificativos como “aterrador”, “espeluznante”, o “terrible”. Imágenes absurdas de atracos en gasolineras norteamericanas, grabaciones de atropellos con cámaras de seguridad, explosiones, desastres naturales, suicidios, o malos tratos contados de manera explícita pero con el “advertimos que las imágenes que verán a continuación son muy duras”… el catecismo de la audiencia.

Leonardo Baltanás es un directivo que hizo el camino inverso. De dirigir Cuatro, pasó a Telecinco, donde quiso crear un contenido más blanco y familiar con programas como El juego del Euromillón, Guinness World Récords, Guerra de sesos… Hostia de audiencia. Cuatro cierra los dos años de Revaldería con sus mejores datos de share: 8,6% (2008, con Euro de por medio) y 8,2% (2009), y éste recibe la llamada de Fuencarral. El chico de oro vuelve con alfombra roja a Telecinco para dirigir su productora filial: Mandarina. Cuatro ha tomado nota de las claves para mejorar sus datos de audiencia, proceso acelerado por la compra de la propia Telecinco.

En 2010 la cadena de Paolo Vasile compra Cuatro y el 22% de Digital+. El País justifica la venta diciendo que tienen que “hacer frente a los dos problemas más graves del mercado televisivo: la fragmentación de las audiencias y la profunda caída de la publicidad en pantalla“. “Se ha acabado la era de ingresos publicitarios y gastos (como los derivados de los derechos futbolísticos) crecientes. A partir de ahora será necesario un mayor control y una gestión diferente de las audiencias“. El compromiso es que Mediaset permite a PRISA proponer el director de informativos de Cuatro durante el primer año, pero la última palabra la tiene el grupo de Berlusconi. Iñaki Gabilondo es invitado gentilmente a abandonar la dirección de los informativos que van a dar un giro interesante.

Juan Pedro Valentín queda al mando de los servicios informativos, es la cara amable elegida para finiquitar CNN+, y largar a buena parte de la plantilla de Atlas, que servirá las mismas noticias para Cuatro y Telecinco. La forma de contar las cosas se telecinquiza, y la carnaza está a la orden del día. Casi una década antes, El País ya había abierto la veda con imágenes en portada a todo color de víctimas de la guerra de Irak reventadas segundos después de ataques norteamericanos. Ayer fueron un poquito más lejos, y es que era diario de referencia de este país, mantuvo durante toda la tarde una portada digna de Sálvame Deluxe, justo lo que quería la turba en la que se convirtió la audiencia que hace el juicio sumario público, ahora desde las redes. Los niños desaparecidos, las palabras “huesos”, “niños”, sus fotos. El País pertenece a PRISA, como la Cadena SER que, por cierto, también negocia su venta a Berlusconi.

Esta mañana se levanta uno con las portadas de ABC y La Razón y claro, El País parece el New York Times. La prensa de este país ha tomado el camino del medio, el de la audiencia a toda costa. El titular que genere más clicks, la portada más polémica y bestia, la información más amarilla. Pensar en conceptos como contrastar, investigar, o reflexionar sólo pueden hacer que nos descojonemos. La prensa está cultivando a la gran masa, está cavando su tumba. La gran masa no va a pagar por la prensa. Nunca. La gran masa busca opciones gratuitas. Las visitas de hoy son la muerte a medio y largo plazo. Ninguna persona con un mínimo criterio, volverá a respetar a la edición digital de El País, sabiendo que su director bien podría ser Jorge Javier Vázquez.

La muerte de la prensa tal y como la conocíamos, se cuece en los despachos, se ejecuta gracias a la falta de nivel de los periodistas, y se alimenta de la visita y el comentario fácil. En los despachos están los hijos de puta, los que juegan a ser el cuarto poder frente a desequilibrados y pobres, pero que se ponen los pantalones por las rodillas ante sus retos de verdad. El problema de la sociedad de la información es el criterio con el que filtramos lo que es importante. Cuando tenemos acceso a todo, es necesario saber dónde está el petróleo. De momento, lo que sabemos es donde no está y, desde ayer, El País, se enterró definitivamente en el la gran montaña de la ética podrida.

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