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Ficción empírica

La Historia es una forma de legitimar el ventajismo. Así los alemanes eran los malos oficiales, con sus campos de concentración y sus judíos, como si los aliados hubieran disparado con balas de fogueo, en las cuevas del Pacífico no se hubiera quemado vivos a japoneses o las bombas atómicas fueran una divertida mascletá. Como si los rusos no hubiesen hundido barcos alemanes con miles de niños, o nos olvidáramos que en Estados Unidos hasta los años 60 los negros, que fueron esclavos, tenían que mear en aseos para negros, supongo que por no acomplejarnos. Qué coño, como si ahora no hubiera campos de concentración, maniobras golpistas en Latinoamérica, o fomento de la violencia civil en África para poder lucrarse con el precioso mercado de las armas, controlar el narcotráfico y saquear los recursos naturales. Pero la Historia cuenta un pasado homogéneo, lógico, cómodo.

En la prensa deportiva hemos pasado de la hegemonía de dos equipos españoles sobrenaturales que debían jugar una final europea tras otra, y de una Liga indiscutible, al cambio de ciclo alemán, y ya podemos leer escuálidos artículos que explican el por qué e este cambio: economía saneada, apuesta por la cantera, nuevos estilos… tan saneadas como las arcas de los clubs españoles, campeones del mundo. Todo encaja y es que ahí está la clave: los periodistas, como historiadores impacientes, tienen que sostener la ficción empírica. Todo ha de tener una explicación porque de lo contrario la asunción de que en todo interviene el azar, que es como se llama aquello que no conocemos, es perturbadora. El hecho de que el periodista narre un hecho noticiable, sin más, es impensable. Poner contexto no es fácil.

Los periodistas deportivos todo lo veían venir. Si juegan los suplentes y pierden es natural por la falta de los habituales, si ganan también porque quieren demostrar. Si el jugador acierta en el penalti se veía su recuperación, si lo lanza dos centímetros fuera es porque no está en forma, no es el que era. Jugadores como Romario siempre desafiaron el empirismo. Su vida fuera del campo hacía presagiar un desenvolvimiento muy distinto en el terreno. Descuidado, perezoso, indisciplinado y holgazán, los técnicos más cartesianos -como Luis Aragonés– no lo podían soportar. La irracionalidad a veces es insoportable, pero su genialidad en el campo servía para generar discursos perfectamente racionales.

No contentos con la pequeña racionalización, a los relatores de lo actual les encantan los movimientos. Generar sistemas racionales bajo cuyo paraguas cabe casi cualquier acción. Ceden a la tentación de la grandilocuencia. Así resulta importante hablar de tal o cual movimiento cultural -como etiqueta fácilmente vendible-, o establecer poco elaboradas hipótesis que generen grandes teorías, germen de la comunicación política. Del Xixón Sound al “vivimos por encima de nuestras posibilidades” existen cientos de miles de racionales apoyados en el vacío, intentando construir una especie de discurso útil. Casi siempre es útil para la casta que ejerce el poder real. Casi siempre los objetivos son el control social y el lucro económico.

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  1. Exacto. El principal factor para generar ricos y pobres es el azar (que no la excelencia, como venden tantos liberales). Al respecto del papel del azar, es significativo que las decisiones en inversión de prestigiosos economistas no mejoran el decidir aleatoriamente (fuente: http://www.cronista.com/finanzasmercados/Puro-azar-Dos-fisicos-expertos-en-procesos-aleatorios-dicen-que-invertir-en-bolsa-es-como-apostar-en-el-casino-20130412-0040.html), pero esos mismos que “tienen suerte” se esfuerzan en inculcarnos que se lo merecen porque son el esfuerzo y sus capacidades los que los han llevado ahí.
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