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El eterno problema

La gente de Jot Down Mag, ha tenido a bien rescatar este texto de Wenceslao Fernández Flórez, uno de los principales periodistas parlamentarios españoles que, en 1917 ya ponía sobre la mesa uno de los temas fundamentales sobre la verdad, la gente y el tránsito entre un concepto y el otro. Esto sí que es un buen post:

“Decimos: «La censura arrebata nuestra libertad anormalmente.» No es cierto. La censura, por el contrario, regulariza una situación normal. Los periódicos y los periodistas madrileños vivimos sometidos a una eterna censura. ¿Quién puede gloriarse de decir la verdad, toda la verdad, con libertad completa…?

Desde el rincón provinciano solemos muchas veces dar suelta a nuestra indignación contra la hipocresía y aun contra el silencio de complicidad que observamos en la prensa cortesana. ¡Os, si nosotros tuviéramos una tan amplia tribuna desde la que hablar al país…! El negocio inconfesable de don fulano, la traición ruin de don zutano, la máscara engañadora de don perengano…, todo había de ser referido noblemente, a gritos, para que a los cuatro puntos cardinales llegase nuestra voz y el pueblo infeliz conociera los bajos secretos de la política, y todos los corazones se abriesen en un impulso redentor.

Y un día llegamos a Madrid y nos abre sus puertas uno de esos periódicos. Inmediatamente se va tejiendo en nuestro alrededor la red en que hemos de quedar retenidos. Una vez, don fulano nos fue presentado en un salón del Congreso y… ¡nos sonrió con una dulzura…! Otra vez hubimos de recurrir a don zutano para que aquel ascenso, tanto tiempo esperado, llegase al fin. Otra vez detuvo nuestra pluma en un comentario acre el saber que don perengano es accionista o inspirador o amigo del periódico… Poco a poco, nuestras manos se van inmovilizando. Rehuimos el tema, divagamos luego a propósito de él… Y un día nos sorprendemos a nosotros mismos pergeñando un artículo en el que cantamos una loa «a los grandes prestigios del ilustre estadista…» Y este ilustre estadista es aquel mismo bribón desorejado a quien nos habíamos propuesto pulverizar.

Entonces comprendemos que nuestras nobles ansias de redención han quedado reducidas a un egoísmo temeroso. Somos ya como aquellos de quienes abominábamos desde la lejana provincia. Ellos también habrían llegado antes que nosotros, con los mismos anhelos de generosa pujanza; pero el ambiente de este país mezquino y paupérrimo, donde el comer es una práctica suntuosa, aunque lo que se coma sea ese revoltijo insustancial que se llama cocido, los ha domeñado y los ha obligado a claudicar. Todos corrimos la suerte de los caballeros de los cuentos de magia que corren a libertar a la princesa y que van quedando en las orillas del camino convertidos en piedra. La Princesa Verdad nos espera en la agobiante prisión. Pero el encantador ha desparramado unos garbanzos cocidos en la senda de los libertadores que acuden, pluma en ristre. Y los libertadores los mascan con sus muelas averiadas y el hechizo los envuelve también.

Vivimos en constante régimen de censura, ejercida por los propietarios, por los directores de los periódicos, por nuestras ambiciones, por nuestras flaquezas, por nuestra miseria, hasta por las debilidades de nuestro corazón demasiado blando. ¡La censura oficial…! ¡Bah…! Mejor. Ella nos evita el trabajo de tener que buscar disculpas para encubrir acaso la inopia de gentes a las que tenemos la necesidad de defender”.


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