in mis cosas

Festivales

Como si nada hubiera pasado. La crisis afronta su última y más cruel vuelta de tuerca: la auto-negación. Aquí no ha pasado nada más allá de un bajón estructural en un ciclo económico, perfectamente autorregulado por un sistema resistente a temperaturas extremas. A correr. A invertir. A comprar.

Es temprano, pero no parece que la crisis haya dejado una marca sólida, aparte del más rentable de los sentimientos: el miedo. Señora, a lo primero que debe perder miedo es a la deuda privada, no se preocupe. La derecha española se ha apalancado en la nada, y la nada le ha servido para salir indemne de una constelación de casos de corrupción que afectan de manera directa al mismísimo presidente del gobierno. La no gestión ha resultado una brillante apuesta política, y ha puesto en entredicho la fuerza de la palabra. La izquierda del sistema sólo ha tenido un discurso descolorido, defendido por figuras de bajo copete, basado en la pereza por poner coto a la deuda. Los partidos antisistema siguen siendo el hazmereír de un país católico, apostólico y romano.

El país, de momento, no ha cambiado en nada sus hábitos. Ha bajado a segunda división, manteniendo entrenador, directiva y jugadores, a la espera que algún día vuelvan los goles por arte de magia, como en su día vinieron. Los jóvenes están tan extraordinariamente preparados que, en lugar de cuestionar la parafernalia de la Transición que les ha dibujado una realidad difusa, ansían vivir una. Como si de un festival de verano se tratase. Quieren ser protagonistas de su propia farsa. ¿Quién podría no entenderles?

 

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