in mis cosas

El cuento de Navidad

Todavía no le toca currar, y tener que ponerse pasado mañana le da un perezote del trece . Santa Claus odia ser el único intocable por ERE alguno -los sindicatos de los reyes magos defienden el puesto de Baltasar-, y pierde la mirada en un espejo comido por algunos círculos de óxido. Le da vueltas a un cortado, escoltado por su copita de Veterano, y se enciende uno de esos Ducados rojos baratos. Su padre hacía “oes” con el humo, pero a él no le salen, así que esparce con rabia las nubes por el bar.

El denso humo acapara espacios, cae tras la barra, y se incrusta en el pelo del camarero, para más tarde encerrale en una burbuja enorme, compuesta por las cientos de sustancias cancerígenas del tabaco. La tele, encaramada cerca del techo, ilumina  el derredor del iris de Santa que, al contrario que el otro parroquiano, no le presta atención. Sabe que va a faltar a su palabra otra vez, volverá a dejar a su mujer plantada en nochebuena. Todos los años las mismas broncas y las mismas falsas promesas para el año siguiente.

Ella cree que es un calzonazos, que no tiene cojones a decirle al jefe que quiere librar. Ella cree que él no quiere acompañarla, que trabaja por gusto. Son muchos años juntos, y él está cansado de la misma canción. A veces le gustaría, para quitarse esa presión, hacer un pacto con su mujer. Que haga lo que quiera esa noche, que salga donde le dé la gana, esas cosas que se supone que las parejas hacen, pero que, en realidad no hacen, y que se emborrache y se deje penetrar por siete elfos. En realidad le da igual, se sentiría mejor.

Encima su historia no es un relato, porque no hay un cambio, así que pide la cuenta. Si en el platillo de las vueltas le cae algún céntimo portugués, no hará nada, asumirá su eterno problema, se comerá la bronca y se sentirá un miserable. Si no es así, saldrá a repartir regalos, asesinará a los moradores de la primera casa, dejándola repleta de huellas y cadáveres, y volverá a casa a cenar con su mujer hasta que la policía se lo lleve. Un euro y veintitrés céntimos de vuelta. Todos portugueses. Ni a relato llega.

Share

Leave a Reply