in mis cosas

Gymnopédie No.1

Cumplo años el veintitrés de septiembre desde hace treinta, y creo que será así hasta el fin de mis días, a no ser que los mercados, dentro de las necesidades que presenten para generar confianza decidan, también, que cambiemos el día en el que nacimos. Siempre que ejercí el derecho a hurgar en quién más había nacido el mismo día, encontraba a gloriosos patriarcas de la cultura como Julio Iglesias, pero nunca encontré a Suzanne Valadón, probablemente porque sus cuadros nunca se colaron en un titular acompañando al sello Christie´s.

Tampoco nos han puesto muchos ejemplos de mujeres que durante su vida no contraen temprano matrimonio, y que son hijas de madres que tampoco lo hicieron. Y menos que se casen dos veces. Y menos, que con cuarenta y cuatro, abandone a su marido por un chico de veintitrés.”Ahora el amor de su vida es su hijo, Fulanito“, dijeron ayer de una muchacha en uno de esos programas que cincelan nuestra moral, gota a gota, frase a frase. Suzanne Valadón se cepilló a medio Montmarte, y pintó cuadros que lograron darle fama, aunque no sé si el orden debería ser ese. Quizá su obra debiera prevalecer, pero es una mujer, ya saben.

Tuvo un hijo, Maurice Valadon, al que luego cambiaron el apellido por el de un amante de apetitosa biografía: Miquel Utrillo. Para que se hagan una idea, el ingeniero catalán, corresponsal en París para La Vanguardia, abandonó todo para fracasar montando un espectáculo de sombras chinescas en Estados Unidos. Para que se hagan otra idea, en la wikipedia lo llaman “amigo” de Suzanne, y es que el impero de la moral católica y la factoría de la culpa, se extienden como una mancha de aceite, igual sobre un camino de tierra, que en el asfalto.

Suzanne volvió loco a Eric Satie, para quien el resto de relaciones fueron una puta mierda. No duró mucho el idilio. En derredor del romance, como si se tratara de pétalos surgidos de manera natural y proporcionada, nacen las introducciones de Satie en el minimalismo, el serialismo, su contacto con el primer dadaísmo, sus proyectos multimedia, y su testamento para la historia de la música en forma de Gimnopedias, de Ogives, y de Gnossiennes, a pesar de las cuales se arruinó económicamente, mientras se daba de hostias con Debussy, y Ravel sobretodo cuando, con cuarenta años, decide entrar en el conservatorio del que le habían echado en su juventud.

Entre medias otra biografía riquísima, y la Gymnopédie No.1, que obsesionó, y obsesiona al abajo firmante, probablemente por un recuerdo con demasiado polvo acumulado encima, o por la lógica matemática de su armonía. Es la clásica lucha entre lo academicista y la realidad. Como si lo real, por definición académica, no pudiera estar reglado. Como si no fuera etnocéntrico pensar que a finales del XIX, en París, se fabricaba el mundo. Como si fuera normal pensar que nunca nos pasará nada.

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