in mis cosas

Esto ye.

Dice Joaquín Sabina que nunca has de volver al lugar donde fuiste feliz, pero yo he vuelto. Si pudiera elegir un trabajo en el mundo, éste sería desmentir los trucos de las canciones de Joaquín Sabina. Esos recursos baratos que producen pequeños shocks en la audiencia, provocando el “Oh, habla de mi vida, y lo hace taaan bien…“. No me gustan las cosas oficiales del reino, y menos los poetas. Decía Benedetti que la patria de uno es la infancia y por ahí, igual sí que compro. Mi patria está compuesta por cuatro ciudades, y ocho casas distintas. Mi concepto de hogar cabe en un hatillo. El paso del tiempo ha dejado los mejores acabados en Gijón, y siempre ando volviendo.

Los hijos de emigrantes tendremos eternos problemas cuando se ponen sobre la mesa cuestiones de identidad, y los recuerdos se los lleva la banca, que casi siempre gana, o te puede coger en racha, en cuyo caso se recomienda ganar un poquito y tocar retirada. Los hijos de emigrantes tenemos bocados en la memoria, y los vamos rellenando a paladas, de cualquier manera. Los hijos de emigrantes nos creemos especiales, y es mentira. La gente que nace, crece, se reproduce, y muere en la misma ciudad, también ha de sobrevivir al paso de los desengaños, al cierre de locales, a la muerte de los cines, al cambio de nombres, a las nuevas calles y el cambio de nombre de las viejas, a la naturalización de los polígonos… La ciudades son seres vivos que, en los últimos años crecieron, hipertrofiaron sus extremidades más allá de lo que pudieran imaginar. A algunas partes no les llega sangre y acabarán muriendo. Pero todas las ciudades se empeñan en cambiar, aunque sea a peor, como si el hecho del cambio fuera bueno.

Afortunadamente nuestra memoria es ultraconservadora y, mediante su aplicación de realidad virtual podemos seguir viendo la pastelería Alonso donde ahora hay una zapatería, o las oficinas de Cajastur como un sitio magnífico en el que poder “colocarse”, si eres un chico aplicado. Incluso puedes ir a comprar frutos secos a granel, y a cortarte el pelo a General Mola, en vez de a la Avenida de la Costa. Es fantástica la aplicación. Parece que todavía oigo por la megafonía de la playa de San Lorenzo aquel concierto de los Rolling, cuando yo podía decir los Rolling, y no tenía que ser guay diciendo los Stones. Parece que todavía oigo las conversaciones en las que me preguntaban, por mitigar la ansiedad del adulto y disparar su imaginación, qué quería ser de mayor. Camionero. Y les jodía.

Observo a los niños, y parecen listísimos. Supongo que todos nos creemos un poco más gilipollas de lo que realmente somos. Supongo que cuando llegue a la madurez, los jóvenes me parecerán listísimos, y que la rueda seguirá siendo así sucesivamente, hasta que vea listísimos a los muertos. Pero por más listos que me parezcan los niños, los veo ajenos a su responsabilidad: observar todo muy bien, fotografiar lo mejor posible. Veo a niños con zapatillas de marca y se me cae el alma a sus pies. No ya por la existencia de padres gilipollas, sino por la ocurrencia de la marca. Probablemente no tengamos salvación. Igual se quema la CPU y nos dicen que hay que resetar. Cenizas.

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