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La paz

Dialogar no es más que legitimar la postura del otro. Es un reconocimiento implícito. Sé que es políticamente incorrecto, pero hay veces que dialogar sirve de muy poco. Al contrario, el diálogo puede ser un arma al servicio de una de las partes, adolescente de razón y amante del ruido como perfecto entretenimiento. Lo digo por el argumentario político en los últimos tiempos. Me gustaría conocer la autoría de los titulares, las firmas de los discursos, las plumas que dan vuelo a las mayores barbaridades jamás leídas, para darles un abrazo uno a uno. El hijo de puta que ha comparado las protestas contra los desahucios con los nazis se lleva el primer premio. La actriz es María Dolores, pero podría ser cualquier otra comparsa de ese u otro partido.

El ministro Wert, entre tanto, dice que no se deja entrevistar por Évole, porque hace preguntas-trampa. Reconocerán las preguntas-trampa como aquellas que los departamentos de comunicación de los políticos no han pactado previamente con los medios. Aquellas interesantes. La repregunta se considera la más tramposa de las preguntas, y Wert no puede quedar con el culo al aire como le sucedió a su compañero Jaume Matas, por ejemplo. Évole puede estar tranquilo, el propio Wert es una trampa para sí mismo. Los políticos españoles están haciendo más en su propia contra que el daño que les haría el medio de comunicación más potente del mundo.

El desgaste de las palabras pasa factura, y probablemente sea la mayor corrosión posible para el mantenimiento de los tiempos de paz. No olvidemos que en un mundo plagado de desigualdades crecientes la paz siempre se ejerce en contra de alguien. De los pobres, de los más débiles. Los fuertes se alimentan de gente brillante y siguen acelerando hacia el vacío. Espero conocer a uno de esos redactores políticos. Aunque sea camino al Infierno, a ver a los nazis.

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