Gracias

No sé cómo se cierra un blog porque es la primera vez que lo hago.

Alguno menos florido y concurrido se me apagó de muerte natural. En realidad lo he terminado. He terminado de escribir Su Perfecto Caballero Británico y la sensación de terminar algo para alguien que no termina nada, aporta mucha paz.

Lo he acabado. No queda ni uno de los cimientos sobre los que construí este personaje que siempre será fabuloso, rico, y sin el que sería difícil explicarme.

Ha sido como documentar un historial médico de la década (de los 22 a los 32) más fantástica de la vida de cualquiera.

Agradecería con una copa de Moët & Chandon a todos y cada uno de los lectores. Nacerán otras aventuras que se adapten al contexto.

Gracias.

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Esa caja de cartón

Imagino esa caja de cartón. Uno es rico cuando tiene cajas de cartón compradas ad hoc, y no recogidas de la calle, reutilizadas. Cajas de marca blanca, sin logotipos de lejías o de marcas de tabaco, cajas por las que has pagado dinero rechazando los cientos que te esperan como satélites del contenedor azul. Alguien tendrá que tomar cartas en el asunto sobre la apertura estrecha y peluda de los contenedores azules y su inexorable choque contra la ancha y viscosa realidad. Sólo tiene cajas ad hoc un rico y él es rico.

Así que tiene su caja de cartón esperando verse repleta con sus fotografías familiares enmarcadas, su pluma, su bandera y su pisapapeles, la escenografía de un despacho en el que nunca habrá pasado nada. La caja espera a ser portada con la parsimonia de la que se disfraza la rabia del exempleado, todavía en estado de shock. Vete a casa, Joe. Deja aquí tu placa y tu arma. Estás demasiado implicado en el caso, necesitas descansar.

Estoy seguro que él se cree su propia historia, la narrativa que con tanto mimo ha cuidado casi hasta el final. Pero el crimen perfecto no existe. Como si de no estar cazando paquidermos, hubiera podido hacer algo por reducir la longitud de las colas del paro, o entrar en las negociaciones entre patronal y sindicatos. No.

Y hoy juega España.

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Festivales

Como si nada hubiera pasado. La crisis afronta su última y más cruel vuelta de tuerca: la auto-negación. Aquí no ha pasado nada más allá de un bajón estructural en un ciclo económico, perfectamente autorregulado por un sistema resistente a temperaturas extremas. A correr. A invertir. A comprar.

Es temprano, pero no parece que la crisis haya dejado una marca sólida, aparte del más rentable de los sentimientos: el miedo. Señora, a lo primero que debe perder miedo es a la deuda privada, no se preocupe. La derecha española se ha apalancado en la nada, y la nada le ha servido para salir indemne de una constelación de casos de corrupción que afectan de manera directa al mismísimo presidente del gobierno. La no gestión ha resultado una brillante apuesta política, y ha puesto en entredicho la fuerza de la palabra. La izquierda del sistema sólo ha tenido un discurso descolorido, defendido por figuras de bajo copete, basado en la pereza por poner coto a la deuda. Los partidos antisistema siguen siendo el hazmereír de un país católico, apostólico y romano.

El país, de momento, no ha cambiado en nada sus hábitos. Ha bajado a segunda división, manteniendo entrenador, directiva y jugadores, a la espera que algún día vuelvan los goles por arte de magia, como en su día vinieron. Los jóvenes están tan extraordinariamente preparados que, en lugar de cuestionar la parafernalia de la Transición que les ha dibujado una realidad difusa, ansían vivir una. Como si de un festival de verano se tratase. Quieren ser protagonistas de su propia farsa. ¿Quién podría no entenderles?

 

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El futuro de Juan Ferrándiz

En 1985, el ilustrador y escritor Juan Ferrándiz, famoso por sus cuentos infantiles, se aproximaba al futuro en el cuento Amadeo astronauta del siguiente modo:

“Todos los aparatos, hasta las zapatillas volantes, tienen un cerebro electrónico conectado a nuestro cerebro”.

“El telefonovisor de bolsillo permite localizar a nuestros amigos”.

“Al tirar del rabillo los melones se abren en tajadas y sin pepitas”.

“Los niños (…) en casa pueden estudiar con libros cuyas ilustraciones son animadas y divertidas como una película que, sin necesidad de texto, se desarrolla clara, sonora, en relieve, con la sensación de tal vida, que se aprende con rapidez”.

Hace treinta años y no iba tan desencaminado Ferrándiz.

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Nuestra falsa postguerra

Bertín Osborne

Ya se acaban estas fechas de ilusión y magia en la que los comerciantes nos cuentan una película con la que estamos contentísimos. Cuando era pequeño había pequeños debates sobre el monumento al consumismo que era la Navidad -en un colegio Marista, ojo-, pero es que cuando yo era pequeño pasaban cosas muy raras.

Nunca hice bailar bien una peonza. Las peonzas valían sesenta pelas, eran de madera y no era fácil hacerlas bailar. Luego le pillabas el truco, pero yo era impaciente y cuando llegaba el truco yo ya no estaba. Hoy las peonzas tienen un mecanismo por el que bailan solas. Me parece una metáfora generacional muy chula. Son peonzas que tiras borracho desde un caballo rampante sobre el agua, y bailan. Dentro llevan una especie de rotor que hace pequeños contrapesos y convierte a esas peonzas de colores chillones en garantía de éxito. Los niños de hoy no toleran el fracaso porque todo ha sido un “sí”, y una peonza de madera mal azotada, que yace muerta en el asfalto, es una dosis de fracaso.

Nuestros padres hablaban con otros padres y justificaban tal o cual compra en “darnos lo que la generación de la postguerra no les había dado a ellos”.  Ahora mi generación empieza con la cantinela de dar lo que ellos no tuvieron y desearon, como por ejemplo el catálogo entero del toisarás. Dentro de poco veré quintos míos justificando la compra de iPads a preescolares en base a lo mal que lo pasamos de pequeños, con nuestros balones hechos de tela, y nuestro arroz de cartilla de racionamiento. La Nocilla será pobre y progre.

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Feliz tupperware

Son una pareja heterosexual, caucásica, de unos treinta. Si fuera policía anotaría todo esto en mi libro de notas. Luego pondría que se encuentran estacionados en doble fila en un Opel Corsa negro al final de la calle cortada Martín de Vargas. Así cada noche. Si fuera policía me encantaría patrullar con Nico, porque estamos ya acostumbrados a hacerlo, nos conocemos bien, y amamos nuestros defectos. Si en una misión las cosas se complicaran sé que mi perra es tan cobarde como yo, por lo que los dos sobreviviríamos. Nico y yo hacemos la ronda entre las 23:15  y las 00:00 todos los días del año, y todos los días nos topamos con el Corsa en Martin de Vargas, con la pareja dentro, pelando la pava.

Como pueden suponer, las especulaciones que he podido construir a lo largo de todo este tiempo van desde que los padres de ella no lo soportan, hasta que el coche tiene un sistema que genera un microclima con una composición del aire distinta a la del planeta Tierra, imprescindible para la supervivencia de ambos. Ayer, aprovechando un parón en la cena, la cabo Nico y yo bajamos a hacer una vigilancia rutinaria y allí estaban. En plena Nochebuena -que a mí me la suda, pero entiendo que a mucha gente no-, a las once de la noche, en el Opel Corsa, comiendo ambos del mismo tupper.

¿Verdaderamente compensa un amor en el que se interponen el freno de mano y la palanca de cambios? Feliz Navidad.

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Recuerdos

Yo digo que el exilio es una decisión que otros tomaron por uno; en cambio, el desexilio, que después de todo es una palabra que yo inventé y tengo derecho a usar, es una decisión individual. Una decisión que uno toma.

Mario Benedetti

Tengo la fábrica de nostalgia a pleno rendimiento. Después de un ERE y refinanciar la deuda, eso sí. Mateo es el break even, su nacimiento ha sido el punto en el que la fábrica ha empezado a dar beneficios.

Recuerdo, más en gris que en sepia, el trasiego Bilbao-Gijón de mis primeros años. La lluvia, el color del hierro incandescente de los pequeños calefactores de los ochenta. Recuerdo el camino del Cantábrico, antes de la autopista, cuando las rectas eran especies en peligro de extinción. Recuerdo ver a mi padre volver el viernes con un camión de juguete, un cuento, o un paraguas de chocolate.

Vivir en tantas ciudades es dejar jirones, descomponer recuerdos. Fabular es el único pegamento. Buscar coherencia con el tiempo, aportar un cierto sentido para clasificar en la memoria. ¿Qué habrá de cierto en mis recuerdos? La vida te construye un camino hacia el final. Como si estuviera escrito. La fiesta racional acaba apagando las luces, no encendiéndolas. La racionalidad no vale nada. ¿Será, por tanto, cierto el camino de vuelta?, ¿Será cierto el desexilio?

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Ya

Desde hace casi dos semanas la vida se me ha empezado a dividir en fracciones de tres horas. Es el tiempo que separa las tomas de Mateo. Un bebé es un circo ambulante de la supervivencia. Se agarra a la teta como si le fuera la vida en ello, y es que le va la vida en ello. Duerme, recupera, cría legañas, muda su piel, pudre un cordón, y surca la casa entre virus y bacterias. Succiona su comida hasta el agotamiento, y grita cada vez que tiene hambre, frío o se siente incómodo. Él no sabe qué hace aquí ni por cuánto tiempo estará en este extraño lugar. Bienvenido al mundo.

En sólo un segundo ha pasado de vivir dentro a hacerlo fuera. De alimentarse por un tubo, a comer por la boca. Estrenando todos los sistemas posibles a la vez. Y funcionando, oiga. Los instintos son el manual de uso que vaya usted a saber quién escribió -nunca nos preguntamos por los autores del resto de libros de instrucciones-, y que nos permiten adaptarnos a un entorno completamente distinto, mientras estamos amenazados por todo.

Mateo nació en una madrugada de victoria de los Knicks en Atlanta, en una madrugada de negociación en plena huelga, en una madrugada en la que pasaban cosas antiguas, en cualquier caso. Entonces amigos y familiares ya habían puesto la máquina de parecidos y otros tópicos a pleno rendimiento, y éstos se repartían en furgones de esos que huelen a tinta y surcan las ciudades antes que que pongan las calles. Y luego tal y cual tío con flores y bombones. Y médicos, pediatras, cirujanos y matronas que se cambian de cara y se mezclan con el cansancio para sentenciar galimatías que ya leerás con calma.

Y luego te vas a casa y se cierra la puerta, y donde estabais tres, ahora hay cuatro, y Nico te mira desde el suelo pidiendo explicaciones. Nadie me ha preguntado qué se siente al tener un hijo, porque ya todo se presupone. Si alguien me lo preguntara tampoco sabría qué contestar. Sólo que me compré el periódico del día siguiente y todavía no lo he tocado.

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A Juan

En mi adolescencia no era carne de recreativo, pero para estar en un recreativo no hacía falta ser carne de nada. Cuando se me acababan las cuatro monedas de veinticinco pesetas, todavía echaba una partida más. Si continuaba aferrado a los mandos de la máquina, y esperaba a que comenzara la simulación del juego que finalizaba en “insert coin“, me generaba la ficción de que yo estaba manejando aquella simulación. En todas las partes del mundo existieron recreativos repletos de chavales que soñaban con que las máquinas se confundieran y les regalaran una partida más.

En todas las partes del mundo existe también la teoría de que hay personas que se dedican a la venta ambulante, o incluso a la mendicidad, por pura locura, porque en realidad son millonarios cuya excentricidad les lleva a vender cachivaches, o a pedir, escondidos tras un puñado de palabras escritas en un cartón. He vivido en varias ciudades y en todas hay personas a las que se ve satisfechas mientras transmiten esa leyenda urbana. Resulta muy atractivo pensar que en un mundo en el que sólo nos movemos por dinero, hay personas que lo tienen y aún así no encuentran la paz.

La realidad es que si vendes estampitas, rosarios y figuras de santos, puedes sacar cincuenta céntimos en siete horas a las puertas de la iglesia de San Cayetano. Eso nos lo dijo Juan, uno de esos relaciones públicas que se gasta Lavapiés, y que se forjan a base de calle y vida. Juan es extremeño y vive en la calle del Oso, frente a la que era nuestra casa, así que cuando vivíamos allí nos cruzábamos todos los días: nosotros haciendo las cosas que hace la gente de bien e integrada, y él vendiendo chismes, acompañado por su mujer Marga y su perra Cuqui. A Juan y a Marga les faltaban suficientes kilos y dientes como para no pensar en un pasado complejo. Rechazado por su familia al casarse con una yonki descastada, Juan siempre ha tenido una mirada cálida detrás sus gafas, unas de esas que curan trillones de dioptrías.

Hace casi un año que nos fuimos de Lavapiés. Ayer volvimos a pasear por allí y vimos a Juan y a Cuqui. Marga no superó el verano, y nadie quiso saber nada de ella en los últimos días de su vida. A él le ha surgido la oportunidad de cambiar de aires, de ser propietario de un coqueto apartamento de quince metros cuadrados, pasada la M-30, y de huir de los recuerdos y de los rácanos fieles de Embajadores. Le apetece marchar en busca de aventuras y negocio en San Judas, o Medinaceli. En la bajada desde Tirso a Labrador, como si la ciudad quisiera acompañar el tono de la narración, Juan nos contó su realidad amarga y terrible con una entereza que me pareció increíble.

Siempre he tenido debilidad por las personas con actitud y Juan es el ejemplo más brutal que haya tenido cerca. Larguirucho, con perilla y con una perra ridículamente pequeña, atraviesa con fuerza un mundo en el que no hay culpas ni culpables, pero que se empeña en expulsarle. Es inevitable pensar en que somos productos de nuestras decisiones, y que la vida de Juan no está muy lejos de lo que podría haber sido la mía si hubiera hecho esto, o decidido lo otro. Lo único que sé es que en su situación, viudo y en un cubículo a las afueras de la ciudad, me quedaría esperando que las máquinas se confundieran y me regalaran una partida más. Él no espera, la juega, y aparece para darnos una lección. Yo sólo le puedo dar un post. No tengo más, Juan.

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Confusión privada

Desde que el señor médico de cabecera, análisis de orina mediante, nos confirmó sin levantar la vista de la pantalla del ordenador que efectivamente Ruth estaba embarazada, hasta la astracanada de ayer, llamada “primera clase de preparación al parto”, han pasado siete meses, cinco centros, y una colección de facultativos del nuevo modelo de gestión eficiente de la Comunidad de Madrid.

Algunas pruebas en el ambulatorio de Martín de Vargas, la matrona en Pirámides, análisis en Pontones y ecografías en la Fundación Jiménez Díaz. Mi señora no le ha visto la cara dos veces a la misma persona, y gestiona un calendario que ríanse ustedes de la FIFA. Yo menos todavía, porque la conciliación entre vida laboral y familiar ya se empieza a antojar como un puzzle de complicada solución. En las películas esto del embarazo es otra cosa, te esperas que el doctor Bartolomé Beltrán te esté llamando todos los días, pero supongo que será una cuestión de expectativas y de haber visto demasiado Antena 3 en los noventa.

Ayer, por ejemplo, me dieron sabios consejos, como llevar frutos secos por si me entra hambre cuando Ruth se ponga de parto. Es un consejo que me guardaré toda la vida en la galería de momentos prescindibles, junto a aquel “hijo, no te pongas nervioso” que me espetó mi padre horas antes de la selectividad. También me dijeron que me lleve el cargador del móvil, y a Ruth le aconsejaron que en las contracciones se ponga como quiera, porque las contracciones cada una las gestiona a su manera. El personal preguntaba que cuánto es normal que pese la criatura, como si habláramos de langostas, e incluso había una señora que ya había parido, pero repetía, que debe ser como sacarse el carnet cada vez que coges el coche.

La gente tiene mucho más tiempo que neuronas. Empieza a ser inquietante la cantidad de personas con tiempo como para tirarse tres horas aguantando a una matrona exhippie que nos pregunta, con curiosidad marciana, cómo afrontamos el dolor. Y luego está el mal actor. Antes de la clase había una especie de terapia de grupo para padres, y uno de ellos nos contaba su experiencia con trillizas. Con los ojos como platos, ayudado por gestos de mal actor, nos explicaba que lo fundamental son el ejercicio, la alimentación y el cariño, y que la clave es ser el líder de la manada. Mientras, sus hijas, de dos años y medio, y descendientes directas de Hitler, Stalin y Benito Mussolini, ponían a prueba su paciencia con un movimiento tan continuado y a tal velocidad, que sólo temí que llegaran a una fusión nuclear.

Recuerdo aquel tiempo de oscuridad medieval en el que los más ancianos del lugar sospechaban que tras las modas (aceite de oliva malo, aceite de oliva fundamental, mantequilla caca, mantequilla gloria, dar el pecho es una aberración, dar el pecho es una filosofía de vida) se escondían intereses comerciales. Ahora la información que te facilita la Comunidad de Madrid viene patrocinada por una marca de yogures. En la tabla de calcio, por ejemplo, ese yogur es el campeón del calcio. Y así con todo.

En la visita a la Fundación Jiménez Díaz, donde esa estirpe de gente con tiempo libre preguntaba una y otra vez si las habitaciones eran individuales -debe ser que perder el tiempo en compañía es poco glamouroso-, ya nos regalaron una caja repleta de merchandising tan útil para el nuevo miembro familiar como una botella de agua mineral de treinta y tres centilitros. Wow. Todo patrocinado por la correspondiente multinacional farmacéutica o marca de detergente de turno. Es decir que la información de salud, el valor que tiene todo esto, nos lo aporta gentilmente una marca de yogures, con la legitimidad que le quieran dar ustedes.

Espero que tarden poco en patrocinar a los médicos, que entremos en nuestro ambulatorio cantando el claim del sponsor, que las consultas nos salgan gratis a cambio de tuitear el hashtag de la campaña del momento, que los prescriptores nos pasen consultas premium, rollo Bertín Osborne urólogo, o David Villa traumatólogo, y mientras sigamos pagando más y sintiéndonos igual de especiales. Gracias por tu regeneración, gracias por tu confusión privada, Esperanza.

 

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