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El significado de las palabras

Planteaba Juan José Millás en su última columna, el problema del pan-pan y el vino-vino, aterrizado en dos preguntas fundamentales: ¿Por qué todavía no sabemos si Rato dimitió, o lo echaron?, y ¿Por qué dicen que una entidad como Bankia funciona fenomenal se cambia su dirección, se baja su nota, y de precipita en bolsa? Más tarde, en La Ventana de la SER, ahondaba en su preocupación sobre la distancia gigantesta entre significados y significantes: ¿Qué piensa la gente cuando ve una cosa y le dicen la contraria?, ¿Qué efecto tendrá en la población?

La preocupación comienza a cundir, y no es una paranoia más mía, es que el artículo de Millás fue compartido por más de 47.000 usuarios, cuando, según fuentes de elpais.com, la media en sus textos ronda entre 12.000 y 15.000. La prensa “oficial” la que hasta ahora tenía la hegemonía de la “verdad”, y ponía marco a la “realidad”, le ha dedicado al tema unos cientos de palabras en ese artículo, y un pequeño espacio en un programa de radio de tres horas. Efectivamente, a día de hoy, en plena Era de la Información, todavía no tenemos ni idea de por qué Rodrigo Rato ha salido de Bankia. Pero precisamente Rato, nos puede servir para ilustrar el problema de la separación entre la realidad, y lo que se cuenta de ella.

Rodrigo Rato se pone todas las medallas del mundo en la expansión vivida durante el Gobierno de José María Aznar. La salida de una crisis sistémica, las todavía generosas subvenciones europeas, y el petardazo de la Ley del suelo, propiciaron una creación de empleo poco cualificado, vinculado a la construcción, que tiró de la demanda, y reactivó la economía. Evidentemente, pan para hoy, y que arreen mañana, pero Rato se fue de rositas como un gran gestor. Nadie analizó la gestión de Rato como Ministro de Economía porque no hizo falta. Para la esos chavales que abandonaron bachiller para que el andamio les pagara la XBox y el Ibiza tuneado, Rato era un tío fenomenal, para la gran masa, aplastada por el poder mediático gubernamental (el ejecutivo Aznar controlaba El Mundo, ABC, Onda Cero, Cope, Rne, Tve, Telecinco, y Antena Tres, o bien de manera directa, o indirecta), se vendió a Rato como un mago de las finanzas. Anoten el verbo anterior, porque por ahí va la cosa: vender.

La realidad, pues, es que Rato no hizo una gran gestión, de hecho, cualquier economista independiente sabrá que muchas de sus decisiones (privatizaciones de empresas públicas que daban grandes beneficios: Argentaria, Tabacalera, Telefónica, Endesa, y Repsol; la anteriormente citada Ley del suelo, no reinvertir las últimas subvenciones sustanciosas de la UE, planificaciones faraónicas de algunas políticas públicas…) fueron errores estratégicos que, en parte, explican la basura en la que nos movemos hoy.

En 2004, con el gobierno Aznar en plena descomposición, y con Pedro Jota quemando tinta a favor de la teoría de los “moros de la ETA“, el bueno de Rodrigo es llamado por el FMI para ser su director gerente hasta noviembre de 2007 años en que dimite, dice, para cuidar a sus hijos. En realidad, sale a hostia limpia: desde dentro del FMI es culpado de vivir en una burbuja desde la que no fue capaz de prever la crisis mundial. Sólo El País, y por intereses políticos favorables al PSOE, destacó el informe en el que el propio FMI ponía a Rato a caer de un burro. Si lo quieren consultar, aquí enlazo el informe. No conviene ser chauvinistas, es evidente que Rato no es la fuente de los males del FMI, pero también es cierto que heredó y asimiló errores sin ningún problema, y por tanto es responsable de ellos. Algún día estaría bien analizar el trabajo de los altos ejecutivos, sus cortas estancias en multinacionales, el tiempo de adaptación, el compromiso de la corporación ante su marcha y, en definitiva, si dan palo al agua. Pero eso para otra, que nos desviamos. Como digo muchos problemas ya existían en la era pre y post Rato, el crack de las finanzas. Pero la verdad es que no se marchó, le echaron. Y sin tener que llegar a los límites de su heredero Strauss-Kahn.

El 1 de noviembre de 2007 se va del FMI para ocuparse de sus hijos. Un mes. Se entiende que lo de los hijos debe ser una lata, porque a los treinta días anuncia su incorporación a la división internacional del Banco de Lazard, un banco de inversiones francoestadounidense establecido en Londres. Al poco es nombrado también “asesor internacional” del Santander. Y ustedes se preguntarán “Si le contratan en todos esos bancos…¿Será porque es un figura, no?”. Verán, ese tipo de trabajos van de lo siguiente: usted, que ha estado en un cargo político relacionado con finanzas y con relaciones internacionales, conoce a mucha gente capaz de hacer muchas cosas por todo el mundo, nosotros necesitamos a muchas gente que nos haga cosas por todo el mundo, le pago tanto y usted levanta teléfonos. Hasta que en 2010 Esperanza Aguirre, aprovechando esa vitola falsa del “gestor perfecto“, le pone en Caja Madrid. Y hasta nuestros días.

La biografía de Rato, desde su participación del gobierno de 2004, se parte muy claramente, entre la percepción que tiene ese concepto llamado “el español medio”, y la realidad. Se da la circunstancia de que la especialidad del tipo en cuestión, economía, es algo que escapa al español medio. La cultura financiera general es pésima según los expertos y eso, amén de resultar peligroso para con nuestros ahorros, facilita la veneración de figuras que “hacen cosas que nosotros no entendemos“. Por tanto nosotros, los espectadores/votantes/consumidores, nos hemos dejado engañar haciendo gala de nuestra ignorancia. Pero los medios, quienes trasladan la información cada día, tampoco han puesto de su parte.

Que los partidos políticos se convertirían en un producto ya lo decía Ray Bradbury en 1953 en su novela Farentheit 451, un mundo futurista en el que viviríamos presos de grandes pantallas de plasma, quemaríamos libros de papel, y votaríamos al candidato más guapo. Que los partidos necesitan ser comprados, esto es, ser votados, es la otra evidencia, por tanto, conviene fichar especialistas en marketing y comunicación, que sean capaces de afilar la ideología y convertirla en una serie de eslóganes fácilmente recordables. Desmontar las complicaciones, facilitando al máximo la vida al consumidor/votante, y finalmente, diciéndole lo que quiere oír. Muy mascadito y machacado con la frecuencia con que acribillan un disco en los 40 Principales hasta que llega a ser un hit.

Y los medios entran y han entrado hasta el final. Tengo los dedos pelados de contar cómo lo hacen, y ustedes los ojos secos de leerlo, quien llegue hoy por vez primera, que tire atrás. Los directivos de los medios han vivido muy cómodos viendo a sus redactores sin hacer preguntas, eliminando las molestas clases medias, premiando a quien no piensa, con el culo en la redacción esperando la nota de prensa para cortar, pegar, y firmar como “agencia”. Los medios han vivido muy cómodos recibiendo imágenes ya editadas de los partidos, ilusionados con la promesa de subvenciones, concesiones de emisión, o directamente contrataciones. Así han vivido los medios, así han cuidado la palabra los medios: UNA-PUTA-MIERDA.

Millás acierta con las preguntas, pero equivoca el resto: el tratamiento que tiene en los grandes medios la muerte de los grandes medios, sólo significa que no entienden nada, que no lo asumen. En este caso concreto se trataba de uno de los clásicos tics de izquierdas dentro del sistema, un maquillaje que nunca pasa de la dermis del oyente. Millás ejerce de literato de izquierdas, como Sabina de poeta oficial, o Ana Belén de roja, o Gemma Nierga de libertaria dama de las ondas: posturas inventadas de un Belén viviente que es lo que se denomina cultura de la Transición, CT. La transición acabó siendo un colegio internado dividido en dos tipos de alumnos: los que se hacían la raya a la derecha y los que se la hacía a la izquierda, y la defensa de ese colegio ha llegado al paroxismo. Ahí fuera habitan millones de peligros siempre acechando, y jamás hemos de salir. Puedes ser rebelde, pero siempre dentro del colegio. Rebelde, pero controlado. Transgresor, pero que me sirva para hacer merchandising.

Cuando la ley está marcada a fuego, todo se construye para que encaje, pero la mentira tiene las patas muy cortas y ha pasado suficiente tiempo, y se han acelerado demasiado los acontecimientos, como para que resista su última carrera. Hay piezas que jamás encajaron, hay preguntas tan grandes debajo de la cama, que ya no se puede dormir en ella. No, todo esto último es un poco broma porque no ha sido así, no ha llegado una generación fuerte, inteligente, arebatadora y combativa, lo que está pasando, creo, ha sido mera coincidencia. Entender lo sucedido el 15 de mayo de 2011 -más allá de lo que pueda surgir o no, sólo lo sucedido en ese momento-, sin entender el malestar por la ley Sinde y la comunicación multiplataforma establecida por miles de usuarios más o menos influyentes ante ese enemigo común, es absurdo. También lo es que la nueva generación pasa de la cultura de la Transición, es decir, que no la consume, que no le ve el punto ni a la prensa, ni a los cantautores, ni a la cultura que se aferra al mito de la Transición. Se la trae floja. Vive en otro mundo, lee, consume y escucha otras cosas no por rebeldía, porque les apetece y se ha dado así, sin más. También porque la generación anterior ha vivido muy cómoda aferrada al mito, y se ha dormido.

Digamos que la cultura de la Transición nos cuenta la historia de Rodrigo Rato que luego queda registrada en las encuestas oficiales: es un gestor estupendo. Pasa a unirse a los tópicos de la comunicación como “En cuanto a valoración suspenden todos los miembros del Gobierno, excepto del Ministro del Interior el sr/sra (…)”. Es muy temprano para aventurar nada, para hablar de una cultura post-Transición. Sería idiota pensar que el establishment no tendrá tiempo de aposentarse en los nuevos centros de poder y dominar, pero desde luego las dudas ya están sobre la mesa. Dudas sobre los significados y los significantes, dudas entre lo que sucede, lo que nos cuentan que sucede, y lo que queremos creer que sucede. Dudas.

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