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in mis cosas

Centrifugado

Hoy he ido a una lavandería por primera vez en mi vida y, a pesar de ser la primera vez, no me ha dolido. La negligencia de la dueña de mi piso y mis miserias económicas (no soy el único, ¿Eh, Miguel? Bievenido a esta gran familia llamada La Crisis) me han obligado a dejarme caer por la calle León, y practicar una de las actividades más peliculeras y newyorkinas que conozco: ir a la lavandería. Debo estar completando el cupo de actividades newyorkinas: un trabajo creativo e inestable, vivir rodeado de latinos, follar con varias mujeres… y a hora poner en comun mis miserias sucias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si un avezado periodista deportivo me preguntara hoy por algún mal rollo en el vestuario, ya no podré asirme a ese tópico que reza “los trapos suciones se lavan en casa” porque ya no lo hago. Calcetines multicolores, camisetas de rayas, camisas negras y pantalones de deportes dando vueltas en un juego mágico, amplificado por la espectacularidad de los tambores de lavado industrial: infalibles.

Por sólo tres euros, mi ropa huele genial (aunque el suavizante estaba mezclado con agua, que es casi de historia de postguerra) y yo ya tengo algo de soltura en el vestir, porque empezaba a quedarme sin remanentes. Un latino esperaba con su perro multicolor, empapándose de los diarios gratuítos, ayudando a los novatos que, en el seno de la Gran Familia empiezan a descubrir los nuevos negocios que limpian conciencias y remiendan cuentas de ahorro (además de las lavanderías, también afloran los pequeños talleres de zurcidoras, que por un módico precio le dan vida a esa chaqueta o pantalón que, hace unos meses/euros, hubieran sido pasto de la basura orgánica y causa de una excursión por Fuencarral).

En la teleseries norteamericanas, las lavanderías son perfecta excusa para el cruce (son no-lugares, a la altura que Marc Augé puso a las salas de espera o los aeropuertos). En mi caso no ha supuesto el comienzo de una historia de perdedores, que seguiría nuestro Fernando León de Arnoa lápiz en mano. No entró nadie en la media hora del lavado. Sólo me crucé conmigo mismo. Pasé yo, como en un cuento de Borges, con las manos en los bolsillos, escudriñando con desconfianza el interior de la lavandería. Era/soy yo hace cinco años, cuando pasé por delante por primera vez, y la mirada de curiosidad se aplastó contra la luna, garabateadad con precios, horarios y ofertas. No me ví a mi yo de dentro, pero yo sí le ví a él. Cree que lo sabe todo. Criatura.

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