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La patada de Cantoná

He querido llamar al espacio de esa manera, no por hacer apología de la violencia en el deporte, supongo. Si quieren nos vamos atrás en el tiempo, pero no se me agobien, que el recuerdo es en color. Un gélido 25 de enero de 1995, el estadio Selhurst Park fue testigo de un momento cumbre para la historia de la imagen en el deporte. Eric Cantoná (Marsella, 1966), cuyo comportamiento desde que llegó a la Premier League inglesa había sido tan polémico como el de cualquier otro jugador polémico, respondió a los insultos racistas de un espectador con un gesto más propio de un videojuego que de un estadio de fútbol: una patada voladora clavando los tacos de su bota en el pecho del aficionado.

Los nueve meses de sanción impuestos por la Premier fueron una de las mayores promociones para la liga inglesa, que tras el desastre de Heysel (Bruselas, 1985), y el de Hillsborough (Sheffield, 1989), que la habían hundido al tercer mundo futbolístico, comenzaba a transmitir un aire de profesionalidad sobre el que construir el sólido imperio económico que ahora nos venden (dos magnates en Chelsea y City, un trabajo de cantera en el Arsenal y los relevos del eterno Ferguson en el United). Los patrocinadores no sólo comenzaron a acercarse a la liga refundada en el 92, sino que Nike convirtió los nueve meses de inhabilitación de Cantoná en un gigantesco spot con la duración de un embarazo.

La patada de Cantoná resultó un punto de inflexión sin precedentes: para el delantero francés supuso su encumbramiento mediático, por si sus entorchados con Leeds primero y United luego fueran poco; para la Premier League una campaña de publicidad que abrió las puertas de las relaciones comerciales con los brutales mercados que suponían sus excolonias –principalmente China-; y para el fútbol la demostración de que del deporte podían trascender iconos más allá de estupendos goles o magníficas paradas.

Esta columna es, en concreto, la fracción de tiempo que transcurre entre el comienzo de la acción física de la patada, y el momento en que damos crédito a lo que va a suceder. Es el lapso de tiempo que transcurre entre que ocurre lo inesperado, y la capacidad para asumirlo, por tanto, para aniquilar la sorpresa. Esta columna es la breve esperanza de que el deporte es algo más que un mundo mercantil y pervertido. Lo que dure.

 **Desde la semana pasada vuelvo a colaborar con el recomendabilísimo esedosuno hablando de deporte.
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