in mis cosas

Dark side of the Tube

Supongo que todos hemos pasado por malos momentos, y eso es lo que me hizo no darle demasiadas vueltas a aquel. Estuve trabajando de teleoperador. Ocho días duré. El que se consideraba heredero natural de Buenafuente con veintiún años, víctima de su propio éxito con veinticinco y  muerto en accidente de tráfico como un mito, a los veintisiete estaba en la más cruda realidad de fichar a las nueve, salir a las tres y parar cinco minutos cada hora.

Da igual ir leyendo a Stanislav Lem en el metro. La realidad de lo que era una incipiente crisis, el descaro y la valentía del riesgo, tienen una cara amarga, que no es la que sale en los periódicos. Es un lado sobre el que se construye el lucido. Por cada Zuckerberg en portada, hay treinta mil que se quedan en el camino, y tres mil que merecen no quedarse. Yo estaba apeado, y la tele me metió en la cabeza que era de los tres mil, aunque el convenio de teleoperadores planteaba dudas razonables.

Era una campaña puntual, veinticinco candidatos -la mitad con titulación universitaria- y eligieron a cuatro. A mí el primero. El segundo un ingeniero químico, y el tercero un tipo que llevaba quince años en la empresa, rotando de campaña en campaña. Durante esos ocho días no sólo vi la normalidad con que tenemos asumidos determinados trabajos que recuerdan a la era industrial, sino que pude ver a gente feliz y satisfecha con sus ocupaciones.

Había un tipo paseando de puesto en puesto y dando voces para animar al personal y, cada ADSL vendido, sonaba una campana y le daban algo de merchandising de Vodafone. A los pocos días, el tercer tipo del que os hablé, que tendría unos cuarenta, pero aparentaba diez o doce años más, nos contó que le estaban haciendo mobbing, arrastrando de campaña en campaña, de cliente en cliente, de producto en producto, de centro de trabajo en centro de trabajo.

Su pelo cano, aplastado contra la cabeza, su ropa humilde y gris, rancia, su pequeña mochila en la que apenas cabía una botella de plástico de agua que reutilizaba, y su discurso timorato y acelerado sobre lo que le estaba pasando. Y siempre un punto final como de tragedia, como si no pudiera hacer otra cosa con su vida, como si el destino estuviera escrito y el suyo fuera llegar a los mil euros en aquellos cubículos asquerosos, azotado por los gritos de responsables que podrían ser sus hijos.

Hoy ha entrado en el metro. En la otra parte del vagón. De espaldas a la gente, mirando al cristal, con su pequeña mochila y hablando solo. Han pasado muchos años, pero se me ha encogido tanto el alma, que no quiero ni que este post tenga un final más elaborado que esto.

foto: flickr.com/nicolas_mt

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  1. yo también fui teleoperadora, también recién licenciada, como la mayoría de mis compañeros… también conocí gente así, también me daría un vuelco al corazón si viera a alguno de ellos…