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La papada real

Leo las crónicas que desgranan el magnífico discurso real de anoche, y me embeleso con las interpretaciones de unos y otros. Me llama la atención el mono-tono de las columnas de opinión y análisis, que demuestran que no sólo los políticos viven a mil palmos de la realidad, sino que la prensa habita feliz también en las alturas. Hasta las tabernas más adictas a la tradición monárquica encuentran pocas razones para legitimar a don Juan Carlos. De entre todas las ausencias, me llama poderosamente la atención que nadie haya resaltado el crecimiento imparable de la papada real.

Para demostrar que estoy en lo cierto en cuanto a lo preocupante del crecimiento de esa cascada de carne, de ese secreto porcino, de ese disfraz de pelícano, me gustaría observar la evolución física del monarca, comenzando por el vídeo de su primer discurso navideño, donde tiene unas sentidas palabras hacia nuestro siempre venerable Generalísimo:

El rostro joven, que bien podría haber sido tanteado por las mejores cremas regeneradoras, alisadoras y reafirmantes, como embajador de sus parabienes, se veía fuerte y robusto tras el golpe de estado. En 1981, su majestad lucía una cara popular y reconocible, grabada por la publicidad de las monedas.

La culpa de la crisis, por tanto, no es de la mala gestión, de los recortes, o de la herencia recibida. No son culpables los ciudadanos que pidieron préstamos, ni los especuladores inmobiliarios ni, líbreme Dios, los bancos. La culpa de la crisis es de la pápada real, que ha tomado en control de la jefatura del Estado. Esperemos, por tanto, a que los mercados logren neutralizarla, con la capitalista teoría de la pápada invisible, que todo lo equilibra. Pasen una muy feliz Navidad, y viva Espápada.

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