in mis cosas

Justicia po-ética

Era nuestra primera temporada en Liga. Habíamos perdido los siete partidos desde el debút. La última derrota había sido contra un equipo patético de tipos que nos doblaban en edad, kilos y vergüenza. Nos ganaron dos a uno, y ya no sabíamos qué hacer. Nuestra competitividad duraba un suspiro, lo que tardábamos en conceder la primera ocasión, lo que tardaba en quebrarse la confianza. Habíamos especulado con todo: cambio de jugadores, de sistema, nuevo uniforme gafado, malas horas de los partidos…

A priori el partido no pintaba demasiado bien, jugábamos contra los líderes, que se dedicaban a golear en las primeras partes, y sestear hasta el pitido final. Inauguró el árbitro y me vestí de la peor versión del fútbol aficionado. Ellos jugaban muy rápido y muy bien, pero salimos concentrados, escribiendo un manual de ayudas y coberturas. El empate a cero del descanso hacía que nuestros rivales, Peluquerías Oscar Iglesias, se frotaran los ojos ante la hoja del periódico que reflejaba nuestra clasificación. Siendo más mentirosos que benevolentes, diré que pasamos un par de veces del centro del campo. Saqué el catálogo de las faltas tácticas y marqué con los tacos el pellejo de sus dos reses más peligrosas.

Nos empleamos con dureza, intentamos que se jugara lo menos posible porque, otra cosa hubiera sido un suicidio. En un pelotazo, en la única excursión de la segunda parte, sin saber muy bien cómo, Dani condujo una pelota que le quedó franca a Morales, que lanzó un chut miedoso al fondo de la portería. Cero a uno. A partír de ahí se volcaron y nos defendimos como gato panza arriba. Nos expulsaron a Dani. Expulsión justa. Un par de compañeros y yo también deberíamos haber acabado el partido antes.

Lo nunca visto en un equipo de fútbol siete, de cinco jugadores de campo, cuatro de ellos en línea defensiva, y yo en la presión de una banda a otra. Cuando llegaba tarde no dudaba en buscar espinilla, tíbia o rodilla, como un matón con bula administrativa. Cuanto menos tiempo quedaba más me crecían lo pulmones, más sólida era la barrera defensiva, y más utilizaba sus alas César, nuestro portero. Cuanto más se acercaba el pitido final, menos recursos les quedaban a ellos, más miradas se cruzaban con el entrenador. Final.

No me arrepentiré de aquel partido en el que salimos a no jugar, porque sé que la victoria es una diosa justa, y que lo que le quitó al fútbol aquel día, se lo acaba devolviendo, y lo disfraza de guantes milagrosos, de estrategas con bigote, o de niños muertos, como el que anoche se entretuvo dibujando cuarenta y siete millones de sonrisas.

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  1. Dios, recuerdo ese partido como si fuese ayer. Para no variar, me llevé unos cuantos recados, pero tienes razón. Aguantamos en defensa como javatos, y la cara de impotencia de peluquerías era para mear y no echar gota.