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Ciudades S.A.

Atravieso una gran avenida, dejando a los lados Zara, H&M, Springfield, Nike Store, Swarovski, Bershka, McDonnald´s, Massimo Dutti, Pizza Hut, y otra buena ristra de locales que rocían las aceras con el aliento de su música, siempre jugando con la legalidad, y prometiendo un mundo acondicionado y mejor. Es el centro, sólo interrumpido por construcciones, más o menos históricas, en torno a las que se arremolinan turistas que aprietan sin cesar el gatillo de sus cámaras de mil pavos. Llego a las afueras y me siento perdido entre inmensos bulevares plagados de grandes complejos hoteleros y edificios acristalados de oficinas, en cuyas fachadas juegan con interminables rebotes las imágenes del hotel, o la oficina de enfrente. Estoy en Bruselas, pero podría estar en Lisboa, Madrid, Londres, Nueva York, o cualquier ciudad del mundo, porque todas son intercambiables e iguales. La ciudad soy yo.

Las ciudades se venden a caraperro desde que las pisas. Todo son eventos y festivales que buscan atraer al turista. El turista es un señor, con unos ingresos medios, que dedica en torno al 5% de los mismos en hacer una cosa que se llama viajar, y que se pone en los gustos, al lado de “pasear, leer, ir al cine“. El turista tiene un presupuesto limitado, y una oferta tremenda, así que las Ciudades S.A. tienen que buscar atractivos. El turista necesita recuerdos que almacenar y olvidar en las estanterías de su casa y de su cabeza. El turista convierte en histórico todo creyendo los cuentos locales, o vía Instagram. El turista olvidará todo lo que ve, incapaz de digerir nada, porque no quiere digerir nada. El turista revienta los maleteros de Ryanair, y grita y chilla, y vuela por cinco pavos. El turista lleva pantalones pirata, la camiseta de Cristiano Ronaldo y su nombre tatuado en el gemelo. El turista soy yo.

Las Ciudades S.A. buscan ser rentables convirtiéndose en todo aquello que el turista quiere ver. Ciudades S.A. pone a disposición del turista todo tipo de espectáculos que resuman su cultura en pocos minutos, vende su dignidad, y ofrece Zara, H&M, Springfield, Nike Store, Swarovski, Bershka, McDonnald´s, Massimo Dutti, Pizza Hut, y otra buena ristra de locales con los que el turista se sentirá también como en casa. Un turista contento es un turista para siempre. El turista siempre lleva la razón. Y no se trata de sacudir sólo contra una clase. El turista también se puede considerar por encima de la media, se puede auto-considerar viajero. El viajero se diferencia del turista en que lleva Ray-ban retro, camiseta de rayas, y buscan tiendas de discos y barrios sucios y chic. El viajero es un artista sólo comprendido por la comunidad minoritaria de artistas que, de verdad saben aprovechar un viaje. El viajero apunta sandeces en una Moleskine. El viajero es un target, y el viajero soy yo.

Ciudades S.A. subvencionan vuelos. El viajero y el turista están volando por cinco euros, pero no se preguntan por qué. El viajero y el turista son uno. Trescientos turistas y viajeros creen que un avión puede volar tres mil kilómetros por mil quinientos euros porque ya no ponen comida, y venden lotería y perfumes. Trescientos inconscientes desafían la ley de la gravedad sin preguntarse qué hay detrás de los duros a pesetas. La pregunta no es si deberían volar, es si deberían, si merecerían vivir. Trescientos cadáveres que, sumados a millones más, provocan con la sobresaturación del espacio aéreo, el cuarenta por ciento de las emisiones de CO2 que está mandando a tomar por el culo el mundo. Son trescientos cadáveres, y yo soy un cadáver.

La globalización es un laberinto de responsabilidades en cuyo final siempre estoy yo. MI vida es lo que sucede mientras me esfuerzo por encontrar otras salidas, por disfrazar la realidad para dormir tranquilo. El problema no es que todo esté interconectado, es que todo está muy evidentemente interconectado. Que te sabes culpable porque lo eres. Que puedes sacar tu dinero del banco, y ayudar a tu comunidad, y dejar de comprar cosas que no necesitas. Pero cuesta. Es difícil. No nos gustan las cosas difíciles. Nos enseñaron que de lo difícil no se saca beneficio porque no es económicamente rentable. Pues igual nos enseñaron mal.

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