Aquello que vendimos

El verdadero drama de la crisis, la verdadera desazón, el bocado que todos llevamos dentro y con el que nos movemos como zombis por las calles, es que nosotros fuimos unos hijos de puta. El drama está en el empleado de banca, en el periodista, en el aparejador, en el fontanero y en el concejal. Ahí está el drama. No fuimos esos valientes que se enfrentaran al malo de la película, fuimos sus lacayos. Fuimos el secuaz que hacía el trabajo sucio y que cuando molesta recibe un tiro por la espalda. El drama real es que nos vestimos de clase de media y nos quedamos en primero de primaria.

Cuando el empleado de banca traicionaba a cada uno de sus clientes, lo hacía porque creía que si era un hijo de puta, le iría bien en su carrera, por ello, en su vida. Él sabía que estaba vendiendo basura o concediendo hipotecas con unos niveles de riesgo elevados, pero lo hizo. Lo hizo porque entendió, o porque le dijeron que si era un hijo de puta le iría bien. De manera más refinada a base de comisiones e incentivos, o de manera más directa amenazado por el despido. Ese empleado de banca despachaba mierda para ganar dinero y para que no le echaran, no fuera a ser que al siguiente mes se quedara sin puesto de repartidor de mierda.

¿Cuál puede ser la excusa para despachar mierda durante años? Puede ser alimentar a tus hijos. Porque partes de la base de que tus hijos serán felices con su colección de cromos pagada con las comisiones de la mierda que reparte su padre. Crecerán orgullosos. La excusa puede ser pagar el viaje al Caribe, o la hipoteca para una casa que no te puedes pagar. Puede ser un nuevo coche, o cualquier soplapollez de las que se venden en cantidades industriales. El periodista vivió feliz en la ignorancia del culo en la silla y el cortapega de teletipos, al aparejador le iba bien, al fontanero ni les digo y el concejal hizo su agosto. Todos vimos el negocio, todos nos convertimos en una banda de hijos de puta, porque nos dijeron que nos iría bien. Que el mundo es así, hijo de puta y que está hecho para hijos de puta, y que fuera de eso no había nada.

Ahora, los cuatro íntegros que en su día fueron calificados de soñadores o gilipollas, pagan las consecuencias igual que nosotros, los hijos de puta. Lo pasan mal, ven cómo se recortan sus derechos, cómo se les roba a mano armada, cómo pierden su dinero. Pero igual que pasaba hace unos años, no perderán su dignidad. La dignidad es aquella gilipollez que vendimos por cuatro duros, su ausencia es el verdadero drama de la crisis, la verdadera desazón, el bocado que todos llevamos dentro y con el que nos movemos como zombis por las calles.

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Teoría del pase

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(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Teoría del pase” fue publicado el 26 de abril de 2009?)

spcbpapaPorque me metiste el jodido gusanillo. Porque me sentabas a ver a Maradona por tus santos cojones. Aunque no me gustara ver a esos señores pululando en la hierba. Lo tenía que ver porque sí, como una especie de legado, como tu principal aportación a mi crecimiento. Como el calcio y el hierro. Y las vitaminas B7, B3 y otras. Porque me llevaste al Molinón a aprender a sufrir y a querer a los que siempre les sale cruz. Porque me enseñaste que al Oviedo no hay que odiarlo, pero sí mirar con recelo a las camisetas vetustas. Me hablaste de respeto, de dignidad, de inteligencia, de elegancia, de atrevimiento, de pelea, de lealtad, sobre una mesa verde de 105 por 65 metros.

Porque me abroncabas cuando, en Campeones decían frases como “hay que ganar a cualquier precio“, porque me mirabas sin avisar, y desde la distancia, cuando jugaba en infantiles, porque no perdías un Carrusel de los que presentaba, poniéndote al día de la segunda B en dos semanas. Porque buscas en los periódicos el resultado del Habbeke Walda, con el mismo ahínco que el del Inter de Milan, y también porque me enseñaste el gusto por el descaro, los dos extremos, las delicatessen. Porque me cediste el filtro para trascender la habladuría, los titulares, los gritos romos, brutos, para amar un espíritu romántico y absurdo. No todos los padres son capaces de enseñar a amar algo. Casi ninguno.

La comunicación esférica, la metáfora con olor a reflex, las ideas a ritmo del compás de los tacos sobre el terrazo… todo ese libro que me has pasado, y que yo tengo la obligación de limar, ampliar, y transmitir, lo tenía guardado en un baúl, junto con un papel que ponía “devolver algo algún día”. Anoche tiré el papel. Lo de menos fue el resultado.

Gracias, papá.

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Easy

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(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Easy” fue publicado el 8 de diciembre de 2008?)

Esta es la historia de un tipo que nació sin problemas, en el seno de una familia de clase media. Dedicó su infancia a estudiar en el colegio y jugar a las canicas en los recreos. Con siete años se compró una peonza, a cuyo cordel ató a una moneda dorada de 25 pesetas. Con la peonza le dieron unas sencillas instrucciones, en las que ponía que era un juego de los siete a los once años, así que dejó de jugar a las canicas, porque las consideró demasiado infantiles. El día de su once cumpleaños enterró la peonza.

Esta es la historia de un tipo que pasó su adolescencia, como le recomendaron sus padres y su tío -numerario delOpus-, estudiando y formándose en actividades extraescolares. Que cuando le ofrecieron su primer cigarrillo dijo no, y que nunca quiso mezclarse con chicas salvo un par de besitos fáciles, regalados para considerarse normal, y no caer en la locura. Sacó buenas notas, hizo deporte, y empezó a opinar de las cosas y a ver que sus padres siempre fueron sabios.

317669804_940aa119b0Esta es la historia de un tipo que traspasó su juventud. Sin dudas. Memorizó, se sacó una oposición, y puso el cerebro en barbecho. Tampoco probó ningún tipo de droga, y juzgó a sus conocidos que sí lo hicieron, como si fuera un avance del juicio final. Encontró a una chica, sin ningún tipo de aspiración, de clase media-alta, coeficiente intelectual medio, dos amigas, un perro, y siete discos de Mecano. No le dejó follar hasta los cinco meses, pero a él no le importó, porque vistió su indiferencia de amor, y el amor -como aprendió en el colegio- consiste en estar con alguien sin follar. O como él decía, sin hacer el amor.

Esta es la historia de un tipo normal, de un español medio. Que dió al banco la moneda de 25 pesetas de la peonza, junto con otro buen montante, para culminar su hipoteca a 50 años. De un hombre que aseguró que nunca tuvo ninguna tentación y, si la tuvo, fue una invención para no ser menos en la reunión de los domingos con sus amigosfutboleros. No le gusta el fútbol, pero el domingo es lo que toca. Cuando todos piden cerveza, él pide una clara, y cuando llega a casa, su mujer le da un beso en la mejilla, y le dice que si le saca algo para picar. El lunes vuelve al trabajo, un trabajo sin complicaciones, que le tiene ocho horas al día en una fábrica. Llega, entra, y a las ocho horas sale. Gana bien, pero prodría estar construyendo bombas atómicas, o yoyós. A nadie le importa.  Los jueves se reúne con gente y entre sí, como si hablaran en clave, se llaman amigos. Allí habla de dietas y pluses y complementos y extras, y nadie le pregunta si se dedica a la industria armamentística, o del juguete.

Esta es la historia de un tipo que entró en la madurez seguro de lo que otros quisieron que fuera su “sí mismo”. Que follaba cada quince días, vestía camisas de cuadros metidas por dentro de pantalones de pinzas. Un tipo que un par de veces al año se iba de putas, y todos los domingos a misa. Y si alguno se le olvidaba, decía que a dios se le lleva dentro y no hace falta ir a la iglesia. Un tipo que si te veía un lunes te decía que “estaba de lunes”, fingiendo malestar, que a la vuelta de las vacaciones -en Gandía- cuando le preguntaban qué tal, siempre contestaba “muy cortas”, que los domingos hacía paella, demostrando que, aunque sólo cocinara un día a la semana, esa comida era especial, y aplastaba las aspiraciones de su mujer contra la moqueta.

Esta es la historia de un tipo que votaba al PP, pero que una vez votó al PSOE. Y todo lo que no fuera eso no entraba en su cabeza. Sería tirar el voto. Su cabeza tiene la facultad de grabarse a fuego los argumentos que escucha en las tertulias de la radio. Es monárquico pero, sobretodo juancarlista, porque si no, el 23F la cosa hubiera cambiado, y gobernaría la ultraderecha. Que mira a los jóvenes izquierdistas con una sonrisa de superioridad y a los mayores con un gesto de desprecio. Que no se considera racista pero… Ni machista pero…

Esta es la historia de un tipo que lleva el mismo rostro conduciendo su coche al taller, que llevando a su madre al asilo.  Que no le gusta el cine, pero va una vez al año a una de esas salas múltiples y enormes que huelen a la margarina de las palomitas. Que no le gusta leer porque es aburrido y no hace falta. Una vez que apruebas lengua y literatura de COU, en este mundo no hace falta leer. Y si una cosa no hace falta, no es necesaria. Es la historia de un tipo seguro de todo lo que piensa, y que murió pensando que hacía lo correcto.

Literariamente es una mierda de personaje. Pero murió pensando que hacía lo correcto.

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Es.

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(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Es” fue publicado el 27 de febrero de 2009?)

La melancolía es. Se presenta en casa sin que nadie la invite, con los planos del apartamento en la mano, y decide hacerlo pequeño y jodido como una canción de Cat Power. Andas por el mundo, porque andar por la vida sólo sale de un verso, intentando fingir que no la ves, pero siempre acecha y te controla. Creo que te maneja como a un muñeco, y que cuando ríes, se estremece de placer pensando en la caída. La melancolía es un señor pesimista y con sombrero.

Dos hielos flotan panza arriba, haciéndose los muertos, mientras cuatro “oes” de humo atraviesan la habitación cual cosmonautas.  Los números pares son estúpidos. Completos, redondos, comerciales, que se dejan dividir por dos. Yo jamás me dejaré dividir por dos. La perfección y yo. Una forma de reconocer los cadáveres es la que se hace por las marcas de la dentadura. Ni eso escapa a mi imperfección. ¿Qué se puede esperar de alguien que no muerde bien? El señor del sombrero lo sabe y por eso pasa, directamente, a la segunda fase. La primera es ésa en la que no sabes en qué has fallado. La otra, en la que lo sabes a la perfección. Conocer perfectamente tus imperfecciones debería valer. En mi mundo valdría.

Porque confío en que alguna vez haré el mundo. Creo que todos tenemos ese derecho. Estoy seguro de que cada mañana un tipo diferente lo diseña, por eso pasan cosas tan raras. Pero deberíamos conocerle, que pusieran su foto en la calle, como la del empleado del mes de una hamburguesería, o en la cabecera del google. Todo por hacer, en el principio la oscuridad, y tienes siete días, chaval. Si te lo curras, el domingo libras. Yo el martes lo tendría acabado. Me tocaría los cojones cinco días. Sería una chapuza con muy buenas ideas pero, al fin y al cabo, el mundo que estrenamos cada día no es muy diferente.

Mire -le digo- creo que debería coger su sombrero y largarse por donde ha venido. Lágrimas tengo, pero es que me duele la garganta, la tengo inflamada, y la perfomance del lloro no me sale bien así. Me conformo con soliviantar mi mal poniéndo el paladar en Barceló, provincia de añejo. Usted no tiene contrato éste año. No le voy a denunciar, porque me cae bien, porque le necesito y porque estamos hechos de lo mismo, pero haga el favor de no agobiar. No ésta noche.- y creo que lo entendió.

Hasta otra melancolía. No me falle.

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El ring

(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “El ring” fue publicado el 18 de noviembre de 2008″)

A las siete de la mañana Carles Francino me propulsa de la cama, envolviendo con su dulzura doscientos cincuenta gramos de medias verdades, temperaturas y estados de las carreteras. Me incorporo, me calzo las zapatillas y me pongo la bata de rayas porque cada vez madrugan menos los grados. Mientras se cargan en mi Spectrum los volúmenes de la casa, intento abrir la agenda mental, pero un pequeño quiste me nubla el pensamiento. De repente tengo la sensación de que nunca cambiaré de opinión respecto a nada.

El ruido del microondas calentando el capuccino hace que la habitación parezca el Enterprise y le da un cierto aire de heroicidad al hecho de sentarse. La idea de la supuesta no-evolución no sólo ha cerrado la agenda mental, es que ha dado de beber al bibliotecario cerebral. Me machaca. Siempre presumí de tener 35 años. Desde que con 13 leí La ciudad y los perros, supe que tenía 35 años, y mi afición por la música popular me llevó a pensar que en mi cincuentena natural, seguiría teniendo 35.

Pero hoy esa idea me mata. Es invierno y hasta las ocho y media es de noche. Por la noche la perspectiva no existe, sólo la que te permite la luz de la mirada, que es muy poca, así que cualquier cosa puede volverse obsesión, cualquier problema insalvable y yo estoy demasiado agobiado para esperar a las ocho y media. ¿Y si nunca volviera a variar mi opinión sobre nada? ¿Y si no lo hiciera, no por cabezonería, o pose, sino porque de verdad soy incapaz de variar mis visión sobre algo?

Le he echado cuchillas al café y lo noto a cada trago. Intento fijar la mirada pero no puedo y ni los mordiscos de la perra, empeñada en crear la bata-chaleco para la próxima semana de la moda, me hacen volver a la realidad de mis asfixiantes 35 años. En el terreno de la especulación no hace tanto frío, y asoman muchas cabezas de las que no te puedes fiar. Hago recuento: la Velvet son la polla, y los Beatles intocables, y Brian Wilson, y las comparaciones Beatles-Stones sólo las hacen gilipollas, y quienes llaman Rolling a los Stones no tienen ni puta idea, y los beat molan, pero acaban aburriendo, y Borges imaginó todas las realidades, y la novela negra es más rica que la histórica, y el mejor Elvis es el de Las Vegas, porque demostró que el monstruo come hombres pero sigue cantando, y Woody nunca defrauda, y Chillida ha dicho todo sobre el espacio, pero plagió a los italianos de los cincuenta, y la meritocracia sería mi ideal y…

Nada. Llevo quince años pensando lo mismo. Exactamente. No he movido un ápice. Cada nueva ola es una nueva negación. Cierro cajones que de vez en cuando ordeno, como quien ordena una colección de algo, pero jamás remuevo papeles. Y no tengo pinta de hacerlo. Me siento como el orgulloso coleccionista de mariposas, que una mañana se da cuenta de que tiene el salón lleno de cadáveres.

Miro los periódicos y El Mundo, abro la wikipedia, pero nada. Cojo libros de lectura obligada en el instituto, pero con sólo tocar su lomo, me doy cuenta de que estoy vacunado… no encuentro salida, y queda demasiado para las ocho y media. Socorro.

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