in mis cosas

Eclipse en Sol

La voz poco agraciada de una rumana resuena en el intercambiador de Sol. Jobim dio permiso a los desafinados para amar, pero no dijo nada de que destrozaran los tímpanos ajenos. El sonido se cuela entre los brazos del hormiguero, cargados con bolsas de grandes y pequeños almacenes, como una especie de pose ritual por esquivar el pesimismo. La sala está repleta de visitantes, que colapsan las escaleras mecánicas, gesticulan, paran, miran desorientados y realizan todo tipo de ejercicios, como si tuvieran que demostrar que han venido de un planeta remoto, donde el orden y la prisa están prohibidos.

Dos críos argentinos, convencen a su padre de que los peores auriculares son los mejores porque llevan en las orejas el logo de una calavera. En la cola para pagar pienso en la que podría liar Pérez Reverte si los viera, y si no se hubiera convertido en un hype de combustión ligera. El dependiente cobra con la sonrisa de los que no quieren ver un aciago destino de Inem y tiempo libre en siete días.

La Comunidad de Madrid se me descompone en el informativo, mientras el barrio vive ajeno a la actualidad. El barrio siempre vive ajeno, y la gente lo ha tomado como ejemplo, porque ya sólo Iniesta es capaz de poner a la gente en la calle. En la nevera, descansan los restos de las batallas opíparas de estos días, y sobre el cinturón lo hacen los daños colaterales. El país ha olvidado, por unos días, los latigazos de tinta que nos han relegado a un estado depresivo que ya dura dos años, y que hace que no podamos ni hablar en plata por miedo a tener que venderla.

Las seis de la tarde cierran la persiana antes de tiempo, y enero se deja el congelador abierto sin miedo al tarifazo. Vivimos liados y no sé si existe otra forma de hacerlo.

 

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