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Knickerbockers

Nico, viendo un partido una noche cualesquiera, convirtiendo un salón de Lavapiés en el Madison.

Un perdedor es mucho menos perdedor si no es de de los Knicks. Y ser perdedor ya no tiene aquel punto sexy que le daba John Lennon, ya no está de moda. De hecho perder se ha convertido en un hábito que asfixia desde que abren los telediarios. Tampoco vale la comparación con el Atlético de Madrid, como equipo glorioso pero remendado y escapando por cada pespunte. Ni siquiera se le puede encontrar ese punto romántico y bohemio, porque los Knickerbockers son el equipo de la Gran Capital, y el club más rico del mundo del baloncesto. Pero ganar dos campeonatos en sesenta y seis años, teniendo dólares y afición para dominar durante dinastías, sólo se explica con un ADN especial: el del perdedor.

Me hice de los Knicks con trece años, en la serie final de conferencia contra Indiana, aquel equipo que jugaba en pijama. Mi madre me compró unas Ewing de puta casualidad. Supongo que estarían de oferta, porque mi familia no se podía permitir aquellos alardes que hacían estragos entre la chavalería, y se agradece que así fuera. Llevaban un llavero en forma de pelota de basket con la firma de Pat Ewing y el número 33. En el cole nadie sabía quién era. Todos hablaban de Jordan, Pippen, Kukok y compañía. Eso me moló. New York jugó aquellas finales (93-94) frente a los Rockets de Hakeem Olajuwon. Tenían todo a favor, pero en el séptimo y definitivo partido, su estrella John Starks, anotó cuatro puntos de dieciocho lanzamientos. Perdieron. Todo el mundo iba con Houston: los señores de la tele, en los periódicos… Supongo que por eso me hice de los Knicks.

Con el paso del tiempo sólo me han dado disgustos. Enormes dosis de ilusión en septiembre, convertidos en amargura por Navidad, y resignación en verano. Así un año detrás de otro. Ya no me quitan el sueño como antaño. De momento. Esta atípica temporada han juntado a dos superestrellas (Carmelo Anthony y Amare Stoudemire), y a un gran jugador (Tyson Chandler) y empezaron la temporada como siempre: de pena. El viernes noche jugaban frente a los Lakers, y lo hacían con las bajas de las dos superestrellas, así que no perdí un minuto de sueño. El sábado miro twitter: ganaron. No sólo eso, sino que la nueva estrella es un jugador de origen asiático absolutamente desconocido.

Jeremy Lin entrenó este verano con Dallas y le largaron, se fue a Golden State, de allí a Houston -todo esto sin comenzar la temporada- y acabó en la Gran Manzana, quién sabe si para resultar más atractivos al mercado asiático. Con las bajas de Melo y Amare le empiezan a dar minutos. Contra New Jersey Nets firma 25 puntos, 7 asistencias y 5 rebotes, frente a Utah 28 puntos y 8 asistencias, y destroza a Washington con 23 puntos, 10 asistencias y cuatro rebotes. La noche que tan plácidamente dormí, dejó al mundo con la boca abierta frente a los Lakers: 38 puntos, 7 asistencias y 4 rebotes. En realidad creo que me hice de los Knicks porque tiene estas cosas inexplicables, porque aún en los peores momentos, siempre encuentran la excusa para que pases frío y sueño. Al fin y al cabo es lo que siempre quisimos, ¿No?.

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