in mis cosas

Cuento de navidad

Hice dos entrevistas de trabajo para ese tipo de empresas. En realidad continué, durante un día, sólo en una de ellas, pero hice dos entrevistas de trabajo en ese tipo de empresas que comienzan con “comercial, altas comisiones, posibilidad de crecimiento en la empresa“, y acaban en la cruda realidad: una amalgama de tuneros y pokeras, atracando de puerta en puerta hasta que se cansan y llega otro. Se llaman empresas de marketing directo. Primer día, charla de rigor a cargo de un tipo deleznable, mientras oyes gritos desde la sala contigua que retumban sin cesar “Marcos vende, Marcos vende“. Era el cumpleaños de uno de ellos, nos cuentan. Se reparten cuadrantes, empiezas a las nueve y media, acabas a las diez de la noche, o en el momento en que cierres tres ventas.

El primer día acompañas a uno de los comerciales para ver cómo trabajan. Te ponen con alguien del sexo opuesto, encantado con las condiciones: seis días a la semana, diez horas al día, con suerte mil euros brutos. Y si quieres te haces autónomo. Pero no te preocupes, porque si llegas a X ventas, te ascienden, y si vendes más y más y más, puedes acabar montando una oficina. En aquel caso vendía Unicef. Atracábamos a las señoras de Carabanchel, a la hora de la siesta, hablándoles de los beneficios que les reportaría hacerse socias de la ONG por tan sólo 20 euros (el extracto bancario les demostraría que son 20 euros al mes, detalle que se omitía a la firma).

Recorrimos bloques de ladrillo compuestos por idénticas viviendas con realidades diferentes y humildes. Algunas casas bullían repletas por familias bolivianas cuyos miembros habían quedado en paro y esperaban un futuro mejor frente a la televisión. Otras casas estaban habitadas por ancianos, casi siempre viudas, absolutamente abandonadas, ávidas de excusas para mantener conversaciones. Los ancianos mostraban lo que les queda de vida , y lo concentraban en el ángulo que se dejaba ver desde el rellano de la puerta. Muebles de madera oscura, con la chapa rayada por el trajín del que en su día fue testigo, cuadros de vírgenes descoloridas, vestigios de tiempos en los que las rodillas no dolían, los ojos veían, los recuerdos volvían. Nichos de cuatro habitaciones y gas butano, en las que sólo les queda esperar a la muerte, que llegará antes que esos hijos a los que, nos contaban, llevaban años sin ver. Esa era nuestra misión: entrar en los nichos para sacar una firma, veinte euros para Unicef, y una pequeña comisión para nosotros.

A las dos de la tarde los que venden en el mismo cuadrante quedan para comer. Los diez que trillaban Carabanchel parecían los descartes de Hombres, mujeres y viceversa, más una señora, un africano, y yo. La señora comía un pincho de tortilla porque no podía pagarse un menú. Yo tampoco, pero ni toqué el bocadillo: tenía un nudo en la boca del estómago. El africano sonreía sin parar, la señora criticaba a sus jefes, sospechando que tal vez el sistema piramidal de ventas suponía una explotación ya que ella, que tenía que marcharse antes para cuidar a sus hijos, nunca podría llegar al nivel de ventas que garantizara ese salto dentro de la empresa. La chica a la que yo acompañaba, iba recriminando sus comentarios hasta que le planteó que se largara, ante lo que la señora dejó morir el tema.

La tarde fue más de lo mismo hasta que no pude más. Hay momentos en la vida en los que tienes la sensación de zozobra, otras veces te encuentras frente a un precipicio, pero pocas veces vives una tarde zozobra que terminará en precipicio, y eso pasó esa tarde. ¿Qué cojones había hecho mal? Muchísimas cosas, ¿Por qué aquella gente entraba en el sistema de motivaciones más básico que había visto? Porque habrían hecho mal otras tantas cosas. Es la cara B del sistema, la que nadie quiere oír, la que todos quieren pensar que no existe. Es una moraleja sin cuento, son las prácticas de Eduardo Galeano y su Historia del mundo al revés. Es la fuerza muscular del marketing, el mano a mano, el pulso entre vendedor y posible comprador, el terreno del engaño, el campo de batalla, el lugar donde la ética tiene tanto sentido como en las calles de Bagdad.

Ayer un grupo de estos chicos con trajes grandes se esparció tras cruzar un semáforo de la calle Delicias. Como si fueran una coreografía, se disgregaron entre números pares e impares, dejando como fondo una sucursal bancaria atestada por homeless. Uno de ellos era atendido por otro. De su pierna derecha salía sangre. Sus cosas, su mundo, sus claves. Es el capitalismo en estado puro. Es el puto cuento de navidad que se repite en nuestras calles cada día. El cuento del que siempre apartamos la vista.

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