in ficción

Hospitales

Las palabras de Susana Griso rebotan en las paredes de la cafetería del hospital. Habla del rey, y da paso a un reportaje mal montado, que invade los espacios y conquista las distancias entre familiares unidos por el silencio. La televisión mancha, engaña, acribilla. Como la mariposa atravesada por el entomólogo, la televisión nos inserta un alfiler que nos inmoviliza en una cajita de terciopelo llamada normalidad.

Un paciente revuelve el café con la única mano que le queda. Mira absorto la tele tan despeinado, que parece que su cabeza es una obra de Chillida, que podríamos llamar Poniente. No tiene a nadie. Como si su familia fuera la prolongación del miembro amputado.

Hay quien no supera las amputaciones, quien vive pensando que sigue teniendo pierna, o brazo, quien se sigue viendo cinco dedos en una mano en la que sólo quedan cuatro. Es posible, por tanto, que nuestro despeinado amigo viva en la ficción de tener familia, una  familia que aparece y desaparece al gusto, una familia sin problemas, silencios, ni habladurías. O puede que el síndrome del miembro fantasma, se desarrolle en él con tal verosimilitud, que tenga problemas con algunos miembros de su familia imaginaria.

Hay un estado-nación, supongo que en un lugar indeterminado o de difícil acceso, en el que viven las personas fantasmas. Su principal industria es la clasificación, reparación y producción de miembros fantasmas. Fábricas enormes de dedos de pies de todo tamaño, color y forma, gigantes polígonos industriales especializados en brazos derechos, millones de habitantes fantasmas, esperando que alguien del otro lado les necesite.

No se trata de un país ideal, también tiene problemas, y también padece las consecuencias de la crisis. La industria de las manos, por ejemplo, vive asfixiada por los líderes de la patronal de los pies, que los acusa de vivir por encima de sus posibilidades. Y las partidas de miembros fantasmas cada vez son más pequeñas y flacas, cada vez más raquíticas.

Mientras esto ocurre, desde este hospital salen albaranes cargados de pruebas que ya no se hacen, de medicamentos que no se recetan y de diagnósticos que se ahorran. Desde la cafetería veo a los médicos, esmerados en cerrar paquetes que meten en una furgoneta cuyo destino es la región de los miembros fantasmas. Vaya mierda de final, ¿No? Ya.

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