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Esto es baloncesto

Los periodistas deportivos siempre consideraron que la falta de raigambre del baloncesto en nuestra sociedad, reflejado por los datos de facturación, minutos y páginas en medios, etc… se debía a la ausencia de logros deportivos por parte nuestros deportistas. Cuando en el fútbol los pequeñitos todavía no habían presentado credenciales, y la revolución de Luís Aragonés era agua de borrajas, Pau, Calderón, Reyes y compañía, ya eran campeones del mundo.

Siempre se dijo que la ACB era un desastre, y que no podían entenderse los escalados de horarios. Que esa fórmula hacía imposible realizar un buen seguimiento, vender un buen producto. Precisamente ahora, las televisiones, es decir, el negocio, ha fragmentado las jornadas futbolísticas como un puzzle absurdo.

El pasado domingo arrancaban los programas deportivos radiofónicos a las tres de la tarde y, hasta las once de la noche, cubrirían tres partidos, tres. El lunes la jornada cierra los otros cinco partidos disputados el sábado, desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche, y nadie ha cuestionado el interés de la Liga.

Siempre se ha puesto como ejemplo a la NBA. En el último estudio de Forbes, se revelaba que 17 de las 30 franquicias son deficitarias, pierden pasta. Así los Sonics se fueron de Seattle para formar Oklahoma Thunders, sin encontrar la fertilidad económica buscada. Desde hace años, David Stern, alto comisionado de la NBA, estudia la fórmula de la Champions League, que tiene a 150 millones de espectadores de toda Europa, pegados a las pantallas cada martes y miércoles.

En definitiva, parece que lo que resulta atractivo no es más que un deporte arraigado, bien explotado, y con unas píldoras de espectacularidad dosificadas. El viejo continente, además, demuestra algo que va más allá de las meras estadísitcas. Quiero decir que si el Atlético de Madrid -que lleva diez años sin hacer un buen partido- fuera una franquicia norteamericana, irían seis espectadores aturdidos al pabellón. Por lo tanto, las teorías periodísticas vuelven a basarse en reflexiones de diez segundos, que los aficionados repetimos como papagayos.

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